Deja que las cosas fluyan

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“De la constelación de tus lunares me hice preso.”  Rapsusklei

Las decisiones drásticas producen incertidumbre. Según te vas concienciando de que todo tenía que modificarse, por obligación, por felicidad, olvidas los malos momentos. Tras un largo tiempo vuelven los gratos recuerdos y las personas excepcionales que dejaron huella en tu historia.

Cada cual afronta el dolor como puede, unos entre insomnio y sollozos, otros entre insomnio y rabia. Quiero pensar que esa ira surge ante la impotencia de no poder hacer nada. No quieres perder a ese ser que tanto ha significado pero que te ha roto el corazón y tú a él. Se rompe cuando los horizontes del alma fluctúan, unos por debajo otros por encima, todo se desnivela.

Decidí embutirme en el silencio. Y ese silencio y la ausencia de mi persona generó aún más rencor que apenas pude entender. Supe en mis propias carnes que del amor al odio sólo hay un paso pequeño pero largo en horas. Horas, minutos y segundos que incluso me hicieron sentir un miedo paranoico que, aunque con una experiencia nefasta de por medio, exageró en mí ese recelo.

Por delante un verano de risas y baile, por dentro un invierno bajo el sol de agosto. Pero mis arrestos son tajantes en las decisiones. Me cuesta tomarlas, pero cuando las tomo no hay vuelta atrás. Sí, soy de carácter fuerte y de corazón sensible. Sin darse cuenta me desgarró con su altivez y prepotencia, me fue imposible recuperarme. Sin darnos cuenta seguimos consejos que nos alejaron, pues no todos valen para todas las personas. Los consejos se debían adaptar a las maneras de cada cual.

También las medias verdades rompieron la confianza, y cuando ella se rompe es muy difícil de recuperar. Surgen fantasmas a la menor duda, ante una callada por respuesta. Y un desplante, una negación ante un beso, un regalo que rezuma culpabilidad va creando un lago de amargura que cada vez más grande separa los espíritus.

Éramos como la noche y el día, pero en un principio pensamos que las diferencias nos complementarían. Hoy creo que puede ser, pero tras un tiempo de evolución. Cuando las experiencias nos van madurando y desnudan el alma de exaltaciones. Cuando una persona se ama así mismo puede entonces amar sin reparos.

No importa quien dejó a quien. Será el amor de mi vida, de una de las muchas vidas que me quedan por vivir. Tal vez necesitamos ser personas con entidades propias, ser, para que nuestros pasos se vuelvan a cruzar, tal vez.

Aprenderé esa enseñanza que no había forma de aprender más que de esta manera, con lágrimas y tristeza. Descubriremos las bondades de los desconsuelos tras varios inviernos. E incluso sonreiremos recordando tanto drama.

Asumí que tenía que vivir en singular, sin él. Aún con instantes triste, la razón te confirma con contundencia que la decisión que has tomado es la correcta. Pero el corazón no es tan rápido, tan lógico; él necesita tiempo para asumir que esa decisión es la adecuada. Te mortificas pues alejarse de alguien a quien se quiere nunca es fácil ¿Se pudo hacer más? Sí o no. Cuando las circunstancias se alargan en el tiempo, cuando hay melancolía y presión, llegó el momento de aceptar el cambio y ponerse en movimiento.

Me corté el pelo, me puse mis zapatillas rotas y mi pantalón zurcido. Y con un tatuaje sobre el lado izquierdo del pecho, cerré la puerta, con una mochila ligera de equipaje, pero muy pesada en anhelos. Los pasos al principio eran cortos y lentos. Bajé los escalones de su casa sin volver la cabeza, sin un abrazo de despedida. Y las noches trascurrieron metida en una tienda de campaña que compramos a medias, donde no podía vislumbrar las estrellas. Cuando se ama, cuando has empeñado todo, pronto también se ama en el recuerdo olvidando rencores. Eso espero.

 

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L ‘ amore della mia vita

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“Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren.”  Joaquín Sabina

Amor, amore, amour qué haríamos sin él. Cuántos libros y películas quedarían por escribir y estrenar. Cuántas historias dejarían de distinguir al mundo llegando a ser insulso, egoísta y ambicioso. Apuesto por el amor y por personas que, aunque jóvenes, se involucran para luchar por algo que fracasó en sus predecesores y no les ha quitado las ganas de amar.

