Frecuencias

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“El amor es un paso. El adiós es otro… y ambos deben ser firmes, nada es para siempre en la vida” Chavela Vargas

A veces la vida nos mensajea. Si estás alerta puedes percibir el aviso, el recado, la frecuencia de alerta o peligro. Fue como me paré frente a un escaparate, distraída con el móvil con más whasapps irreverentes. Cuando levanté la cabeza un escalofrío recorrió mi cuerpo. Un ataúd color pino se mostraba desafiante frente a mis ojos. Cerré los dedos de mi mano derecha salvo el índice y el meñique y me di dos toques en la cabeza, salí despavorida. Sí, mis sentimientos estaban muertos, acabados, había llegado el momento de enterrarlos.

No sé el tiempo que estuve andando, pero cuando me di cuenta me encontraba en los campos llamados de La Espada, a las afueras de la ciudad. Se decía que allí tuvo lugar el último duelo del siglo XX ¡Vete tú a saber! Mi último duelo, me tumbé sobre la grama, apagué el móvil y contemplé caer la tarde con el corazón henchido. En aquellos días de febrero había sentido la injusticia en mis carnes, y con toda mi paciencia aguanté estoicamente hasta reventar. Tenía que evaluar la situación.

Había intentado ser una dama, pero él se aprovechó de mi vulnerabilidad como tal. Y así fue como recogí el guante de la provocación, y la noche anterior solté por mi boca todo lo que me había callado durante meses. Fue como sentir que una lluvia limpiaba mis pensamientos que me estaban envenenando. Me liberé de toda emoción, comprendí que nuestra relación e intentos solo habían sido una lenta agonía hasta llegar a ese ataúd del escaparate.

Y como dicen las abuelas “hija donde se cierra una puerta, se abren una ventana”. La comunicación estaba rota, solo escuchábamos para contestar, no para entendernos. Me levanté ya con las estrellas sobre el firmamento. Me sacudí mi abrigo, estaba helada y regresé a casa.

Salí al jardín de la parte de atrás y me acerqué al álamo cuyas raíces asomaban por todas partes. Removí la tierra entre dos de sus raíces e hice un pequeño fuego con sus cartas, con todas sus vanas palabras. Toda nuestra historia de amor había sido niebla, falsas ilusiones que nos envolvieron.

Ya en mi habitación seguí necesitando el fuego y encendí unas velas. Cogí la botella de agua y me llené una gran copa que reposaba en la mesilla, estaba exhausta y sedienta. Una risa loca inundó mis entrañas y comencé a graznar como un pato. Se acabó la introspección, dejé volar mis ansias y mis miedos. Acepté sin reservas que todo había acabado. Y brindé con aquella copa de agua y volví a coger impulso para seguir graznando. El viento dejo entrar por mi ventana unas hojas del álamo, la naturaleza me acompañaba en mi circo.

La llave de mi puerta giró y pensé que la serpiente de Raúl entraría a volver a llenarme de dudas. Pero tras la puerta encontré una revelación, un ángel. La oruga se había transformado en mariposa, allí estaba Vicente, mi leal escudero, al que nunca miré con otros ojos que no fueran los de la amistad. Riendo me dijo:

  • ¿Quieres una túnica para seguir perpetrando tu ritual? Loca, que estás loca. Se te oye de saltar y graznar hasta en el océano.

Me cogió la mano y poso sobre ella una gran dalia rosa.

  • ¿Y esto?
  • Se la robé a la señora Tina. Pensé que como este año no vas a tener regalo de San Valentín era buena ocasión para regalarte yo esta humilde flor— con los ojos semicerrados, como para lanzar una flecha— en señal de nuestros muchos años de amistad. La dalia rosa significa que te intentare hacer feliz siempre ¡Qué cursi!

Nos volvimos a reír a carcajadas. Y así se cerró el círculo, lo vi con claridad. Aquella tarde, enterré mi historia de desamor, liberé mis incertidumbres y la ocasión surgió sin que la buscara. Sus ojos, esos ojos de un verde aguacate extraño y salvaje hicieron brotar nuevas expectativas.

  • También te he traído un trozo de pastel de chocolate.

Hice un ademan con la mano para que pasara. Compartimos aquel exquisito dulce como tantas veces, en el alfeizar de la ventana. Comenzó a llover y el ambiente se respiraba fresco y limpio ¡Señales!

