Un Louis Vuitton en la basura

escultura

“Amantes del mundo: a veces es más hermoso recordar que vivir” Chavela Vargas

Encontré en el contenedor de basura un bolso, imaginé que de imitación, , un Louis Vuitton lleno de cartas y fotos artísticas. Me llamó tanto la atención que rebusqué más dentro de él. Al mover el contenido subió hasta mi nariz un olor apergaminado a flores secas. Las fotos me parecieron una maravilla. Miré a ambos lados del contenedor como cuando se está cometiendo un delito y arramplé con aquel bolso que parecía sin estrenar, que colmaba un contenedor repleto de porquería. Sentí como unos ojos se me clavaban en la nuca, seguro que la señora Basilia me había visto. Agaché la cabeza y me dirigí al portal. Ya bajo el cobijo de las paredes de éste, me relajé y volví a mirar afuera. Vi como unas cortinas azuladas se movían como si, con rapidez, alguien se hubiera escondido tras ellas, pero esa no era la ventana de la señora Basilia.

No me dio tiempo a entrar en mi piso. La puerta  de frente a la mía se abrió y apareció la señora Basilia dándome las buenas noches “Hola Lena”. Me miró de arriba abajo y con medía sonrisa en su cara me espetó con sorna que si había encontrado un bolso de diseño en la basura ¡Lo sabía! Me había fisgado, esa hurraca chismosa miraba el bolso con avidez. La conteste “Cada día señora Basilia, no se puede imaginar los tesoros que puedes encontrar entre la porquería”. Sin darle tiempo, abrí mi puerta, la di las buenas noches y entré en mi territorio.

Con ansia puse el bolso boca abajo sobre la mesa del salón. Había dos clases de sobres, unos normales y otros de color azul. Los clasifiqué en dos montones, dejando revueltas todas las fotos. Una a una fui cogiendo las fotografías: ventanas con cristales mojados, manos entrelazadas, pies descalzos sobre una tarima, unos ojos con lágrimas, un cuerpo de hombre desnudo girando entre muebles de salón, una toalla tirada en la ducha. Aquellas imágenes eran espectaculares, quien las hubiera hecho tenía un don para captar ese momento preciso e impactante y todas sin rostro. Todas las fotos tenían fecha por detrás, pude comprobar que eran de 2015.

Entre las fotos había pétalos de rosas secas, en su momento rojas. Volví a meter las fotografías con los pétalos secos en el bolso. Mi noche aburrida de viernes iba a ser diferente, estaba deseando leer las palabras que arropaban aquellos sobres ¿Por cuál empezar? Cerré los ojos y acerqué la mano a la mesa, cogí uno de aquéllos de la parte de abajo del montón.

La carta de color azul contenía dos folios escritos de forma cuidada. Desprendían un olor cítrico muy sutil:

Mi amado Manuel:

Como cada noche te escribo. Ha sido un día duro, me hubiera gustado tenerte a mi lado, pero las responsabilidades, como siempre, nos encadenan.  Ahora estarás en tu casa junto a Adela, compartiendo la cena con  Valeri. Todo en perfecta armonía mientras yo anhelo tus caricias. Me salva saber que, con cada bocado, según tus palabras, también me echas de menos. Es duro ser la otra y saber que nada por mucho tiempo lo podrá cambiar. No sé por qué sigo a tu lado viéndonos cada jueves en mi piso. Con esas dos horas colmo la semana. Tú me dices que esas dos horas te hacen continuar en tu lineal vida, llena de recursos y vacía de sentimientos.

Cada jueves cuando te vas me digo que será el último. Y cada jueves vuelvo a caer presa de tus caricias y besos ¿Es aceptable y valioso seguir viéndonos? Te amo o te necesito, no lo sé. Esas dos horas, ese mensaje en el móvil todas las mañanas diciéndome que como siempre te vas a poner a escribirme, ese beso por las noches también en el móvil ¿Qué me deja?

Miles de fotos salen de mi cámara todos los días, siempre guardo una que me recuerda a ti, algún detalle que sólo yo sé que eres tú, en esencia. Fotos con alma entre muchas vanas de modelos, posturas y trapos. No sé el tiempo que podré aguantar viviendo de limosna, pero sé que un día si tú no vienes a mí definitivamente, me iré para siempre. Ese instante llegará cuando esté preparada, no puedo ser eternamente la otra…

A las tres de la madrugada había leído todas las cartas, las azules de ella, las blancas de él. Descubrí que cada jueves el devolvía las cartas de ella, no podía quedárselas, las mantenía en el cajón de su oficina hasta entregárselas de nuevo. Eran la prueba de un delito que no podía permitirse, demasiado capital en juego. Coloqué también los sobres por fechas entremezclados. Y volví a leer la última, por supuesto de ella, la que más había dado y más había perdido. Era breve, tan solo unas cuantas palabras y una mancha de tinta corrida al final.