¿Qué es lo que mejora la pareja y las emociones? Compartir cada duda e incertidumbre con el que ha decidido estar a tu lado o reservar ciertas emociones y circunstancias para uno mismo. También me pregunto si una media verdad es una mentira, si una mentira puede ser piadosa para obviar un enfado, o si la verdad absoluta es la opción acertada. Es importante conocerse y respetarse, y estas dos condiciones conllevan tiempo y paciencia.

Desconozco si es algo tan difícil ser sincero. Tal vez soy demasiado exigente y aunque se sea franco también hay que mantener cierto espacio para uso personal. Un espacio íntimo que no compartir con nadie. La verdad es absoluta o sólo es mi verdad. En emociones y pareja me parece una perpetua duda.

En fin, que la tarea se transforma en monumental, en una continua lucha contigo mismo y con el otro. Hay que tener muchas ganas y mucho amor para mantener el estatus de pareja. Y también puede ocurrir que el amor no se acaba, pero si la paciencia.

Esto del amor es complejo y hoy en día tenemos muy pocas ganas de complicarnos y menos comprometernos. Es más fácil decir adiós y a otra cosa. Así pues, cuando encuentras a alguien que pelea por la pareja, aun con discusiones y tristezas, y sigue luchando me causa admiración.

No soporto a aquellos que vislumbran el futuro prediciendo “aquellos dos van a durar poco”. Qué manejan un tarot, son tahúres, adivinan el futuro o son un ejemplo a seguir. Yo no me atrevo a escupir al viento pues mi esquema sí que es significativo. Metí las manos en el fuego por alguien y me abrasé. Así pues, no suelo predecir ni aconsejar, son tiempos demasiado inestables para dichas faenas.

Me gustaría saber quién es la pareja perfecta que complementa a cada individuo con una personalidad característica ¿Necesito a mi lado a alguien con carácter fuerte como yo o a alguien que con su docilidad complemente mi mal humor e impulsividad? Preciso a alguien trepidante y audaz, o a alguien sereno y callado, hasta displicente, de los que huyen de complicaciones.

Si supiera las respuestas a estas preguntas creo que podría escribir el mejor best seller de la historia. Porque no olvidéis que el amor mueve muchas ruedas, aunque dicen por ahí que sacude más el dinero y el sexo. Pero yo quiero pensar que las pasiones y las lágrimas más intensas las maneja el amor y con gran diferencia.

Tal vez hoy hablo así tras mi trayectoria de fracasos, pero qué sería una victoria sin una gran derrota. Amo por encima de todas las cosas, a pesar de haber dejado una estela de llantos en mi largo recorrido.

No hay que perder la esperanza, aún quedan personas con principios y honor. Individuos que no dejan de levantarse tras varias caídas y ayudan al otro también a recuperar la verticalidad tras besar el suelo. Almas con diferencias complementarias que, ante la burla y los engaños para separarlas, miran de frente y humillan al zafio con la limpieza de su mirada ¡Admiro!

Un libro, una historia, mi historia

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“Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él” Carlos Ruiz Zafón

Dicen que los libros llegan a nuestra vida cuando los necesitas y a veces también junto a personas. Comparto mi pasión por los libros con mis hijos, ambos han tirado de mí en aciagos días. Escojo mis lecturas por impulso. No puedo decir que un solo libro cambio mi vida, sino que hay varios de estos insignes objetos que marcaron mi existencia. Pero hay un viejo ejemplar de bolsillo que guardo con considerable cariño después de treinta y tres años, me le prestaron y no tuve ocasión de devolverlo.

Allí estaba yo, en el umbral de mi casa con la mesa del jardín repleta de libros. Había decidido deshacerme de algunos ejemplares antes de mudarme. Comencé a recolocarlos agrupados por precios. Descubrí que algunos de mis favoritos, que había guardado en una caja para llevármelos, estaban también expuestos sobre la mesa. Seguro que había sido mi hijo, le dije que pusiera para el mercadillo de la urbanización sólo los de la caja azul. Pero claro, Miguel en su eterno despiste, no me había escuchado.