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INDIGNACIÓN

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“Es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras” William Shakespeare

En mi humilde opinión, creo que un buen profesional siempre tiene que tener un lado humano, en cualquier campo donde aplique sus conocimientos. Pero desde luego un médico y de cabecera debe ser impecable ante sus pacientes. Yo siempre disculpé el mal humor de mi médico pues le consideré un buen profesional. Disculpé sus malos día con salas de espera llenas de personas enfermas. Disculpé su escasez en tratamientos por culpa de la crisis. Disculpé sus agobios por falta de personal.

En cierto modo, admiraba a mi médico pues mi hijo fue atendido con rapidez y urgencia gracias a sus recomendaciones, ante una enfermedad grave que él presintió.

Pero lo que no puedo procesar es la falta de respeto. Qué se me trate como paciente “coñazo”, palabras textuales, por tener que incluir, con un teclado en el ordenador, una frase en un diagnóstico médico que eran muy importante.

Solo puedo contestar que el que hizo mal su trabajo fue usted, doctor. El diagnóstico médico lo necesité para un tema burocrático de suma importancia. Mi informe médico es mío y no debería haberse negado a dármelo, también es deleznable. Que la falta de uno de mis datos físico, usted lo puede dar por sentado porque es el trabajo de usted. Un juez, un abogado o un fontanero no tiene por qué saber los impedimentos físicos contra los que luchamos cada día una persona con diversidad funcional.

En fin, que usted con una sola palabra cayó en las profundidades del descrédito. Como dice un proverbio árabe “Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio: no lo digas”

De Panes y Dragones

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“Le di mis noches y mi pan, mi angustia, mi risa, a cambio de sus besos y su prisa.”  Joaquín Sabina

Los domingos de otoño por la mañana me deleitan. Me levanto tarde pues Candelas y yo aprovechamos para charlar un buen rato, sin prisas y calentitos bajo la manta. Preparamos un buen desayuno con café y tostadas, el ambiente se impregna de olor a caramelo amargo y tostado. Después nos disponemos a dar un paseo, compramos el pan y el periódico. El sol nos regala un suave calor que reconforta el cuerpo ante el vientecillo gélido que llega de las montañas. Nos llevamos algo de fruta para paliar el hambre de la caminata, hoy ha tocado una banana, dulce y poco madura, como nos gustan.

La dependienta de la tahona, cuanto nos ve cruzar la puerta, nos prepara el periódico. Yo inspiro con fuerza percibiendo ese aroma a horneado de cereales fermentados, a pueblo, a leña, a hogar. También me prepara una hogaza de pan de un color dorado y crujiente. Mis ojos también se deslizan por es escaparate acristalado lleno de pasteles y bollería. En ese instante entra el panadero con una gran bandeja de “nochebuenos” recién hechos, percibo una sutil esencia a anís. No me resisto y compramos uno para amenizar los postres.

Salimos de la tahona como si hubiéramos hecho una obra de caridad, satisfechos. Continuamos el paseo con el periódico bajo el brazo, una bolsa de papel con el pan y el bollo en la mano derecha y la mano izquierda abrazando a Candelas por los hombros. Al atravesar el callejón un viento gélido nos hace arrebujarnos en los abrigos.

Salimos de la calleja y veo como una enorme mole de pelos viene hacia nosotros desatalentado. Candelas se queda paralizada, creo que se va a abalanzar sobre nosotros. Me coloco delante de ella para protegerla. Y ante mi desconcierto, me arranca de un bocado la bolsa de papel y sale despavorido hacia un descampado. En pocos minutos desaparece. Algunos transeúntes nos miran. No se atreven a decir nada, como si pensaran que al dirigirse a nosotros volviera la tremebunda fiera y también los atacará.

Sin mediar palabra nos sentamos en un banco de madera mientras recobramos el resuello. Y de pronto nos miramos y comenzamos a reírnos a carcajadas. Después saca los plátanos, me ofrece uno y comienza a comérselo, relamiéndose y humedeciendo sus labios. Tras unos minutos Candelas me coge la cara entre sus manos y me da un despampanante, aplatanado y harinoso beso.

  • Mi San Jorge me salvo del dragón—sigue sonriendo.

Me fascina la sonrisa de Candelas, me seduce. Volvemos a la tahona, pero la dependienta nos dice que los “nochebuenos” se han acabado, son vistos y no vistos, como se suele decir por aquí. Tampoco le queda pan de hogaza, así pues, un par de barras suplirán el desatino.

El viento arrecia y unos nubarrones oscuros comienzan a esconder el sol, huele a tierra mojada. Aceleramos el paso a casa. Candelas se para en seco tras unos matorrales y, como una adolescente, me agarra del trasero y me vuelve a besar con ternura. Me susurra al oído mordiéndome la oreja:

  • Vamos a casa, encenderemos la chimenea y a ver qué podemos hacer para endulzarnos la mañana—Me pellizca el culo y sale corriendo tirando de mi mano, sin parar de reír.