Hola Manuel:

Esta es la última carta que te escribo. Me marcho a París por un tiempo entre calles bohemias y corazones rotos. Llegó el momento que temía, me cansé. No quiero que me busques, ni que me encuentres. Sé que no quieres que te deje y créeme si te digo que te amo más que tú a mí. Yo dejaría todo por ti. Viviré por un tiempo en los recuerdos hasta que ese mismo tiempo me cure de tu aroma, de tus caricias, de tus detalles… El jueves vendrás, abrirás con tu llave, me llamarás como siempre lo haces entre dulces susurros ¡Beatrice! Pero yo ya no saltaré sobre tu cuerpo entrelazando mis piernas, no me derretiré entre tus labios, no caeremos al suelo entre amasijos de ropa, ni haremos el amor en la entrada. No, Manuel, pues ya me habré ido. Te dejo mi bolso de Louis Vuitton, ese que me trajiste un jueves a tu regreso de Italia, antes de ir a casa; ese que jamás me atreví a estrenar, como si fuera la prueba del delito. Todas nuestras cartas y mis fotos las guardé ahí, ya sabes dónde están los contenedores de basura. Lo imperecedero se lleva en el recuerdo. Te deseo todo lo mejor mi amor.

Beatrice.

Las cartas de él, aun llenas de alabanzas y deseos, me parecieron frías e impersonales. Cuanto desamor en las palabras de ella. Aquella mujer desconocida me había robado el corazón, ella le amaba y tal vez él ahora sabía lo mucho que había perdido, o tal vez no. A veces es difícil saber lo que piensan algunos hombres de raciocinio intenso, de esos que por miedo no dejan escapar un sentimiento por si se vuelven vulnerables.

Bebí un gran trago de vino, ese que me servía los viernes para reconfortar la noche frente al televisor hasta que me quedaba dormida. Mañana llegaría Samuel, sobre las ocho y me encontraría dormida en el sofá, pero esta vez con la tele apagada y un bolso de Louis Vuitton sobre la mesa, valioso en emociones. Importaba poco si era de imitación u original.

Me levanté del sofá y fui hacia la ventana. Hacía mucho calor y comenzó una tormenta de verano que amenazaba la oscuridad. Cerré las ventanas y de frente vi a un hombre entre unas cortinas azules, mirándome con firmeza, no sé ocultó. Aquel tipo era ese que cada mañana salía con su imponente Chrysler negro importado, un tipo nervudo y serio, un tipo frío e impersonal.

Deja que las cosas fluyan

ff1cdc82158b183494858da413288179

“De la constelación de tus lunares me hice preso.”  Rapsusklei

Las decisiones drásticas producen incertidumbre. Según te vas concienciando de que todo tenía que modificarse, por obligación, por felicidad, olvidas los malos momentos. Tras un largo tiempo vuelven los gratos recuerdos y las personas excepcionales que dejaron huella en tu historia.

Cada cual afronta el dolor como puede, unos entre insomnio y sollozos, otros entre insomnio y rabia. Quiero pensar que esa ira surge ante la impotencia de no poder hacer nada. No quieres perder a ese ser que tanto ha significado pero que te ha roto el corazón y tú a él. Se rompe cuando los horizontes del alma fluctúan, unos por debajo otros por encima, todo se desnivela.

Decidí embutirme en el silencio. Y ese silencio y la ausencia de mi persona generó aún más rencor que apenas pude entender. Supe en mis propias carnes que del amor al odio sólo hay un paso pequeño pero largo en horas. Horas, minutos y segundos que incluso me hicieron sentir un miedo paranoico que, aunque con una experiencia nefasta de por medio, exageró en mí ese recelo.

Por delante un verano de risas y baile, por dentro un invierno bajo el sol de agosto. Pero mis arrestos son tajantes en las decisiones. Me cuesta tomarlas, pero cuando las tomo no hay vuelta atrás. Sí, soy de carácter fuerte y de corazón sensible. Sin darse cuenta me desgarró con su altivez y prepotencia, me fue imposible recuperarme. Sin darnos cuenta seguimos consejos que nos alejaron, pues no todos valen para todas las personas. Los consejos se debían adaptar a las maneras de cada cual.

También las medias verdades rompieron la confianza, y cuando ella se rompe es muy difícil de recuperar. Surgen fantasmas a la menor duda, ante una callada por respuesta. Y un desplante, una negación ante un beso, un regalo que rezuma culpabilidad va creando un lago de amargura que cada vez más grande separa los espíritus.

Éramos como la noche y el día, pero en un principio pensamos que las diferencias nos complementarían. Hoy creo que puede ser, pero tras un tiempo de evolución. Cuando las experiencias nos van madurando y desnudan el alma de exaltaciones. Cuando una persona se ama así mismo puede entonces amar sin reparos.

No importa quien dejó a quien. Será el amor de mi vida, de una de las muchas vidas que me quedan por vivir. Tal vez necesitamos ser personas con entidades propias, ser, para que nuestros pasos se vuelvan a cruzar, tal vez.