Revisé todos y fui metiéndolos de nuevo en la caja. Con cada ejemplar mi mente revoloteaba entre recuerdos y nostalgia. “La vida sale al encuentro” una de mis primeras experiencias lectoras. “Jacobus” recién casada lo leí junto con mi entonces marido, yo era como Sara, la hechicera judía enamorada del héroe Galceran de Born en busca del tesoro de los Templarios; “El Principito”; “Misericordia”  de los años universitarios; el viejo ejemplar de encuadernación de cuero del abuelo “La casa de la Troya” de Pérez Lugín, una de mis joyas; “ Los diez negritos” el deseo frustrado y veraniego de ser detective; “La piel del tambor” libro de largas tardes entre pañales y llantos de bebé; la colección de Harry Potter con la que se iniciaron mis hijos y yo les aficioné a la lectura; una edición especial de “El Quijote” regalo de mi amiga María; “La casa de los espíritus” que encara la fuerza de la mujer entre tradición, realismo revolucionario y dictaduras; “La judía de Toledo” de mi admirada ciudad; “Los tres mosqueteros”…

Yo seguía entre mis ensoñaciones con aquella caja de mis tesoros casi llena.  Cerca estuve de olvidar “El Señor de las Llanura” que abrigó mi alma en el lamentable año de mi divorcio. Entonces, sin poder centrarme ni para leer, entre llantos y odio, buscaba con inquietud el apoyo de mis ancestros en la decisión de comenzar a escribir como terapia al desamor.

También guardé los recientemente leídos. Ahora que había encontrado la paz después de años de inclemencias y mis prioridades lectoras habían cambiado: “La trilogía de Baztán” y el impactante “El invierno en tu rostro; este último me había acercado a la España de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial que tanto me interesa.

Volví a entrar en casa para coger el precinto y al salir un hombre miraba algunos libros de mi caja de tesoros. Me acerqué con rapidez para informarle que aquellos no estaban en venta y unos grandes ojos me enmudecieron. Le reconocí al instante, aunque su físico había cambiado mucho. Él también me conoció.

Vicente desapareció cuando apenas tenía dieciocho años y volví a encontrármelo en la puerta del Banco junto a mi marido y él con su esposa años después; no volví a verle. Fue mi amor platónico, el que siempre tenía una sonrisa y un roce de su pulgar en mi cara. Aquél que siempre me dedicaba unas palabras cuando llegaba todos los días al Cigarral de mis abuelos, en julio, en Toledo. Mi hermano y mis primos se divertían en la piscina. Pero yo, por aquel entonces, ocupaba el estío tirada en la escalinata de la entrada, donde siempre corría aire a la sombra de la gigantesca Buganvilla, sumergida entre lecturas trepidantes.  Y para qué negarlo, esperando que apareciera Vicente, con la camiseta ceñida a su torso y sus marcados bíceps llevando la cesta de ultramarinos. Él era unos cuatro o cinco años mayor que yo, de cabellos rubios y ojos misteriosos, y de labios epicúreos.

  • Hola Ana, veo que aún conservas el viejo ejemplar que te dejé y quedamos en que al final del verano me lo devolverías.
  • ¡Vicente! —allí seguía mirándole como una tonta sin articular palabra, solo su nombre.
  • Sigues igual de guapa—con sonrisa triste—. Veo que tu afición no ha dejado de crecer. Es maravilloso volvernos a encontrar. Jamás pensé que mis anhelos se harían realidad. En estos últimos meses me he acordado mucho de ti. Tal vez desde que me abandonó mi mujer estoy lleno de nostalgia.

Salí de detrás de la mesa del jardín y me abracé a él. Fue un impulso primario ante el reencuentro también añorado. Tal vez había llegado el momento de devolverle “En nombre de la Rosa” antaño ya ajado y en la actualidad, aún más si cabe, de tanto acariciar sus hojas.  Ante mi abrazo su expresión cambió y me dijo con su pulgar sobre mi barbilla mirándome a los ojos:

  • “De todos los rostros del pasado que se me aparecen, aquel que veo con más claridad es el de la muchacha con la que nunca he dejado de soñar a lo largo de todos estos años … como escribió Eco en El nombre de la Rosa.

