¡Qué Calor!

hielo.jpg_296026913 (1)

“El erotismo es cuando la imaginación hace el amor con el cuerpo.” Emmanuel Boundzéki Dongala

La temperatura era insoportable. La chica de labios color berenjena chupaba con avidez los hielos de la copa. Y en aquel revoltijo gélido, uno de los hielos se fugó de su boca. Se deslizó por su pecho dejando un rastro húmedo hasta ocultarse entre sus senos turgentes que, emocionados, recibieron el frescor con una incipiente protuberancia de los pezones ¡Dios, qué calor hacía!

Te Necesito, Ayúdame

violencia-de-genero-de-pelicula

“No cuentes conmigo si es para violencia. No esperes de mí en las barricadas a menos que sea con flores.”  John Lennon

Suena el teléfono con insistencia. Los timbrazos son impertinentes hasta que callan. Al minuto comienzan de nuevo con estridencia.  No hago caso y otra vez deja de sonar. No quiero hablar con nadie. No me es fácil empatizar cuando mi mal humor alcanza cotas insolentes prefiero permanecer oculto, en silencio. Pero otra vez comienza a sonar el teléfono con obstinación. Como cuando intuyes que aquella terquedad no depara nada bueno y el que se encuentra al otro lado del auricular sabe que no quieres descolgar.

Por fin me levanto del suelo donde trataba de distraerme leyendo, con la iluminación justa para distinguir las letras.  Es lo único que me sosiega. Descuelgo con apatía y es ella. Ella que me considera el mejor amigo, el que siempre está ahí cuando le necesitas. Yo no quiero su amistad.

Grita mi nombre varias veces. Su respiración entrecortada me alerta de que algo no va bien. Habla atropelladamente y no consigo entender lo que me dice. Resoplo, sigue alterada disparando palabras, y comienzo a preocuparme

  • Anna no te entiendo, quieres tranquilizarte ¿Qué ocurre?
  • Te necesito

Como siempre que tiene alguna de sus elucubraciones mojadas en alcohol. Apenas me saludó esta tarde cuando reía con el del pelo engominado y montaba en su moto. Cuando la he visto alejarse ha sido como saltar de un precipicio, me he roto en pedazos.

  • Estoy en la carretera del valle. Esto no pinta bien. Ven a buscarme.
  • No pienso ir para que luego tú y tus colegas os riais de mí por perder el culo para salvarte.
  • Esta vez es en serio, por favor, por favor.
  • Esto ya me lo has hecho otras veces Anna—oigo sus sollozos— eres despiadada conmigo.

Ruidos de interferencias y silencio. No sé si me ha colgado, se ha cortado la comunicación o se ha quedado sin batería. Dudo entre volverla a llamar o volver al suelo de mi habitación ¿Y si esta vez no es una broma y me necesita? Con desidia cojo la cazadora y las llaves del coche, puede que regrese más enfadado aún, pero no resisto sus suplicas y ella lo sabe.

Voy en mi coche hacia la carretera del valle. Soy un inútil incapaz de expresar lo que en realidad ella significa para mí. He de seguir siendo su confidente, derrumbándome con cada una de sus palabras mientras me asoma una sonrisa. Ni si quiera puedo gritarle para decir lo que tanto me desespera. Para demostrarle que no soy débil, ni cobarde. Que tantas y tantas veces me he contenido para no dar un puñetazo a ese chulo engominado, para no perderla. Prefiero seguir siendo el amigo bobo a que me deje de hablar. La ventana de su habitación está de frente a la mía. Muchas veces espío como baila a través de los minúsculos agujerillos de la persiana. Las manos me sudan cuando veo contonear sus caderas, su cabello revuelto sobre los hombros. Poso mi frente en el cristal frio de la ventana mientras mi corazón se acelera. Y así día, tras día.

