Chanchullos y Chanchullas

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“He sido un hombre afortunado en la vida: nada me fue fácil” Sigmund Freud

A veces ocurren situaciones que nos hacen tener los pies sobre la tierra. Lo bueno es que valoras más lo que consigues. Quedan a la luz los muchos chanchullos que hay entre municipios, políticos y personas con palabrería y dominio.

Los trabajos hoy valen oro conseguirlos. Presentas las documentaciones necesarias meses antes de cerrar la convocatoria; estás pendiente durante ese tiempo a ver si hay que presentar algún papel más llamando por teléfono y personándote en las mismas dependencias. Llegas un día y te dicen que la convocatoria está cerrada y que tienen tanto trabajo que no se han dado cuenta de lo que tú demandabas en tu insistencia ¡Te has quedado fuera!

Tras el enfado, razonas y pones una reclamación. Hablas con la persona de más rango que se supone que debe responder por los fallos en una identidad pública. La reclamación da resultados con rapidez y te añaden “in so facto” a la lista de admitidos para la bolsa de trabajo.

Te calmas un poco. Presentas tus certificados de toda la experiencia que aportas y piensas que aún te queda alguna oportunidad ¡Ingenuo!

Al no salir en la página del señalado Ayuntamiento los dos admitidos para el trabajo, te vuelves a acercar, después de cincuenta veces, otra vez a las dependencias. Aprecias que hasta las miradas comienzan a ser aviesas. Y llega el instante del estallido, la administrativa te presenta el acta, aún no firmada, donde tú quedas relegada al cuarto puesto. Sumas y detectas que han hecho mal tu baremo. Estás dispuesta a montar un pollo que se oiga hasta en los infiernos.

Y de pronto frenas en seco, por esas casualidades de la vida, hay una persona por delante de ti con la que has tenido un vínculo estrecho. Observas su baremo y se le han inflado hasta duplicarle; cuando sabes a ciencia cierta que tenía menos puntos que tú. Ahora percibes por qué dicho individuo con el que has sido transparente en todo momento, se incomodaba y ocultaba la trama cuando hablabas de dicho trabajo. No podía compartir contigo el porqué de sus secretos, sus protectores y sus recomendaciones. Claro está que, si yo hubiera tenido la oportunidad de aprovechar un enchufe, lo hubiera hecho, porque así funciona el mundo.

Así pues, te quedas en casa, te tragas tu flema y por ser vos quien es, le deseas la mejor de las suertes. Tal vez él lo necesite más que tú. Solo decirte amigo que, todo se sabe, tarde o temprano.Te buscarás la vida, o en este caso el curro, por otros lares. Bien he de decir que me quitaron uno, pero me salieron dos y por mis propios méritos.

Y así amigos funciona el mundo de las farándulas municipales que no sabemos si están llenos de ineptos o es que viene genial hacerse el tonto y tener falta de profesionalidad. Corrupción desde escalas inferiores. Se regodean de que el tonto es el pobre que presenta la documentación necesaria para un puesto de trabajo cuando ya está entregado de ante mano.

Aquí queda reflejada mi indignación, en un blog de literatura donde a veces la realidad supera la ficción. En un blog terapéutico donde desahogarme, ocultando lugares y personas. Habrá muchos que se sientan identificados con la situación y otros darán la callada por respuesta, sintiéndose aludidos.

Nos roban el dinero, nos roban los trabajos, pero jamás, jamás nos robarán la dignidad.

 

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Un Louis Vuitton en la basura

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“Amantes del mundo: a veces es más hermoso recordar que vivir” Chavela Vargas

Encontré en el contenedor de basura un bolso, imaginé que de imitación, , un Louis Vuitton lleno de cartas y fotos artísticas. Me llamó tanto la atención que rebusqué más dentro de él. Al mover el contenido subió hasta mi nariz un olor apergaminado a flores secas. Las fotos me parecieron una maravilla. Miré a ambos lados del contenedor como cuando se está cometiendo un delito y arramplé con aquel bolso que parecía sin estrenar, que colmaba un contenedor repleto de porquería. Sentí como unos ojos se me clavaban en la nuca, seguro que la señora Basilia me había visto. Agaché la cabeza y me dirigí al portal. Ya bajo el cobijo de las paredes de éste, me relajé y volví a mirar afuera. Vi como unas cortinas azuladas se movían como si, con rapidez, alguien se hubiera escondido tras ellas, pero esa no era la ventana de la señora Basilia.