Aprenderé esa enseñanza que no había forma de aprender más que de esta manera, con lágrimas y tristeza. Descubriremos las bondades de los desconsuelos tras varios inviernos. E incluso sonreiremos recordando tanto drama.

Asumí que tenía que vivir en singular, sin él. Aún con instantes triste, la razón te confirma con contundencia que la decisión que has tomado es la correcta. Pero el corazón no es tan rápido, tan lógico; él necesita tiempo para asumir que esa decisión es la adecuada. Te mortificas pues alejarse de alguien a quien se quiere nunca es fácil ¿Se pudo hacer más? Sí o no. Cuando las circunstancias se alargan en el tiempo, cuando hay melancolía y presión, llegó el momento de aceptar el cambio y ponerse en movimiento.

Me corté el pelo, me puse mis zapatillas rotas y mi pantalón zurcido. Y con un tatuaje sobre el lado izquierdo del pecho, cerré la puerta, con una mochila ligera de equipaje, pero muy pesada en anhelos. Los pasos al principio eran cortos y lentos. Bajé los escalones de su casa sin volver la cabeza, sin un abrazo de despedida. Y las noches trascurrieron metida en una tienda de campaña que compramos a medias, donde no podía vislumbrar las estrellas. Cuando se ama, cuando has empeñado todo, pronto también se ama en el recuerdo olvidando rencores. Eso espero.

 

Un libro, una historia, mi historia

3b48ca24d8d5d7c6ab5eeec752158d21

“Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él” Carlos Ruiz Zafón

Dicen que los libros llegan a nuestra vida cuando los necesitas y a veces también junto a personas. Comparto mi pasión por los libros con mis hijos, ambos han tirado de mí en aciagos días. Escojo mis lecturas por impulso. No puedo decir que un solo libro cambio mi vida, sino que hay varios de estos insignes objetos que marcaron mi existencia. Pero hay un viejo ejemplar de bolsillo que guardo con considerable cariño después de treinta y tres años, me le prestaron y no tuve ocasión de devolverlo.

Allí estaba yo, en el umbral de mi casa con la mesa del jardín repleta de libros. Había decidido deshacerme de algunos ejemplares antes de mudarme. Comencé a recolocarlos agrupados por precios. Descubrí que algunos de mis favoritos, que había guardado en una caja para llevármelos, estaban también expuestos sobre la mesa. Seguro que había sido mi hijo, le dije que pusiera para el mercadillo de la urbanización sólo los de la caja azul. Pero claro, Miguel en su eterno despiste, no me había escuchado.

Revisé todos y fui metiéndolos de nuevo en la caja. Con cada ejemplar mi mente revoloteaba entre recuerdos y nostalgia. “La vida sale al encuentro” una de mis primeras experiencias lectoras. “Jacobus” recién casada lo leí junto con mi entonces marido, yo era como Sara, la hechicera judía enamorada del héroe Galceran de Born en busca del tesoro de los Templarios; “El Principito”; “Misericordia”  de los años universitarios; el viejo ejemplar de encuadernación de cuero del abuelo “La casa de la Troya” de Pérez Lugín, una de mis joyas; “ Los diez negritos” el deseo frustrado y veraniego de ser detective; “La piel del tambor” libro de largas tardes entre pañales y llantos de bebé; la colección de Harry Potter con la que se iniciaron mis hijos y yo les aficioné a la lectura; una edición especial de “El Quijote” regalo de mi amiga María; “La casa de los espíritus” que encara la fuerza de la mujer entre tradición, realismo revolucionario y dictaduras; “La judía de Toledo” de mi admirada ciudad; “Los tres mosqueteros”…

Yo seguía entre mis ensoñaciones con aquella caja de mis tesoros casi llena.  Cerca estuve de olvidar “El Señor de las Llanura” que abrigó mi alma en el lamentable año de mi divorcio. Entonces, sin poder centrarme ni para leer, entre llantos y odio, buscaba con inquietud el apoyo de mis ancestros en la decisión de comenzar a escribir como terapia al desamor.

También guardé los recientemente leídos. Ahora que había encontrado la paz después de años de inclemencias y mis prioridades lectoras habían cambiado: “La trilogía de Baztán” y el impactante “El invierno en tu rostro; este último me había acercado a la España de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial que tanto me interesa.

Volví a entrar en casa para coger el precinto y al salir un hombre miraba algunos libros de mi caja de tesoros. Me acerqué con rapidez para informarle que aquellos no estaban en venta y unos grandes ojos me enmudecieron. Le reconocí al instante, aunque su físico había cambiado mucho. Él también me conoció.

