El aliento de Eros

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“Lo importante no es lo que nos hace el destino, sino lo que nosotros hacemos de él”  Florence Nightingale

Aquella cara de rasgos duros y una gran cicatriz en la mandíbula ahuyentaba a las gentes que andaban entre la lluvia. Pero no era su rostros lo que más  aterrorizaba a los de alrededor, enseguida que se percataban cruzaban la calle. Sus pies descalzos, las ropas rasgadas, sus puños apretados y los ojos inyectados en sangre daban una imagen de él sobrecogedora.

En aquel gélido despacho lanzó con todas sus fuerzas el móvil contra la pared ante la atónita mirada de su jefe. Destrozó la camisa de la empresa, arrojó las botas contra los cristales de la oficina y salió a la calle. No controlaba la ira y aún menos en momentos de injusticia. Cientos de terapias le habían enseñado la teoría pero su fuerte carácter le imposibilitaba para llevarlas a la práctica. Lo único que le tranquilizaba era correr hasta llegar a la cueva del acantilado. Allí aislado había pasado incluso días hasta que aquella inquietud visceral se le contenía.

Se agarró de un pequeño arbusto doblegado por el viento marino y apoyó un pie en una roca sobresaliente. Bajó un par de metros en el acantilado  y allí entre la maleza estaba la entrada a su nirvana. Una vez dentro se le iba pasando el volcán que enajenaba su mente. Pero se dio cuenta de que algo era diferente, había unas pisadas de pies pequeños. Las siguió y encontró un cuerpo en posición fetal sobre el suelo. Se sobresaltó ¿Respiraba? Sí, respiraba. Se sentó y no supo muy bien el tiempo  que estuvo contemplando aquel ser indefenso.

De pronto, ella se movió y al verse contemplado por aquel personaje descomunal y perfil tullido dio un salto poniéndose en cuclillas y apoyándose en la pared. Intercambiaron miradas de sorpresa e incertidumbre y él se dispuso a preguntar:

  • ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? Este lugar es mío —con voz colérica.

Aquella joven de ojos rasgados, pelo azabache y cuerpo delgado le miró y reponiéndose, le inquirió:

  • Yo podría preguntarte lo mismo ¿Tienes un documento qué demuestre que esto es tuyo?

Alex apretó los puños y los levantó pero aquel ser escuálido, de belleza etérea se encogió de nuevo cubriendo su rostro con los brazos.

  • Por favor no me pegues, me marcharé enseguida —las lágrimas comenzaban a resbalar.

Alex se miró a su propio puño y le bajó. Cuando percibía su violencia se avergonzaba. Dio un paso atrás, le dio la espalda a ella y se sentó en el borde de la cueva donde podía divisar un inmenso mar gris salpicado de gotas de lluvia, limitado por aquel acantilado severo, y un barco siempre en el horizonte con rumbo desconocido.

  • Lo siento, este lugar no tiene dueño. Tienes tanto derecho como yo a estar aquí. No pretendía asustarte.

La joven se secó las lágrimas con la manga de su arrugada camisa, se atusó el pelo y se sentó junto a Alex. Tras unos minutos en silencio le tendió la mano:

  • Me llamo Malén —sorbiéndose la nariz.
  • Yo Alex —ocultando su cicatriz y con voz entrecortada.

A veces los silencios llenan más que las palabras. Allí contemplando el horizonte estaban dos seres que no encajaban demasiado. Personas con problemas afectivos en apariencia desbordados. Fue cayendo la noche  y el barco fue desdibujándose entre la distancia y la oscuridad, siguieron impertérritos sentados. Comenzaba a hacer frío y Alex se levantó,  sacudió sus pantalones y se adentró en la cueva. Al cabo de unos minutos regresó con un montón de palos. El fuego pronto iluminó las paredes y fue desprendiendo calor.

Malén también se levantó, se acercó a la hoguera y puso sus pequeñas manos frente a las llamas. La luz creaba un halo que aún aumentaba más su perfección. Alex, que seguía con voz temblorosa, le señaló que se sentará junto a la pared que formaba un ángulo, ese recoveco la protegería de la brisa y el calor la llegaría más inmediato.

Allí, frente a aquel agradable espectáculo de luz titilante Malén preguntó a Alex que desde cuando iba a aquel recóndito lugar. Él le relató cómo lo descubrió hace unos años, cuando aún era un adolescente y un compañero le golpeó con una piedra, sé señaló su rostro. Ella le confesó que hace un mes le vio bajar a la cueva y desde entonces solía acudir al lugar dos o tres veces en semana. Poco a poco fueron relatando sus entresijos; él trabajaba duro sin ser reconocido su esfuerzo, de cómo le miraban con miedo; solo le habían contratado por el programa de reinserción para personas con problemas mentales; ella encontraba alivio en aquel lugar ante la violencia de su progenitor alcohólico del que tenía que haberse alejado hacía tiempo.

Y poco a poco ambos fueron haciendo camino. Anhelaban sus charlas frente a la hoguera cada minuto. Se escapaban cuanto podían, alejados de un mundo que les anegaba su fuerza. Y las palabras dieron paso a los roces accidentales, a caricias  presagiadas y a besos furtivos.