No me dio tiempo a entrar en mi piso. La puerta  de frente a la mía se abrió y apareció la señora Basilia dándome las buenas noches “Hola Lena”. Me miró de arriba abajo y con medía sonrisa en su cara me espetó con sorna que si había encontrado un bolso de diseño en la basura ¡Lo sabía! Me había fisgado, esa hurraca chismosa miraba el bolso con avidez. La conteste “Cada día señora Basilia, no se puede imaginar los tesoros que puedes encontrar entre la porquería”. Sin darle tiempo, abrí mi puerta, la di las buenas noches y entré en mi territorio.

Con ansia puse el bolso boca abajo sobre la mesa del salón. Había dos clases de sobres, unos normales y otros de color azul. Los clasifiqué en dos montones, dejando revueltas todas las fotos. Una a una fui cogiendo las fotografías: ventanas con cristales mojados, manos entrelazadas, pies descalzos sobre una tarima, unos ojos con lágrimas, un cuerpo de hombre desnudo girando entre muebles de salón, una toalla tirada en la ducha. Aquellas imágenes eran espectaculares, quien las hubiera hecho tenía un don para captar ese momento preciso e impactante y todas sin rostro. Todas las fotos tenían fecha por detrás, pude comprobar que eran de 2015.

Entre las fotos había pétalos de rosas secas, en su momento rojas. Volví a meter las fotografías con los pétalos secos en el bolso. Mi noche aburrida de viernes iba a ser diferente, estaba deseando leer las palabras que arropaban aquellos sobres ¿Por cuál empezar? Cerré los ojos y acerqué la mano a la mesa, cogí uno de aquéllos de la parte de abajo del montón.

La carta de color azul contenía dos folios escritos de forma cuidada. Desprendían un olor cítrico muy sutil:

Mi amado Manuel:

Como cada noche te escribo. Ha sido un día duro, me hubiera gustado tenerte a mi lado, pero las responsabilidades, como siempre, nos encadenan.  Ahora estarás en tu casa junto a Adela, compartiendo la cena con  Valeri. Todo en perfecta armonía mientras yo anhelo tus caricias. Me salva saber que, con cada bocado, según tus palabras, también me echas de menos. Es duro ser la otra y saber que nada por mucho tiempo lo podrá cambiar. No sé por qué sigo a tu lado viéndonos cada jueves en mi piso. Con esas dos horas colmo la semana. Tú me dices que esas dos horas te hacen continuar en tu lineal vida, llena de recursos y vacía de sentimientos.

Cada jueves cuando te vas me digo que será el último. Y cada jueves vuelvo a caer presa de tus caricias y besos ¿Es aceptable y valioso seguir viéndonos? Te amo o te necesito, no lo sé. Esas dos horas, ese mensaje en el móvil todas las mañanas diciéndome que como siempre te vas a poner a escribirme, ese beso por las noches también en el móvil ¿Qué me deja?

Miles de fotos salen de mi cámara todos los días, siempre guardo una que me recuerda a ti, algún detalle que sólo yo sé que eres tú, en esencia. Fotos con alma entre muchas vanas de modelos, posturas y trapos. No sé el tiempo que podré aguantar viviendo de limosna, pero sé que un día si tú no vienes a mí definitivamente, me iré para siempre. Ese instante llegará cuando esté preparada, no puedo ser eternamente la otra…

A las tres de la madrugada había leído todas las cartas, las azules de ella, las blancas de él. Descubrí que cada jueves el devolvía las cartas de ella, no podía quedárselas, las mantenía en el cajón de su oficina hasta entregárselas de nuevo. Eran la prueba de un delito que no podía permitirse, demasiado capital en juego. Coloqué también los sobres por fechas entremezclados. Y volví a leer la última, por supuesto de ella, la que más había dado y más había perdido. Era breve, tan solo unas cuantas palabras y una mancha de tinta corrida al final.

