Panegírico

“La nieve del alma tiene copos de besos y escenas que se hundieron en la sombra o en la luz del que las piensa” Federico García Lorca

Hace frío y no logro encontrar el calor reconfortante del fuego, aquel que contemplábamos en infinitas noches lejanas, cuando aún permanecías a mi lado. Y un día, también bajo el manto blanco del invierno, dejaste tus huellas alejándose hasta perderse. Una promesa de volver en el aire. Te gritaron desde tus tierras esteparias, aquellas que abandonaste aún siendo joven. Te llamaron y fuiste rauda, sin dudarlo, te necesitaban. Yo no entendía la urgencia de volver cuando habías renegado millones de veces del humillante pasado y del dolor de los recuerdos. Nunca me explicaste nada de tu regreso, solo que te requerían. Ni si quiera supe quién te clamaba tan fuerte para que estuvieras a su lado.

Y hoy una llamada de teléfono de un tal Sergei heló mi sangre para siempre, un accidente arrebató tu vida. El que llamaba decía que era tu hermano. Con lágrimas en mis ojos y recordando tu mirada de ese azul transparente como el hielo me desplomé en el suelo.

Respeté siempre su silencio y sus lágrimas. La amé sin condiciones, llego a pensar que mi respeto encerraba el miedo a perderla.  Pero ha dejado este paréntesis eterno entre nosotros. Cae la nieve y la percibo aún dentro de casa. No hay respuestas ni promesas cumplidas. Miro entre tus cosas y encuentro aquella sombrillas que llenaste de luces las navidades pasadas, con la que te paseaste sobre la nieve entre risas, lanzándome besos. Juntos caímos sobre el algodonoso y frío suelo de  la nevada. Sonrío al hacer memoria, luces y sombras. Revolviendo todos los cachivaches, cae una carta donde pone mi nombre. Se cierra el paréntesis y responde a todos sus enigmas para terminar diciéndome que me amará siempre. Mi  Annya, mi dulce Annya   eras tan hermosa como fría.

El Silencio de las Orquídeas

“El punto débil de un asesino es dónde ocultar el cadáver”

Me llamo Lola y soy psicóloga criminal. Es un trabajo apasionante para mí, pero a su vez hay que estar muy preparada emocionalmente y por supuesto, que el trabajo entre en casa lo menos posible.

Mi trabajo consiste en realizar estudios de la personalidad criminal para esclarecer los factores psicológicos endógenos y exógenos que desembocan en la conducta delictiva, contribuir a establecer la peligrosidad de un individuo, perfilación criminal para las diferentes agencias de investigación y ofrecer tratamiento psicoterapéutico a reclusos.

A Irene, de 45 años, se la tragó la tierra. Nadie la había vuelto a ver desde aquella noche calurosa de julio. Mujer de 1´78 de altura y 65 kilos, cabello moreno largo y liso. El día de su desaparición llevaba un vestido estampado rojo y amarillo largo de vuelo y sandalias rojas de tacón; tenía en la espalda un tatuaje de una rosa que le recorría la columna. Su marido declaró que al no llegar a casa a las 12 de la noche, se preocupó. Intentó llamarla al móvil, pero descubrió que se lo había dejado en casa junto al bolso y las llaves. Lo chirriante fue que, hasta la mañana siguiente, ligeramente aturdido, no se acercó a la comisaría a interponer la denuncia por desaparición.

La amiga de Irene, Lina, nos contó que tenía una relación extramatrimonial con un abogado que la tenía emocionada y la llenaba de regalos. Lina guardaba los regalos que Adrián le hacía a Irene para que no lo descubriera su marido que la maltrataba con frecuencia.

Adrián era sospechoso en la desaparición de Irene, mantenía con él relaciones esporádicas. Se solían ver una vez al mes. Adrián, por ser abogado bancario, viajaba a menudo. También era sospechoso el marido de la desaparecida. Me entrevisté con ambos, y el marido me pareció un canalla de primera, burdo, soez, machista. Sin embargo, Adrián era todo lo contrario, educado, culto, vestimenta impecable y limpia; él siempre declaró que Irene se marchó de su casa la noche de autos, dando un portazo tras una pequeña discusión. Adrián quería que se fuera a vivir con él. Irene llegó a la casa de Adrián con un ojo morado y rasguños en los brazos, su marido le había pegado. Adrián no entendía cómo podía vivir con semejante energúmeno y negarse a abandonarle.

