Borboletas

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“En qué profundidades distantes, en qué cielos ardió el fuego de tus ojos” William Blake

Sentada en un banco del parque miré al cielo y respiré profundo. Sentí en mi rostro una ligera brisa y un sutil calor de un sol timorato. Acababa de comenzar un otoño de temperaturas dulces. Recordé a mi abuelo que por largo tiempo vivió en Portugal: deja que las borboletas se acerquen a ti, siempre serán un buen presagio, una señal. Una mariposa de grandes alas revoloteaba a mi alrededor. Y siempre que las veía lo que me presagiaban era su presencia y protección, la del abuelo. Como si algo afable se acercara empujado por él.

Un golpe metálico me hizo despertar de mis pensamientos y girar la cabeza. En el banco junto al olivo centenario se le había caído una cantimplora de aluminio a un individuo desgreñado y barbudo. Miraba el objeto en cuestión que se había abollado al golpearse con una gran roca rodeada de brezo.  El desconocido abrió sus brazos con resignación y vació la cantimplora, la guardó en una pesada mochila llena de insignias bordadas y un pañuelo atado al asa.

El extraño se volvió a sentar en el banco y sacó un libro. Leyó concentrado, como si no hubiera nadie en el parque, como si no existiera nada. Me llamó la curiosidad ¿Cuál sería el título de aquel ejemplar?

El cabello de él, negro azabache colgaba por ambos lados de la cabeza y delante de los hombros. Las barbas eran extremadamente profusas pero muy bien recortadas bajo la barbilla. Me percaté de que su ropa, vaquera, a pesar de parecer muy deteriorada estaba muy blanca en su desgaste. Las deportivas rojas que llevaba, en contra, parecía recién estrenadas. Al sujetar el libro dejó ver un montón de pulseras de cuero y de una de ellas colgaba un anillo de plata labrada.

El libro parecía también como si le hubieran leído millares de veces, los bordes estaban ajados. Era de pastas duras con canto de cuero, un ejemplar antiguo. Seguí observando y fue cuando me percaté de que tras el banco había un perro dormitando. Seguí contemplándole con descaro hasta casi perder la noción del tiempo.

Una nube cubrió los rayos del sol y el extraño avistó el cielo. Cerró el libro y me miró. Una leve sonrisa asomó a la comisura de sus labios. Vi unos ojos cristalinos como el mismo cielo. Me sonrojé y cogí el bolso para disimular mi descaro. De reojo observé como se levantaba, cogía la mochila y llamaba al perro ¡Lobo, hora de marchar! Me puse nerviosa al acercarse a mí.

Me saludó afablemente y volví a cruzarme con aquellos ojos nítidos y las borboletas batieron las alas en mi estómago. Tendió sus brazos dejando al descubierto un tatuaje de un pequeño atrapasueños y me ofreció el libro entre unas manos curtidas y enjutas.

  • ¡Buenas tardes! Para usted—con voz tenue y cascada
  • ¡Hola! Perdone mi descaro, no quería importunarle—tartamudee.
  • No me ha molestado. Tengo por costumbre hacer un regalo a todo aquel que me mira con pensamientos amables, que se reflejan en la expresión de su cara.
  • No, no tiene ninguna obligación.
  • No es obligación, es agradecimiento.

Dejó el libro junto a mí en el banco y continuo su camino, Lobo le siguió pegado a sus largas piernas. De pronto se giró y volvió a tomar la palabra.

  • Nunca deje de pensar que las borboletas la protegen y avisan de buenos augurios.

Me quedé con la boca entreabierta, sin mediar palabra mientras veía perderse una figura alta entre el boscaje del parque. No sé el tiempo que transcurrió hasta que cogí el libro, supongo que un par de minutos. Las nubes se despejaron y volvieron a rozar los rayos del sol mi rostro. Seguía intrigada por la situación, por el desconocido, por el libro. En la portada un rostro de mujer y con letras de trazo delicado un título “Jane Eyre”. En la primera página una dedicatoria y una fecha:

4 de marzo de 1989

Para ver el mundo en un grano de arena

y el cielo en una flor silvestre

abarca el infinito en la palma de tu mano

y la eternidad en una hora.

                                William Blake

Te amo Freddie. 

Me levanté y salí corriendo, buscando entre los árboles una figura con un perro, en una carrera delirante. No lograba encontrar su sombra, miré hacia todos lados y seguí corriendo. Miré y miré hasta que oí un ladrido cercano, y al escucharlo me serené. Giré hacia el lugar de donde llegaba y volví posar mis ojos sobre los suyos.

¿Quería regresar aquel libro a quien pensaba su propietario o volver a sentir el misterio de los ojos de aquel extraño?

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EL JABÓN DE LA ABUELA

El jabón de la abuela

“No existe la felicidad. A lo largo de la vida hay briznas de dicha que se deshacen como jabón.” Miguel Delibes.

