Singh

“Cuando tus dudas se desvanezcan, tus temores desaparecerán.” Harbhajan Singh Khalsa Yogiji

¿No os ha pasado que en una determinada época te llegan toda clase de  imagines de un mismo tema? Eso es lo que  me está ocurriendo a mí. Todo comenzó con una película donde uno de los protagonistas era un médico Singh, y luego otra película más de un camarero Singh, anuncios comerciales con un kesh amarillo, etc. Y el nuevo libro que he comenzado resulta que también su protagonista principal es un príncipe Singh. Lo primera imagen que se te graba a fuego es su turbante llamado Kesh, Dastar o Pagri.

Intrigada por esta reiterada presencia, indagué lo que simbolizaba. Descubrí que el sijismo es una religión monoteísta ubicada en la India y sus seguidores son llamados Sij. Singh es un apellido, león, toda persona bautizada en esta religión lleva dicho apellido.  Hay cinco elementos que todo sijs debe llevar. El primero y más evidente el kesh o dastar es un turbante importante para su cultura,  un artículo de fe que representa el honor, el respeto a sí mismo, el coraje, la espiritualidad y la piedad; el  kesh  se usa en parte para cubrir su pelo largo enrollado que no se cortan nunca; lo usan tanto hombres como mujeres aunque estas últimas también pueden llevar velo. Otro elemento es el kangha, un pequeño peine de madera que se esconde bajo el turbante y representa la higiene personal. El tercer elemento es el Kara,  una pulsera de acero que se lleva en la mano derecha para recordar la fe en Dios. El cuarto es el Kachha, prenda tipo calzón de algodón que usan mujeres y hombres como ropa interior. Y por último el  Kinpan que es un sable o cuchillo; en sus orígenes era una espada ceremonial pero actualmente es sólo una daga pequeña que transportan consigo. No se debe desenvainar nunca para atacar, pero puede utilizarse como autodefensa.

El edificio emblemático de los sijs es el Templo Dorado, además de ser un lugar sagrado para millones de sijs, es la cocina más grande del planeta. Allí se ofrece de manera gratuita comida a quién se aproxime, independientemente de la religión que profese. Siempre que te acerques encontrarás una taza de té caliente y un sijs sonriente dispuesto a darlo todo para servirte.

Pero ya en el meollo de la cuestión, el colmo de las casualidades me ha ocurrido esta misma mañana. Suelo ir a hacer yoga dos veces a la semana. Después de mi sesión matutina, recojo mi alfombrilla y al levantarme choco con el compañero de detrás de mí, del que no me había percatado. Se me cae dicha alfombrilla y el individuo se agacha a recogerla, me la entrega y hace una genuflexión con las manos unidas y me saluda “namaste mamsahib”.

Unos ojos verdes, una cara cetrina limitada por un turbante azul y una barba tupida negra me sonríe con amabilidad. Yo me quedo estupefacta y después de unos segundos pasmada, también le saludo. Cuando agarro mi alfombrilla su mano grande roza la mía y percibo una calidez que me hace estremecer. Intercambiamos impresiones y se presenta como Hari Singh. Tras la pequeña charla nos despedimos y él me insinúa que nos volvemos a ver dentro de dos días. Estoy deseando que pase el tiempo para que se me vuelva a caer la alfombrilla.

Lo que sí puedo asegurar es que hace a penas dos meses no tenía ni idea de lo que era  un Singh. Hoy estoy al corriente un poco de Hari Singh sin que me haya adentrado en sus particularidades personales. Aunque la verdad no me veo con un kesh en la cabeza ni un velo cuando suelo llevar el pelo corto, y menos aún con un pequeño sable para defenderme. Lo del Kachha no me parece mala opción pues el algodón es uno de mis materiales favoritos.

Casualidad o causalidad, pero lo cierto es que todo tiene sus razones y quién sabe si el destino a veces se abre paso entre destellos y dentelladas. Si el universo sij irrumpe en mi vida con más ahínco prometo informarles con una taza de té humeante entre mis manos ¡Namaste memsahib!

Panegírico

“La nieve del alma tiene copos de besos y escenas que se hundieron en la sombra o en la luz del que las piensa” Federico García Lorca

Hace frío y no logro encontrar el calor reconfortante del fuego, aquel que contemplábamos en infinitas noches lejanas, cuando aún permanecías a mi lado. Y un día, también bajo el manto blanco del invierno, dejaste tus huellas alejándose hasta perderse. Una promesa de volver en el aire. Te gritaron desde tus tierras esteparias, aquellas que abandonaste aún siendo joven. Te llamaron y fuiste rauda, sin dudarlo, te necesitaban. Yo no entendía la urgencia de volver cuando habías renegado millones de veces del humillante pasado y del dolor de los recuerdos. Nunca me explicaste nada de tu regreso, solo que te requerían. Ni si quiera supe quién te clamaba tan fuerte para que estuvieras a su lado.

Y hoy una llamada de teléfono de un tal Sergei heló mi sangre para siempre, un accidente arrebató tu vida. El que llamaba decía que era tu hermano. Con lágrimas en mis ojos y recordando tu mirada de ese azul transparente como el hielo me desplomé en el suelo.