Vicente desapareció cuando apenas tenía dieciocho años y volví a encontrármelo en la puerta del Banco junto a mi marido y él con su esposa años después; no volví a verle. Fue mi amor platónico, el que siempre tenía una sonrisa y un roce de su pulgar en mi cara. Aquél que siempre me dedicaba unas palabras cuando llegaba todos los días al Cigarral de mis abuelos, en julio, en Toledo. Mi hermano y mis primos se divertían en la piscina. Pero yo, por aquel entonces, ocupaba el estío tirada en la escalinata de la entrada, donde siempre corría aire a la sombra de la gigantesca Buganvilla, sumergida entre lecturas trepidantes.  Y para qué negarlo, esperando que apareciera Vicente, con la camiseta ceñida a su torso y sus marcados bíceps llevando la cesta de ultramarinos. Él era unos cuatro o cinco años mayor que yo, de cabellos rubios y ojos misteriosos, y de labios epicúreos.

  • Hola Ana, veo que aún conservas el viejo ejemplar que te dejé y quedamos en que al final del verano me lo devolverías.
  • ¡Vicente! —allí seguía mirándole como una tonta sin articular palabra, solo su nombre.
  • Sigues igual de guapa—con sonrisa triste—. Veo que tu afición no ha dejado de crecer. Es maravilloso volvernos a encontrar. Jamás pensé que mis anhelos se harían realidad. En estos últimos meses me he acordado mucho de ti. Tal vez desde que me abandonó mi mujer estoy lleno de nostalgia.

Salí de detrás de la mesa del jardín y me abracé a él. Fue un impulso primario ante el reencuentro también añorado. Tal vez había llegado el momento de devolverle “En nombre de la Rosa” antaño ya ajado y en la actualidad, aún más si cabe, de tanto acariciar sus hojas.  Ante mi abrazo su expresión cambió y me dijo con su pulgar sobre mi barbilla mirándome a los ojos:

  • “De todos los rostros del pasado que se me aparecen, aquel que veo con más claridad es el de la muchacha con la que nunca he dejado de soñar a lo largo de todos estos años … como escribió Eco en El nombre de la Rosa.

Te Necesito, Ayúdame

violencia-de-genero-de-pelicula

“No cuentes conmigo si es para violencia. No esperes de mí en las barricadas a menos que sea con flores.”  John Lennon

Suena el teléfono con insistencia. Los timbrazos son impertinentes hasta que callan. Al minuto comienzan de nuevo con estridencia.  No hago caso y otra vez deja de sonar. No quiero hablar con nadie. No me es fácil empatizar cuando mi mal humor alcanza cotas insolentes prefiero permanecer oculto, en silencio. Pero otra vez comienza a sonar el teléfono con obstinación. Como cuando intuyes que aquella terquedad no depara nada bueno y el que se encuentra al otro lado del auricular sabe que no quieres descolgar.

Por fin me levanto del suelo donde trataba de distraerme leyendo, con la iluminación justa para distinguir las letras.  Es lo único que me sosiega. Descuelgo con apatía y es ella. Ella que me considera el mejor amigo, el que siempre está ahí cuando le necesitas. Yo no quiero su amistad.

Grita mi nombre varias veces. Su respiración entrecortada me alerta de que algo no va bien. Habla atropelladamente y no consigo entender lo que me dice. Resoplo, sigue alterada disparando palabras, y comienzo a preocuparme

  • Anna no te entiendo, quieres tranquilizarte ¿Qué ocurre?
  • Te necesito

Como siempre que tiene alguna de sus elucubraciones mojadas en alcohol. Apenas me saludó esta tarde cuando reía con el del pelo engominado y montaba en su moto. Cuando la he visto alejarse ha sido como saltar de un precipicio, me he roto en pedazos.

  • Estoy en la carretera del valle. Esto no pinta bien. Ven a buscarme.
  • No pienso ir para que luego tú y tus colegas os riais de mí por perder el culo para salvarte.
  • Esta vez es en serio, por favor, por favor.
  • Esto ya me lo has hecho otras veces Anna—oigo sus sollozos— eres despiadada conmigo.

Ruidos de interferencias y silencio. No sé si me ha colgado, se ha cortado la comunicación o se ha quedado sin batería. Dudo entre volverla a llamar o volver al suelo de mi habitación ¿Y si esta vez no es una broma y me necesita? Con desidia cojo la cazadora y las llaves del coche, puede que regrese más enfadado aún, pero no resisto sus suplicas y ella lo sabe.

Voy en mi coche hacia la carretera del valle. Soy un inútil incapaz de expresar lo que en realidad ella significa para mí. He de seguir siendo su confidente, derrumbándome con cada una de sus palabras mientras me asoma una sonrisa. Ni si quiera puedo gritarle para decir lo que tanto me desespera. Para demostrarle que no soy débil, ni cobarde. Que tantas y tantas veces me he contenido para no dar un puñetazo a ese chulo engominado, para no perderla. Prefiero seguir siendo el amigo bobo a que me deje de hablar. La ventana de su habitación está de frente a la mía. Muchas veces espío como baila a través de los minúsculos agujerillos de la persiana. Las manos me sudan cuando veo contonear sus caderas, su cabello revuelto sobre los hombros. Poso mi frente en el cristal frio de la ventana mientras mi corazón se acelera. Y así día, tras día.