Hola Manuel:

Esta es la última carta que te escribo. Me marcho a París por un tiempo entre calles bohemias y corazones rotos. Llegó el momento que temía, me cansé. No quiero que me busques, ni que me encuentres. Sé que no quieres que te deje y créeme si te digo que te amo más que tú a mí. Yo dejaría todo por ti. Viviré por un tiempo en los recuerdos hasta que ese mismo tiempo me cure de tu aroma, de tus caricias, de tus detalles… El jueves vendrás, abrirás con tu llave, me llamarás como siempre lo haces entre dulces susurros ¡Beatrice! Pero yo ya no saltaré sobre tu cuerpo entrelazando mis piernas, no me derretiré entre tus labios, no caeremos al suelo entre amasijos de ropa, ni haremos el amor en la entrada. No, Manuel, pues ya me habré ido. Te dejo mi bolso de Louis Vuitton, ese que me trajiste un jueves a tu regreso de Italia, antes de ir a casa; ese que jamás me atreví a estrenar, como si fuera la prueba del delito. Todas nuestras cartas y mis fotos las guardé ahí, ya sabes dónde están los contenedores de basura. Lo imperecedero se lleva en el recuerdo. Te deseo todo lo mejor mi amor.

Beatrice.

Las cartas de él, aun llenas de alabanzas y deseos, me parecieron frías e impersonales. Cuanto desamor en las palabras de ella. Aquella mujer desconocida me había robado el corazón, ella le amaba y tal vez él ahora sabía lo mucho que había perdido, o tal vez no. A veces es difícil saber lo que piensan algunos hombres de raciocinio intenso, de esos que por miedo no dejan escapar un sentimiento por si se vuelven vulnerables.

Bebí un gran trago de vino, ese que me servía los viernes para reconfortar la noche frente al televisor hasta que me quedaba dormida. Mañana llegaría Samuel, sobre las ocho y me encontraría dormida en el sofá, pero esta vez con la tele apagada y un bolso de Louis Vuitton sobre la mesa, valioso en emociones. Importaba poco si era de imitación u original.

Me levanté del sofá y fui hacia la ventana. Hacía mucho calor y comenzó una tormenta de verano que amenazaba la oscuridad. Cerré las ventanas y de frente vi a un hombre entre unas cortinas azules, mirándome con firmeza, no sé ocultó. Aquel tipo era ese que cada mañana salía con su imponente Chrysler negro importado, un tipo nervudo y serio, un tipo frío e impersonal.

Deja que las cosas fluyan

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“De la constelación de tus lunares me hice preso.”  Rapsusklei

Las decisiones drásticas producen incertidumbre. Según te vas concienciando de que todo tenía que modificarse, por obligación, por felicidad, olvidas los malos momentos. Tras un largo tiempo vuelven los gratos recuerdos y las personas excepcionales que dejaron huella en tu historia.

Cada cual afronta el dolor como puede, unos entre insomnio y sollozos, otros entre insomnio y rabia. Quiero pensar que esa ira surge ante la impotencia de no poder hacer nada. No quieres perder a ese ser que tanto ha significado pero que te ha roto el corazón y tú a él. Se rompe cuando los horizontes del alma fluctúan, unos por debajo otros por encima, todo se desnivela.

Decidí embutirme en el silencio. Y ese silencio y la ausencia de mi persona generó aún más rencor que apenas pude entender. Supe en mis propias carnes que del amor al odio sólo hay un paso pequeño pero largo en horas. Horas, minutos y segundos que incluso me hicieron sentir un miedo paranoico que, aunque con una experiencia nefasta de por medio, exageró en mí ese recelo.

Por delante un verano de risas y baile, por dentro un invierno bajo el sol de agosto. Pero mis arrestos son tajantes en las decisiones. Me cuesta tomarlas, pero cuando las tomo no hay vuelta atrás. Sí, soy de carácter fuerte y de corazón sensible. Sin darse cuenta me desgarró con su altivez y prepotencia, me fue imposible recuperarme. Sin darnos cuenta seguimos consejos que nos alejaron, pues no todos valen para todas las personas. Los consejos se debían adaptar a las maneras de cada cual.

También las medias verdades rompieron la confianza, y cuando ella se rompe es muy difícil de recuperar. Surgen fantasmas a la menor duda, ante una callada por respuesta. Y un desplante, una negación ante un beso, un regalo que rezuma culpabilidad va creando un lago de amargura que cada vez más grande separa los espíritus.