Tras las 24 horas de espera por si Irene aparecía, recomendación de la policía, el marido se presentó en la comisaría junto con la madre de Irene. La policía buscó en su banco, hospitales, aeropuertos, redes sociales y no encontraron nada. La madre de Irene reiteraba que su hija no se hubiera ido sin habérselo contado; su hija había desaparecido de forma involuntaria.

Se investigó exhaustivamente en el domicilio del matrimonio. A penas se encontró nada fuera de lo normal. También se registró el domicilio de Adrián que desde el primer momento colaboró con la policía abriendo su casa en su totalidad, sin ningún impedimento, incluido su magnífico jardín trasero. Yo me entrevisté de nuevo con él, siempre amable y calmado, perfecto. Miraba de frente sin retirar la mirada y hablaba de Irene con devoción. Me narró como pasaban muchos ratos en su jardín charlando y riendo. Era una mujer, según él, de un carácter dulce y amable, siempre con una sonrisa en sus labios, aunque su mirada muchas veces se mostraba triste. Era coqueta, solía darse brillo en los labios antes de salir de su casa y aquel gesto cotidiano a él le seducía. Me contó sin indagar en ello muchos momentos íntimos donde pasaba horas acariciando su espalada, su tatuaje. Compartían la fascinación por las flores. Yo vi en Adrián a una persona enamorada que adoraba a Irene.

Me obsesioné con aquel rostro desconocido de la foto, aquella mujer rubia de ojos verdes, con una sonrisa suave enmarcada en labios carnosos y definidos. Manos de dedos largos y uñas con esmalte francés; me fijé que no llevaba anillo de casada. Le pregunté a su marido y me dijo, retorciéndose las manos y sin mirarme a los ojos, que ignoraba dónde lo tendría y por qué el día que se tomó la foto no lo llevaba. Y  tuvo un arrebato, pegó un puñetazo en la mesa y me espetó que odiaba aquel tatuaje y sus vestidos que dejaban entrever todo y que provocaban a los hombres. La describió como una mujer de carácter lascivo y boba.

Durante meses revisé las pruebas, todas las investigaciones llevadas a cabo sin resultados. A mi forma de ver, siempre pensé que el marido ocultaba algo, pero tenía coartada. La tarde de autos se le localizó en un descampado por el móvil; declaró que estuvo con una prostituta. Se localizó a la meretriz la cual corroboró lo declarado por el marido, pero ¿Por qué la noche en que ella no regresó no se dejó la vida buscándola? Según él había bebido alcohol a lo largo de toda la jornada, tuvieron una fuerte discusión porque no le gustó el vestido que llevaba, demasiado escote; por la noche se acostó, estaba resacoso y no despertó hasta el día siguiente. Pensó que ella estaría enfadada y dormiría en casa de su amiga Lina, con la que compartía confidencias y muchos días, tras las broncas, se quedaba en su casa.

Se investigó a todo el entorno, incluso hasta al jardinero de Adrián, el que le cuidaba el jardín impecable con aquel tejo antiguo, romero y plantas de lavanda; y aquellos rosales exuberantes solo de color amarillo. Nos dijo que Adrián pasaba muchos ratos en el jardín, que cambiaba con asiduidad ciertas flores con cada temporada pero que ponía mucho mimo en cuidar un pequeño parterre al lado del tejo con lirios y orquídeas también amarillos.

Soy una mujer, como científica, racional. Hacía ya casi un año de la desaparición de Irene y era como si se la hubiera tragado la tierra. Al llegar a casa vi sobre el escritorio de mi despacho la foto de Irene fuera de la carpeta. No recordaba haberla sacado y dejarla allí. Ponía mucho cuidado en tener recogido los expedientes y guardados en un archivador con llave.