Allá por 1613, en una humilde morada con dos habitaciones, María, La Hechicera, anda aquella mañana distraída e inquieta. La abuela vaticinó el encuentro de ella con aquel al que llamaba el guardián. Poco sabía de tal caballero, tan sólo que sería parte importante de su vida. A ambos les uniría el corazón y una misión que saldría a la luz en el futuro.

María agachada sobre el puchero en la lumbre, da vueltas a una solución viscosa y blanquecina.  Su falda de paño arremangada y sujeta a ambos lados de la cintura. Los pies descalzos como la mayoría de las veces.  Unas gotas de humedad resbalan por su frente y son restañadas por el dorso de su mano. El continuo movimiento y el calor del fuego hacen la tarea sofocante. Parte del corpiño y la blusa desabrochados, dejando entrever sus turgentes senos; está sola, no hay porque tener decoro.

Cuando algo la inquieta siempre se pone a hacer jabón como lo hacía la abuela.  Aquel ritual la une a ella.  Es uno de esos recuerdos de la niñez que no se olvidan, acompañados de aromas concretos.  Como si siguieran haciendo ambas dicha tarea, juntas, a pesar de que habían pasado unos años desde su desaparición. La serenaba en momentos de incertidumbre y aquel era uno de esos instantes. Cuando el día antes echó la suerte de habas al caballero, por intuición o revelación ancestral, supo que él era el guardián.

La noche del día de ayer, cuando conoció a Miguel y después de que se marchara, cogió agua de lluvia y la mezcló con las cenizas de hojas de laurel que guardaba en un cuenco de madera.   Una vez obtenida la mezcla, la dejó reposar toda la noche. A la hora del Ángelus, cuando las campanas de la catedral tañían, María echó una patata en la mezcla de agua y ceniza; la patata flotó hasta la mitad indicando que ya estaba lista para su utilización, tenía la concentración adecuada; tamizó la mezcla con un paño, despacio, pues era corrosiva. La abuela llamaba a dicha mezcla al-qaly que era lo mismo que ceniza en árabe. Cogió de uno de los estantes un cántaro con az-zait o jugo de aceituna como ella también siempre decía. Sacó la misma proporción de la disolución de agua y ceniza, aceite y mezcló ambas en el puchero. Sin dejar de remover, la disolución adquirió una textura cremosa. Una vez hecha toda la mixtura, depositó el puchero en la lumbre.

En esas andaba, con cada vuelta en el puchero con la cuchara de madera un pensamiento, una inquietud, un pálpito. Ansiaba descubrir todo sobre él. Miguel era el guardián. Fornido, de ojos sagaces, cabellos largos y ensortijados que invitaban a enredarse en ellos. Pero lo que le atraía eran sus manos grandes y huesudas; tuvo ganas de acariciar aquella profunda cicatriz en su mano derecha, en forma de media luna. Hasta ayer no se conocían de nada pero sintió un amarre inexplicable que les ataría.  Siempre su sexto sentido la advertía de quien desconfiar a primera vista y en quien fiarse al primer respiro. Sabía que podía encomendarse a él. El amarre le percibió tal y como Inés se lo reveló hace ya demasiado tiempo.

Retiró el puchero del fuego con dos paños y lo colocó en la mesa sobre una tabla para poner los cacharros calientes. Se acercó al tarro donde guardaba las flores de espliego y tomó un puñado que esparció sobre la mixtura removiéndola. El aroma que se desprendió inundó la estancia. Se quedó quieta, absorbiendo dicho aroma con una profunda inspiración, no pudo evitarlo y en un susurro pronuncio unas palabras:

  • Hola abuela. Protégeme siempre y no me abandones—con ojos vidriosos—. ¡Te echo tanto de menos! Contigo nunca había incertidumbres ni miedos.

Se acercó a un lado de la lumbre donde reposaba un cajón de madera desgastado. Sobre aquel cajón echó la mixtura. Ya sólo quedaba dejarlo reposar hasta que el jabón estuviera duro y dispuesto para cortar. Ella también se bañaba con aquellos pedazos de jabón desde la infancia, igual que la abuela.

Inés, la hechicera, de la que heredó su apodo, decía que el jabón de lavanda protegía de los insectos, eliminaba tensiones y limpiaba la piel de granos, realces y quemaduras. También decía que su aroma producía en el hombre una sensación de euforia, de placidez.

En un día de lluvia de 1601, la abuela Inés fue detenida por la Santa Inquisición acusada de envenenamiento y hechicería. Jamás volvió a verla. En su humilde posición social era inteligente, avanzada para su época, un libro de sabiduría atávica. María nunca llegaría a ser como ella aunque lo intentaba. Sentía una admiración profunda hacia aquella mujer menuda, de ojos astutos y piel ebúrnea.