Respeté siempre su silencio y sus lágrimas. La amé sin condiciones, llego a pensar que mi respeto encerraba el miedo a perderla.  Pero ha dejado este paréntesis eterno entre nosotros. Cae la nieve y la percibo aún dentro de casa. No hay respuestas ni promesas cumplidas. Miro entre tus cosas y encuentro aquella sombrillas que llenaste de luces las navidades pasadas, con la que te paseaste sobre la nieve entre risas, lanzándome besos. Juntos caímos sobre el algodonoso y frío suelo de  la nevada. Sonrío al hacer memoria, luces y sombras. Revolviendo todos los cachivaches, cae una carta donde pone mi nombre. Se cierra el paréntesis y responde a todos sus enigmas para terminar diciéndome que me amará siempre. Mi  Annya, mi dulce Annya   eras tan hermosa como fría.

Naoko, el samurai místico

¡Bajo la flor de té, juegan al escondite los gorriones…!  Haiku de Kobayashi Issa

Conocí a Naoko a través de un compañero de trabajo. Hablaba con perfección el idioma. Me pareció todo un personaje, de trato agradable, de conversaciones intensas y de mirada inquisitiva; se dedicaba a pintar cuadros sobre mi ciudad, Toledo.

Y así fuimos encontrándonos de forma asidua.  Hasta que una mañana intercambiamos número de móvil y me invitó a un paseo nocturno por la ciudad. Aquella noche, no sé si por el entorno o por nuestro entusiasmo ante el desconocimiento mutuo, fue una velada llena de improvisaciones. Hablamos  de nuestra ciudad, a la que conocía mucho mejor que yo y admiraba; de la suya, Morioka, una ciudad japonesa famosa por su gastronomía y por el pequeño santuario Sakurayama. Y así llegó la madrugada, me acompañó a casa después de cientos de conversaciones de temas variopintos. Se despidió, con sumo respeto, inclinando su cabeza ante mí e invitándome a comer en su casa. Me dijo que a través del móvil ya me diría día y hora, y por supuesto si aceptaba la invitación.

En casa me descalcé con los pies rotos de caminar por el empedrado entre rincones oscuros y cobertizos arcaicos. Me tumbé en la cama con una sonrisa boba, henchida de emoción y me quedé dormida.

Lo extraño es que Naoko desapareció. No volví a tener noticias de él hasta treinta y dos días después. Me sentía decepcionada y a su vez intrigada, pero no me atreví a telefonearle. Y tras tantos días inciertos recibí un mensaje suyo en el móvil invitándome a comer en su casa el domingo próximo. No supe que contestarle pero él me volvió a mandar otro mensaje expresándome que mi silencio confirmaba la invitación, vendría a recogerme a la una del mediodía. Seguí callada y decidí dejarme fluir con el alma en un hilo.

Eran los últimos días de agosto, la mañana de la invitación había llegado, me arreglé con un vestido de flores donde destacaba el verde y una sandalias de plataforma. Enredé mi pelo negro en un moño y lo prendí con una agujas de madera. A la una llamaron a mi puerta con una puntualidad escrupulosa.

Nos desplazamos en su auto hasta su casa en el casco histórico de la ciudad. Un hogar sencillo pero con un entorno privilegiado. La casa de una sola planta, no llamaba la atención pero al entrar fue como transportarse a un ambiente impoluto de silencio. Me sorprendió la decoración minimalista y el suelo de entarimado. Una mesa baja colocada con esmero, con platos blancos cuadrados de porcelana, con un jarrón alto de barro y boca estrecha que exhibía una única rama con botones de flores aún por abrir, el arte floral ikebana, nos esperaba.

Un ademán de su mano me invitó a sentarme en el suelo sobre cojines mullidos junto a la mesa. Con una leve sonrisa se retiró, supuse que a la cocina. Apenas cruzamos palabra tan solo saludos pero en absoluto fue incomodo, aunque la situación era extraña. Me seguí dejando fluir.

Apareció con una bandeja blanca, y con conversación fácil me preguntó si había participado alguna vez en una ceremonia japonesa del té. Le negué con la cabeza y seguí muda. Y él comenzó su discurso, saco pecho y expuso ante mí una serie de platos. Me dijo que iba a ser una comida ligera llamada Kaiseki que consistía en un caldo de algas kombu y copos de bonito seco rallado,   con tres cuencos de verduras a la plancha y por supuesto, arroz. Yo tras comérmelo sólo pude decir que estaba delicioso. De segundo volvió a traer la bandeja con, según me explicó, un sabroso salmón adobado en una salsa  refrescante de raíz de loto adobada en vinagre y azúcar,  como contraste y para suavizar el sabor del pescado. Y para finalizar el postre, un wasabi mochi de helecho japonés recubierto de harina de soja tostada.

Si pretendía dejarme anonadada lo había conseguido, jamás había comido elaboraciones japonesas. Todo estaba exquisito y desde luego nada que ver con las invitaciones que  había tenido en mi vida. Me tendió la mano invitándome a levantarme y cruzamos un pasillo que nos llevó a un jardín interior cerrado con una pequeña fuente entre bambú y helechos  y un banco de piedra blanca. Nos sentamos después de lavarnos las manos en la fuente.