Voy llegando al merendero y veo salir una moto a gran velocidad. Al menos no tendré que soportar la cara de ese gilipollas. Estaciono en frente y cruzo la carretera. Empiezo a inquietarme, un olor ferroso llega hasta mi olfato. Basura por todos lados, miro a mi alrededor. En una hondonada al fondo percibo unos jirones de ropa de un color que me es conocido. Me acerco más, junto a un trozo de tela, un móvil con la pantalla rota, su móvil. Me da miedo mirar, al fin dirijo mis ojos hacia la cuneta. Allí está Anna, encogida, con la ropa desgarrada. Deprisa le giro la cara, está inconsciente. Inconsciente o muerta, poso mis dedos en su cuello. Me cuesta localizar su pulso, pero lo encuentro. Intento que se despierte, no reacciona. La levanto y, a grandes zancadas, cruzo la carretera con ella en brazos. La meto en el coche, está helada. Pillo una manta del maletero y la cubro. Comienza a estremecerse y gemir. Tiene todo el rostro ensangrentado y lívido. Apoyo su cabeza en mi regazo y le hablo.

  • No te preocupes te llevaré al hospital— solloza y siento como sube a mi cara un ardor iracundo.
  • Llévame a casa, estoy bien. Se me pasará.
  • Creo que deberíamos ir a urgencias y a la policía.
  • ¡NO! Llévame a casa.

El calor ahoga mi cuerpo y se me humedecen los ojos. La dejo en el asiento trasero y, apretando los puños hasta dejar marcada mi palma de la mano por la llave del coche, arranco. Cuando llegamos se incorpora con lentitud envuelta en la manta. La sostengo por los hombros hasta llegar a su puerta, entramos. Se dirige al baño mientras se va desprendiendo de los jirones de ropa entre mis brazos. Desnuda, se suelta de mí y se dirige a la ducha. Da el grifo y deja que el agua caiga sobre su cuerpo. El plato de ducha se llena de un líquido rojizo mientras observo anonadado un cuerpo lleno de arañazos y golpes que se va deslizando hasta quedar acurrucado en el suelo entre sollozos.

  • Esto no quedará impune—vuelvo a apretar los puños— ese canalla va a saber lo que es el dolor.
  • Por favor olvídalo solo estate a mi lado.

Reservé mis pensamientos, la violencia nunca debe de quedar indemne y no quedaría. Como dijo Asimov, la violencia es el recurso de los incompetentes. No tiene justificación sus actos. Hay que luchar contra ella con la justicia, con entereza. Todos tenemos que colaborar para que desaparezca. No podemos ver amenazados nuestros derechos de libertad e igualdad.

Tras unos interminables minutos, absorto en mis pensamientos, cerré el grifo y la envolví en una toalla. La tomé entre mis brazos y la llevé a su habitación. Esa habitación donde miles de veces la observé oculto tras la persiana contoneando sus caderas. Pero esta noche estaré a su lado hasta el amanecer,  todas las noches que hagan falta, hasta que quiera que me marche.

Nostalgia Envenenada

copa-de-vino-dedo

 

“Pero ahora, después de reavivar tantos recuerdos, el primer contacto con su cuerpo, armonioso y extraño y perfumado, produjo en él un agudo latido de lujuria.”  James Joyce

La copa de vino reflejaba el sol de la tarde. Era como si aquel líquido afrutado y purpúreo contuviera la chispa de la vida, el resurgir de un mundo nuevo.  Y allí estaba, contemplando una copa en alto, divagando. Respiré hondo queriendo ansiar ese destello a ver si me reconfortaba.

Palabras, palabras precisando un estado de ánimo difícil de esbozar. Esperando unas ordenes de esa voz interna que me obligara a dar un paso adelante. Sería mejor acallarla y seguir embelesándome con aquel caldo, Mas La Plana Vino tinto Penedés 2008, cincuenta y ocho euros la botella. Su sabor es intenso y persistente. Si me bebía la botella, con seguridad, silenciaría mi conciencia tanto por el derroche como por la nostalgia.