En uno de aquellos encuentros Malén volvió antes que Alex. Él, ávido de caricias llegó unos minutos más tarde y se percató de que ella estaba cabizbaja. Alex con suavidad posó su gran mano sobre la barbilla de ella e intento clavar su mirada en los rasgados ojos de la dulce Malén, pero ella huyó y volvió a fijar sus ojos en el suelo.  Alex intentó de nuevo ver su rostro y descubrió  con estupefacción un ojo morado y una brecha en la frente.

Ante aquello se desató, golpeó con fuerza la pared rocosa hiriéndose las manos.

  • ¡Le mataré, juro que lo haré! No sabe bien lo que ha hecho ese cabrón. No volverá a ponerte una mano encima —la voz resonaba, ensordecedora.
  • No, por favor es mi padre, está enfermo. Mañana llegaré a casa y todo serán lágrimas y mil perdones. Cuando bebe no sabe lo que hace, al día siguiente no lo recuerda siquiera.

Malén intentó calmar a Alex pero cada vez que la miraba su ira se acrecentaba. En una de las tentativas por tranquilizarle ella le intentó agarrar el puño, él dio un fuerte tirón que hizo sucumbir a Malén. Ella se quedó inmóvil en el suelo, Alex abrió sus ojos, parecía que se le iban a salir de las órbitas. No podía creer que también había hecho daño a la persona que más amaba. Se acercó a ella y cogió su pequeño cuerpo inmóvil entre sus inmensos brazos acurrucándola en su regazo.

  • ¡Perdóname, perdóname! No controlo mis fuerzas. Por favor Malén vuelve, no puedo vivir sin ti —con la respiración entrecortada y acariciando su cabello— no volverá a ocurrir, mi pequeña.

Malén abrió sus ojos humedecidos y le agarró con ambas manos del cabello acercando sus labios. Le besó con fuerza y cuando sus bocas volvieron a separarse, Malén acaricio su cicatriz mientras le hablaba en susurros:

  • Ha llegado el momento de solucionar nuestros problemas. Sé que podemos y sé que no volverás a hacer daño a nadie. Solo piensa en mí cuando tu mente se llene de rabia y desolación, piensa en nosotros. Ha llegado el momento de alejarnos ¿Quieres?

Alex dejó de acudir a terapia, informaron  de su desaparición pero nadie volvió a verle. Malén nunca regresó a casa de su progenitor, éste lloraba por las esquinas y en sus borracheras maldecía a su mala hija, vociferando su nombre.

En el puerto, un vagabundo que dormía entre cartones contaba a sus camaradas, entre risas y escalofríos, que los delirios del vino le habían hecho soñar. Un hombre feroz, de facciones duras con una gran cicatriz en el rostro, pelo desgreñado y brazos descomunales,  le miró con ojos inyectados en sangre, sintió mucho miedo; aquella bestia abrazaba a una joven pequeña y frágil de ojos rasgados y cabello azabache de una belleza desmesurada, a la que protegía. Ambos subieron a un barco de tres mástiles con grandes velas blancas  y unos cien metros de eslora. Extrañamente partió de madrugada, cuando comenzaba a aparecer la claridad del amanecer,  con rumbo desconocido; un barco sigiloso, de tripulación fantasma, envuelto en una nebulosa,  llamado “Liberté”

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INFERNOS

Ángel

“Allí donde hay mucha luz, la sombra es más negra” Goethe.

Un viento tempestuoso sacude el entorno. Tras la ventana, los árboles se doblegan ante su poder perdiendo parte de su follaje. Enormes gotas salpican el cristal hasta que se desata la tormenta, feroz. En pocos minutos el agua corre y arremete todo a su paso.  El cielo se ilumina incesante con rayos serpentinos acompañados, después de unos segundos, de ensordecedores truenos.

Daniel, el interno número 7, saldría a la intemperie y tomaría un puñado de tierra embarrada para cubrir el rostro y camuflarse, pero no puede.  Se arrastra hasta la esquina de la habitación y en posición fetal tapa sus oídos con las manos.  Permanece así por largo tiempo. Afuera los cuatro elementos se manifiestan con el más violento de sus semblantes.

Daniel está alejado del orbe. Sólo rompe su silencio con la tabla de Nalvage. Hace mucho tiempo en un viaje de turbulentos sufrimientos, le fue revelado el lenguaje enoquiano y los secretos de la tabla. Fue el elegido para interpretarla y tutelarla. Sabe que un poderoso enemigo se la quiere arrebatar.  Está preparado, en cualquier momento aparecerá y el desafío será definitivo. No siempre conoce el instante pero esta vez las señales son latentes, próximas al solsticio. La tabla, el lenguaje y las señales son sus peores demonios a la vez que su mejor bendición.

Debería prepararse para el enfrentamiento pero su alma inquieta no le permite serenar el ánimo. El mundo de silencio en el que lleva inmerso tanto tiempo le ha hecho olvidar el peligro. Ambos navegan en el mismo cosmos y de vez en cuando, sin remedio, sus caminos se cruzan. Se conocen muy bien y pueden prever los movimientos del contrincante como los de ellos mismos.

Los tambores de la naturaleza anuncian la próxima contienda.  Esta vez la diferencia estriba en que hace mucho tiempo de la última reyerta. Aquella batalla de monstruos con ojos sibilinos fue tan dura que casi acabó con él.  Sucumbió al abatimiento pues cada vez serían más temibles los asaltos.

Y como el samurái ante la oculta luna, prepara la armadura, la katana y la montura. Sabe de la flor perfecta y del copo de nieve irrepetible pero también conoce el fuego que destruye y libera.