Voy llegando al merendero y veo salir una moto a gran velocidad. Al menos no tendré que soportar la cara de ese gilipollas. Estaciono en frente y cruzo la carretera. Empiezo a inquietarme, un olor ferroso llega hasta mi olfato. Basura por todos lados, miro a mi alrededor. En una hondonada al fondo percibo unos jirones de ropa de un color que me es conocido. Me acerco más, junto a un trozo de tela, un móvil con la pantalla rota, su móvil. Me da miedo mirar, al fin dirijo mis ojos hacia la cuneta. Allí está Anna, encogida, con la ropa desgarrada. Deprisa le giro la cara, está inconsciente. Inconsciente o muerta, poso mis dedos en su cuello. Me cuesta localizar su pulso, pero lo encuentro. Intento que se despierte, no reacciona. La levanto y, a grandes zancadas, cruzo la carretera con ella en brazos. La meto en el coche, está helada. Pillo una manta del maletero y la cubro. Comienza a estremecerse y gemir. Tiene todo el rostro ensangrentado y lívido. Apoyo su cabeza en mi regazo y le hablo.

  • No te preocupes te llevaré al hospital— solloza y siento como sube a mi cara un ardor iracundo.
  • Llévame a casa, estoy bien. Se me pasará.
  • Creo que deberíamos ir a urgencias y a la policía.
  • ¡NO! Llévame a casa.

El calor ahoga mi cuerpo y se me humedecen los ojos. La dejo en el asiento trasero y, apretando los puños hasta dejar marcada mi palma de la mano por la llave del coche, arranco. Cuando llegamos se incorpora con lentitud envuelta en la manta. La sostengo por los hombros hasta llegar a su puerta, entramos. Se dirige al baño mientras se va desprendiendo de los jirones de ropa entre mis brazos. Desnuda, se suelta de mí y se dirige a la ducha. Da el grifo y deja que el agua caiga sobre su cuerpo. El plato de ducha se llena de un líquido rojizo mientras observo anonadado un cuerpo lleno de arañazos y golpes que se va deslizando hasta quedar acurrucado en el suelo entre sollozos.

  • Esto no quedará impune—vuelvo a apretar los puños— ese canalla va a saber lo que es el dolor.
  • Por favor olvídalo solo estate a mi lado.

Reservé mis pensamientos, la violencia nunca debe de quedar indemne y no quedaría. Como dijo Asimov, la violencia es el recurso de los incompetentes. No tiene justificación sus actos. Hay que luchar contra ella con la justicia, con entereza. Todos tenemos que colaborar para que desaparezca. No podemos ver amenazados nuestros derechos de libertad e igualdad.

Tras unos interminables minutos, absorto en mis pensamientos, cerré el grifo y la envolví en una toalla. La tomé entre mis brazos y la llevé a su habitación. Esa habitación donde miles de veces la observé oculto tras la persiana contoneando sus caderas. Pero esta noche estaré a su lado hasta el amanecer,  todas las noches que hagan falta, hasta que quiera que me marche.

Cogiendo una Estrella

502d2e977ef2ce00962f08f939a48321

“El encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman”  Carl Gustav Jung

Necesitamos, de vez en cuando, un abrazo que nos apriete el alma. Emisores de mensajes, de WhatsApp repetitivos, con afables palabras; receptores apáticos del uso banal de buenos deseos. La tecnología hoy copa cada rincón de casi todos los hogares. En cierto modo, nos mantenemos más comunicados pero la calidez de la cercanía se nos pierde entre ondas y fibras.

Javier apagó el móvil que no paraba de sonar, catorce mensajes para recordarle la cena. Entre las cuatro paredes de su pequeño  ático se tumbó en el sofá y contempló el cielo encapotado a través del tragaluz. Silencio absoluto, soledad. Ella se fue ya casi hace seis meses. Esa serenidad la valoraba hoy por encima de cualquier condición. Sabía a la perfección lo que no tenía espacio en su existencia.  Claro que echaba de menos a Alina pero, con ella, cualquier jornada era una montaña rusa que le desbocaba hasta la extenuación, además de todo el día con el móvil y la tablet. Ella siempre le recriminó demandar exceso de tiempo y caricias.

Alina escribía en el ordenador enloquecida bajo los acordes estridentes de un violín, el silencio le era sobrecogedor. Se llamaba así por su abuela germana y su nombre aludía a la que necesita a alguien que le demostrara su amor con ternura, su maldición. Paró para beber, sus pensamientos siguieron perdidos entre aquel líquido añil  en la taza de osos y corazones que Javier le regaló. Seguía sin saber lo que buscaba en la vida y muchos instantes se llenaban de recuerdos y melancolía. Echaba de menos sus exasperantes caricias que muchas veces la crispaban. Él siempre le censuraba su dependencia tecnológica que llenaba su tiempo.