No sé si soy San Jorge o el dragón, me arden las entrañas. Me adelanto a ella y ahora soy yo el que tiene prisa por llegar. Yo también sonrío y le digo en voz alta:

  • ¡El fuego está encendido y arde, mi dama!

Nutrición y Vida Sana

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He creado este menú para ir poniendo diferentes post sobre nutrición y mi experiencia. Llevo cuatro meses cuidando mi salud, he perdido bastante peso, me siento mucho mejor. No olvidemos que la autoestima sube cuando nos mejoramos el estado físico.
Muchos dicen que Herbalife es una secta; el Doctor JULIÁN ÁLVAREZ, MÉDICO ESPECIALIZADO EN MEDICINA, NUTRICIÓN Y FISIOLOGÍA DEPORTIVA, dice que Herbalife es casi una religión porque tiene una filosofía y unas creencias que te hacen sentirte bien. El propósito es cuidarnos y ser felices siendo dueño de nuestra nutrición que es el principal condicionante de la salud. Así pues, os animo a cuidaros

 

Borboletas

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“En qué profundidades distantes, en qué cielos ardió el fuego de tus ojos” William Blake

Sentada en un banco del parque miré al cielo y respiré profundo. Sentí en mi rostro una ligera brisa y un sutil calor de un sol timorato. Acababa de comenzar un otoño de temperaturas dulces. Recordé a mi abuelo que por largo tiempo vivió en Portugal: deja que las borboletas se acerquen a ti, siempre serán un buen presagio, una señal. Una mariposa de grandes alas revoloteaba a mi alrededor. Y siempre que las veía lo que me presagiaban era su presencia y protección, la del abuelo. Como si algo afable se acercara empujado por él.

Un golpe metálico me hizo despertar de mis pensamientos y girar la cabeza. En el banco junto al olivo centenario se le había caído una cantimplora de aluminio a un individuo desgreñado y barbudo. Miraba el objeto en cuestión que se había abollado al golpearse con una gran roca rodeada de brezo.  El desconocido abrió sus brazos con resignación y vació la cantimplora, la guardó en una pesada mochila llena de insignias bordadas y un pañuelo atado al asa.

El extraño se volvió a sentar en el banco y sacó un libro. Leyó concentrado, como si no hubiera nadie en el parque, como si no existiera nada. Me llamó la curiosidad ¿Cuál sería el título de aquel ejemplar?

El cabello de él, negro azabache colgaba por ambos lados de la cabeza y delante de los hombros. Las barbas eran extremadamente profusas pero muy bien recortadas bajo la barbilla. Me percaté de que su ropa, vaquera, a pesar de parecer muy deteriorada estaba muy blanca en su desgaste. Las deportivas rojas que llevaba, en contra, parecía recién estrenadas. Al sujetar el libro dejó ver un montón de pulseras de cuero y de una de ellas colgaba un anillo de plata labrada.

El libro parecía también como si le hubieran leído millares de veces, los bordes estaban ajados. Era de pastas duras con canto de cuero, un ejemplar antiguo. Seguí observando y fue cuando me percaté de que tras el banco había un perro dormitando. Seguí contemplándole con descaro hasta casi perder la noción del tiempo.

Una nube cubrió los rayos del sol y el extraño avistó el cielo. Cerró el libro y me miró. Una leve sonrisa asomó a la comisura de sus labios. Vi unos ojos cristalinos como el mismo cielo. Me sonrojé y cogí el bolso para disimular mi descaro. De reojo observé como se levantaba, cogía la mochila y llamaba al perro ¡Lobo, hora de marchar! Me puse nerviosa al acercarse a mí.

Me saludó afablemente y volví a cruzarme con aquellos ojos nítidos y las borboletas batieron las alas en mi estómago. Tendió sus brazos dejando al descubierto un tatuaje de un pequeño atrapasueños y me ofreció el libro entre unas manos curtidas y enjutas.

  • ¡Buenas tardes! Para usted—con voz tenue y cascada
  • ¡Hola! Perdone mi descaro, no quería importunarle—tartamudee.
  • No me ha molestado. Tengo por costumbre hacer un regalo a todo aquel que me mira con pensamientos amables, que se reflejan en la expresión de su cara.
  • No, no tiene ninguna obligación.
  • No es obligación, es agradecimiento.

Dejó el libro junto a mí en el banco y continuo su camino, Lobo le siguió pegado a sus largas piernas. De pronto se giró y volvió a tomar la palabra.