Estaba cansada, me duché, tomé un poco de kéfir con fruta y me acosté. No me dio tiempo a pensar cuando ya estaba dormida. A las cuatro de la madrugada me desperté con mi propio grito. Soñé como una mano de dedos largos acariciaba mi rostro, era una mano etérea con uñas con esmalte francés. Fue como si hubiera una presencia en vez de un sueño. Me levanté y tomé un poco de agua, estuve casi una hora despierta, inquieta sin poderme volver a dormir. Hasta que volví a caer en un sueño profundo, y volví a soñar con una mujer al lado de un árbol rodeada de flores amarillas. Me despertó el despertador para ir a trabajar.

Presenté una solicitud para investigar en el jardín de Adrián con un georradar y tras horas de exploración y con picos y palas localizaron el cadáver de una mujer desnuda envuelta en una manta junto con unas sandalias rojas, cerca del parterre de lirios y orquídeas. Tras el informe de la autopsia se corroboró muerte por rotura laríngea por estrangulamiento.

Todos me preguntaron cómo averigüé la localización del cadáver y hoy sigo sin poder dar ninguna explicación. Me dan escalofríos de recordar el momento de la detención de Adrián. Se lo llevaron esposado, iba sereno, erguido y me miró fijamente a los ojos mientras embozaba una ligera sonrisa ¡Te engañé!

Me llamo Lola y soy psicóloga criminal, el caso de Irene fue mi primera decepción empírica. Y fue entonces cuando comencé a usar mi instinto a la par que mi intelecto y conocimientos. Una paradoja ante mi forma de funcionar hasta ese momento.  Y he de reconocer que mi éxito en los resultados mejoró por encima de mis expectativas.

Las Aguas Turbulentas de los Sentidos

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“Es necesario mantener nuestra brújula en los ojos y no en la mano, para que las manos ejecuten, pero los ojos juzguen” Miguel Ángel Buonarroti

Norman pasaba las tardes rateando con sus amigos, a veces haciendo gamberradas, fumando y bebiendo alcohol. Por la mañana no le quedaba otra que ayudar a su padre en el aserradero ante la negativa de ir al colegio. A pesar de hacer lo que le venía en gana, casi a diario le caía alguna que otra bronca, la mayoría de los días estaba desganado y laso.

Una de esas tardes con los colegas, la descubrió, mientras robaban algún que otro caramelo a Caro. Tapaba su cabeza con un gran pañuelo oscuro, pero en su rostro se desdibujaba alguna mecha negra ondulada. Mirada baja, paso lento y silencioso, como una gata al acecho. Le llamó la atención aquella mujer delgada y pequeña, pero de líneas definidas. Solía bajar una vez al mes, por la tarde. Iba a comprar a la tienda de Caro. Siempre pedía lo mismo, sin hablar, iba señalando la avena, el trigo, el arroz, aceite, papel, velas y dos libros que Caro, el tendero, alcanzaba de debajo del mostrador. Ella sacaba la cartera y varios saquillos de hierbas, y pagaba.

Cuando sus manos enguantadas con guantes sin dedos rozaron las de él al intentar coger ambos unas almendras, todo cambio. Le miró, una leve sonrisa asomó a su boca, y con sus manos pequeñas de dedos largos, en forma de puño se los llevo a la frente y los bajó un poco. Caro dijo que le saludaba, descubrió porque no había oído su voz, no hablaba, sus manos eran sus herramientas para expresarse.

Hizo seis movimientos con su mano y Norman se quedó con cara de panoli. Caro se rio a carcajadas y le apuntó que le había dicho su nombre, Rebeca. Él tartamudeando le dije que se llamaba Norman y ella se frotó su mano sobre el pecho y luego junto los dedos índice y corazón de ambas manos. Caro volvió a sugerir que estaba encantada de conocerle. Se dio la media vuelta, cogió sus cosas, las echó en un saco de loneta y se marchó.

Sus amigos la zarandeaban en la puerta y entonces Norman la separó de ellos y los amenazó. Éstos en principio se quedaron atónitos, pero tras unos instantes retomaron sus burlas esta vez hacia Norman que vio como Rebeca se alejaba sin mirar hacia tras.

Desde ese mismo instante Norman decidió que tenía un mes para aprender a decirle algo con sus manos hasta que regresara a últimos de noviembre. Caro le dijo que no hacía falta, que ella sabía lo que hablaban tan solo con mirar a los labios, pero él quería aprender a expresarse en su mundo, a involucrarse con ella y disculparse. Caro le informó que la vieja Lidia, la bibliotecaria, le podía ayudar en su empeño.