Éramos como la noche y el día, pero en un principio pensamos que las diferencias nos complementarían. Hoy creo que puede ser, pero tras un tiempo de evolución. Cuando las experiencias nos van madurando y desnudan el alma de exaltaciones. Cuando una persona se ama así mismo puede entonces amar sin reparos.

No importa quien dejó a quien. Será el amor de mi vida, de una de las muchas vidas que me quedan por vivir. Tal vez necesitamos ser personas con entidades propias, ser, para que nuestros pasos se vuelvan a cruzar, tal vez.

Aprenderé esa enseñanza que no había forma de aprender más que de esta manera, con lágrimas y tristeza. Descubriremos las bondades de los desconsuelos tras varios inviernos. E incluso sonreiremos recordando tanto drama.

Asumí que tenía que vivir en singular, sin él. Aún con instantes triste, la razón te confirma con contundencia que la decisión que has tomado es la correcta. Pero el corazón no es tan rápido, tan lógico; él necesita tiempo para asumir que esa decisión es la adecuada. Te mortificas pues alejarse de alguien a quien se quiere nunca es fácil ¿Se pudo hacer más? Sí o no. Cuando las circunstancias se alargan en el tiempo, cuando hay melancolía y presión, llegó el momento de aceptar el cambio y ponerse en movimiento.

Me corté el pelo, me puse mis zapatillas rotas y mi pantalón zurcido. Y con un tatuaje sobre el lado izquierdo del pecho, cerré la puerta, con una mochila ligera de equipaje, pero muy pesada en anhelos. Los pasos al principio eran cortos y lentos. Bajé los escalones de su casa sin volver la cabeza, sin un abrazo de despedida. Y las noches trascurrieron metida en una tienda de campaña que compramos a medias, donde no podía vislumbrar las estrellas. Cuando se ama, cuando has empeñado todo, pronto también se ama en el recuerdo olvidando rencores. Eso espero.

 

L ‘ amore della mia vita

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“Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren.”  Joaquín Sabina

Amor, amore, amour qué haríamos sin él. Cuántos libros y películas quedarían por escribir y estrenar. Cuántas historias dejarían de distinguir al mundo llegando a ser insulso, egoísta y ambicioso. Apuesto por el amor y por personas que, aunque jóvenes, se involucran para luchar por algo que fracasó en sus predecesores y no les ha quitado las ganas de amar.

¿Qué es lo que mejora la pareja y las emociones? Compartir cada duda e incertidumbre con el que ha decidido estar a tu lado o reservar ciertas emociones y circunstancias para uno mismo. También me pregunto si una media verdad es una mentira, si una mentira puede ser piadosa para obviar un enfado, o si la verdad absoluta es la opción acertada. Es importante conocerse y respetarse, y estas dos condiciones conllevan tiempo y paciencia.

Desconozco si es algo tan difícil ser sincero. Tal vez soy demasiado exigente y aunque se sea franco también hay que mantener cierto espacio para uso personal. Un espacio íntimo que no compartir con nadie. La verdad es absoluta o sólo es mi verdad. En emociones y pareja me parece una perpetua duda.

En fin, que la tarea se transforma en monumental, en una continua lucha contigo mismo y con el otro. Hay que tener muchas ganas y mucho amor para mantener el estatus de pareja. Y también puede ocurrir que el amor no se acaba, pero si la paciencia.

Esto del amor es complejo y hoy en día tenemos muy pocas ganas de complicarnos y menos comprometernos. Es más fácil decir adiós y a otra cosa. Así pues, cuando encuentras a alguien que pelea por la pareja, aun con discusiones y tristezas, y sigue luchando me causa admiración.

No soporto a aquellos que vislumbran el futuro prediciendo “aquellos dos van a durar poco”. Qué manejan un tarot, son tahúres, adivinan el futuro o son un ejemplo a seguir. Yo no me atrevo a escupir al viento pues mi esquema sí que es significativo. Metí las manos en el fuego por alguien y me abrasé. Así pues, no suelo predecir ni aconsejar, son tiempos demasiado inestables para dichas faenas.

Me gustaría saber quién es la pareja perfecta que complementa a cada individuo con una personalidad característica ¿Necesito a mi lado a alguien con carácter fuerte como yo o a alguien que con su docilidad complemente mi mal humor e impulsividad? Preciso a alguien trepidante y audaz, o a alguien sereno y callado, hasta displicente, de los que huyen de complicaciones.