¡Qué Calor!

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“El erotismo es cuando la imaginación hace el amor con el cuerpo.” Emmanuel Boundzéki Dongala

La temperatura era insoportable. La chica de labios color berenjena chupaba con avidez los hielos de la copa. Y en aquel revoltijo gélido, uno de los hielos se fugó de su boca. Se deslizó por su pecho dejando un rastro húmedo hasta ocultarse entre sus senos turgentes que, emocionados, recibieron el frescor con una incipiente protuberancia de los pezones ¡Dios, qué calor hacía!

Te Necesito, Ayúdame

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“No cuentes conmigo si es para violencia. No esperes de mí en las barricadas a menos que sea con flores.”  John Lennon

Suena el teléfono con insistencia. Los timbrazos son impertinentes hasta que callan. Al minuto comienzan de nuevo con estridencia.  No hago caso y otra vez deja de sonar. No quiero hablar con nadie. No me es fácil empatizar cuando mi mal humor alcanza cotas insolentes prefiero permanecer oculto, en silencio. Pero otra vez comienza a sonar el teléfono con obstinación. Como cuando intuyes que aquella terquedad no depara nada bueno y el que se encuentra al otro lado del auricular sabe que no quieres descolgar.

Por fin me levanto del suelo donde trataba de distraerme leyendo, con la iluminación justa para distinguir las letras.  Es lo único que me sosiega. Descuelgo con apatía y es ella. Ella que me considera el mejor amigo, el que siempre está ahí cuando le necesitas. Yo no quiero su amistad.

Grita mi nombre varias veces. Su respiración entrecortada me alerta de que algo no va bien. Habla atropelladamente y no consigo entender lo que me dice. Resoplo, sigue alterada disparando palabras, y comienzo a preocuparme

  • Anna no te entiendo, quieres tranquilizarte ¿Qué ocurre?
  • Te necesito

Como siempre que tiene alguna de sus elucubraciones mojadas en alcohol. Apenas me saludó esta tarde cuando reía con el del pelo engominado y montaba en su moto. Cuando la he visto alejarse ha sido como saltar de un precipicio, me he roto en pedazos.

  • Estoy en la carretera del valle. Esto no pinta bien. Ven a buscarme.
  • No pienso ir para que luego tú y tus colegas os riais de mí por perder el culo para salvarte.
  • Esta vez es en serio, por favor, por favor.
  • Esto ya me lo has hecho otras veces Anna—oigo sus sollozos— eres despiadada conmigo.

Ruidos de interferencias y silencio. No sé si me ha colgado, se ha cortado la comunicación o se ha quedado sin batería. Dudo entre volverla a llamar o volver al suelo de mi habitación ¿Y si esta vez no es una broma y me necesita? Con desidia cojo la cazadora y las llaves del coche, puede que regrese más enfadado aún, pero no resisto sus suplicas y ella lo sabe.

Voy en mi coche hacia la carretera del valle. Soy un inútil incapaz de expresar lo que en realidad ella significa para mí. He de seguir siendo su confidente, derrumbándome con cada una de sus palabras mientras me asoma una sonrisa. Ni si quiera puedo gritarle para decir lo que tanto me desespera. Para demostrarle que no soy débil, ni cobarde. Que tantas y tantas veces me he contenido para no dar un puñetazo a ese chulo engominado, para no perderla. Prefiero seguir siendo el amigo bobo a que me deje de hablar. La ventana de su habitación está de frente a la mía. Muchas veces espío como baila a través de los minúsculos agujerillos de la persiana. Las manos me sudan cuando veo contonear sus caderas, su cabello revuelto sobre los hombros. Poso mi frente en el cristal frio de la ventana mientras mi corazón se acelera. Y así día, tras día.