Naoko me confesó lo emocionado que estaba de compartir su cultura con alguien tan especial como yo ¿Especial yo? Apenas nos conocíamos. A su lado parecía boba, yo seguía fluyendo pero mis boca no lograba articular palabra. Tornó a levantarse y casi me caigo del banco cuando hizo sonar un gong de metal siete veces. Volvió a coger mi mano y me introdujo a una pequeña casa acomodada en una esquina. Me explicó que aquella era la ceremonia del té en sí, quería expresarme su respeto y agradecimiento. Sobre una mesa un hornillo, una serie de cuencos de diferentes tamaños de fina porcelana y cucharones de bambú junto a un lienzo blanco de lino, un cuenco con los bordes rotos recogía, con dulzura una cala blanca entre una rama de arce de hojas rojas, todo sencillo y simple pero de una belleza inusual. Las paredes blancas con un cuadro de su tierra.

Y fue allí donde definitivamente robó mi corazón. Con parsimonia prepara un té espeso en uno de los cuencos, me pasa dicho cuenco invitándome a dar varios sorbos, luego me quitó el cuenco lo limpió con el paño de lino y bebió él. Volvió a elaborar otro té esta vez más claro y lo vertió en otros dos cuencos, uno para mí y otro para él.

No dejé de mirarle. La serenidad era absoluta y me sentía flotando en aquel entorno en el que casi se percibía los latidos de nuestros corazones a un ritmo disonante con al ritual. Y volvió a tomar mi mano y veo como su boca va gesticulando sin yo apenas escuchar su insospechadas palabras. Le ha llevado todo un mes preparar la comida para expresarme sus sentimientos. Desde el primer instante en que nos presentaron supo que tenía que conquistarme, se enamoró de forma de sopetón.

Y aún con una de mis manos entre las suyas decidí usar la otra mano. Agarré la solapa de su camisa blanca de cuello Mao y le atraje hacia mí para luego posar mis labios en los suyos. Y toda su corrección desaparece en un instante, introduciendo su lengua en mi boca. Para a continuación ir desabotonando nuestras prendas con la misma parsimonia que nos había acompañado con el té, entre caricias y besos. Su mano fue deslizándose con lentitud desde mi garganta hasta mis pechos para detenerse un rato y luego proseguir hasta mi sexo donde me hizo suya entre lamentos susurrados. Con dilación llegamos al éxtasis absoluto, el reloj se había parado.

Cuando salimos de aquella pequeña caseta, el sol estaba dejando paso a la oscuridad. Yo cobijada con un bello quimono nacarado; mi vestido y sandalias en el antebrazo, una cala entre mis cabellos enmarañados. Y él con la camisa desabotonada y descalzo mientras nuestras miradas furtivas arrancaban pequeñas sonrisas. Sus grandes manos que tanto placer me habían proporcionado siguen deleitándose, acariciando el torso de mi mano con el pulgar con suavidad. Fui como hojas de té en agua ardiente, sin prisa pero sin pausa sublimó mi esencia.

A los treinta y dos días me fui a vivir con él y hoy tras varios años juntos aún sigo estremeciéndome. Procuramos al menos una vez al mes seguir con nuestro ritual del té. Casi siempre terminamos del mismo modo, descalzos y  yo con una flor en el pelo enmarañado sujeto  con aquellas agujas de madera que auguraron que Japón iba a anidar en mí para siempre.

El Silencio de las Orquídeas

“El punto débil de un asesino es dónde ocultar el cadáver”

Me llamo Lola y soy psicóloga criminal. Es un trabajo apasionante para mí, pero a su vez hay que estar muy preparada emocionalmente y por supuesto, que el trabajo entre en casa lo menos posible.

Mi trabajo consiste en realizar estudios de la personalidad criminal para esclarecer los factores psicológicos endógenos y exógenos que desembocan en la conducta delictiva, contribuir a establecer la peligrosidad de un individuo, perfilación criminal para las diferentes agencias de investigación y ofrecer tratamiento psicoterapéutico a reclusos.

A Irene, de 45 años, se la tragó la tierra. Nadie la había vuelto a ver desde aquella noche calurosa de julio. Mujer de 1´78 de altura y 65 kilos, cabello moreno largo y liso. El día de su desaparición llevaba un vestido estampado rojo y amarillo largo de vuelo y sandalias rojas de tacón; tenía en la espalda un tatuaje de una rosa que le recorría la columna. Su marido declaró que al no llegar a casa a las 12 de la noche, se preocupó. Intentó llamarla al móvil, pero descubrió que se lo había dejado en casa junto al bolso y las llaves. Lo chirriante fue que, hasta la mañana siguiente, ligeramente aturdido, no se acercó a la comisaría a interponer la denuncia por desaparición.

La amiga de Irene, Lina, nos contó que tenía una relación extramatrimonial con un abogado que la tenía emocionada y la llenaba de regalos. Lina guardaba los regalos que Adrián le hacía a Irene para que no lo descubriera su marido que la maltrataba con frecuencia.

Adrián era sospechoso en la desaparición de Irene, mantenía con él relaciones esporádicas. Se solían ver una vez al mes. Adrián, por ser abogado bancario, viajaba a menudo. También era sospechoso el marido de la desaparecida. Me entrevisté con ambos, y el marido me pareció un canalla de primera, burdo, soez, machista. Sin embargo, Adrián era todo lo contrario, educado, culto, vestimenta impecable y limpia; él siempre declaró que Irene se marchó de su casa la noche de autos, dando un portazo tras una pequeña discusión. Adrián quería que se fuera a vivir con él. Irene llegó a la casa de Adrián con un ojo morado y rasguños en los brazos, su marido le había pegado. Adrián no entendía cómo podía vivir con semejante energúmeno y negarse a abandonarle.