Aquella era mi primera copa, aún quedaba otras seis copas por deleitar que me enajenaran. Entretejer una ebriedad que me llevara a estados que no recordaría mañana ¿Y quién quiere recordar? Sería la condición perfecta, amnesia, omisión, olvido.

Apuré mi primera copa y me serví la segunda. El sol casi había desaparecido en el horizonte. Y aquella chispa de la vida se había transformado en oscuras premoniciones. La noche alberga muchos fantasmas y los magnifica. También protege la magia de quienes buscan sin aliento las casualidades del destino. El vino comenzaba a hacer mella, los mensajes lucubraban cada vez más en mi mente.

Tras la cuarta copa en la terraza extraordinaria de mi habitación, una intensa fragancia me envuelve. Un escalofrío, siento el placer de sus manos sobre mis hombros. Me dejo llevar, allí está Lilith, el calor intenso de sus huellas se desliza. Acaricia todo mi torso mientras permanece a mi espalda, desabotonándome con lentitud la camisa hasta llegar a mi sexo.  Se derrama el vino tras romperse la copa en mil pedazos sobre el suelo. Agarro con fuerza sus muñecas en su vertiginoso ritmo. Mi corazón por instantes se acelera, de cero a cien, mientras sus dientes me muerden el cuello. Noto sus colmillos, el incisivo dolor acrecienta mi placer. Y el éxtasis envuelve cada una de mis células.

Mi cabeza da vueltas, mareado, sin poder ubicarme. Dejo de sentirla tras de mí para verla junto a la barandilla. Su vaporoso vestido negro de tul deja entrever su voluptuosa silueta. Largas piernas y pies descalzos. Cabello negro enredado en una aguja sobre la nuca. Su vestido se desliza y cae al suelo. Lilith te echaba de menos, llévame contigo quiero perderme en tu oscuridad. Ella se acerca entre la nebulosa que me ciñe y me susurra que el precio es alto, muy alto.   Y agarrando su cintura, también en un murmullo la espeto: mi alma es tuya…

Tres días después, golpes en la puerta hasta abrirla. Voces llamando al señor Adams. Puertas que se abren y se cierran, nada. Unos pasos se dirigen hacia la terraza, las puertas están completamente abiertas. El individuo lo percibe porque las cortinas por el viento entran en la habitación hasta casi la cama. Vocifera informando a los demás ¡La terraza!

Todos se quedan pálidos, el botones vomita en una gran maceta. Sobre la terracota del suelo una gran mancha negruzca entre cristales de una copa y un líquido más fluido y purpúreo. Junto al puzle líquido un cuerpo de un hombre boca arriba, pálido y rígido. Un gran corte en el cuello con un rastro seco también negruzco. La camisa vulnerada de sombras rojas y rosadas, desabotonada; el pantalón desabrochado; los pies descalzos. Un rastro del charco hasta la barandilla, y sobre ella una botella de vino, una copa con un vestigio labial y un pequeño cuchillo curvado. Un aroma almizclado y herrumbroso como colofón a la escena.  La mesa volcada junto al cuerpo con una palabras escritas con sangre… Tu alma.

LA LOBA

Imagen

“El amor, por etéreas e ideales que sean sus apariencias, tiene su raíz en el instinto sexual” Athur Schopenhauer

Soy la loba que aúlla a la luna; la tímida bibliotecaria que languidece entre pilas de libros. Él ignora de dónde proviene el aullido que llega a sus oídos cada noche. Me reconocería por mis ojos pero está desorientado cuando cada mañana me entrega los libros,  noto que mi mirada le turba. Cuando el sol baña el bosque la loba duerme en su madriguera, en la biblioteca.

A mí también me consterna su mirada y sus grandes manos. Con ellas abarca el acopio de libros que pone sobre la mesa; manos huesudas y fuertes en las que mecería las mías. Emanan la claridad del agua como el del riachuelo en la noche, cuando bebo.