Pasó todo el tiempo ansioso hasta el día que se suponía que ella volvería a bajar, pero no bajó. El invierno se adelantó y amaneció todo el valle cubierto de nieve. Tampoco bajó en diciembre, la nieve perduró hasta primeros de febrero. Él pasó los meses con ella en la cabeza ayudando a su padre en el aserradero, otra vez lleno de tedio.  De vez en cuando se acercaba a la tienda de Caro con cualquier excusa para preguntar por ella. Dejó de hacer gamberradas e ir con los amigos que siguieron con sus burlas.

En una de aquellas visitas a Caro preguntó si sabía algo sobre con quién vivía y dónde Rebeca. Caro le contó que vivía con su padre en la ladera sur de la montaña, en el viejo molino. Se llegaba hasta allí por la primera encrucijada que había en la carretera a la ciudad. Su padre era un ingeniero de prestigio y con una posición social envidiable, nieto del viejo molinero Tomás. Regreso a la propiedad de la familia con una niña pequeña en una mochila hace unos veinte años. En el pueblo se rumoreó que el matrimonio sufrió un accidente y la esposa murió, la niña perdió el oído a consecuencia del golpe y él salió ileso, pero quedó desolado. Abandono toda su vida anterior y regreso al viejo molino. Desde hace unos años dejó de bajar al pueblo, solo Rebeca lo hacía y siempre le encargaba un par de libros. En invierno a veces dejaban de bajar, pero él sabía que tenían una camioneta y a veces se acercaban a la ciudad. Les envolvía a ambos un halo de misterio, de ermitaños. Su padre cuidaba y plantaba abetos plateados que solía vender para un vivero, una vez coincidió con él en navidad, cuando fue a comprar un abeto. Los árboles los proporcionaba el padre de Rebeca.

A primeros de marzo el padre de Norman le informó que tenían que arreglar el viejo molino de la ladera sur, el techo se había roto a consecuencia del peso de la nieve, había que repararlo. Aquella noticia llenó su mente de perspectivas y de ganas trabajar. Y llegó la mañana, el camino de apenas treinta minutos se le hizo horas. Cuando vio aparecer el viejo molino al lado del estanque le pareció un paraje increíble, pero todo menguó cuando la vio junto a la noria y sobre unas rocas, abrigada, leyendo un libro. Le pareció una imagen bucólica, deseando de acercarse a ella y desplegar sus dotes recién adquiridas para comunicarse con Rebeca.

Fue imposible acercarse a ella, su padre no le dejó parar y ella ni se inmutó, ensimismada en su mundo de silencio. Pero entrar en el molino fue otra experiencia que le dejó sin habla. Pocos muebles, una mesa inmensa en el medio hecha con la antigua muela frente a un ventanal que dejaba ver casi todo el estanque; al lado izquierdo el viejo hogar también de grandes dimensiones donde se quemaban inmensos leños y del que pendía una vetusta olla; junto al hogar un horno de ladrillo refractario que despedía aroma a pan y café recién hecho. Al lado derecho una inmensa estancia que dejaba atisbar una librería del suelo al techo con tan solo dos sillones. El padre de Rebeca, Rafael, les guió arriba por una escalinata de madera junto a la puerta de entrada, allí estaban las habitaciones, y siguieron subiendo por otra escaleta más estrecha a lo que se supone era el granero. Allí estaban las traviesas estropeadas y debajo cubos de zinc para recoger el agua de las goteras entre cajones con viejos objetos.

La mañana fue intensa y a las dos pararon para comer, habían traído su propia comida, pero Rafael insistió en que la comida ya estaba preparada abajo. En la vieja muela platos, cubiertos, vasos y una sopera humeante esperaban. Rebeca sonrió al verlos y con un ademán de la mano los invitó a sentarse. Había pocas ocasiones de comer con gente y presumir de su hacer culinario. Ella misma sirvió la sopa de verduras y repartió el crujiente pan. Después se deleitaron con un plato de albóndigas en salsa, tenían un sabor diferente, pero estaban esplendidas y fue la ocasión para preguntarle con las manos, de qué estaban hechas. Y para rematar la copiosa comida un rico bizcocho esponjoso de manzana y café. Rafael y el padre de Norman se quedaron boquiabiertos al verlos charlar con las manos. Ella le expreso que todo era de origen vegetal, que las albóndigas eran de arroz y harina de garbanzos. Le enseñó a decir alguna que otra palabra más. Pero había que volver al trabajo.