Tras las 24 horas de espera por si Irene aparecía, recomendación de la policía, el marido se presentó en la comisaría junto con la madre de Irene. La policía buscó en su banco, hospitales, aeropuertos, redes sociales y no encontraron nada. La madre de Irene reiteraba que su hija no se hubiera ido sin habérselo contado; su hija había desaparecido de forma involuntaria.

Se investigó exhaustivamente en el domicilio del matrimonio. A penas se encontró nada fuera de lo normal. También se registró el domicilio de Adrián que desde el primer momento colaboró con la policía abriendo su casa en su totalidad, sin ningún impedimento, incluido su magnífico jardín trasero. Yo me entrevisté de nuevo con él, siempre amable y calmado, perfecto. Miraba de frente sin retirar la mirada y hablaba de Irene con devoción. Me narró como pasaban muchos ratos en su jardín charlando y riendo. Era una mujer, según él, de un carácter dulce y amable, siempre con una sonrisa en sus labios, aunque su mirada muchas veces se mostraba triste. Era coqueta, solía darse brillo en los labios antes de salir de su casa y aquel gesto cotidiano a él le seducía. Me contó sin indagar en ello muchos momentos íntimos donde pasaba horas acariciando su espalada, su tatuaje. Compartían la fascinación por las flores. Yo vi en Adrián a una persona enamorada que adoraba a Irene.

Me obsesioné con aquel rostro desconocido de la foto, aquella mujer rubia de ojos verdes, con una sonrisa suave enmarcada en labios carnosos y definidos. Manos de dedos largos y uñas con esmalte francés; me fijé que no llevaba anillo de casada. Le pregunté a su marido y me dijo, retorciéndose las manos y sin mirarme a los ojos, que ignoraba dónde lo tendría y por qué el día que se tomó la foto no lo llevaba. Y  tuvo un arrebato, pegó un puñetazo en la mesa y me espetó que odiaba aquel tatuaje y sus vestidos que dejaban entrever todo y que provocaban a los hombres. La describió como una mujer de carácter lascivo y boba.

Durante meses revisé las pruebas, todas las investigaciones llevadas a cabo sin resultados. A mi forma de ver, siempre pensé que el marido ocultaba algo, pero tenía coartada. La tarde de autos se le localizó en un descampado por el móvil; declaró que estuvo con una prostituta. Se localizó a la meretriz la cual corroboró lo declarado por el marido, pero ¿Por qué la noche en que ella no regresó no se dejó la vida buscándola? Según él había bebido alcohol a lo largo de toda la jornada, tuvieron una fuerte discusión porque no le gustó el vestido que llevaba, demasiado escote; por la noche se acostó, estaba resacoso y no despertó hasta el día siguiente. Pensó que ella estaría enfadada y dormiría en casa de su amiga Lina, con la que compartía confidencias y muchos días, tras las broncas, se quedaba en su casa.

Se investigó a todo el entorno, incluso hasta al jardinero de Adrián, el que le cuidaba el jardín impecable con aquel tejo antiguo, romero y plantas de lavanda; y aquellos rosales exuberantes solo de color amarillo. Nos dijo que Adrián pasaba muchos ratos en el jardín, que cambiaba con asiduidad ciertas flores con cada temporada pero que ponía mucho mimo en cuidar un pequeño parterre al lado del tejo con lirios y orquídeas también amarillos.

Soy una mujer, como científica, racional. Hacía ya casi un año de la desaparición de Irene y era como si se la hubiera tragado la tierra. Al llegar a casa vi sobre el escritorio de mi despacho la foto de Irene fuera de la carpeta. No recordaba haberla sacado y dejarla allí. Ponía mucho cuidado en tener recogido los expedientes y guardados en un archivador con llave.

Estaba cansada, me duché, tomé un poco de kéfir con fruta y me acosté. No me dio tiempo a pensar cuando ya estaba dormida. A las cuatro de la madrugada me desperté con mi propio grito. Soñé como una mano de dedos largos acariciaba mi rostro, era una mano etérea con uñas con esmalte francés. Fue como si hubiera una presencia en vez de un sueño. Me levanté y tomé un poco de agua, estuve casi una hora despierta, inquieta sin poderme volver a dormir. Hasta que volví a caer en un sueño profundo, y volví a soñar con una mujer al lado de un árbol rodeada de flores amarillas. Me despertó el despertador para ir a trabajar.

Presenté una solicitud para investigar en el jardín de Adrián con un georradar y tras horas de exploración y con picos y palas localizaron el cadáver de una mujer desnuda envuelta en una manta junto con unas sandalias rojas, cerca del parterre de lirios y orquídeas. Tras el informe de la autopsia se corroboró muerte por rotura laríngea por estrangulamiento.

Todos me preguntaron cómo averigüé la localización del cadáver y hoy sigo sin poder dar ninguna explicación. Me dan escalofríos de recordar el momento de la detención de Adrián. Se lo llevaron esposado, iba sereno, erguido y me miró fijamente a los ojos mientras embozaba una ligera sonrisa ¡Te engañé!

Me llamo Lola y soy psicóloga criminal, el caso de Irene fue mi primera decepción empírica. Y fue entonces cuando comencé a usar mi instinto a la par que mi intelecto y conocimientos. Una paradoja ante mi forma de funcionar hasta ese momento.  Y he de reconocer que mi éxito en los resultados mejoró por encima de mis expectativas.