Dejó de deambular con la mente y se metió en el cuarto que servía de dormitorio. Echó agua en el barreño de madera, cogió un pequeño paño y un trozo de jabón usado. Terminó de desabrocharse el corpiño, dejó caer la falda y se quitó la camisa que la cubría todo el cuerpo. Ya desnuda y en el barreño, mojó el paño y lo frotó en el jabón. Estaba sudada y necesitaba cubrir cada centímetro de su piel de aroma a espliego. Empezó por los brazos y luego por el torso, deleitándose en los senos que se erizaron. Continuó por las piernas para terminar en su sexo. Salió del barreño y cubrió su nívea piel con un gran paño. Se sentía mejor, más serena, como Inés señalaba, el espliego alejaba el desasosiego.

Miguel había despertado en ella una exaltación que no se explicaba, nadie hasta ahora lo había hecho. Ansiaba el instante de volverle a ver. Había lucubrado miles de veces con la imagen del guardián, ahora conocía su rostro y no la había decepcionado. Sus corazones efectivamente estaban unidos, él lo ignorara aunque estaba segura que su alma también partió inquieta tras conocerla. Eran los guardianes, el momento de las respuestas se acercaba. Estaba contenta pero inquieta ante las esperadas lunas.

Un Louis Vuitton en la basura

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“Amantes del mundo: a veces es más hermoso recordar que vivir” Chavela Vargas

Encontré en el contenedor de basura un bolso, imaginé que de imitación, , un Louis Vuitton lleno de cartas y fotos artísticas. Me llamó tanto la atención que rebusqué más dentro de él. Al mover el contenido subió hasta mi nariz un olor apergaminado a flores secas. Las fotos me parecieron una maravilla. Miré a ambos lados del contenedor como cuando se está cometiendo un delito y arramplé con aquel bolso que parecía sin estrenar, que colmaba un contenedor repleto de porquería. Sentí como unos ojos se me clavaban en la nuca, seguro que la señora Basilia me había visto. Agaché la cabeza y me dirigí al portal. Ya bajo el cobijo de las paredes de éste, me relajé y volví a mirar afuera. Vi como unas cortinas azuladas se movían como si, con rapidez, alguien se hubiera escondido tras ellas, pero esa no era la ventana de la señora Basilia.

No me dio tiempo a entrar en mi piso. La puerta  de frente a la mía se abrió y apareció la señora Basilia dándome las buenas noches “Hola Lena”. Me miró de arriba abajo y con medía sonrisa en su cara me espetó con sorna que si había encontrado un bolso de diseño en la basura ¡Lo sabía! Me había fisgado, esa hurraca chismosa miraba el bolso con avidez. La conteste “Cada día señora Basilia, no se puede imaginar los tesoros que puedes encontrar entre la porquería”. Sin darle tiempo, abrí mi puerta, la di las buenas noches y entré en mi territorio.

Con ansia puse el bolso boca abajo sobre la mesa del salón. Había dos clases de sobres, unos normales y otros de color azul. Los clasifiqué en dos montones, dejando revueltas todas las fotos. Una a una fui cogiendo las fotografías: ventanas con cristales mojados, manos entrelazadas, pies descalzos sobre una tarima, unos ojos con lágrimas, un cuerpo de hombre desnudo girando entre muebles de salón, una toalla tirada en la ducha. Aquellas imágenes eran espectaculares, quien las hubiera hecho tenía un don para captar ese momento preciso e impactante y todas sin rostro. Todas las fotos tenían fecha por detrás, pude comprobar que eran de 2015.

Entre las fotos había pétalos de rosas secas, en su momento rojas. Volví a meter las fotografías con los pétalos secos en el bolso. Mi noche aburrida de viernes iba a ser diferente, estaba deseando leer las palabras que arropaban aquellos sobres ¿Por cuál empezar? Cerré los ojos y acerqué la mano a la mesa, cogí uno de aquéllos de la parte de abajo del montón.

La carta de color azul contenía dos folios escritos de forma cuidada. Desprendían un olor cítrico muy sutil:

Mi amado Manuel:

Como cada noche te escribo. Ha sido un día duro, me hubiera gustado tenerte a mi lado, pero las responsabilidades, como siempre, nos encadenan.  Ahora estarás en tu casa junto a Adela, compartiendo la cena con  Valeri. Todo en perfecta armonía mientras yo anhelo tus caricias. Me salva saber que, con cada bocado, según tus palabras, también me echas de menos. Es duro ser la otra y saber que nada por mucho tiempo lo podrá cambiar. No sé por qué sigo a tu lado viéndonos cada jueves en mi piso. Con esas dos horas colmo la semana. Tú me dices que esas dos horas te hacen continuar en tu lineal vida, llena de recursos y vacía de sentimientos.

Cada jueves cuando te vas me digo que será el último. Y cada jueves vuelvo a caer presa de tus caricias y besos ¿Es aceptable y valioso seguir viéndonos? Te amo o te necesito, no lo sé. Esas dos horas, ese mensaje en el móvil todas las mañanas diciéndome que como siempre te vas a poner a escribirme, ese beso por las noches también en el móvil ¿Qué me deja?