Otro terrible dolor de cabeza. Sus ojos le piden oscuridad; con lentitud sus párpados se adecuan, las piernas le flaquean. Vuelve a acomodarse en el suelo. Desearía no volver a enfrentarse pero es mejor acabar con todo de una vez aunque tema la derrota.  Ambos son Principados en la Cábala, aunque es anodina la nomenclatura, son enemigos a una misma altura.

Al final del pasillo, Doc, como así le llaman sus pacientes, está preocupado.  El interno de la habitación 7 se muestra muy inquieto.  Han vuelto los fuertes dolores de cabeza y las náuseas. Según el informe del hospital cuando llegó allí tenía múltiples traumatismos y exhibía una violencia incontrolable a pesar de su lamentable estado físico. Al desconocer su origen, le trasladaron del hospital al psiquiátrico. Desde entonces había sido un remanso de paz, casi siempre reticente. Le costó hipnotizarle y cuando lo hizo escuchó su épica historia, una fantástica alucinación. Las veces que le ha vuelto a poner en trance nada se altera en su relato, siempre los mismos datos, los mismos miedos y las mismas inquietudes. Hace pocas jornadas, en la sesión de terapia habitual, ha revelado que la lucha se acerca. El pánico se ha apoderado de él. Apenas duerme y después de unos días los síntomas de agotamiento son evidentes. Se aferra a una especie de medallón de madera, no más grande que la palma de la mano, llena de símbolos.  Llegó con él y lo lleva consigo a todos lados. En una de las sesiones reveló su secreto: el día que le fuera arrebatada la tabla de Nalvage— así llama a dicho medallón— aquel al que teme habrá ganado.

Desde el principio el diagnóstico fue claro: tenía un trastorno de identidad disociativa. En pocas de las sesiones ha aparecido el otro ego y, las veces que lo ha hecho, nada tiene que ver con Daniel. En una de las conversaciones de hipnosis emergió un ente soberbio, imperturbable y pérfido, con mirada oscura y de un brillo maquiavélico. Tan solo expresó que el desenlace estaba cerca y que Daniel perecería en la derrota.

La noche cae y el escenario tétrico de lluvia y tormenta continúa. Daniel ignora el tiempo que lleva tumbado en el suelo. Abre su mano y pone sobre su frente la tabla. Tras una letanía de palabras incomprensibles posa la tabla en la palma de la mano izquierda y con el dedo índice de la derecha recorre alguno de los símbolos. Las instrucciones son claras: es el final, uno u otro debe morir.

La habitación se ilumina con un rayo, no está solo. En la otra esquina una figura en cuclillas le observa desde la sombra y con voz profunda y pausada:

  • Hola Daniel. Me ha costado encontrarte. Ha pasado tiempo pero sabías que este instante tarde o temprano llegaría. Sabes lo que busco. Podemos acabar pronto, me lo das y enviaré tu alma con los tuyos, sin sufrimientos ni lucha.
  • Azael, tú también sabes que no puedo darte lo que buscas sin combatir por ello. Pero por fin hoy todo acabará. Marcharé con los míos o tú con los tuyos al mismo infierno.

Otro relámpago ilumina el cuarto, ambos hombres se han levantado y están de frente. Giran en la habitación al mismo compás. El resplandor revela que el intruso lleva en su mano una especie de daga.

El dolor de cabeza ha cesado. Daniel ha sido invadido por un halo extraño tras arrastrar su dedo por la tabla de Nalvage que continúa en su mano izquierda, apretada. La primera envestida de la daga la elude con cierta facilidad, golpeando el costado del contrincante al desplazarse al lado derecho. Éste no muestra dolor:

  • Veo que estás más instruido —con una sonrisa malévola.
  • Azael—Daniel arrastra la voz con cada sílaba—, no pienses ni por un instante que te será fácil arrebatármela.

La lucha desaforada se acrecienta y la habitación se llena de sombras iluminadas por breves destellos. Los golpes se atenúan con el sonido incesante de la tormenta. En una de las envestidas un resplandor ilumina la estancia y la sombra emula una figura humana con unas alas desplegadas. La daga se acerca al cuello del mismo que la sujeta empujada con fuerza desmesurada. Azael resiste para que el filo no se aproxime a su yugular, ha  menospreciado a Daniel y la posesión de la tabla le ha fortalecido.  A continuación, un fuerte trueno hace retumbar los cristales. Un fuego candente invade la tabla y un desgarro seco corta el aire.  Todo ha acabado.

Por la mañana, Doc entra en la habitación, los pocos enseres están hechos añicos. Daniel está de pie mirando por la ventana.  Afuera todo está lleno de hojas y ramas rotas, la tierra está encharcada. Le pregunta por lo ocurrido. Daniel se gira y mira a Doc con afabilidad. Se acerca, extiende su mano en la que reposa el medallón que porta desde el principio. Doc lo mira y advierte que ya no tiene los símbolos, es tan solo un pedazo de madera inerte.  Daniel se lo da y con templanza contesta:

  • Ya no me duele la cabeza, me siento mejor. La tormenta también se desató en mi habitación pero hoy sale el sol con más fuerza que nunca. Podemos continuar con la terapia Doc. Azael no volverá a molestarme.

En una de las esquinas un polvillo semejante a cenizas se extiende por las baldosas y varias gotas rojas salpican el suelo y parte de la pared.