KARMA

“Lo importante no es lo que nos hace el destino, sino lo que nosotros hacemos de él” Florence Nightingale

Todo había cambiado en décimas de segundo. Josep se había marchado, huyendo con una mujer más joven. En pocos días ya teníamos fecha para juicio, él quería divorciarse.  Disponía de dos años para dar un giro total a mi vida hasta la fecha del litigio. Y allí estaba yo, en la peluquería cortándome el pelo a lo pixie, después de ir a Cortefiel y comprarme el vestido más caro y escotado que encontré. Estaba dispuesta a dar un vuelco a mi vida. Sabía que no era cuestión de un día para otro, que requería tiempo, pero disponía de todo el tiempo del mundo y no tenía nada que perder.

El día anterior hablé con Alejandro, un amigo de mi juventud, un bróker con gran experiencia. Tras tomarnos unas copas entre sonrisas y recuerdos, pasé a contarle mi situación actual, y cómo había tocado fondo. Él siempre se portó bien conmigo, quiero pensar que en algún momento desistió ante mi indiferencia, pero le gustaba. Y ante mi dramático escenario, me propuso trabajar para él como trader. Incluso me planteó comenzar con un pequeño capital que él me prestaría.

Pasé la noche como una cría chica, vendiendo la vaca antes de comprarla. Con miles de perspectivas e ilusiones. Ya me veía yo como una financiera de Wall Street, estilizada, libre, pisando fuerte con unos tacones rojos despampanantes. Y nada más levantarme cogí el móvil y le llamé para aceptar su oferta.

A partir de ahí todo cambió. Días enteros delante de la pantalla y un cuaderno, estilográfica en mano y auriculares en las orejas para las formaciones.  Me importaba comenzar a tomar apuntes con cierta clase y hasta me había comprado una pluma estilográfica Lamy, que no era de las más caras, pero tampoco de las baratas. También la eterna compañía de mi taza con café, unas veces cálido y reconfortante, otras frío y con hielo; pero siempre con su frase “la única manera de tener éxito, es intentarlo siempre una vez más” para no decaer en mi empeño.

Han sido dos años duros, de ganar un euro al día e incluso unos céntimos. Pero tras estos veinticuatro meses, sin apenas levantar cabeza de la mesa de trabajo, me dispongo a ir al juzgado y volver a ver la cara a Josep. Durante este tiempo yo había bajado cinco tallas en la ropa, había cambiado mi forma de alimentarme, en una palabra, mi estilo de vida. No era la misma mujer, ni por fuera ni por dentro.

Hacía un sol espléndido, el día apuntaba maneras. Puse la música de Queen y comencé a escuchar “The Show Must Go On” para continuar con “I Want to Break Free” y terminar con “We are the champions”. Mientras, me tomé mi desayuno de copos y leche de avena, mi tazón de fresas y mi vaso de kéfir. Mi cuerpo activado se dirigió al dormitorio y me puse mi última adquisición, un traje de Armani gris perla a juego con los zapatos de tacón del mismo color. Y con la cara lavada y mis cabellos cortos agarré una cartera negra que me había regalado Alejandro para este día. Sin joyas ni ostentaciones, sólo yo y mi determinación.

Alejandro me esperaba ya en el juzgado cuando llegué junto con mi abogada, que bajo la toga escondía un traje de cuero rojo, ella también se comía el mundo con su presencia. Y llegó él, barrigudo y calvo, se le habían echado encima más de veinte años, junto a una no tan joven compañera con una tripa prominente a punto de reventar. Los niños creo que deben de llegar cuando tenemos la juventud en las venas, pero ya a los cincuenta y tantos creo que nos vienen grandes.

Y todo salió como yo quise, no hubo ni juicio, sólo un acuerdo tácito que había orquestado durante dos duros y largos años de trabajo. Con semblante serio le expresé mi deseo de que ya no me pasara la pensión compensatoria. A mí ya no me tenía que mantener, yo era autosuficiente e independiente. Y le informé de que estaba dispuesta a comprar su parte de la casa a no ser que él quisiera comprar la mía. Josep reveló que no disponía de líquido para comprar su parte de la vivienda, a lo que repliqué ¡Sin problemas! Contrataría a un tasador para valorar el dinero que le tenía que dar para quedarme con mi vivienda, para ante todo ser justa.

Y ahora ya, después de la experiencia en los juzgados, aquí estoy con una copa de champagne biodinámico L’Astre 2011 de David Léclepart, un blanc de noirs repleto de personalidad entre mis manos. Frente a mí, Alejandro, mientras esperamos a que nos traigan el menú degustación en DiverXO; un restaurante con tres estrellas Michelin y decoración a veces un poco grotesca, lleno de cerdos voladores.

Comienza otra etapa de mi vida con muchas perspectivas y, lo mejor, con un estupendo compañero de trabajo y de vida. Nunca se dejen humillar, la justicia llega y coloca a cada cual en su sitio. Ahora mientras bajo el ritmo de horas de mi trabajo también tengo tiempo para mis sueños que no dejaré de buscarlos siempre una vez más.