Javier entró en el restaurante, un local minimalista, de un blanco flemático, tan solo con una de las paredes al fondo en rojo. El mobiliario también todo en blanco y copas, servilletas y platos en rojo. Le desagradaba el lugar, percibió una brisa gélida e insulsa en la nuca. Aquel local le recordó a Alina y él, fuego y hielo.

Alina estaba de copas con las del periódico. Desbocadas entre esperpénticas risas. Por la mañana estaría envuelta en una bruma etílica con dolor de cabeza y sin apenas recordar nada. Y esa maldita sensación de vacío de haber pasado la velada quemando las horas. El ruido encubría el mutismo tedioso.

Una estrella fugaz atravesó  el cielo y Javier no pidió ningún deseo, como decía su abuelo “ten cuidado con lo que deseas que puede ser que se cumpla”. Cuando estaba en sus divagaciones estelares, saliendo del restaurante, recibió un codazo de Paco, su compañero. Le molestó, solo era para mirar a un grupo de mujeres, demasiado contentas que caminaban a la par por la otra acera. No le interesaban. Alguno de sus colegas decidió cruzar la calle.

Alina vio como una estela surcó el cielo entre nubes, algún día alcanzaría su estrella. Pegó un alarido cuando Laura, la ilustradora, le pisó un pie al intentar dar un quiebro a un pesado que había cruzado la calle. Regresó a la realidad con dolor.

Aquel grito desconcertó a Javier. Observó como vapuleaban  a Paco entre risas pero el grito desmedido fue de una mujer de cabellos cortos, envuelta en un abrigo negro y con largas piernas terminadas en ingentes tacones. Sus miradas chocaron y fue como el golpe seco de un revolver, violento e inesperado. El griterío y los pasos se fueron alejando y allí, a ambos lados de la calle, se quedaron Javier y Alina mirándose. Los dos grupos comenzaron a vociferar sus nombres pero apenas eran audibles. Solo estaban ellos. Pasó un taxi que pisó un gran charco de las lluvias de todo el día y salpicó a Alina. La escena quedó envuelta en una nebulosa.

Javier despertó sobresaltado sintiendo sus pies fríos, mojados. Era absurdo solo había sido un sueño. Pero los ojos de Alina le oprimían el corazón. Miró el reloj, llegaba tarde a la cena, se había dormido en el sofá contemplando una estrella fugaz, era lo último que recordaba.

Alina se despabiló limpiándose el rostro, se había quedado dormida sobre el escritorio. Deseó por un instante tener a Javier cerca acariciando su rostro. Llegaba tarde, el móvil en silencio tenía trece llamadas perdidas.

Se vistieron con lo primero que tenían a mano y salieron a la calle aprisa. Javier llegó al restaurante y despavorido comprobó que se asemejaba al del sueño. Dio unos pasos hacia atrás hasta pisar la acera, se giró y miró enfrente. La otra acera estaba desolada, húmeda y llena de charcos. Se dispuso a regresar sobre sus pasos y una voz melódica que llegaba del comercio de la derecha, susurró su nombre.

Alina estaba allí, se acercó y cogió su mano, algo que casi nunca hacía. Javier se turbó. Sin mediar palabra, ella tiró de su mano rozándole con el pulgar, se alejaron, caminando. Él se paró en seco y cogiendo su cara la besó con timidez. Una sonrisa apareció en ambos y continuaron caminando con parsimonia.

¿Habían pedido un deseo? A veces los anhelos se difuminan tan solo con seguir a la tormenta, rayos y granizos se integran, y el camino del destino se vislumbra  con luz propia en las estrellas.

El Duelo

dc632491ec3362d3a3bba880f7c0b8e1

 

“Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido.”  Pablo Neruda

Alrededor de la luna se ceñía un halo brillante revelando que la oscuridad iba a ser acompañada de heladas. Yo había salido a correr, a despejarme del murmullo tóxico de la competitividad a la que éramos sometidos por nuestra juventud en la empresa. Pronto serían las doce de la madrugada y, como habitualmente, no podía dormir.

La vi apoyada en el borde de piedra del puente. Ella tenía la mirada fija sobre el lecho del rio donde se reflejaba aquella misteriosa luna. No pude evitar parar y preguntarla:

  • Buenas noches ¿Necesita algo señora?—quieto pero sin dejar de mover las piernas.
  • ¡Señora!—con voz irónica y sin mudar el rostro— Necesito valor.
  • ¿Valor?
  • Sí, valor para acabar con lo poco que me queda.

No sabía qué hacer, tal vez mejor continuar mi camino. Algo en su semblante paralizaba mi cuerpo, como si gritara en su silencio un poco de ayuda. Me quedé esperando una respuesta que no llegó hasta que ella se giró y clavó sus ojos en los mío.

  • Más vale que siga su camino joven, gracias.

Aquellas palabras fueron la respuesta definitiva para acercarme a ella. Un aroma cítrico penetró en mi nariz, me envolvió arrastrándome hasta su lado. Apoyé mis brazos sobre las piedras del puente y dirigí mi mirada hacia donde ella lo hacía unos instantes atrás.