LA LEYENDA DEL CORSARIO

Corsario

“La muerte es misericordiosa, ya que de ella no hay retorno; pero para aquel que regresa de las cámaras más profundas de la noche, extraviado y consciente, no vuelve a haber paz” Howard Phillips Lovecraft

Las noches acrecientan los fantasmas cuando las sombras acechan en cada esquina. Envuelto en una extraña niebla aparece una silueta, sólo sale en las noches de abril con luna nueva. Espía y hostiga con escabrosas intenciones a gentes de almas laxas y corazones solitarios. Después de mirar a una mujer de ceñido vestido rojo, de insinuante escote y de infinitas piernas envueltas en medias de rejilla, decide entrar tras ella en aquel garito.

Una gata negra espera tras unas cajas, sus ojos felinos son de un azul transparente. Ve cómo pasan personas por la angosta calle hasta  un portón de luces extravagantes. Los que salen, casi siempre parejas, conversan banalidades entre furtivas manos que acosan lugares prohibidos. Según pasan las horas el silencio se  hace más latente, las luces de fulgurantes colores mueren, pronto llegará el amanecer.

Unos pasos familiares alertan al felino en su letargo, maúlla. Risas y coqueteos entre una mujer de piernas interminables con medias de rejilla y un individuo que se apoya en un bastón. El mal presagio ciñe la noche, un resplandor nimio en el lóbulo de su oreja deja vislumbrar un zarcillo de plata.

Entre las sombras, el hombre arrincona a la dama, acaricia su pierna con el bastón subiendo con lentitud, recreándose en cada centímetro. La joven deja caer algún gemido y se muerde el labio inferior.  Arremete al extraño que se queda sentado sobre unas cajas de madera. La mujer apoya su zapato de tacón en la pared, dejando a venus insinuante. Él, encerrado entre aquellas extremidades infinitas, la mira con ojos febriles y la atrae hacia sí. Deja el bastón apoyado y con el dorso de su otra mano transita por los voluptuosos pechos hasta llegar a su  nuca. En un arrebato, con ambas manos estrecha el cuello de la dama y la besa furtiva y ansiosamente. Con brutal fuerza la sigue besando mientras aprieta con las manos alrededor de su cuello hasta faltarle el aire; sus alegres ojos se llenan de pánico, todo se nubla hasta que la oscuridad la envuelve.

Inerte el cuerpo de piernas infinitas en medias de rejilla reposa sobre los hombros del asesino que, como si fuera una pluma, se  pone en pie y baila con ella en las sombras. Saca del puño de su bastón un escalpelo y hace un ligero corte en la yugular  de donde brota la cálida sangre; posa sus labios y bebe un poco.  El ceñido vestido rojo se va empapando del extinto líquido violentando los adoquines de la calle. Aquel ser atroz deposita con cuidado el cuerpo sin vida entre las cajas de madera y coloca en su cuello una rosa negra. La gata ronronea entre sus piernas y él la ofrece su mano ensangrentada; el animal lame apoderándose de su espíritu.  El asesino coge de la testuz a la gata y ésta sigue ronroneando entre sus manos. Surge una niebla extraña que oculta toda la calle y el ser de bastón en mano desaparece entre sus entrañas, sólo se oye un maullido que se va perdiendo en la noche.

 Rosa y sangre

Un gran revuelo se propaga en la mañana por el pequeño pueblo costero.  Han encontrado el cadáver de una joven, tiene unas manchas oscuras alrededor de su cuello;  el suelo, próximo a ella, está lleno de sangre y unas huellas de color rojo adornan el escenario junto con las pisadas de un gato. Las  huellas humanas se pierden a lo largo de unos cuantos metros  hasta que, como si aquel maldito ser se hubiera esfumado en el aire, desaparecen.

Los más viejos hablan, cuchuchean sobre una antigua leyenda de un alma condenada por la maldición de  una bruja. Un corsario inglés cuyo espíritu vaga por el mundo para beberse la vida de conciencias deshonestas. Aquel corsario fue engañado por una mujer con fama de bruja; ella solía adornar su cabello con una rosa negra  y siempre la acompañaba su gata. Ella entregó a las autoridades al pirata una noche de abril de luna nueva. El delatado  la acusó de bruja y juró  antes de morir en la horca, que no descansaría hasta beberse el último sorbo de su vida. Al poco tiempo la mujer apareció estrangulada y con un ligero corte en el cuello y, alrededor, múltiples huellas de gato. Los lugareños dicen que la gata vaga al lado del corsario, le acompaña en su devenir para alertar de la malvada ánima a los espíritus puros. Si ves una gata negra de ojos claros, aléjate del ser qué la acompaña o márchate del lugar dónde se halle.

Leyenda o realidad, los verdugos proliferan por el universo aprovechándose sobre todo de las almas nocturnas. Los gatos transitan en todos los callejones de cada pueblo o ciudad. Nos gusta encajar indicios y pensar que,  aquel que regresa de las cámaras más profundas de la noche, es el culpable de la muerte que a veces nos rodea.

LA PRINCESA GALIANA

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“Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. En realidad, la vida es una calle de sentido único.” Agatha Christie

El sol calentaba como sólo lo hace en los meses de verano en el centro de España, con esa intensidad que abrasa y agobia. La corbata me arrancaba la respiración. Buscaba un local donde aliviar la tortura del asfalto.