  • Nunca deje de pensar que las borboletas la protegen y avisan de buenos augurios.

Me quedé con la boca entreabierta, sin mediar palabra mientras veía perderse una figura alta entre el boscaje del parque. No sé el tiempo que transcurrió hasta que cogí el libro, supongo que un par de minutos. Las nubes se despejaron y volvieron a rozar los rayos del sol mi rostro. Seguía intrigada por la situación, por el desconocido, por el libro. En la portada un rostro de mujer y con letras de trazo delicado un título “Jane Eyre”. En la primera página una dedicatoria y una fecha:

4 de marzo de 1989

Para ver el mundo en un grano de arena

y el cielo en una flor silvestre

abarca el infinito en la palma de tu mano

y la eternidad en una hora.

                                William Blake

Te amo Freddie. 

Me levanté y salí corriendo, buscando entre los árboles una figura con un perro, en una carrera delirante. No lograba encontrar su sombra, miré hacia todos lados y seguí corriendo. Miré y miré hasta que oí un ladrido cercano, y al escucharlo me serené. Giré hacia el lugar de donde llegaba y volví posar mis ojos sobre los suyos.

¿Quería regresar aquel libro a quien pensaba su propietario o volver a sentir el misterio de los ojos de aquel extraño?

EL JABÓN DE LA ABUELA

El jabón de la abuela

“No existe la felicidad. A lo largo de la vida hay briznas de dicha que se deshacen como jabón.” Miguel Delibes.

Allá por 1613, en una humilde morada con dos habitaciones, María, La Hechicera, anda aquella mañana distraída e inquieta. La abuela vaticinó el encuentro de ella con aquel al que llamaba el guardián. Poco sabía de tal caballero, tan sólo que sería parte importante de su vida. A ambos les uniría el corazón y una misión que saldría a la luz en el futuro.

María agachada sobre el puchero en la lumbre, da vueltas a una solución viscosa y blanquecina.  Su falda de paño arremangada y sujeta a ambos lados de la cintura. Los pies descalzos como la mayoría de las veces.  Unas gotas de humedad resbalan por su frente y son restañadas por el dorso de su mano. El continuo movimiento y el calor del fuego hacen la tarea sofocante. Parte del corpiño y la blusa desabrochados, dejando entrever sus turgentes senos; está sola, no hay porque tener decoro.

Cuando algo la inquieta siempre se pone a hacer jabón como lo hacía la abuela.  Aquel ritual la une a ella.  Es uno de esos recuerdos de la niñez que no se olvidan, acompañados de aromas concretos.  Como si siguieran haciendo ambas dicha tarea, juntas, a pesar de que habían pasado unos años desde su desaparición. La serenaba en momentos de incertidumbre y aquel era uno de esos instantes. Cuando el día antes echó la suerte de habas al caballero, por intuición o revelación ancestral, supo que él era el guardián.

La noche del día de ayer, cuando conoció a Miguel y después de que se marchara, cogió agua de lluvia y la mezcló con las cenizas de hojas de laurel que guardaba en un cuenco de madera.   Una vez obtenida la mezcla, la dejó reposar toda la noche. A la hora del Ángelus, cuando las campanas de la catedral tañían, María echó una patata en la mezcla de agua y ceniza; la patata flotó hasta la mitad indicando que ya estaba lista para su utilización, tenía la concentración adecuada; tamizó la mezcla con un paño, despacio, pues era corrosiva. La abuela llamaba a dicha mezcla al-qaly que era lo mismo que ceniza en árabe. Cogió de uno de los estantes un cántaro con az-zait o jugo de aceituna como ella también siempre decía. Sacó la misma proporción de la disolución de agua y ceniza, aceite y mezcló ambas en el puchero. Sin dejar de remover, la disolución adquirió una textura cremosa. Una vez hecha toda la mixtura, depositó el puchero en la lumbre.

En esas andaba, con cada vuelta en el puchero con la cuchara de madera un pensamiento, una inquietud, un pálpito. Ansiaba descubrir todo sobre él. Miguel era el guardián. Fornido, de ojos sagaces, cabellos largos y ensortijados que invitaban a enredarse en ellos. Pero lo que le atraía eran sus manos grandes y huesudas; tuvo ganas de acariciar aquella profunda cicatriz en su mano derecha, en forma de media luna. Hasta ayer no se conocían de nada pero sintió un amarre inexplicable que les ataría.  Siempre su sexto sentido la advertía de quien desconfiar a primera vista y en quien fiarse al primer respiro. Sabía que podía encomendarse a él. El amarre le percibió tal y como Inés se lo reveló hace ya demasiado tiempo.