Voy llegando al merendero y veo salir una moto a gran velocidad. Al menos no tendré que soportar la cara de ese gilipollas. Estaciono en frente y cruzo la carretera. Empiezo a inquietarme, un olor ferroso llega hasta mi olfato. Basura por todos lados, miro a mi alrededor. En una hondonada al fondo percibo unos jirones de ropa de un color que me es conocido. Me acerco más, junto a un trozo de tela, un móvil con la pantalla rota, su móvil. Me da miedo mirar, al fin dirijo mis ojos hacia la cuneta. Allí está Anna, encogida, con la ropa desgarrada. Deprisa le giro la cara, está inconsciente. Inconsciente o muerta, poso mis dedos en su cuello. Me cuesta localizar su pulso, pero lo encuentro. Intento que se despierte, no reacciona. La levanto y, a grandes zancadas, cruzo la carretera con ella en brazos. La meto en el coche, está helada. Pillo una manta del maletero y la cubro. Comienza a estremecerse y gemir. Tiene todo el rostro ensangrentado y lívido. Apoyo su cabeza en mi regazo y le hablo.

  • No te preocupes te llevaré al hospital— solloza y siento como sube a mi cara un ardor iracundo.
  • Llévame a casa, estoy bien. Se me pasará.
  • Creo que deberíamos ir a urgencias y a la policía.
  • ¡NO! Llévame a casa.

El calor ahoga mi cuerpo y se me humedecen los ojos. La dejo en el asiento trasero y, apretando los puños hasta dejar marcada mi palma de la mano por la llave del coche, arranco. Cuando llegamos se incorpora con lentitud envuelta en la manta. La sostengo por los hombros hasta llegar a su puerta, entramos. Se dirige al baño mientras se va desprendiendo de los jirones de ropa entre mis brazos. Desnuda, se suelta de mí y se dirige a la ducha. Da el grifo y deja que el agua caiga sobre su cuerpo. El plato de ducha se llena de un líquido rojizo mientras observo anonadado un cuerpo lleno de arañazos y golpes que se va deslizando hasta quedar acurrucado en el suelo entre sollozos.

  • Esto no quedará impune—vuelvo a apretar los puños— ese canalla va a saber lo que es el dolor.
  • Por favor olvídalo solo estate a mi lado.

Reservé mis pensamientos, la violencia nunca debe de quedar indemne y no quedaría. Como dijo Asimov, la violencia es el recurso de los incompetentes. No tiene justificación sus actos. Hay que luchar contra ella con la justicia, con entereza. Todos tenemos que colaborar para que desaparezca. No podemos ver amenazados nuestros derechos de libertad e igualdad.

Tras unos interminables minutos, absorto en mis pensamientos, cerré el grifo y la envolví en una toalla. La tomé entre mis brazos y la llevé a su habitación. Esa habitación donde miles de veces la observé oculto tras la persiana contoneando sus caderas. Pero esta noche estaré a su lado hasta el amanecer,  todas las noches que hagan falta, hasta que quiera que me marche.

Nostalgia Envenenada

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“Pero ahora, después de reavivar tantos recuerdos, el primer contacto con su cuerpo, armonioso y extraño y perfumado, produjo en él un agudo latido de lujuria.”  James Joyce

La copa de vino reflejaba el sol de la tarde. Era como si aquel líquido afrutado y purpúreo contuviera la chispa de la vida, el resurgir de un mundo nuevo.  Y allí estaba, contemplando una copa en alto, divagando. Respiré hondo queriendo ansiar ese destello a ver si me reconfortaba.

Palabras, palabras precisando un estado de ánimo difícil de esbozar. Esperando unas ordenes de esa voz interna que me obligara a dar un paso adelante. Sería mejor acallarla y seguir embelesándome con aquel caldo, Mas La Plana Vino tinto Penedés 2008, cincuenta y ocho euros la botella. Su sabor es intenso y persistente. Si me bebía la botella, con seguridad, silenciaría mi conciencia tanto por el derroche como por la nostalgia.

Aquella era mi primera copa, aún quedaba otras seis copas por deleitar que me enajenaran. Entretejer una ebriedad que me llevara a estados que no recordaría mañana ¿Y quién quiere recordar? Sería la condición perfecta, amnesia, omisión, olvido.

Apuré mi primera copa y me serví la segunda. El sol casi había desaparecido en el horizonte. Y aquella chispa de la vida se había transformado en oscuras premoniciones. La noche alberga muchos fantasmas y los magnifica. También protege la magia de quienes buscan sin aliento las casualidades del destino. El vino comenzaba a hacer mella, los mensajes lucubraban cada vez más en mi mente.