Lo sé, tras muchos años de espera, tras muchos rostros que engañaron mi alma, te reconocí. Advertí el aroma del bosque en tus huellas. Vi el aura de fuego alrededor de tu silueta encubierta por tus ropas raídas de profesor de escuela.

Permaneceré a la espera hasta que resuelvas el misterio de por qué te turban mis ojos. Cuando encuentres la respuesta, buscarás a la loba que aúlla a la luna. Llevo tiempo acechando. Seguiré hasta que tu halo inunde libre la bóveda celeste.

Llegará ese momento en el que nada ni nadie impida que correteemos juntos. Abandonaremos la madriguera para cruzar el mundo. La intuición será la reseña de nuestra raza. Libertad plena para dejar deambular los instintos. El ciclo de nuestra evolución se habrá cumplido.

Refugiados

NEVADA EN EL CAMPAMENTO DE REFUGIADOS DE LESBOS

“Crece con disciplina. Balancea tu intuición con rigor. Innova alrededor del núcleo. No aceptes el status quo. Encuentra nuevas formas de ver. Nunca esperes la bala de plata. Ensucia tus manos. Escucha con empatía y comunica con transparencia”  Howard Schultz

Me enseñaron desde pequeña que de política y religión no se habla en público, y arrastro este aprendizaje como una mordaza. Soy poco dada a dar mi opinión, y menos en espacios sociales, sobre estos temas. Pero hay algo que me remueve las entrañas en estos días y más con las noticias de la ola de frío que se nos avecina. Yo aquí, leyendo bajo un techo protector y al abrigo del fuego;  y miles de refugiados viviendo en la calle y muriendo de congelación. Niños con lágrimas heladas, madres desesperadas e impotentes sin poder ofrecer una brizna de calor, padres abatidos incapaces de brindar una mínima protección.

¿Qué hago yo? Veo esas imagines en la televisión que me van inmunizando, incapaz de hacer algo. Tengo suerte de vivir en un país desarrollado que consiente que otros pasen hambre y frío mirando hacia otro lado. Soy infinitamente afortunada de no carecer de todo lo esencial para tener una buena calidad de vida mientras a otros semejantes les falta hasta el aire para respirar.

Qué clase de mandatarios tenemos que no se les retuercen las tripas al permitir estas atrocidades. Comenzando por la Iglesia y terminando con los altos dirigentes. Si nos planteáramos acoger una familia por cada una de las parroquias que existen en nuestro país estoy segura que casi terminábamos con esa lacra de los refugiados. Menos arreglar iglesias y más amparar almas.

Hemos olvidado el significado de la palabra empatía, nos deshumanizamos por instantes  mientras un bebé llora entre los brazos gélidos de una madre. Nuestros actos tendrán en algún momento consecuencias.  Y cierto día puede que nosotros mismos mendiguemos un ascua de fuego, un mendrugo de pan o el respeto por cada ser que existe a nuestro lado en este maravilloso planeta.

En fin, yo soy la primera que permanezco impasible ante las adversidades del prójimo, me avergüenzo de mi misma, lo digo alto para redimir mi pecado ¡Hipócrita! Y seguiré viendo esos retratos tercermundistas en nuestro continente esperando que pase el invierno. No estoy hablando de guerras, poder, política o terrorismos; de buenos o malos individuos.  Solo hablo bajito sobre “Personas” que somos, son o seremos.

Cogiendo una Estrella

502d2e977ef2ce00962f08f939a48321

“El encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman”  Carl Gustav Jung

Necesitamos, de vez en cuando, un abrazo que nos apriete el alma. Emisores de mensajes, de WhatsApp repetitivos, con afables palabras; receptores apáticos del uso banal de buenos deseos. La tecnología hoy copa cada rincón de casi todos los hogares. En cierto modo, nos mantenemos más comunicados pero la calidez de la cercanía se nos pierde entre ondas y fibras.