Las Aguas Turbulentas de los Sentidos

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“Es necesario mantener nuestra brújula en los ojos y no en la mano, para que las manos ejecuten, pero los ojos juzguen” Miguel Ángel Buonarroti

Norman pasaba las tardes rateando con sus amigos, a veces haciendo gamberradas, fumando y bebiendo alcohol. Por la mañana no le quedaba otra que ayudar a su padre en el aserradero ante la negativa de ir al colegio. A pesar de hacer lo que le venía en gana, casi a diario le caía alguna que otra bronca, la mayoría de los días estaba desganado y laso.

Una de esas tardes con los colegas, la descubrió, mientras robaban algún que otro caramelo a Caro. Tapaba su cabeza con un gran pañuelo oscuro, pero en su rostro se desdibujaba alguna mecha negra ondulada. Mirada baja, paso lento y silencioso, como una gata al acecho. Le llamó la atención aquella mujer delgada y pequeña, pero de líneas definidas. Solía bajar una vez al mes, por la tarde. Iba a comprar a la tienda de Caro. Siempre pedía lo mismo, sin hablar, iba señalando la avena, el trigo, el arroz, aceite, papel, velas y dos libros que Caro, el tendero, alcanzaba de debajo del mostrador. Ella sacaba la cartera y varios saquillos de hierbas, y pagaba.

Cuando sus manos enguantadas con guantes sin dedos rozaron las de él al intentar coger ambos unas almendras, todo cambio. Le miró, una leve sonrisa asomó a su boca, y con sus manos pequeñas de dedos largos, en forma de puño se los llevo a la frente y los bajó un poco. Caro dijo que le saludaba, descubrió porque no había oído su voz, no hablaba, sus manos eran sus herramientas para expresarse.

Hizo seis movimientos con su mano y Norman se quedó con cara de panoli. Caro se rio a carcajadas y le apuntó que le había dicho su nombre, Rebeca. Él tartamudeando le dije que se llamaba Norman y ella se frotó su mano sobre el pecho y luego junto los dedos índice y corazón de ambas manos. Caro volvió a sugerir que estaba encantada de conocerle. Se dio la media vuelta, cogió sus cosas, las echó en un saco de loneta y se marchó.

Sus amigos la zarandeaban en la puerta y entonces Norman la separó de ellos y los amenazó. Éstos en principio se quedaron atónitos, pero tras unos instantes retomaron sus burlas esta vez hacia Norman que vio como Rebeca se alejaba sin mirar hacia tras.

Desde ese mismo instante Norman decidió que tenía un mes para aprender a decirle algo con sus manos hasta que regresara a últimos de noviembre. Caro le dijo que no hacía falta, que ella sabía lo que hablaban tan solo con mirar a los labios, pero él quería aprender a expresarse en su mundo, a involucrarse con ella y disculparse. Caro le informó que la vieja Lidia, la bibliotecaria, le podía ayudar en su empeño.

Pasó todo el tiempo ansioso hasta el día que se suponía que ella volvería a bajar, pero no bajó. El invierno se adelantó y amaneció todo el valle cubierto de nieve. Tampoco bajó en diciembre, la nieve perduró hasta primeros de febrero. Él pasó los meses con ella en la cabeza ayudando a su padre en el aserradero, otra vez lleno de tedio.  De vez en cuando se acercaba a la tienda de Caro con cualquier excusa para preguntar por ella. Dejó de hacer gamberradas e ir con los amigos que siguieron con sus burlas.

En una de aquellas visitas a Caro preguntó si sabía algo sobre con quién vivía y dónde Rebeca. Caro le contó que vivía con su padre en la ladera sur de la montaña, en el viejo molino. Se llegaba hasta allí por la primera encrucijada que había en la carretera a la ciudad. Su padre era un ingeniero de prestigio y con una posición social envidiable, nieto del viejo molinero Tomás. Regreso a la propiedad de la familia con una niña pequeña en una mochila hace unos veinte años. En el pueblo se rumoreó que el matrimonio sufrió un accidente y la esposa murió, la niña perdió el oído a consecuencia del golpe y él salió ileso, pero quedó desolado. Abandono toda su vida anterior y regreso al viejo molino. Desde hace unos años dejó de bajar al pueblo, solo Rebeca lo hacía y siempre le encargaba un par de libros. En invierno a veces dejaban de bajar, pero él sabía que tenían una camioneta y a veces se acercaban a la ciudad. Les envolvía a ambos un halo de misterio, de ermitaños. Su padre cuidaba y plantaba abetos plateados que solía vender para un vivero, una vez coincidió con él en navidad, cuando fue a comprar un abeto. Los árboles los proporcionaba el padre de Rebeca.

A primeros de marzo el padre de Norman le informó que tenían que arreglar el viejo molino de la ladera sur, el techo se había roto a consecuencia del peso de la nieve, había que repararlo. Aquella noticia llenó su mente de perspectivas y de ganas trabajar. Y llegó la mañana, el camino de apenas treinta minutos se le hizo horas. Cuando vio aparecer el viejo molino al lado del estanque le pareció un paraje increíble, pero todo menguó cuando la vio junto a la noria y sobre unas rocas, abrigada, leyendo un libro. Le pareció una imagen bucólica, deseando de acercarse a ella y desplegar sus dotes recién adquiridas para comunicarse con Rebeca.