Aquel día fue el comienzo y el final, un cúmulo de muchas imprevisiones, el inciso en la soledad de mi desierto urbano. El destino reiterado me amargaba y su aparición, efímera y eterna, aportó el viento lozano que precisaba. Todo transcurrió en horas y daría lo que fuera por volverlas a vivir. Ella sólo buscó un alma cándida para pasar inadvertida y escapar. Huía de algo taciturno y cruel.

Sus ojos, trigueños hasta perderse en ellos, eran desafiantes e intrépidos. Parecía que, de un atisbo, descubriera los más íntimos secretos. Se cruzó con mi mirada en el umbral de una posada de aquella histórica ciudad. Mi existencia estaba vacía y mis ambiciones, que nunca fueron demasiadas, satisfechas. Creía que ya poco me quedaba por ver y vivir. Se acercó a mí, agarró mi brazo y comenzó a hablarme desaforadamente:

– Buenos días. Mucho calor y eso que sólo son las nueve. Tienes el nudo de la corbata un poco torcido aunque tu aspecto es formidable. ¿Qué tal la velada de anoche?

La miré sorprendido. Acababa de llegar a aquella localidad y evidentemente se confundía. No sé por qué la contesté, seguí el juego:

– Mis veladas últimamente no son demasiado buenas. Y llevo parte de la noche de viaje, acabo de llegar.

Sin soltarme del brazo siguió hablando, ignorándome y continuando con la farsa:

– ¡Qué tonta! Me has caído simpático — con expresión triste—. Tu aspecto es tan apuesto que te había confundido con otra persona ¿Vienes por vacaciones?

La conversación era absurda. No conocía de nada a aquella mujer y no sé por qué seguía hablando con ella. Miraba directa a mis ojos y yo a los suyos. Inhibía mi voluntad. Me dejé llevar, no tenía nada mejor que hacer en un par de horas. Reinicié la conversación:

– Hola, me llamo Mario. Vengo por temas de trabajo — le tendí la mano—. Soy abogado.

– Yo soy Elena — estrechándole la mano y besándole en las mejillas—. Te hechizaría mi ciudad, está llena de encanto — pensativa—. Lo siento, me has dicho que venías por trabajo. Me aburro. ¿Has desayunado? Si te apetece podemos hacerlo juntos. Aquí, en la judería, dan unos almuerzos magníficos. El desayuno debería ser la comida mejor del día pero, ya se sabe cómo somos, todas las comidas son buenas, nos da igual la hora. Pensaras que estoy loca. Venga vamos, no te arrepentirás.

Con irresponsabilidad acepté sin rechistar. El almuerzo fue soberbio, ambos tomamos lo mismo; disfrutamos de cada bocado. Nos sirvieron un café aromatizado con cardamomo y canela en pequeñas tazas estilo turco, briwat de miel y almendras y baklavas de nueces y pistachos. El aroma especiado, la miel y los frutos secos cincelaron el ambiente volviéndolo exótico. El instinto se entretejió entre uno y otro.

Hablamos de cosas intrascendentes y divertidas. Hacía tiempo que no me reía como lo estaba haciendo con aquella extraña. Elena me recordaba a mi esposa cuando era joven; fue como volver a estar con ella. El pelo corto y oscuro; la cara inocente; talante rebelde, insolente; aquel lunar en la mejilla; sus ropas desenfadadas, dejando entrever una figura recia, exultante y provocadora. La añoranza me hizo pensar, por un momento, que ella había bajado un ratito para charlar conmigo desde su imposible regreso. Era la misma persona con un toque salvaje, alocado y frívolo.

Terminamos y me despedí. Mi cita por asuntos laborales era a las doce. Quedamos para comer juntos en aquel mismo lugar “La Posada de la Princesa Galiana”.

La mañana se me hizo eterna. Estaba impaciente, inquieto. Ansiaba que llegaran las tres y a su vez me ahogaba el miedo ¿Dónde me estaba metiendo? Nadie se arrima sin un motivo a alguien desconocido y bastante maduro. Tal vez trataba de timarme. Algo tenía que perseguir o tan solo era una joven aburrida ¡Los tiempos habían cambiado tanto!

Cuando llegué a la posada recorrí ansioso todo el comedor localizándola en breve. Mi corazón se aceleraba por momentos como si intentara garantizar que aún seguía vivo. Me dirigí directo a ella.

– Hola Elena, ¿Comemos?—hice una pausa—. Me gustaría qué me dijeras que pretendes. Mejor no me lo digas, prefiero ignorarlo pero te aseguro que no soy presa fácil. Haremos como si nos conociéramos de toda la vida.

– Sólo quiero que me saques de aquí en tu coche—agachando la mirada—. No temas, no pretendo nada, sólo irme lo más lejos posible. Si lo prefieres nos podemos marchar, no tengo demasiada hambre— con ironía—. He desayunado muy bien.

Sus ojos desprendieron un brillo febril. Era una locura pero me pareció sincera. Tomé su pequeña y esbelta mano en la mía y la sugerí con un ademán que adelante. Yo tampoco tenía hambre.