Miles de fotos salen de mi cámara todos los días, siempre guardo una que me recuerda a ti, algún detalle que sólo yo sé que eres tú, en esencia. Fotos con alma entre muchas vanas de modelos, posturas y trapos. No sé el tiempo que podré aguantar viviendo de limosna, pero sé que un día si tú no vienes a mí definitivamente, me iré para siempre. Ese instante llegará cuando esté preparada, no puedo ser eternamente la otra…

A las tres de la madrugada había leído todas las cartas, las azules de ella, las blancas de él. Descubrí que cada jueves el devolvía las cartas de ella, no podía quedárselas, las mantenía en el cajón de su oficina hasta entregárselas de nuevo. Eran la prueba de un delito que no podía permitirse, demasiado capital en juego. Coloqué también los sobres por fechas entremezclados. Y volví a leer la última, por supuesto de ella, la que más había dado y más había perdido. Era breve, tan solo unas cuantas palabras y una mancha de tinta corrida al final.

Hola Manuel:

Esta es la última carta que te escribo. Me marcho a París por un tiempo entre calles bohemias y corazones rotos. Llegó el momento que temía, me cansé. No quiero que me busques, ni que me encuentres. Sé que no quieres que te deje y créeme si te digo que te amo más que tú a mí. Yo dejaría todo por ti. Viviré por un tiempo en los recuerdos hasta que ese mismo tiempo me cure de tu aroma, de tus caricias, de tus detalles… El jueves vendrás, abrirás con tu llave, me llamarás como siempre lo haces entre dulces susurros ¡Beatrice! Pero yo ya no saltaré sobre tu cuerpo entrelazando mis piernas, no me derretiré entre tus labios, no caeremos al suelo entre amasijos de ropa, ni haremos el amor en la entrada. No, Manuel, pues ya me habré ido. Te dejo mi bolso de Louis Vuitton, ese que me trajiste un jueves a tu regreso de Italia, antes de ir a casa; ese que jamás me atreví a estrenar, como si fuera la prueba del delito. Todas nuestras cartas y mis fotos las guardé ahí, ya sabes dónde están los contenedores de basura. Lo imperecedero se lleva en el recuerdo. Te deseo todo lo mejor mi amor.

Beatrice.

Las cartas de él, aun llenas de alabanzas y deseos, me parecieron frías e impersonales. Cuanto desamor en las palabras de ella. Aquella mujer desconocida me había robado el corazón, ella le amaba y tal vez él ahora sabía lo mucho que había perdido, o tal vez no. A veces es difícil saber lo que piensan algunos hombres de raciocinio intenso, de esos que por miedo no dejan escapar un sentimiento por si se vuelven vulnerables.

Bebí un gran trago de vino, ese que me servía los viernes para reconfortar la noche frente al televisor hasta que me quedaba dormida. Mañana llegaría Samuel, sobre las ocho y me encontraría dormida en el sofá, pero esta vez con la tele apagada y un bolso de Louis Vuitton sobre la mesa, valioso en emociones. Importaba poco si era de imitación u original.

Me levanté del sofá y fui hacia la ventana. Hacía mucho calor y comenzó una tormenta de verano que amenazaba la oscuridad. Cerré las ventanas y de frente vi a un hombre entre unas cortinas azules, mirándome con firmeza, no sé ocultó. Aquel tipo era ese que cada mañana salía con su imponente Chrysler negro importado, un tipo nervudo y serio, un tipo frío e impersonal.

Deja que las cosas fluyan

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“De la constelación de tus lunares me hice preso.”  Rapsusklei

Las decisiones drásticas producen incertidumbre. Según te vas concienciando de que todo tenía que modificarse, por obligación, por felicidad, olvidas los malos momentos. Tras un largo tiempo vuelven los gratos recuerdos y las personas excepcionales que dejaron huella en tu historia.

Cada cual afronta el dolor como puede, unos entre insomnio y sollozos, otros entre insomnio y rabia. Quiero pensar que esa ira surge ante la impotencia de no poder hacer nada. No quieres perder a ese ser que tanto ha significado pero que te ha roto el corazón y tú a él. Se rompe cuando los horizontes del alma fluctúan, unos por debajo otros por encima, todo se desnivela.

Decidí embutirme en el silencio. Y ese silencio y la ausencia de mi persona generó aún más rencor que apenas pude entender. Supe en mis propias carnes que del amor al odio sólo hay un paso pequeño pero largo en horas. Horas, minutos y segundos que incluso me hicieron sentir un miedo paranoico que, aunque con una experiencia nefasta de por medio, exageró en mí ese recelo.