Fue imposible acercarse a ella, su padre no le dejó parar y ella ni se inmutó, ensimismada en su mundo de silencio. Pero entrar en el molino fue otra experiencia que le dejó sin habla. Pocos muebles, una mesa inmensa en el medio hecha con la antigua muela frente a un ventanal que dejaba ver casi todo el estanque; al lado izquierdo el viejo hogar también de grandes dimensiones donde se quemaban inmensos leños y del que pendía una vetusta olla; junto al hogar un horno de ladrillo refractario que despedía aroma a pan y café recién hecho. Al lado derecho una inmensa estancia que dejaba atisbar una librería del suelo al techo con tan solo dos sillones. El padre de Rebeca, Rafael, les guió arriba por una escalinata de madera junto a la puerta de entrada, allí estaban las habitaciones, y siguieron subiendo por otra escaleta más estrecha a lo que se supone era el granero. Allí estaban las traviesas estropeadas y debajo cubos de zinc para recoger el agua de las goteras entre cajones con viejos objetos.

La mañana fue intensa y a las dos pararon para comer, habían traído su propia comida, pero Rafael insistió en que la comida ya estaba preparada abajo. En la vieja muela platos, cubiertos, vasos y una sopera humeante esperaban. Rebeca sonrió al verlos y con un ademán de la mano los invitó a sentarse. Había pocas ocasiones de comer con gente y presumir de su hacer culinario. Ella misma sirvió la sopa de verduras y repartió el crujiente pan. Después se deleitaron con un plato de albóndigas en salsa, tenían un sabor diferente, pero estaban esplendidas y fue la ocasión para preguntarle con las manos, de qué estaban hechas. Y para rematar la copiosa comida un rico bizcocho esponjoso de manzana y café. Rafael y el padre de Norman se quedaron boquiabiertos al verlos charlar con las manos. Ella le expreso que todo era de origen vegetal, que las albóndigas eran de arroz y harina de garbanzos. Le enseñó a decir alguna que otra palabra más. Pero había que volver al trabajo.

Al caer la tarde, se disponían a marchar cuando Rebeca se acercó a Norman, puso entre sus manos un libro. Le dije que no era muy aficionado a la lectura y ella le espetó que sería un buen ejemplar para poderlo hacer. Estaba encuadernado en piel y tan solo se apreciaba el título en letras doradas y bajo él las letras R.K. Y así fue como por la noche descubrió a Kim de la India, de Rudyard Kipling, pero tras unas cuantas hojas cayó rendido. Aquella noche se lleno de sueños extraños en la India junto a una bella Rebeca.

Y entre madera y libros, besos y caricias, pasó la primavera y el verano. El trabajo en el viejo molino duró una semana, pero Norman regresaba todos los domingos a por otro libro y que el brillo de los ojos ambarinos de Rebeca le dieran fuerza para trabajar a lo largo de la semana. Junto a ella descubrió mundos inimaginables en un entorno de agua, rocas y abetos. Sus ágiles manos le enseñaron a sentir lo que su limitada existencia desconocía. Ella le abrió el corazón a esos libros que llenaban aquella estancia en el viejo molino y al amor. Rafael le aceptó como uno más, su hija era el motor de su vida y en algún momento le confesó que verla feliz era sólo lo que necesitaba. Ella llenaba las noches de Norman, a veces de fantasmas y miedos por perderla, pero cada amanecer se colmaba de expectativas.

Ha pasado algún tiempo, ahora Norman vive junto a Rebeca en el viejo molino. La incapacidad de Rebeca de oír había incrementado en ella los demás sentidos y cualidades, pasaba muchas horas escribiendo sus historias y cuentos, cocinando sus recetas vegetales y haciendo diferentes panes, entre lectura y lectura. A Norman le enseñó lo que es importante y lo que no, a tener valores. Ella era su noria, la que guiaba las aguas turbulentas de sus sentidos, su gran amor. A veces él se tapaba los oídos con grandes algodones y hacía cabriolas y ella se ríe, y la calma le abrazaba el corazón, la estrechaba de la cintura, levantando su pequeño cuerpo del suelo y la besaba. Y entre sus brazos se sentaban frente al hogar acariciando su prominente vientre, y pasaban horas contemplando el fuego. Y el amor de ellos avanza como la rueda del molino, lenta y sin prisas, sin pretensiones, pero creando los cimientos de espíritus indómitos.

Las casualidades ¿Existen o no?

libelula amanecer

“En aquella época encontré un extraño refugio. Por casualidad, como suele decirse. Pero esas casualidades no existen. Cuando alguien necesita algo con mucha urgencia y lo encuentra, no es la casualidad la que se lo proporciona, sino él mismo. El propio deseo y la propia necesidad conducen a ello. – Demian” Hermann Hesse

El amor no tiene ni género ni color, ni conoce razones, ni distancia. Oigo a Lena decir que fulano de tal está cañón. Una se acostumbra a oír con asiduidad los comentarios de la mayoría de las mujeres de alrededor. Yo busco la belleza de espíritu, esa que no se esfuma y se perpetúa, la sensibilidad en otra mujer.

Me llamo Clara y aquí estoy en la terraza del bar Capote, tomándome una cerveza sin alcohol, con Lena y las demás. Oigo sus monsergas, pero no escucho. Desde anoche tengo clavada en la mente la mirada triste de aquella chica en la discoteca.