Si supiera las respuestas a estas preguntas creo que podría escribir el mejor best seller de la historia. Porque no olvidéis que el amor mueve muchas ruedas, aunque dicen por ahí que sacude más el dinero y el sexo. Pero yo quiero pensar que las pasiones y las lágrimas más intensas las maneja el amor y con gran diferencia.

Tal vez hoy hablo así tras mi trayectoria de fracasos, pero qué sería una victoria sin una gran derrota. Amo por encima de todas las cosas, a pesar de haber dejado una estela de llantos en mi largo recorrido.

No hay que perder la esperanza, aún quedan personas con principios y honor. Individuos que no dejan de levantarse tras varias caídas y ayudan al otro también a recuperar la verticalidad tras besar el suelo. Almas con diferencias complementarias que, ante la burla y los engaños para separarlas, miran de frente y humillan al zafio con la limpieza de su mirada ¡Admiro!

Un libro, una historia, mi historia

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“Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él” Carlos Ruiz Zafón

Dicen que los libros llegan a nuestra vida cuando los necesitas y a veces también junto a personas. Comparto mi pasión por los libros con mis hijos, ambos han tirado de mí en aciagos días. Escojo mis lecturas por impulso. No puedo decir que un solo libro cambio mi vida, sino que hay varios de estos insignes objetos que marcaron mi existencia. Pero hay un viejo ejemplar de bolsillo que guardo con considerable cariño después de treinta y tres años, me le prestaron y no tuve ocasión de devolverlo.

Allí estaba yo, en el umbral de mi casa con la mesa del jardín repleta de libros. Había decidido deshacerme de algunos ejemplares antes de mudarme. Comencé a recolocarlos agrupados por precios. Descubrí que algunos de mis favoritos, que había guardado en una caja para llevármelos, estaban también expuestos sobre la mesa. Seguro que había sido mi hijo, le dije que pusiera para el mercadillo de la urbanización sólo los de la caja azul. Pero claro, Miguel en su eterno despiste, no me había escuchado.

Revisé todos y fui metiéndolos de nuevo en la caja. Con cada ejemplar mi mente revoloteaba entre recuerdos y nostalgia. “La vida sale al encuentro” una de mis primeras experiencias lectoras. “Jacobus” recién casada lo leí junto con mi entonces marido, yo era como Sara, la hechicera judía enamorada del héroe Galceran de Born en busca del tesoro de los Templarios; “El Principito”; “Misericordia”  de los años universitarios; el viejo ejemplar de encuadernación de cuero del abuelo “La casa de la Troya” de Pérez Lugín, una de mis joyas; “ Los diez negritos” el deseo frustrado y veraniego de ser detective; “La piel del tambor” libro de largas tardes entre pañales y llantos de bebé; la colección de Harry Potter con la que se iniciaron mis hijos y yo les aficioné a la lectura; una edición especial de “El Quijote” regalo de mi amiga María; “La casa de los espíritus” que encara la fuerza de la mujer entre tradición, realismo revolucionario y dictaduras; “La judía de Toledo” de mi admirada ciudad; “Los tres mosqueteros”…

Yo seguía entre mis ensoñaciones con aquella caja de mis tesoros casi llena.  Cerca estuve de olvidar “El Señor de las Llanura” que abrigó mi alma en el lamentable año de mi divorcio. Entonces, sin poder centrarme ni para leer, entre llantos y odio, buscaba con inquietud el apoyo de mis ancestros en la decisión de comenzar a escribir como terapia al desamor.

También guardé los recientemente leídos. Ahora que había encontrado la paz después de años de inclemencias y mis prioridades lectoras habían cambiado: “La trilogía de Baztán” y el impactante “El invierno en tu rostro; este último me había acercado a la España de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial que tanto me interesa.

Volví a entrar en casa para coger el precinto y al salir un hombre miraba algunos libros de mi caja de tesoros. Me acerqué con rapidez para informarle que aquellos no estaban en venta y unos grandes ojos me enmudecieron. Le reconocí al instante, aunque su físico había cambiado mucho. Él también me conoció.