Javier apagó el móvil que no paraba de sonar, catorce mensajes para recordarle la cena. Entre las cuatro paredes de su pequeño  ático se tumbó en el sofá y contempló el cielo encapotado a través del tragaluz. Silencio absoluto, soledad. Ella se fue ya casi hace seis meses. Esa serenidad la valoraba hoy por encima de cualquier condición. Sabía a la perfección lo que no tenía espacio en su existencia.  Claro que echaba de menos a Alina pero, con ella, cualquier jornada era una montaña rusa que le desbocaba hasta la extenuación, además de todo el día con el móvil y la tablet. Ella siempre le recriminó demandar exceso de tiempo y caricias.

Alina escribía en el ordenador enloquecida bajo los acordes estridentes de un violín, el silencio le era sobrecogedor. Se llamaba así por su abuela germana y su nombre aludía a la que necesita a alguien que le demostrara su amor con ternura, su maldición. Paró para beber, sus pensamientos siguieron perdidos entre aquel líquido añil  en la taza de osos y corazones que Javier le regaló. Seguía sin saber lo que buscaba en la vida y muchos instantes se llenaban de recuerdos y melancolía. Echaba de menos sus exasperantes caricias que muchas veces la crispaban. Él siempre le censuraba su dependencia tecnológica que llenaba su tiempo.

Javier entró en el restaurante, un local minimalista, de un blanco flemático, tan solo con una de las paredes al fondo en rojo. El mobiliario también todo en blanco y copas, servilletas y platos en rojo. Le desagradaba el lugar, percibió una brisa gélida e insulsa en la nuca. Aquel local le recordó a Alina y él, fuego y hielo.

Alina estaba de copas con las del periódico. Desbocadas entre esperpénticas risas. Por la mañana estaría envuelta en una bruma etílica con dolor de cabeza y sin apenas recordar nada. Y esa maldita sensación de vacío de haber pasado la velada quemando las horas. El ruido encubría el mutismo tedioso.

Una estrella fugaz atravesó  el cielo y Javier no pidió ningún deseo, como decía su abuelo “ten cuidado con lo que deseas que puede ser que se cumpla”. Cuando estaba en sus divagaciones estelares, saliendo del restaurante, recibió un codazo de Paco, su compañero. Le molestó, solo era para mirar a un grupo de mujeres, demasiado contentas que caminaban a la par por la otra acera. No le interesaban. Alguno de sus colegas decidió cruzar la calle.

Alina vio como una estela surcó el cielo entre nubes, algún día alcanzaría su estrella. Pegó un alarido cuando Laura, la ilustradora, le pisó un pie al intentar dar un quiebro a un pesado que había cruzado la calle. Regresó a la realidad con dolor.

Aquel grito desconcertó a Javier. Observó como vapuleaban  a Paco entre risas pero el grito desmedido fue de una mujer de cabellos cortos, envuelta en un abrigo negro y con largas piernas terminadas en ingentes tacones. Sus miradas chocaron y fue como el golpe seco de un revolver, violento e inesperado. El griterío y los pasos se fueron alejando y allí, a ambos lados de la calle, se quedaron Javier y Alina mirándose. Los dos grupos comenzaron a vociferar sus nombres pero apenas eran audibles. Solo estaban ellos. Pasó un taxi que pisó un gran charco de las lluvias de todo el día y salpicó a Alina. La escena quedó envuelta en una nebulosa.

Javier despertó sobresaltado sintiendo sus pies fríos, mojados. Era absurdo solo había sido un sueño. Pero los ojos de Alina le oprimían el corazón. Miró el reloj, llegaba tarde a la cena, se había dormido en el sofá contemplando una estrella fugaz, era lo último que recordaba.

Alina se despabiló limpiándose el rostro, se había quedado dormida sobre el escritorio. Deseó por un instante tener a Javier cerca acariciando su rostro. Llegaba tarde, el móvil en silencio tenía trece llamadas perdidas.