Por delante un verano de risas y baile, por dentro un invierno bajo el sol de agosto. Pero mis arrestos son tajantes en las decisiones. Me cuesta tomarlas, pero cuando las tomo no hay vuelta atrás. Sí, soy de carácter fuerte y de corazón sensible. Sin darse cuenta me desgarró con su altivez y prepotencia, me fue imposible recuperarme. Sin darnos cuenta seguimos consejos que nos alejaron, pues no todos valen para todas las personas. Los consejos se debían adaptar a las maneras de cada cual.

También las medias verdades rompieron la confianza, y cuando ella se rompe es muy difícil de recuperar. Surgen fantasmas a la menor duda, ante una callada por respuesta. Y un desplante, una negación ante un beso, un regalo que rezuma culpabilidad va creando un lago de amargura que cada vez más grande separa los espíritus.

Éramos como la noche y el día, pero en un principio pensamos que las diferencias nos complementarían. Hoy creo que puede ser, pero tras un tiempo de evolución. Cuando las experiencias nos van madurando y desnudan el alma de exaltaciones. Cuando una persona se ama así mismo puede entonces amar sin reparos.

No importa quien dejó a quien. Será el amor de mi vida, de una de las muchas vidas que me quedan por vivir. Tal vez necesitamos ser personas con entidades propias, ser, para que nuestros pasos se vuelvan a cruzar, tal vez.

Aprenderé esa enseñanza que no había forma de aprender más que de esta manera, con lágrimas y tristeza. Descubriremos las bondades de los desconsuelos tras varios inviernos. E incluso sonreiremos recordando tanto drama.

Asumí que tenía que vivir en singular, sin él. Aún con instantes triste, la razón te confirma con contundencia que la decisión que has tomado es la correcta. Pero el corazón no es tan rápido, tan lógico; él necesita tiempo para asumir que esa decisión es la adecuada. Te mortificas pues alejarse de alguien a quien se quiere nunca es fácil ¿Se pudo hacer más? Sí o no. Cuando las circunstancias se alargan en el tiempo, cuando hay melancolía y presión, llegó el momento de aceptar el cambio y ponerse en movimiento.

Me corté el pelo, me puse mis zapatillas rotas y mi pantalón zurcido. Y con un tatuaje sobre el lado izquierdo del pecho, cerré la puerta, con una mochila ligera de equipaje, pero muy pesada en anhelos. Los pasos al principio eran cortos y lentos. Bajé los escalones de su casa sin volver la cabeza, sin un abrazo de despedida. Y las noches trascurrieron metida en una tienda de campaña que compramos a medias, donde no podía vislumbrar las estrellas. Cuando se ama, cuando has empeñado todo, pronto también se ama en el recuerdo olvidando rencores. Eso espero.

 

Un libro, una historia, mi historia

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“Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él” Carlos Ruiz Zafón

Dicen que los libros llegan a nuestra vida cuando los necesitas y a veces también junto a personas. Comparto mi pasión por los libros con mis hijos, ambos han tirado de mí en aciagos días. Escojo mis lecturas por impulso. No puedo decir que un solo libro cambio mi vida, sino que hay varios de estos insignes objetos que marcaron mi existencia. Pero hay un viejo ejemplar de bolsillo que guardo con considerable cariño después de treinta y tres años, me le prestaron y no tuve ocasión de devolverlo.

Allí estaba yo, en el umbral de mi casa con la mesa del jardín repleta de libros. Había decidido deshacerme de algunos ejemplares antes de mudarme. Comencé a recolocarlos agrupados por precios. Descubrí que algunos de mis favoritos, que había guardado en una caja para llevármelos, estaban también expuestos sobre la mesa. Seguro que había sido mi hijo, le dije que pusiera para el mercadillo de la urbanización sólo los de la caja azul. Pero claro, Miguel en su eterno despiste, no me había escuchado.

Revisé todos y fui metiéndolos de nuevo en la caja. Con cada ejemplar mi mente revoloteaba entre recuerdos y nostalgia. “La vida sale al encuentro” una de mis primeras experiencias lectoras. “Jacobus” recién casada lo leí junto con mi entonces marido, yo era como Sara, la hechicera judía enamorada del héroe Galceran de Born en busca del tesoro de los Templarios; “El Principito”; “Misericordia”  de los años universitarios; el viejo ejemplar de encuadernación de cuero del abuelo “La casa de la Troya” de Pérez Lugín, una de mis joyas; “ Los diez negritos” el deseo frustrado y veraniego de ser detective; “La piel del tambor” libro de largas tardes entre pañales y llantos de bebé; la colección de Harry Potter con la que se iniciaron mis hijos y yo les aficioné a la lectura; una edición especial de “El Quijote” regalo de mi amiga María; “La casa de los espíritus” que encara la fuerza de la mujer entre tradición, realismo revolucionario y dictaduras; “La judía de Toledo” de mi admirada ciudad; “Los tres mosqueteros”…

Yo seguía entre mis ensoñaciones con aquella caja de mis tesoros casi llena.  Cerca estuve de olvidar “El Señor de las Llanura” que abrigó mi alma en el lamentable año de mi divorcio. Entonces, sin poder centrarme ni para leer, entre llantos y odio, buscaba con inquietud el apoyo de mis ancestros en la decisión de comenzar a escribir como terapia al desamor.