Vicente desapareció cuando apenas tenía dieciocho años y volví a encontrármelo en la puerta del Banco junto a mi marido y él con su esposa años después; no volví a verle. Fue mi amor platónico, el que siempre tenía una sonrisa y un roce de su pulgar en mi cara. Aquél que siempre me dedicaba unas palabras cuando llegaba todos los días al Cigarral de mis abuelos, en julio, en Toledo. Mi hermano y mis primos se divertían en la piscina. Pero yo, por aquel entonces, ocupaba el estío tirada en la escalinata de la entrada, donde siempre corría aire a la sombra de la gigantesca Buganvilla, sumergida entre lecturas trepidantes.  Y para qué negarlo, esperando que apareciera Vicente, con la camiseta ceñida a su torso y sus marcados bíceps llevando la cesta de ultramarinos. Él era unos cuatro o cinco años mayor que yo, de cabellos rubios y ojos misteriosos, y de labios epicúreos.

  • Hola Ana, veo que aún conservas el viejo ejemplar que te dejé y quedamos en que al final del verano me lo devolverías.
  • ¡Vicente! —allí seguía mirándole como una tonta sin articular palabra, solo su nombre.
  • Sigues igual de guapa—con sonrisa triste—. Veo que tu afición no ha dejado de crecer. Es maravilloso volvernos a encontrar. Jamás pensé que mis anhelos se harían realidad. En estos últimos meses me he acordado mucho de ti. Tal vez desde que me abandonó mi mujer estoy lleno de nostalgia.

Salí de detrás de la mesa del jardín y me abracé a él. Fue un impulso primario ante el reencuentro también añorado. Tal vez había llegado el momento de devolverle “En nombre de la Rosa” antaño ya ajado y en la actualidad, aún más si cabe, de tanto acariciar sus hojas.  Ante mi abrazo su expresión cambió y me dijo con su pulgar sobre mi barbilla mirándome a los ojos:

  • “De todos los rostros del pasado que se me aparecen, aquel que veo con más claridad es el de la muchacha con la que nunca he dejado de soñar a lo largo de todos estos años … como escribió Eco en El nombre de la Rosa.

¡Qué Calor!

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“El erotismo es cuando la imaginación hace el amor con el cuerpo.” Emmanuel Boundzéki Dongala

La temperatura era insoportable. La chica de labios color berenjena chupaba con avidez los hielos de la copa. Y en aquel revoltijo gélido, uno de los hielos se fugó de su boca. Se deslizó por su pecho dejando un rastro húmedo hasta ocultarse entre sus senos turgentes que, emocionados, recibieron el frescor con una incipiente protuberancia de los pezones ¡Dios, qué calor hacía!

Te Necesito, Ayúdame

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“No cuentes conmigo si es para violencia. No esperes de mí en las barricadas a menos que sea con flores.”  John Lennon

Suena el teléfono con insistencia. Los timbrazos son impertinentes hasta que callan. Al minuto comienzan de nuevo con estridencia.  No hago caso y otra vez deja de sonar. No quiero hablar con nadie. No me es fácil empatizar cuando mi mal humor alcanza cotas insolentes prefiero permanecer oculto, en silencio. Pero otra vez comienza a sonar el teléfono con obstinación. Como cuando intuyes que aquella terquedad no depara nada bueno y el que se encuentra al otro lado del auricular sabe que no quieres descolgar.

Por fin me levanto del suelo donde trataba de distraerme leyendo, con la iluminación justa para distinguir las letras.  Es lo único que me sosiega. Descuelgo con apatía y es ella. Ella que me considera el mejor amigo, el que siempre está ahí cuando le necesitas. Yo no quiero su amistad.

Grita mi nombre varias veces. Su respiración entrecortada me alerta de que algo no va bien. Habla atropelladamente y no consigo entender lo que me dice. Resoplo, sigue alterada disparando palabras, y comienzo a preocuparme

  • Anna no te entiendo, quieres tranquilizarte ¿Qué ocurre?
  • Te necesito

Como siempre que tiene alguna de sus elucubraciones mojadas en alcohol. Apenas me saludó esta tarde cuando reía con el del pelo engominado y montaba en su moto. Cuando la he visto alejarse ha sido como saltar de un precipicio, me he roto en pedazos.

  • Estoy en la carretera del valle. Esto no pinta bien. Ven a buscarme.
  • No pienso ir para que luego tú y tus colegas os riais de mí por perder el culo para salvarte.
  • Esta vez es en serio, por favor, por favor.
  • Esto ya me lo has hecho otras veces Anna—oigo sus sollozos— eres despiadada conmigo.