Al caer la tarde, se disponían a marchar cuando Rebeca se acercó a Norman, puso entre sus manos un libro. Le dije que no era muy aficionado a la lectura y ella le espetó que sería un buen ejemplar para poderlo hacer. Estaba encuadernado en piel y tan solo se apreciaba el título en letras doradas y bajo él las letras R.K. Y así fue como por la noche descubrió a Kim de la India, de Rudyard Kipling, pero tras unas cuantas hojas cayó rendido. Aquella noche se lleno de sueños extraños en la India junto a una bella Rebeca.

Y entre madera y libros, besos y caricias, pasó la primavera y el verano. El trabajo en el viejo molino duró una semana, pero Norman regresaba todos los domingos a por otro libro y que el brillo de los ojos ambarinos de Rebeca le dieran fuerza para trabajar a lo largo de la semana. Junto a ella descubrió mundos inimaginables en un entorno de agua, rocas y abetos. Sus ágiles manos le enseñaron a sentir lo que su limitada existencia desconocía. Ella le abrió el corazón a esos libros que llenaban aquella estancia en el viejo molino y al amor. Rafael le aceptó como uno más, su hija era el motor de su vida y en algún momento le confesó que verla feliz era sólo lo que necesitaba. Ella llenaba las noches de Norman, a veces de fantasmas y miedos por perderla, pero cada amanecer se colmaba de expectativas.

Ha pasado algún tiempo, ahora Norman vive junto a Rebeca en el viejo molino. La incapacidad de Rebeca de oír había incrementado en ella los demás sentidos y cualidades, pasaba muchas horas escribiendo sus historias y cuentos, cocinando sus recetas vegetales y haciendo diferentes panes, entre lectura y lectura. A Norman le enseñó lo que es importante y lo que no, a tener valores. Ella era su noria, la que guiaba las aguas turbulentas de sus sentidos, su gran amor. A veces él se tapaba los oídos con grandes algodones y hacía cabriolas y ella se ríe, y la calma le abrazaba el corazón, la estrechaba de la cintura, levantando su pequeño cuerpo del suelo y la besaba. Y entre sus brazos se sentaban frente al hogar acariciando su prominente vientre, y pasaban horas contemplando el fuego. Y el amor de ellos avanza como la rueda del molino, lenta y sin prisas, sin pretensiones, pero creando los cimientos de espíritus indómitos.

Vorágine

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“Alguna gente no enloquece nunca. Qué vida verdaderamente horrible debe tener” Bukowski

Tras diez días del comienzo del año, el frío sigue sin dar tregua. Dicen que esta noche superaremos los seis grados bajo cero. Apenas dan ganas de asomar la nariz a la calle. El sol engaña, pero lo cierto es que tendí unos pantalones y a la media hora estaban tiesos, helados.

No me queda más remedio que salir a hacer unas compras, hay que comer, no hay excusa. Salgo que casi no puedo ni moverme de las capas de ropa que llevo. Ya en el coche me incorporo al tumulto del tráfico, parece que todo el mundo lleva prisa, el de detrás mío va pegado, achuchando. Cuanto puede me adelanta y me pita. Llego al aparcamiento y no consigo encontrar hueco libre. Al final veo una plaza y cuando voy a llegar a él, un coche enano a toda velocidad, de esos que no necesitas carné, se me cuela y me quita el sitio. Sale un hombre enorme de aquel pequeño cascarón que no me explico cómo podía ir dentro, y con mucha educación me muestra el dedo medio, a lo que respondo sacándole la lengua ¡Ridícula mi respuesta!  Aparco al final, en la zona más alejada de la entrada. En minutos mi nariz está roja, aunque llevo un pañuelo enorme de lana alrededor del cuello.

El supermercado está atestado, si se cae una moneda no llega al suelo. Por lo visto, han puesto unas cremas para el rostro que son magníficas en oferta y todo el mundo ha venido a comprarla. Una señora mayor con andador me empuja y me adelanta por la derecha. Caigo sobre una estantería llena de bebidas energéticas.