También guardé los recientemente leídos. Ahora que había encontrado la paz después de años de inclemencias y mis prioridades lectoras habían cambiado: “La trilogía de Baztán” y el impactante “El invierno en tu rostro; este último me había acercado a la España de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial que tanto me interesa.

Volví a entrar en casa para coger el precinto y al salir un hombre miraba algunos libros de mi caja de tesoros. Me acerqué con rapidez para informarle que aquellos no estaban en venta y unos grandes ojos me enmudecieron. Le reconocí al instante, aunque su físico había cambiado mucho. Él también me conoció.

Vicente desapareció cuando apenas tenía dieciocho años y volví a encontrármelo en la puerta del Banco junto a mi marido y él con su esposa años después; no volví a verle. Fue mi amor platónico, el que siempre tenía una sonrisa y un roce de su pulgar en mi cara. Aquél que siempre me dedicaba unas palabras cuando llegaba todos los días al Cigarral de mis abuelos, en julio, en Toledo. Mi hermano y mis primos se divertían en la piscina. Pero yo, por aquel entonces, ocupaba el estío tirada en la escalinata de la entrada, donde siempre corría aire a la sombra de la gigantesca Buganvilla, sumergida entre lecturas trepidantes.  Y para qué negarlo, esperando que apareciera Vicente, con la camiseta ceñida a su torso y sus marcados bíceps llevando la cesta de ultramarinos. Él era unos cuatro o cinco años mayor que yo, de cabellos rubios y ojos misteriosos, y de labios epicúreos.

  • Hola Ana, veo que aún conservas el viejo ejemplar que te dejé y quedamos en que al final del verano me lo devolverías.
  • ¡Vicente! —allí seguía mirándole como una tonta sin articular palabra, solo su nombre.
  • Sigues igual de guapa—con sonrisa triste—. Veo que tu afición no ha dejado de crecer. Es maravilloso volvernos a encontrar. Jamás pensé que mis anhelos se harían realidad. En estos últimos meses me he acordado mucho de ti. Tal vez desde que me abandonó mi mujer estoy lleno de nostalgia.

Salí de detrás de la mesa del jardín y me abracé a él. Fue un impulso primario ante el reencuentro también añorado. Tal vez había llegado el momento de devolverle “En nombre de la Rosa” antaño ya ajado y en la actualidad, aún más si cabe, de tanto acariciar sus hojas.  Ante mi abrazo su expresión cambió y me dijo con su pulgar sobre mi barbilla mirándome a los ojos:

  • “De todos los rostros del pasado que se me aparecen, aquel que veo con más claridad es el de la muchacha con la que nunca he dejado de soñar a lo largo de todos estos años … como escribió Eco en El nombre de la Rosa.

Te Necesito, Ayúdame

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“No cuentes conmigo si es para violencia. No esperes de mí en las barricadas a menos que sea con flores.”  John Lennon

Suena el teléfono con insistencia. Los timbrazos son impertinentes hasta que callan. Al minuto comienzan de nuevo con estridencia.  No hago caso y otra vez deja de sonar. No quiero hablar con nadie. No me es fácil empatizar cuando mi mal humor alcanza cotas insolentes prefiero permanecer oculto, en silencio. Pero otra vez comienza a sonar el teléfono con obstinación. Como cuando intuyes que aquella terquedad no depara nada bueno y el que se encuentra al otro lado del auricular sabe que no quieres descolgar.

Por fin me levanto del suelo donde trataba de distraerme leyendo, con la iluminación justa para distinguir las letras.  Es lo único que me sosiega. Descuelgo con apatía y es ella. Ella que me considera el mejor amigo, el que siempre está ahí cuando le necesitas. Yo no quiero su amistad.

Grita mi nombre varias veces. Su respiración entrecortada me alerta de que algo no va bien. Habla atropelladamente y no consigo entender lo que me dice. Resoplo, sigue alterada disparando palabras, y comienzo a preocuparme

  • Anna no te entiendo, quieres tranquilizarte ¿Qué ocurre?
  • Te necesito

Como siempre que tiene alguna de sus elucubraciones mojadas en alcohol. Apenas me saludó esta tarde cuando reía con el del pelo engominado y montaba en su moto. Cuando la he visto alejarse ha sido como saltar de un precipicio, me he roto en pedazos.

  • Estoy en la carretera del valle. Esto no pinta bien. Ven a buscarme.
  • No pienso ir para que luego tú y tus colegas os riais de mí por perder el culo para salvarte.
  • Esta vez es en serio, por favor, por favor.
  • Esto ya me lo has hecho otras veces Anna—oigo sus sollozos— eres despiadada conmigo.