Recorrimos las calles despacio hasta mi coche aparcado en una callejuela inhóspita. En el vehículo abrazó mi cuello y me besó con una pasión violenta. Le desabroché los botones de su blusa y la acaricié. Ella se subió a horcajadas sobre mí y continuo besándome mientras sus manos aflojaban mi corbata y también desabrochaba mi camisa y mis pantalones. Un deseo especiado como el desayuno usurpó los cuerpos y…

Yo, un hombre tradicional, que deploraba las conductas desenfrenadas de la juventud, estaba allí como un adolescente lascivo. Con mis cincuenta años arrastré todos mis principios. Cuando ya mitigamos la exaltación y recobramos la compostura, no olvidaré sus palabras:

– Mario, olvida todo lo que aquí ha pasado. Esto ha sido un choque de sentimientos, una descarga de adrenalina por parte de ambos—con voz trémula—. Tú necesitabas sentir y yo, eufórica por algo que no tenía que haber hecho, cerciorarme de que aún quedan buenas personas. Eres excepcional, me hubiera gustado conocerte más pero es imposible. Sentí tu soledad y conocí a tu esposa. Sé que por un momento has revivido algún fragmento de tu existencia con ella. He poseído en mi joven pero duro recorrido un pedacito de tu felicidad. Soy un ser infame, maltratado y cansado. Me has dado alientos y esperanza. Tal vez algún día yo también tenga mi alma en paz. Te estaré agradecida toda la eternidad. Arranca y marchémonos.

Tras unos doscientos kilómetros sin apenas hablar, la dejé donde ella me indicó, en una estación de tren de un pequeño pueblo. Tras un profundo beso en aquellos labios ardientes, sin volver la cabeza, se bajó y desapareció en las entrañas de aquel apeadero.

Cuando llegué a mi casa, exhausto, me tumbé en la cama. Miré el retrato de mi esposa y lo besé. Sentí que ella guio los pasos de Elena para sosegar en mí el desaliento y la soledad. Y así me quede profundamente dormido.

Al día siguiente, como habitualmente, salí a comprar el periódico. En primera página, en el ángulo inferior izquierdo, había una noticia que llamó mi atención y me dejó petrificado:

“Ayer en “La Posada de La Princesa Galiana” fue encontrado muerto, con un fuerte traumatismo cráneo-encefálico Don Juan Jabalón, conocido y acaudalado ganadero. La autora del crimen se cree que puede ser su hijastra Elena Moreno de la que no se ha encontrado pista. Le acompañaba la noche anterior cuando ocuparon una habitación en dicha posada. Se especula que el móvil del crimen ha podido ser los supuestos abusos del ganadero a la joven. Ésta accedía a dichos abusos ante las amenazas de abandono y desahucio por el delicado estado de salud de su progenitora. Don Juan costeaba un tratamiento muy caro en Houston para su esposa y madre de Elena.”

Elena, mujer de raza, determinó acabar con su mayor problema y dejar a su madre en la mejor de las situaciones: heredera única de una gran fortuna después de años de sufrimientos e iniquidades. Me fijé en el nombre de la posada, describía su persona y semblante, su intuición. La Princesa Galiana con nombre de miel, altiva, de gran linaje, fuerte y visceral.

Hay una tetería donde resido que tienen café con cardamomo y canela y baklavas. Me he hecho habitual del local. Al llevarme a la boca dichas delicias suelo cerrar los ojos y la contemplo a mi lado. Esos aromas la acompañarán siempre y serán su esencia. Me complacería volverla a ver y tender mi mano como aquel día, en aquella posada y en aquella histórica ciudad.

Me puse en contacto con la policía. Hasta el día de hoy no he vuelto a saber de ella. Suelo estar pendiente de las últimas noticias y sucesos. No pierdo la esperanza de un día saber de ella. Siempre hay alguien en peores circunstancias que uno mismos y siempre hay un motivo para seguir viviendo.

LA NOCHE DE LAS ÁNIMAS

Edana

“Dos cosas me llenan de horror: el verdugo que hay en mí y el hacha que hay sobre mi cabeza” Stig Dagerman

Las ánimas, en esta noche, cruzan el umbral y se pasean por la tierra; no todas son buenas, algunas son almas en pena y otras malvadas. Es la víspera de todos los santos y los aledaños entre vivos y muertos se vuelven inciertos. También se la llama la Noche de Brujas: reuniones, adivinación, sacrificios y rituales.

Una mujer de cabellos ardientes y ojos esmeraldinos regresa del bosque con una cesta de plantas. Edana prepara lo necesario para invocar a los espíritus. Galena, su cuñada, la ha intentado convencer para que no lo haga; es temerario hablar con las ánimas, pero a pesar de su insistencia, continua en su empeño. Edana echa mucho de menos a Arlen y se siente en la obligación de descubrir el misterio de su muerte.

Para Edana todo se confabula en esta noche. Arlen apareció acuchillado junto al cadáver de un desconocido en el mismo día pero hacía ya varias cosechas. Ella precisa saber quien de la aldea manipuló los hilos para matarle. Sabe que su muerte no fue fortuita. Arlen sería el próximo jefe, descendiente de druidas, algo que suscitaba envidias.

Edana hace un círculo de sal alrededor de la hoguera para protegerse y se sienta dentro de dicho círculo. Esparce unas ramas de sándalo y unas cortezas de sauce sobre el fuego. Un aroma penetrante impregna el habitáculo y se invade en unos instantes de una neblina espesa. Comienza en un susurro con las palabras de la invocación sobre un cuenco de agua con siete hojas de ruda. Coge un cuchillo que tiene al lado y se hace un corte en la palma de la mano. La sangre comienza a gotear y ella deja caer dicho fluido sobre el cuenco de agua y ruda.