No soy mucho de salir de noche, soy más de pijama y serie. Pero Lena a veces es pesada hasta extremos y se empeñó en pasar, la noche anterior, una velada loca de baile y alcohol. Mi aburrimiento solemne casi me invadió hasta altas horas de la madrugada. Pero el sueño y el tedio desapareció cuando la vi, junto a la barra, observando la pista con una copa en la mano. Largas piernas cruzadas con zapatos rojos de tacón, pantalón negro corto un poco abombachado y una camisa de gasa con una larga abotonadura por delante, de  botones diminutos. La camisa traslucida deja entre ver una ropa interior negra ocultando unos pechos turgentes. Su cabello rojizo es corto en extremo, deja ver su nuca con un pequeño tatuaje, una especie de libélula y eso aún me impacta más, siempre me ha acompañado ese insecto, desde la niñez, es una señal.

Me acerco a la barra y pido un tequila. Miro a mi desconocida y la saludo, sus ojos me impactan y me apabullan aún más, ni el alcohol me alienta, no soy capaz de soltar una palabra. En un susurro me devuelve el saludo, sigue abstraída, ni si quiera me ha visto. Me vuelvo a donde estaba arrastrando los pies y sigo observándola.

Al rato aparece otra mujer histriónica, como si llevara una zapatilla en la boca, dando voces tira de ella y se la intenta llevar a la pista. Mi desconocida de ojos trigueños se niega a acompañarla. Y la otra chabacana y con aspavientos la deja con desdén. Debería volver a acercarme a ella, pero me da miedo intimidarla.

Y vuelve Lena y me dice que nos vamos ¡Ahora! Y como es pesada hasta extremos, nos vamos. Creo que mi corazón se ha quedado apalancado en la barra. De mal humor y cansada subo al coche y Lena decide ir por el valle para ver amanecer. Y en aquella alborada, entre azules y rosas, veo sus ojos tristes como me miran y pienso que tal vez jamás la volveré a ver. Lena sigue con sus cacareos y yo sin escucharla. En un arrebato le digo a mi amiga que me vuelva a llevar a la discoteca ¿Se te ha perdido algo? No contesto.

Lena me mira como si yo fuera una rana, me increpa que no le gustan las voces, pero arranca y regresamos por donde habíamos venido. Cuando llegamos la gente sale del local, están cerrando. Deprisa e inquieta busco entre la multitud, pero no la veo, ya no está.

Me vuelvo al coche. En ese instante es como si todo el cansancio fuera el peso del mundo sobre mis hombros. Ni si quiera sé su nombre, he sido tonta de no atreverme a acercarme, ella era la señal que llevo inquiriendo toda mi vida.

Me acuesto, apenas duermo, me levanto resacosa y cansada. Como sin saber que engullo y allí siguen esos ojos mirándome tristes, preguntándome por qué no me acerqué. Suena el teléfono y allí está Lena para que baje a la terraza del Capote.

Después de un rato decido marcharme de la terraza, no me importan los improperios tachándome de lacia. Hace una tarde maravillosa, con sol radiante, aunque una brisa gélida mantiene mi corazón ensombrecido. Jamás pensé sentirme tan impactada, obsesionada por una mirada, por una libélula. Paseo entre árboles desnudos y gente caminando deprisa.

Regreso a casa y cojo una pequeña figurilla que tengo desde no recuerdo cuando, y me tumbo en el sillón dándole vueltas entre los dedos; la abuela Lucía me la regaló. A ella que le gustaban tanto todos los temas místicos, sus palabras las tengo grabadas en la memoria:

“Toma esta pequeña libélula, su vuelo por encima del agua representa el acto de ir más allá de lo que está en la superficie y mira a lo más profundo de la vida. Su vuelo ágil y su capacidad de moverse en todas las direcciones revelan poder y equilibrio, algo que sólo viene con la madurez”

La abuela Lucia, mi vieja, a la que tanto añoro y aún siento siempre a mi lado. Se me humedecen los ojos y sólo se me ocurre susurrar: abuela ayúdame como siempre lo has hecho.

La tarde pasa y preparo todo, mañana toca trabajar. Me acuesto con la figurilla sobre la mesilla y me duermo mirándola, el reflejo de las luces de la calle la ilumina, dándole aún más esa aura mágica. Caigo en un sueño profundo.

Suena el despertador, con tedio le apago ¡Vaya lunes que me espera! Y encima hoy nos presentan a la nueva encargada del diseño gráfico, con la que tendré que trabajar codo con codo. No estoy de humor para sonrisas y responsabilidades. Pero no queda otra que cargar las pilas, ya seguiré con mi melancolía cuando regrese.

Estoy en mi mesa y llega el jefe. Me hago de rogar, cabizbaja y trabajando.

  • Clara, te presento a la nueva encargada de diseño gráfico, Ayesha.
  • Hola, encantada de comenzar a trabajar contigo —me quedo confundida.
  • Hola Clara, encantada—clava su mirada y una leve sonrisa asoma a su boca.
  • Bonito nombre y extraño—me siento boba con mi comentario.
  • Las ideas místicas de mis padres, significa estrella en latín—alarga la mano para saludar y sigue con su sonrisa.

Y allí frente a aquellos ojos trigueños y todavía algo tristes, sin dejar de soltar su mano suave, se abre entre nosotras todo un mundo ilimitado de sensaciones. No pienso perder ni una sola oportunidad más hasta que su mirada brille como su propio nombre. Y es que como decía mi vieja, las casualidades ¿Existen o no?

¡Gracias abuela!