Tras la cuarta copa en la terraza extraordinaria de mi habitación, una intensa fragancia me envuelve. Un escalofrío, siento el placer de sus manos sobre mis hombros. Me dejo llevar, allí está Lilith, el calor intenso de sus huellas se desliza. Acaricia todo mi torso mientras permanece a mi espalda, desabotonándome con lentitud la camisa hasta llegar a mi sexo.  Se derrama el vino tras romperse la copa en mil pedazos sobre el suelo. Agarro con fuerza sus muñecas en su vertiginoso ritmo. Mi corazón por instantes se acelera, de cero a cien, mientras sus dientes me muerden el cuello. Noto sus colmillos, el incisivo dolor acrecienta mi placer. Y el éxtasis envuelve cada una de mis células.

Mi cabeza da vueltas, mareado, sin poder ubicarme. Dejo de sentirla tras de mí para verla junto a la barandilla. Su vaporoso vestido negro de tul deja entrever su voluptuosa silueta. Largas piernas y pies descalzos. Cabello negro enredado en una aguja sobre la nuca. Su vestido se desliza y cae al suelo. Lilith te echaba de menos, llévame contigo quiero perderme en tu oscuridad. Ella se acerca entre la nebulosa que me ciñe y me susurra que el precio es alto, muy alto.   Y agarrando su cintura, también en un murmullo la espeto: mi alma es tuya…

Tres días después, golpes en la puerta hasta abrirla. Voces llamando al señor Adams. Puertas que se abren y se cierran, nada. Unos pasos se dirigen hacia la terraza, las puertas están completamente abiertas. El individuo lo percibe porque las cortinas por el viento entran en la habitación hasta casi la cama. Vocifera informando a los demás ¡La terraza!

Todos se quedan pálidos, el botones vomita en una gran maceta. Sobre la terracota del suelo una gran mancha negruzca entre cristales de una copa y un líquido más fluido y purpúreo. Junto al puzle líquido un cuerpo de un hombre boca arriba, pálido y rígido. Un gran corte en el cuello con un rastro seco también negruzco. La camisa vulnerada de sombras rojas y rosadas, desabotonada; el pantalón desabrochado; los pies descalzos. Un rastro del charco hasta la barandilla, y sobre ella una botella de vino, una copa con un vestigio labial y un pequeño cuchillo curvado. Un aroma almizclado y herrumbroso como colofón a la escena.  La mesa volcada junto al cuerpo con una palabras escritas con sangre… Tu alma.

LA LOBA

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“El amor, por etéreas e ideales que sean sus apariencias, tiene su raíz en el instinto sexual” Athur Schopenhauer

Soy la loba que aúlla a la luna; la tímida bibliotecaria que languidece entre pilas de libros. Él ignora de dónde proviene el aullido que llega a sus oídos cada noche. Me reconocería por mis ojos pero está desorientado cuando cada mañana me entrega los libros,  noto que mi mirada le turba. Cuando el sol baña el bosque la loba duerme en su madriguera, en la biblioteca.

A mí también me consterna su mirada y sus grandes manos. Con ellas abarca el acopio de libros que pone sobre la mesa; manos huesudas y fuertes en las que mecería las mías. Emanan la claridad del agua como el del riachuelo en la noche, cuando bebo.

Lo sé, tras muchos años de espera, tras muchos rostros que engañaron mi alma, te reconocí. Advertí el aroma del bosque en tus huellas. Vi el aura de fuego alrededor de tu silueta encubierta por tus ropas raídas de profesor de escuela.

Permaneceré a la espera hasta que resuelvas el misterio de por qué te turban mis ojos. Cuando encuentres la respuesta, buscarás a la loba que aúlla a la luna. Llevo tiempo acechando. Seguiré hasta que tu halo inunde libre la bóveda celeste.

Llegará ese momento en el que nada ni nadie impida que correteemos juntos. Abandonaremos la madriguera para cruzar el mundo. La intuición será la reseña de nuestra raza. Libertad plena para dejar deambular los instintos. El ciclo de nuestra evolución se habrá cumplido.