Ruidos de interferencias y silencio. No sé si me ha colgado, se ha cortado la comunicación o se ha quedado sin batería. Dudo entre volverla a llamar o volver al suelo de mi habitación ¿Y si esta vez no es una broma y me necesita? Con desidia cojo la cazadora y las llaves del coche, puede que regrese más enfadado aún, pero no resisto sus suplicas y ella lo sabe.

Voy en mi coche hacia la carretera del valle. Soy un inútil incapaz de expresar lo que en realidad ella significa para mí. He de seguir siendo su confidente, derrumbándome con cada una de sus palabras mientras me asoma una sonrisa. Ni si quiera puedo gritarle para decir lo que tanto me desespera. Para demostrarle que no soy débil, ni cobarde. Que tantas y tantas veces me he contenido para no dar un puñetazo a ese chulo engominado, para no perderla. Prefiero seguir siendo el amigo bobo a que me deje de hablar. La ventana de su habitación está de frente a la mía. Muchas veces espío como baila a través de los minúsculos agujerillos de la persiana. Las manos me sudan cuando veo contonear sus caderas, su cabello revuelto sobre los hombros. Poso mi frente en el cristal frio de la ventana mientras mi corazón se acelera. Y así día, tras día.

Voy llegando al merendero y veo salir una moto a gran velocidad. Al menos no tendré que soportar la cara de ese gilipollas. Estaciono en frente y cruzo la carretera. Empiezo a inquietarme, un olor ferroso llega hasta mi olfato. Basura por todos lados, miro a mi alrededor. En una hondonada al fondo percibo unos jirones de ropa de un color que me es conocido. Me acerco más, junto a un trozo de tela, un móvil con la pantalla rota, su móvil. Me da miedo mirar, al fin dirijo mis ojos hacia la cuneta. Allí está Anna, encogida, con la ropa desgarrada. Deprisa le giro la cara, está inconsciente. Inconsciente o muerta, poso mis dedos en su cuello. Me cuesta localizar su pulso, pero lo encuentro. Intento que se despierte, no reacciona. La levanto y, a grandes zancadas, cruzo la carretera con ella en brazos. La meto en el coche, está helada. Pillo una manta del maletero y la cubro. Comienza a estremecerse y gemir. Tiene todo el rostro ensangrentado y lívido. Apoyo su cabeza en mi regazo y le hablo.

  • No te preocupes te llevaré al hospital— solloza y siento como sube a mi cara un ardor iracundo.
  • Llévame a casa, estoy bien. Se me pasará.
  • Creo que deberíamos ir a urgencias y a la policía.
  • ¡NO! Llévame a casa.

El calor ahoga mi cuerpo y se me humedecen los ojos. La dejo en el asiento trasero y, apretando los puños hasta dejar marcada mi palma de la mano por la llave del coche, arranco. Cuando llegamos se incorpora con lentitud envuelta en la manta. La sostengo por los hombros hasta llegar a su puerta, entramos. Se dirige al baño mientras se va desprendiendo de los jirones de ropa entre mis brazos. Desnuda, se suelta de mí y se dirige a la ducha. Da el grifo y deja que el agua caiga sobre su cuerpo. El plato de ducha se llena de un líquido rojizo mientras observo anonadado un cuerpo lleno de arañazos y golpes que se va deslizando hasta quedar acurrucado en el suelo entre sollozos.

  • Esto no quedará impune—vuelvo a apretar los puños— ese canalla va a saber lo que es el dolor.
  • Por favor olvídalo solo estate a mi lado.

Reservé mis pensamientos, la violencia nunca debe de quedar indemne y no quedaría. Como dijo Asimov, la violencia es el recurso de los incompetentes. No tiene justificación sus actos. Hay que luchar contra ella con la justicia, con entereza. Todos tenemos que colaborar para que desaparezca. No podemos ver amenazados nuestros derechos de libertad e igualdad.

Tras unos interminables minutos, absorto en mis pensamientos, cerré el grifo y la envolví en una toalla. La tomé entre mis brazos y la llevé a su habitación. Esa habitación donde miles de veces la observé oculto tras la persiana contoneando sus caderas. Pero esta noche estaré a su lado hasta el amanecer,  todas las noches que hagan falta, hasta que quiera que me marche.

Cogiendo una Estrella

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“El encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman”  Carl Gustav Jung

Necesitamos, de vez en cuando, un abrazo que nos apriete el alma. Emisores de mensajes, de WhatsApp repetitivos, con afables palabras; receptores apáticos del uso banal de buenos deseos. La tecnología hoy copa cada rincón de casi todos los hogares. En cierto modo, nos mantenemos más comunicados pero la calidez de la cercanía se nos pierde entre ondas y fibras.