  • Ni el rio ni la luna le darán lo que demanda. Si quiere le acompaño a casa, la noche es fría. Cogerá una pulmonía si sigue aquí, hay mucha humedad y penetra hasta los huesos

Pensé para mí que no había frase más idiota para ayudar a alguien pero no sabía que decir. Volvimos a clavar nuestras miradas y fue cuando percibí aquellos ojos claros y limpios. Y se desplomó sobre el empedrado. Miré a todos lados, a esas horas y en pleno invierno no se divisaba a nadie, ni un solo coche. Pasé mi brazo por su cuello para intentar reanimarla, estaba helada. A penas había un kilómetro hasta mi casa, la tomé entre mis brazos, era delgada, y regresé. Aún percibí con más intensidad su aroma fresco.

Ya en mi salón, la dejé en el sillón frente a la chimenea, aticé el fuego y arrojé un par de leños. Me acerqué hasta el teléfono para llamar a urgencias pero su voz me detuvo:

  • Es usted un insensato y un entrometido ¿Cómo se le ocurre traer a su casa a una desconocida? No se lo enseñaron de pequeño.

Dejé el auricular en su sitio y me acerqué a ella. Ahora sí que pude ver su rostro: ojos azules claros, melena castaña, labios carnosos y ardientes imagino que por el frío, nariz recta y fina, y pómulos marcados. Se aferró a su chaqueta de paño mientras la castañeteaban los dientes. Sus manos pequeñas, de dedos largos y desnudos seguían demandando ayuda.

  • Prepararé algo caliente ¿Qué quiere leche, infusión, chocolate?

Una leve sonrisa asomó a sus labios, me pidió chocolate. Preparé dos tazas en el microondas. Le di su taza y me senté en el otro sillón. Ella abrazó el chocolate humeante y sopló sobre él. Aquellos labios, sus manos, su melancólica mirada me hizo estremecer. Había algo en ella que me seducía y podía ser mi madre.

Allí estábamos ambos contemplando las llamas entre sorbo y sorbo sin mediar palabra. Cuando terminamos dejamos las tazas en la mesa de te que separaba ambos sillones.

  • Me llamo Josu. Y sí, soy un insensato pero me enseñaron a auxiliar a las personas cuando lo necesitan. No creo que me quiera desplumar el apartamento con artimañas.
  • Olivia es mi nombre—tendiendo la mano que comenzaba a estar tibia.
  • Quiere que la acerque a su casa, no me importa. Es tarde y su familia estará preocupada.
  • No tengo donde ir Josu. Todo lo que poseo está en una taquilla en la estación del tren.
  • Te puedes quedar está noche aquí a dormir. No hay problema.

La dejé mirando el fuego reflejado en sus pupilas, en el sillón, arropada con mi colcha de patchwork.

Aquella fue la primera noche de las setecientas restantes que permaneció en mi casa, doctor. Recuerdo cada detalle y cada palabra. Yo fui su salvavidas en aquel instante pero ella para mí ha sido el aire fresco en una estancia viciada, el oasis en el desierto de una urbe deshumanizada. A pesar de tener veinte años más que yo jamás note la diferencia. Hoy, a mis treinta y un años, daría mi vida por volverla a tener entre mis brazos.

Cada noche lloro sobre la almohada que aún huele a ella. Cada mañana restablezco su aroma con el frasco de su perfume. No soy capaz de superar el duelo, me niego día tras día a su ausencia. Se fue como llegó sin ruido ni aspavientos, jamás supe de su dolencia, ni un gesto de dolor, solo a veces su palidez.

Mis sueños se reiteran rememorando los momentos en que llegaba a casa y ella me esperaba tras la puerta, me besaba con dulzura y  me vendaba los ojos. Me agarraba la mano y me dirigía hasta el salón donde me desnudaba con parsimonia entre las caricias de sus manos. Yo me dejaba hacer y ella soliviantaba mi cuerpo hasta terminar exhaustos sobre la colcha de patchwork. Percibo por la noche sus mordiscos en mi oreja, su lengua arrastrándose por mi cuerpo y como yo penetraba en el suyo cuando ya no podía aguantar más la excitación. Su jadeo sobre mi hombro cuando me susurraba “te amo Josu” mientras enredaba sus largos dedos entre mis cabellos. Después yo la cogía entre mis brazos, como la primera vez, su cuerpo delgado y débil, y la llevaba a mi cama y volvía a sucumbir entre sus piernas con envestidas todavía más intensas mientras encorvaba su cintura y me retaba con sus pequeños pechos. De vez en cuando gemía gritando mi nombre entre aquellos labios carnosos y ardientes.