Se vistieron con lo primero que tenían a mano y salieron a la calle aprisa. Javier llegó al restaurante y despavorido comprobó que se asemejaba al del sueño. Dio unos pasos hacia atrás hasta pisar la acera, se giró y miró enfrente. La otra acera estaba desolada, húmeda y llena de charcos. Se dispuso a regresar sobre sus pasos y una voz melódica que llegaba del comercio de la derecha, susurró su nombre.

Alina estaba allí, se acercó y cogió su mano, algo que casi nunca hacía. Javier se turbó. Sin mediar palabra, ella tiró de su mano rozándole con el pulgar, se alejaron, caminando. Él se paró en seco y cogiendo su cara la besó con timidez. Una sonrisa apareció en ambos y continuaron caminando con parsimonia.

¿Habían pedido un deseo? A veces los anhelos se difuminan tan solo con seguir a la tormenta, rayos y granizos se integran, y el camino del destino se vislumbra  con luz propia en las estrellas.

El Duelo

dc632491ec3362d3a3bba880f7c0b8e1

 

“Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido.”  Pablo Neruda

Alrededor de la luna se ceñía un halo brillante revelando que la oscuridad iba a ser acompañada de heladas. Yo había salido a correr, a despejarme del murmullo tóxico de la competitividad a la que éramos sometidos por nuestra juventud en la empresa. Pronto serían las doce de la madrugada y, como habitualmente, no podía dormir.

La vi apoyada en el borde de piedra del puente. Ella tenía la mirada fija sobre el lecho del rio donde se reflejaba aquella misteriosa luna. No pude evitar parar y preguntarla:

  • Buenas noches ¿Necesita algo señora?—quieto pero sin dejar de mover las piernas.
  • ¡Señora!—con voz irónica y sin mudar el rostro— Necesito valor.
  • ¿Valor?
  • Sí, valor para acabar con lo poco que me queda.

No sabía qué hacer, tal vez mejor continuar mi camino. Algo en su semblante paralizaba mi cuerpo, como si gritara en su silencio un poco de ayuda. Me quedé esperando una respuesta que no llegó hasta que ella se giró y clavó sus ojos en los mío.

  • Más vale que siga su camino joven, gracias.

Aquellas palabras fueron la respuesta definitiva para acercarme a ella. Un aroma cítrico penetró en mi nariz, me envolvió arrastrándome hasta su lado. Apoyé mis brazos sobre las piedras del puente y dirigí mi mirada hacia donde ella lo hacía unos instantes atrás.

  • Ni el rio ni la luna le darán lo que demanda. Si quiere le acompaño a casa, la noche es fría. Cogerá una pulmonía si sigue aquí, hay mucha humedad y penetra hasta los huesos

Pensé para mí que no había frase más idiota para ayudar a alguien pero no sabía que decir. Volvimos a clavar nuestras miradas y fue cuando percibí aquellos ojos claros y limpios. Y se desplomó sobre el empedrado. Miré a todos lados, a esas horas y en pleno invierno no se divisaba a nadie, ni un solo coche. Pasé mi brazo por su cuello para intentar reanimarla, estaba helada. A penas había un kilómetro hasta mi casa, la tomé entre mis brazos, era delgada, y regresé. Aún percibí con más intensidad su aroma fresco.

Ya en mi salón, la dejé en el sillón frente a la chimenea, aticé el fuego y arrojé un par de leños. Me acerqué hasta el teléfono para llamar a urgencias pero su voz me detuvo:

  • Es usted un insensato y un entrometido ¿Cómo se le ocurre traer a su casa a una desconocida? No se lo enseñaron de pequeño.

Dejé el auricular en su sitio y me acerqué a ella. Ahora sí que pude ver su rostro: ojos azules claros, melena castaña, labios carnosos y ardientes imagino que por el frío, nariz recta y fina, y pómulos marcados. Se aferró a su chaqueta de paño mientras la castañeteaban los dientes. Sus manos pequeñas, de dedos largos y desnudos seguían demandando ayuda.

  • Prepararé algo caliente ¿Qué quiere leche, infusión, chocolate?