Javier apagó el móvil que no paraba de sonar, catorce mensajes para recordarle la cena. Entre las cuatro paredes de su pequeño  ático se tumbó en el sofá y contempló el cielo encapotado a través del tragaluz. Silencio absoluto, soledad. Ella se fue ya casi hace seis meses. Esa serenidad la valoraba hoy por encima de cualquier condición. Sabía a la perfección lo que no tenía espacio en su existencia.  Claro que echaba de menos a Alina pero, con ella, cualquier jornada era una montaña rusa que le desbocaba hasta la extenuación, además de todo el día con el móvil y la tablet. Ella siempre le recriminó demandar exceso de tiempo y caricias.

Alina escribía en el ordenador enloquecida bajo los acordes estridentes de un violín, el silencio le era sobrecogedor. Se llamaba así por su abuela germana y su nombre aludía a la que necesita a alguien que le demostrara su amor con ternura, su maldición. Paró para beber, sus pensamientos siguieron perdidos entre aquel líquido añil  en la taza de osos y corazones que Javier le regaló. Seguía sin saber lo que buscaba en la vida y muchos instantes se llenaban de recuerdos y melancolía. Echaba de menos sus exasperantes caricias que muchas veces la crispaban. Él siempre le censuraba su dependencia tecnológica que llenaba su tiempo.

Javier entró en el restaurante, un local minimalista, de un blanco flemático, tan solo con una de las paredes al fondo en rojo. El mobiliario también todo en blanco y copas, servilletas y platos en rojo. Le desagradaba el lugar, percibió una brisa gélida e insulsa en la nuca. Aquel local le recordó a Alina y él, fuego y hielo.

Alina estaba de copas con las del periódico. Desbocadas entre esperpénticas risas. Por la mañana estaría envuelta en una bruma etílica con dolor de cabeza y sin apenas recordar nada. Y esa maldita sensación de vacío de haber pasado la velada quemando las horas. El ruido encubría el mutismo tedioso.

Una estrella fugaz atravesó  el cielo y Javier no pidió ningún deseo, como decía su abuelo “ten cuidado con lo que deseas que puede ser que se cumpla”. Cuando estaba en sus divagaciones estelares, saliendo del restaurante, recibió un codazo de Paco, su compañero. Le molestó, solo era para mirar a un grupo de mujeres, demasiado contentas que caminaban a la par por la otra acera. No le interesaban. Alguno de sus colegas decidió cruzar la calle.

Alina vio como una estela surcó el cielo entre nubes, algún día alcanzaría su estrella. Pegó un alarido cuando Laura, la ilustradora, le pisó un pie al intentar dar un quiebro a un pesado que había cruzado la calle. Regresó a la realidad con dolor.

Aquel grito desconcertó a Javier. Observó como vapuleaban  a Paco entre risas pero el grito desmedido fue de una mujer de cabellos cortos, envuelta en un abrigo negro y con largas piernas terminadas en ingentes tacones. Sus miradas chocaron y fue como el golpe seco de un revolver, violento e inesperado. El griterío y los pasos se fueron alejando y allí, a ambos lados de la calle, se quedaron Javier y Alina mirándose. Los dos grupos comenzaron a vociferar sus nombres pero apenas eran audibles. Solo estaban ellos. Pasó un taxi que pisó un gran charco de las lluvias de todo el día y salpicó a Alina. La escena quedó envuelta en una nebulosa.

Javier despertó sobresaltado sintiendo sus pies fríos, mojados. Era absurdo solo había sido un sueño. Pero los ojos de Alina le oprimían el corazón. Miró el reloj, llegaba tarde a la cena, se había dormido en el sofá contemplando una estrella fugaz, era lo último que recordaba.

Alina se despabiló limpiándose el rostro, se había quedado dormida sobre el escritorio. Deseó por un instante tener a Javier cerca acariciando su rostro. Llegaba tarde, el móvil en silencio tenía trece llamadas perdidas.

Se vistieron con lo primero que tenían a mano y salieron a la calle aprisa. Javier llegó al restaurante y despavorido comprobó que se asemejaba al del sueño. Dio unos pasos hacia atrás hasta pisar la acera, se giró y miró enfrente. La otra acera estaba desolada, húmeda y llena de charcos. Se dispuso a regresar sobre sus pasos y una voz melódica que llegaba del comercio de la derecha, susurró su nombre.

Alina estaba allí, se acercó y cogió su mano, algo que casi nunca hacía. Javier se turbó. Sin mediar palabra, ella tiró de su mano rozándole con el pulgar, se alejaron, caminando. Él se paró en seco y cogiendo su cara la besó con timidez. Una sonrisa apareció en ambos y continuaron caminando con parsimonia.

¿Habían pedido un deseo? A veces los anhelos se difuminan tan solo con seguir a la tormenta, rayos y granizos se integran, y el camino del destino se vislumbra  con luz propia en las estrellas.