Aún no he conseguido levantarme cuando una chica joven embarazada pasa por encima de mi pie con un carro repleto. Ni se inmuta ante mi grito, ignorándome, como si fuera invisible. Intento ponerme en pie y la bufanda se me engancha y vuelvo a caer. Un empleado del supermercado se acerca, pienso que es para ayudarme. Y comienza a increparme diciéndome que si he roto algo lo tendré que abonar. Aquí lo único roto es mi dignidad.

Mientras sigue la vorágine de personas de un lado para otro. Al final me consigo meter en la corriente humana con mi cesta y llegar a las verduras. Curioso, hay poca gente por esta zona. Estoy cogiendo unos tomates cherry cuando un chiquillo pasa corriendo por mi lado y me golpea en el codo, todos los tomates salen disparados. Un empleado me ayuda a recoger los tomates y me los vuelve a echar a mi bolsa. Tendré que lavarlos bien tras rodar por el suelo, incluso me ha echado alguno reventado ¡Qué amable!

Creo que hoy no es mi día, debería de haberme quedado en casa. Quiero hacer una sopa caliente para reconfortar el cuerpo con estos fríos. Después de coger unos calabacines, cebollas y puerros me dirijo a la zona de carnes y aves. Necesito pollo también para el caldo, cojo número, el ciento doce, y va por el setenta y dos. Tal vez haya pollo envasado que me evite la espera. A unos dos metros veo una bandeja de muslos y cuando me dirijo a por ella, una señora de dimensiones desmesuradas agiliza el paso. Creo que va a por la misma bandeja que yo. Doy un salto y agarro el envase mientras la señora tira del otro extremo. Mi ofuscación ha ido en aumento y creo que estoy a punto de estallar. Con fuerza y mala leche tiro de los muslos y consigo arrebatárselos ¡La victoria es mía! Con expresión triunfal y déspota paso al lado de mi contrincante que me mira atónita.

Ya en la zona de los lácteos y tomo un par de cajas de leche de soja y, con mirada lasciva, agarro un bote de chocolate negro en polvo. Vuelvo a la vorágine y me acerco a las cajas para pagar. Al menos tengo a diez personas delante con los carros repletos. Tras veinte minutos por fin me toca, coloco mis productos en la cinta. Cuando me va a cobrar los puñeteros tomates, la cajera, con mala cara, llama a un ayudante para que vuelvan a pesarlos.  Otro poco a esperar. Los vuelven a traer y me recrimina que estaban mal pesados. Habrá sido su amable compañero porque yo no los he pesado, sucios del suelo, reventados y mal pesados ¡Qué más!

Pago y salgo como una exhalación. Sigue el tráfico con prisas y pitadas ¡Estamos locos o qué!

Por fin en casa. Echo un par de troncos a la chimenea. Pongo el dichoso caldo a fuego lento ¡Mi recompensa no me la quita nadie! Caliento leche con un par de cucharadas de chocolate. Con la taza humeante me acomodo en mi sillón frente al fuego, tomo aire, mi gata viene y se tumba en mi regazo, ronroneando.

¡Creo qué no voy a volver a salir hasta que llegue la primavera!

 

Testamentos

Testamento

Recordar es fácil para el que tiene memoria. Olvidarse es difícil para quien tiene corazón”  Gabriel García Márquez

Los testamentos a veces los recibimos sin percatarnos de ello. No se trata de bienes materiales sino de ramalazos como dice alguien de mi familia. Una apariencia, un resentimiento ancestral, posesiones de integridad y honor, o porque no maldad y rencor. Heredamos muchas actitudes de nuestros antepasados.