  • Josu han pasado ya seis meses y no avanzas. Sigues aferrado a sus cosas y a sus recuerdos. A ella no le gustaría verte así. Tal vez sería bueno que te deshicieras de sus pertenencias, pensar en el futuro.
  • ¡NO! Doctor como me puede decir eso—con los ojos inyectados en sangre— sería traicionarla—lanzando el móvil contra la pared— ¡La odio! Desprecio ese silencio extraño que me evoca su nombre “Olivia”. Le detesto Doctor porque no logra ampararme en esta gélida noche. Odio a Dios por arrebatármela—Llorando con amargura, con las manos sobre su cara y aferrando un trapo de patchwork.

Se marchó de la consulta dando un fuerte portazo. A veces es imposible dar consuelo para el que le han dejado un gran vacío emocional y se obstina en permanecer en el pasado. La impotencia se recuesta en el diván.

El Dragón de Fuego

ab4f02a57f89eeca040512dd0451408e

Ilustración: The Fallen Angel de Luis Royo

“Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida” Neruda

Alguien me dijo una vez que todas las historias están escritas, tan sólo cambia la forma de contarlas. Los papeles pueden permutar de género, el hombre ser el león cobarde, la mujer ser la bestia. El héroe sigue el mismo camino con distintos trazados.

Encontré aquella carta entre un amasijo de papeles en el desván de la abuela. Una alegoría  al amor, un destino metafórico. Su letra era estilizada y barroca, llamaba la atención entre tanta vulgar grafía. Abrí la carta y desdoble el folio que dormitaba dentro; comencé a leer con avidez:

7 de Noviembre de 1913

Aquella noche conocí al Dragón del Fuego. Temerosa entré en su guarida sin saber lo que me aguardaba. Cuando sus ojos inteligentes se mecieron en los míos, olvidé los miedos. Me acarició con sus garras y volamos por mundos llenos de pasiones.

Noche mágica que nos proporcionó fantasía de pura esencia.  Sentimientos sin grilletes en cuerpos exultantes y sudorosos. Oí la respiración entrecortada y ansiosa del dragón. Caí rendida ante tal abanico de delirios. 

Pero los instintos del dragón no pueden ser ignorados.  Sus dominios se hundieron en mi corazón poseyéndolo para siempre. Sus índigos ojos penetraron mi mente y me arrebataron la existencia, en mi piel quedaron grabados sus símbolos ancestrales. El deseo, cuando se acaba, produce hambre de más deseo pero, cuando el amor lo inunda, colma el espíritu.

Me dio todo y me quede en lucha con mis entrañas. Maltrecha seguí buscando su rostro y nunca dejé de hacerlo pues ¿Qué es la vida sin el fuego del dragón?  Nada.

Él pertenecía a otro mundo y, ambos, no podíamos cruzar los límites. Estaba prohibido que los seres de diferentes orbes se unieran. Cuando descubrieron dónde se encontraba la cueva que anulaba los confines, la cerraron para siempre.  Vagué en su búsqueda y no cesé en el empeño.  Seguía sintiendo su pasión y sabía que él me percibía en su mirada.

Tras muchas travesías encontré su rastro. Me despedí de vosotros, gentes que me llamabais loca, no entendíais de deseos inconmensurables. El amor sobrevuela tiempos y existencias. Él se acercaba y sabía que, por fin, estaría a su lado. Ardería en el fuego de su especie.

Pero en aquella aciaga noche me lo arrebataron. Esperaron el instante del encuentro para clavarle la daga de hielo que apagó su llama. Él me ocultó tras su cuerpo para que no me hicieran daño y que me diera tiempo a huir. Me protegió hasta su último aliento.

Sus ojos se clavaron en los míos susurrándome “Te esperaré hasta que llegues, donde nadie impedirá nuestra unión. Dejaré encendida la hoguera durante mil cosechas, por diez mil caminos, en cien mil lunas para que su luz te guíe hacia mis brazos”.

Sus palabras resonaron como campanas tañendo  y aún hoy, después de tanto tiempo, lo siguen haciendo. Decidí que tornaría mi vida para que no volvieran a llamarme loca. Aguardaría el instante de partir para que sus dominios se hundieran en mi corazón, por una eternidad. Y así la vida continuó y existí al lado de un buen hombre que supo quererme sin pedir lo mismo a cambio. Mi descendencia hizo que las gentes olvidaran mis enajenaciones de juventud. Después de a él son a los que más adoro, mis hijos y mis nietos.

Si algún día estas palabras resonaran en el viento por unos extraños labios, sabed que, aunque la vida prosiguió, mi fin y meta serán siempre llegar su lado. Sólo él dio y dará sentido a mi vida, sólo él me hizo fuerte.

Shara.

 

De nuevo doblé aquel folio y lo guardé en su sobre. Aquella carta no merecía estar olvidada entre amarillentas hojas y polvo, aquella carta desvelaba el gran secreto de la abuela Shara que murió ayer y hoy lloramos su ausencia. Nadie entendió sus últimas palabras cuando partió al viaje sin retorno y yo, guiado por sus recuerdos, las entiendo.

“Vuelvo a ver tu luz tras cien mil lunas”