Retiró el puchero del fuego con dos paños y lo colocó en la mesa sobre una tabla para poner los cacharros calientes. Se acercó al tarro donde guardaba las flores de espliego y tomó un puñado que esparció sobre la mixtura removiéndola. El aroma que se desprendió inundó la estancia. Se quedó quieta, absorbiendo dicho aroma con una profunda inspiración, no pudo evitarlo y en un susurro pronuncio unas palabras:

  • Hola abuela. Protégeme siempre y no me abandones—con ojos vidriosos—. ¡Te echo tanto de menos! Contigo nunca había incertidumbres ni miedos.

Se acercó a un lado de la lumbre donde reposaba un cajón de madera desgastado. Sobre aquel cajón echó la mixtura. Ya sólo quedaba dejarlo reposar hasta que el jabón estuviera duro y dispuesto para cortar. Ella también se bañaba con aquellos pedazos de jabón desde la infancia, igual que la abuela.

Inés, la hechicera, de la que heredó su apodo, decía que el jabón de lavanda protegía de los insectos, eliminaba tensiones y limpiaba la piel de granos, realces y quemaduras. También decía que su aroma producía en el hombre una sensación de euforia, de placidez.

En un día de lluvia de 1601, la abuela Inés fue detenida por la Santa Inquisición acusada de envenenamiento y hechicería. Jamás volvió a verla. En su humilde posición social era inteligente, avanzada para su época, un libro de sabiduría atávica. María nunca llegaría a ser como ella aunque lo intentaba. Sentía una admiración profunda hacia aquella mujer menuda, de ojos astutos y piel ebúrnea.

Dejó de deambular con la mente y se metió en el cuarto que servía de dormitorio. Echó agua en el barreño de madera, cogió un pequeño paño y un trozo de jabón usado. Terminó de desabrocharse el corpiño, dejó caer la falda y se quitó la camisa que la cubría todo el cuerpo. Ya desnuda y en el barreño, mojó el paño y lo frotó en el jabón. Estaba sudada y necesitaba cubrir cada centímetro de su piel de aroma a espliego. Empezó por los brazos y luego por el torso, deleitándose en los senos que se erizaron. Continuó por las piernas para terminar en su sexo. Salió del barreño y cubrió su nívea piel con un gran paño. Se sentía mejor, más serena, como Inés señalaba, el espliego alejaba el desasosiego.

Miguel había despertado en ella una exaltación que no se explicaba, nadie hasta ahora lo había hecho. Ansiaba el instante de volverle a ver. Había lucubrado miles de veces con la imagen del guardián, ahora conocía su rostro y no la había decepcionado. Sus corazones efectivamente estaban unidos, él lo ignorara aunque estaba segura que su alma también partió inquieta tras conocerla. Eran los guardianes, el momento de las respuestas se acercaba. Estaba contenta pero inquieta ante las esperadas lunas.

Frases Lapidarias

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“La felicidad también consiste en lo que dejas ir, por tu propio bien” Coco Chanel

El viento acariciaba su rostro en el cañón que angostaba el rio. Sobre la roca, sentada, revisaba los últimos meses, las últimas palabras. Guardaría para siempre sus caricias, sus besos, sus detalles. Ella tuvo el coraje de seguir la intuición y su corazón. No fue nada fácil tomar la decisión de abandonar el barco, pero mejor irse que hundirse con él.

Hay frases lapidarias, de esas que cierran los corazones. Supo que las últimas palabras que le dijo fueron tajantes. Le señaló, mirándole a los ojos, que quería que estuviera en su casa como si fuera la suya. Su silencio, por aquel entonces, fue su contestación; y es que hay silencios que expresan más que la voz. Días más tarde supo su respuesta “no estoy a gusto en mi casa, lo voy a estar en la tuya”. Y sus palabras también fueron lapidarias. Ella confirmó que él jamás formaría parte de su hogar, de su vida. Fue también la última vez que él pisó el suelo de su humilde morada. Nunca tuvo la intención de quedarse. Así pues, ella antes que él terminó con la relación.

Comenzaría pronto el otoño. Todo fue un amor pasajero, un coqueteo. Ella se ilusionó en que él podría llegar a ser su alma gemela, su pareja definitiva. Mañana, de regreso a la ciudad, todo seguiría igual en su nuevo horizonte. Todo menos ella. Aprendió, como se aprende de toda experiencia y más con la que tiene un principio y un final. Hay amores eternos que solo duran un verano.