Una leve sonrisa asomó a sus labios, me pidió chocolate. Preparé dos tazas en el microondas. Le di su taza y me senté en el otro sillón. Ella abrazó el chocolate humeante y sopló sobre él. Aquellos labios, sus manos, su melancólica mirada me hizo estremecer. Había algo en ella que me seducía y podía ser mi madre.

Allí estábamos ambos contemplando las llamas entre sorbo y sorbo sin mediar palabra. Cuando terminamos dejamos las tazas en la mesa de te que separaba ambos sillones.

  • Me llamo Josu. Y sí, soy un insensato pero me enseñaron a auxiliar a las personas cuando lo necesitan. No creo que me quiera desplumar el apartamento con artimañas.
  • Olivia es mi nombre—tendiendo la mano que comenzaba a estar tibia.
  • Quiere que la acerque a su casa, no me importa. Es tarde y su familia estará preocupada.
  • No tengo donde ir Josu. Todo lo que poseo está en una taquilla en la estación del tren.
  • Te puedes quedar está noche aquí a dormir. No hay problema.

La dejé mirando el fuego reflejado en sus pupilas, en el sillón, arropada con mi colcha de patchwork.

Aquella fue la primera noche de las setecientas restantes que permaneció en mi casa, doctor. Recuerdo cada detalle y cada palabra. Yo fui su salvavidas en aquel instante pero ella para mí ha sido el aire fresco en una estancia viciada, el oasis en el desierto de una urbe deshumanizada. A pesar de tener veinte años más que yo jamás note la diferencia. Hoy, a mis treinta y un años, daría mi vida por volverla a tener entre mis brazos.

Cada noche lloro sobre la almohada que aún huele a ella. Cada mañana restablezco su aroma con el frasco de su perfume. No soy capaz de superar el duelo, me niego día tras día a su ausencia. Se fue como llegó sin ruido ni aspavientos, jamás supe de su dolencia, ni un gesto de dolor, solo a veces su palidez.

Mis sueños se reiteran rememorando los momentos en que llegaba a casa y ella me esperaba tras la puerta, me besaba con dulzura y  me vendaba los ojos. Me agarraba la mano y me dirigía hasta el salón donde me desnudaba con parsimonia entre las caricias de sus manos. Yo me dejaba hacer y ella soliviantaba mi cuerpo hasta terminar exhaustos sobre la colcha de patchwork. Percibo por la noche sus mordiscos en mi oreja, su lengua arrastrándose por mi cuerpo y como yo penetraba en el suyo cuando ya no podía aguantar más la excitación. Su jadeo sobre mi hombro cuando me susurraba “te amo Josu” mientras enredaba sus largos dedos entre mis cabellos. Después yo la cogía entre mis brazos, como la primera vez, su cuerpo delgado y débil, y la llevaba a mi cama y volvía a sucumbir entre sus piernas con envestidas todavía más intensas mientras encorvaba su cintura y me retaba con sus pequeños pechos. De vez en cuando gemía gritando mi nombre entre aquellos labios carnosos y ardientes.

  • Josu han pasado ya seis meses y no avanzas. Sigues aferrado a sus cosas y a sus recuerdos. A ella no le gustaría verte así. Tal vez sería bueno que te deshicieras de sus pertenencias, pensar en el futuro.
  • ¡NO! Doctor como me puede decir eso—con los ojos inyectados en sangre— sería traicionarla—lanzando el móvil contra la pared— ¡La odio! Desprecio ese silencio extraño que me evoca su nombre “Olivia”. Le detesto Doctor porque no logra ampararme en esta gélida noche. Odio a Dios por arrebatármela—Llorando con amargura, con las manos sobre su cara y aferrando un trapo de patchwork.

Se marchó de la consulta dando un fuerte portazo. A veces es imposible dar consuelo para el que le han dejado un gran vacío emocional y se obstina en permanecer en el pasado. La impotencia se recuesta en el diván.