Ruidos de interferencias y silencio. No sé si me ha colgado, se ha cortado la comunicación o se ha quedado sin batería. Dudo entre volverla a llamar o volver al suelo de mi habitación ¿Y si esta vez no es una broma y me necesita? Con desidia cojo la cazadora y las llaves del coche, puede que regrese más enfadado aún, pero no resisto sus suplicas y ella lo sabe.

Voy en mi coche hacia la carretera del valle. Soy un inútil incapaz de expresar lo que en realidad ella significa para mí. He de seguir siendo su confidente, derrumbándome con cada una de sus palabras mientras me asoma una sonrisa. Ni si quiera puedo gritarle para decir lo que tanto me desespera. Para demostrarle que no soy débil, ni cobarde. Que tantas y tantas veces me he contenido para no dar un puñetazo a ese chulo engominado, para no perderla. Prefiero seguir siendo el amigo bobo a que me deje de hablar. La ventana de su habitación está de frente a la mía. Muchas veces espío como baila a través de los minúsculos agujerillos de la persiana. Las manos me sudan cuando veo contonear sus caderas, su cabello revuelto sobre los hombros. Poso mi frente en el cristal frio de la ventana mientras mi corazón se acelera. Y así día, tras día.

Voy llegando al merendero y veo salir una moto a gran velocidad. Al menos no tendré que soportar la cara de ese gilipollas. Estaciono en frente y cruzo la carretera. Empiezo a inquietarme, un olor ferroso llega hasta mi olfato. Basura por todos lados, miro a mi alrededor. En una hondonada al fondo percibo unos jirones de ropa de un color que me es conocido. Me acerco más, junto a un trozo de tela, un móvil con la pantalla rota, su móvil. Me da miedo mirar, al fin dirijo mis ojos hacia la cuneta. Allí está Anna, encogida, con la ropa desgarrada. Deprisa le giro la cara, está inconsciente. Inconsciente o muerta, poso mis dedos en su cuello. Me cuesta localizar su pulso, pero lo encuentro. Intento que se despierte, no reacciona. La levanto y, a grandes zancadas, cruzo la carretera con ella en brazos. La meto en el coche, está helada. Pillo una manta del maletero y la cubro. Comienza a estremecerse y gemir. Tiene todo el rostro ensangrentado y lívido. Apoyo su cabeza en mi regazo y le hablo.

  • No te preocupes te llevaré al hospital— solloza y siento como sube a mi cara un ardor iracundo.
  • Llévame a casa, estoy bien. Se me pasará.
  • Creo que deberíamos ir a urgencias y a la policía.
  • ¡NO! Llévame a casa.

El calor ahoga mi cuerpo y se me humedecen los ojos. La dejo en el asiento trasero y, apretando los puños hasta dejar marcada mi palma de la mano por la llave del coche, arranco. Cuando llegamos se incorpora con lentitud envuelta en la manta. La sostengo por los hombros hasta llegar a su puerta, entramos. Se dirige al baño mientras se va desprendiendo de los jirones de ropa entre mis brazos. Desnuda, se suelta de mí y se dirige a la ducha. Da el grifo y deja que el agua caiga sobre su cuerpo. El plato de ducha se llena de un líquido rojizo mientras observo anonadado un cuerpo lleno de arañazos y golpes que se va deslizando hasta quedar acurrucado en el suelo entre sollozos.

  • Esto no quedará impune—vuelvo a apretar los puños— ese canalla va a saber lo que es el dolor.
  • Por favor olvídalo solo estate a mi lado.

Reservé mis pensamientos, la violencia nunca debe de quedar indemne y no quedaría. Como dijo Asimov, la violencia es el recurso de los incompetentes. No tiene justificación sus actos. Hay que luchar contra ella con la justicia, con entereza. Todos tenemos que colaborar para que desaparezca. No podemos ver amenazados nuestros derechos de libertad e igualdad.

Tras unos interminables minutos, absorto en mis pensamientos, cerré el grifo y la envolví en una toalla. La tomé entre mis brazos y la llevé a su habitación. Esa habitación donde miles de veces la observé oculto tras la persiana contoneando sus caderas. Pero esta noche estaré a su lado hasta el amanecer,  todas las noches que hagan falta, hasta que quiera que me marche.