Durante unos minutos no ocurre nada, sólo se percibe el fuego y la niebla. Las llamas toman un color azulado espectral y después de unos segundos alguien está sentado frente a ella, fuera del círculo. Aquel rostro de facciones marcadas y pelo encrespado lo reconocería en cualquier circunstancia, es Arlen, una dulce sonrisa aparece en los labios del espíritu.

– Buenas noches mi amor— las lágrimas resbalan por la mejilla de Edana—. No estaba muy segura de si podría contactar contigo pero estás aquí.
– No has debido hacerlo. El peligro sigue acechando y no estás segura. He venido a prevenirte—vuelve a sonreírla— yo también te echo de menos mi pequeña dríade.
– ¿Quién te hizo esto? El cadáver que se halló a tu lado era de un individuo de otro clan.
– Daría mi alma por volver a rozar tus labios. La plata que ocultaba el asesino en su camisa era de nuestra aldea. Le costó caro el trato.

El fuego cambia de color y se vuelve sanguíneo. La figura de Arlen se difumina hasta desaparecer. Algo metálico cae al lado de Edana, lo mira, es un trisquel, amuleto reservado sólo para los druidas. Otra figura aparece frente a ella pero ya no es su amado. Un viento fuerte, que en apariencia sale del fuego, sacude el círculo de sal rompiéndolo tras ella. El cuenco de agua con la ruda y la sangre se vuelca. Recuerda aquel rostro, es el del cadáver que apareció junto a Arlen. El malvado cruza el círculo de sal y Edana se sorprende. El espíritu, con ominosa mirada, se sitúa frente a ella, estira los brazos y el cuchillo vuela hasta una de sus manos. Se dispone a clavarlo en la aterrada Edana. Ella agarra con fuerza el trisquel y pone su brazo en posición de protección sobre su frente. Una luz brillante y blanca se irradia y envuelve a la malvada ánima, absorbiéndola.

Edana no entiende muy bien lo ocurrido pero posa la mano con el amuleto sobre su pecho. El fuego vuelve a ser azulado y otra vez aparece Arlen.

– Te quiero y siempre estaré a tu lado mi pequeña dríade. Al amanecer junto a las antiguas ruinas, donde crece el romero, antes de que salga el sol, descubrirás de quien proviene la plata. Me tengo que marchar y tú más vale que concluyas el hechizo— con expresión apacible posa su mano en los labios, da un sonoro beso, abre la palma de la mano y sopla aquel tierno arrumaco.

Una dulce brisa alborota el largo cabello de Edana. Siente un ligero roce en su rostro. La imagen de él se va difuminando hasta desaparecer. Toma un puñado de sal y lo esparce sobre las llamas hasta casi extinguirlas. La noche de nostalgia y rabia pasa en desvelo. Cuando está amaneciendo se pone su chal y coge su cesta de recolectar hierbas, se dirige hacia las ruinas. Asombrada encuentra allí a Galena, su cuñada.

– ¡Tú pagaste para matar a Arlen!—su expresión es de asombro e ira, a la vez.

Galena de espaldas, al oírla, se vuelve y la mira turbada. ¿Cómo sabe que ella pagó a un miembro de su antiguo clan para matarle? Había intentado siempre disimular su odio hacia ambos. Su marido era el segundo hermano de Arlen, más fuerte y capaz para ser jefe de la aldea. Ese estúpido amor que se profesaban era insoportable. El cuerpo enjuto y fibroso de Arlen siempre levantando en brazos a Edana la daba asco. Le llevó mucho tiempo decidirse a llevar a cabo la emboscada y encontrar el momento adecuado y, ahora, esa estúpida con sus hechizos lo había descubierto todo.

Una tormenta se desata de pronto y una profunda oscuridad vuelve a cubrir la tierra. Galena coge el corvillo con el que corta el romero y se dirige a Edana. Nadie anda por las ruinas a esas horas, acabará con ella y no tendrá que soportar más sus lloros. En el preciso instante en el que empuña el corvillo con el brazo en alto, un rayo serpentino cae sobre ella. Segundos después estalla el ruidoso trueno y la lluvia comienza a caer con fuerza.

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Ilustración de Ana Castelbón

Edana sigue paralizada en el mismo sitio donde pronunció sus recriminatorias palabras. En pocos minutos el agua la cala hasta los huesos, su cobrizo pelo chorrea entremezclándose las gotas de agua con las lágrimas de indignación. La tenía por una buena amiga además de su cuñada. Con indiferencia, se da la vuelta y con su mano cerrada sobre el pecho se dirige a la cabaña. El cuerpo de Galena reposa sobre el romero, extinto.

Las ánimas no perdonan. Si imploras en la víspera de todos los santos justicia, ellas te la proveyeran a cambio de un alma. Desde esta noche, el alma de Galena acompaña al séquito de las ánimas.

NOCTÁMBULO

Frente al abismo

“Peregrino de todos los mares; marinero de todos los puertos; noctámbulo de todas las noches…Decidí sucumbir para siempre.” Francisco Tario

Todos tenemos un lado oscuro, un impulso destructor por miedo o supervivencia. Los siglos me enseñaron que hasta la más cándida de las almas puede enmascarar la faz de la muerte. Sí, el tiempo me ha enseñado eso y otras muchas cosas que me han amarrado a este mundo. Mi nombre es Vlad.