Y aunque sea difícil de creer hasta ciertos animales  vuelven, llegan de nuevo hasta nosotros. Mi padre dice que mi gata es igual a una que tuvieron de niños, sus hermanas y él. Se la dio un panadero cuando iban a por hogazas de pan para el estraperlo. La llevaron en un bolsillo interior de la zamarra para que fuera calentita. Por aquel entonces, mi abuelo había salido de prisión para morir de tuberculosis. Durante los meses hasta que la enfermedad le consumió, frente al fuego en invierno, jugaba con la gata y la enseñaba a saltar entre sus brazos enlazados mientras, entre juego y juego, hacía juguetes de madera para rifarlos. Todos comían poco, pues fueron tiempos de hambre, pero todos se quitaban un poquito de su escasa comida para aquella gata llamada “mariposa”. Y según mi padre mi gata es como aquella, blanca con lunares negros y anaranjados.Cuando mi progenitor la mira, sus ojos se llenan de añoranzas cálidas, de su padre. Y percibo una dulce sensación en su memoria.

Tal vez mi gata ha llegado para que no nos olvidemos de aquellos que marcharon y que nos dejaron en herencia carácter, recuerdos, palabras y memoria histórica.

El Pan De Mi Hogar

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“La vida Silvestre no es un lujo sino una necesidad del espíritu humano, y es vital para nuestras vidas como el agua y el buen pan.”  Edward Abbey 

Si hace un año me hubieran preguntado cómo era mi alimentación hubiera contestado, sin conciencia, que era sana. Hoy puedo asegurar que no era saludable y comía en exceso. He aprendido a controlar la cantidad de energía que mi cuerpo necesita y sé que si me paso de las consabidas calorías, ese demasía se transformará en kilos y grasa.

Los carbohidratos se dividen en simples y complejos. Son azucares, macronutrientes necesarios para el organismo y para tener una dieta equilibrada. Además, desempeña un papel vital en la digestión, la asimilación –metabolismo– y la oxidación de proteínas y grasas. Actúan como el combustible del cuerpo para producir energía. Los carbohidratos más recomendados son los complejos (espinacas, judías, brócoli, calabacines, cereales integrales y legumbres como las lentejas, garbanzos o alubias). Estos azúcares, son en su mayoría ricos en fibra, vitaminas y minerales, y debido a su complejidad, tardan más tiempo para ser digeridos, por lo que no aumentan los niveles de azúcar en la sangre tan rápidamente como los carbohidratos simples (harina blanca, miel, mermelada, dulces, pasteles, galletas, chocolate, frutas y sus zumos, refrescos, leche, yogur y cereales envasados). De todos los carbonatos simples elige las frutas, son las más beneficiosas. Si tomas más hidratos de carbono de cualquier tipo de los que necesitas para tu uso inmediato, la parte no utilizada se almacena en el hígado o se convierte en grasa y se deposita en los tejidos para su uso futuro.

Uno de los alimentos que más nos gusta es el pan. Hace unos años gozábamos de panes de calidad estupenda por tener materia prima sin aditivos y conservantes. Hoy en día el pan es un alimento muy procesado y con cantidad de azúcar desmesurado. El pan entra en el grupo de carbohidratos simples que son asimilados con rapidez por el cuerpo.

Yo hoy suelo comer poco pan, para adelgazar se puede tomar unos 100gr al día. El pan que consumo es elaborado en casa con harinas integrales (espelta, centeno o trigo) y bajo la receta de buenos profesionales como mi amiga Iulia, una magnífica cocinera.

Os animo ha disfrutar de hacer vuestro propio pan. Compartir con la familia el amasado y la forma de dicho pan hace prosperar la colaboración hogareña. La casa se llena de aromas ancestrales, los de los pueblos de antaño, los de los abuelos. El olor a harina fermentada impregna cada rincón. Y es una delicia saborear dicho pan acompañado de buenos alimentos y nada mejor que con tus seres queridos.

Nutrición y Vida Sana

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He creado este menú para ir poniendo diferentes post sobre nutrición y mi experiencia. Llevo cuatro meses cuidando mi salud, he perdido bastante peso, me siento mucho mejor. No olvidemos que la autoestima sube cuando nos mejoramos el estado físico.
Muchos dicen que Herbalife es una secta; el Doctor JULIÁN ÁLVAREZ, MÉDICO ESPECIALIZADO EN MEDICINA, NUTRICIÓN Y FISIOLOGÍA DEPORTIVA, dice que Herbalife es casi una religión porque tiene una filosofía y unas creencias que te hacen sentirte bien. El propósito es cuidarnos y ser felices siendo dueño de nuestra nutrición que es el principal condicionante de la salud. Así pues, os animo a cuidaros