Intento pasar desapercibido pero mis ojos llaman la atención, nací con heterocromía. Uno de mis ojos es añil y el otro castaño. Pocas veces expongo la mirada, siempre observo tras mis largos y negros cabellos o bajo la capucha de una cazadora. Si alguien consigue percatarse procuro alejarme, me intimida, como si pudieran descubrir alguno de mis sombríos secretos.

Llevo varios años habitando en un edificio en ruinas en medio de la ciudad, un antiguo teatro. Nadie se acerca por aquí, la gente habla de extrañas voces; que es un lugar donde habita un espíritu siniestro que se alimenta de almas. Pocos traspasan los límites y menos aun se sumergen en sus escombros. Yo creé el rumor que se dispersó como las plumas por el viento. Vivo bajo el escenario, en el foso, desciendo a través de una trampilla que en la jerga teatral la llaman escotillón. No necesito mucho espacio, me gusta la penumbra y la soledad.

Subsisto con mis recuerdos. La añoro aunque, hace tanto tiempo que la perdí, que todos los días intento evocar cada fracción de su rostro para no olvidarla. Jamás he querido volver a amar para evitar el dolor de la pérdida, todavía la lloro. Como dicen en la película “Drácula” de Coppola: He cruzado océanos de tiempo para encontrarte. Anhelo ese instante, cuando nuestros destinos se vuelvan a encontrar.

Mientras tanto, me sumerjo en el mundo de la noche entre chaperos, prostitutas, chulos, camellos, drogadictos y gentes del mal vivir. Me alivia ver que hay más seres atroces como yo. Cada noche recorro el barrio de La Luna. Todo se confabula en sus calles y, por supuesto, yo también. Ciertos rostros me son familiares pero otros muchos cambian cada vigilia. Busco en aquellos desconocidos la presa perfecta. Los que ya me conocen se alejan, saben que mi semblante inocente solo es un reclamo.

Al pasar por uno de los callejones percibo golpes y gritos. Observo a distancia de qué se trata. Un chulo golpea con saña a una joven de cabellos rojos. El olor a sangre llega a mis fosas nasales, inspiro con ansia. Con paso lento me voy infiltrando en la penumbra. El hombre de cabello engominado, chaqueta roja y zapatos de puntera detiene el brazo en el aire al sentir mi presencia. La joven está sentada en el suelo, solloza y se seca la sangre que cubre su cara con la manga de la camisa de encaje. La falda es tan corta que sus largas piernas se exponen dejando entrever que no lleva ropa interior. Parte de sus pechos turgentes se exhiben apretados por un corpiño de cuero sobre la camisa blanca salpicada de manchas rojas.

El Chulo sonríe deslumbrando la oscuridad con su dentadura y saca del bolsillo de la chaqueta una navaja de mariposa con la que empieza a jugar para amedrentarme. Cuando estoy a dos o tres pasos del sujeto éste se arranca. Bloqueo el brazo armado y le agarro el cuello. Le levanto y queda suspendido en el aire, rozando el suelo con las punteras de los zapatos. Su rostro comienza a congestionarse y tras un minuto le lanzo contra la pared. Cae inconsciente sobre unos cajones y percibo como le abandona la vida.

Miro a la joven que, asustada, comienza a arrastrarse hacia la pared en un intento de huida. Mis ojos le han sobrecogido más que su proxeneta, sé que en la penumbra mi mirada desata terror. Me acerco a ella y la tiendo la mano, hace una maniobra extraña, ha cogido un objeto del suelo. La vuelvo a hacer un ademán para que se levante del suelo. Con un movimiento rápido me asesta una puñalada, noto la punzada aguda en mi estómago. Me ha clavado la navaja de mariposa de su maltratador. Apretó su muñeca y la acerco hacia mí más, mientras no deja de hundir la navaja. Ve que mis fuerzas no flaquean e intenta con desesperación zafarse.

Aferro su pequeña cara, la susurro al oído que sólo pretendía ahorrarla unos cuantos golpes. Aproximo mi boca a la suya y la beso con suavidad, sin soltarla. Rozo mi rostro por sus cabellos, sorprendentemente huele a jabón de almendras. Un olor que me trae acariciados recuerdos. Por unos segundos mi mente se evade a otra época en la que no era el que hoy soy. Un grito ahogado me devuelve a la realidad y retorno a besarla. Su expresión de pánico se va acentuando hasta que clavo mis colmillos en su cuello, con cada sorbo se apagan los latidos, hasta que reposa sin vida sobre mis brazos.

El miedo y la supervivencia volvieron a mostrar el rostro del asesino. Aquella frágil mujer no dudo en robarme el aliento. Lástima que dicho aliento fue despojado hace dos siglos bajo un lúgubre puente, mientras lloraba la perdida de Nina. Lamenté y seguiré lamentando su ausencia mientras condeno mi alma. Yo soy el auténtico criminal, que no tiene miedo y expone su cuerpo para que se le arrebaten en un intento desesperado de bajar a los infiernos. En mis inicios maté sin cordura, inyectado de odio, incluso a mi creador, soy el noctambulo que camina por barrios sombríos, ávido de sangre.

Noctámbulo

Miro el cuerpo inerte y escucho la voz que llevo dentro: Te equivocaste nena, lo siento.

Coloco a la joven al lado de su chulo. Entrelazo sus manos y cruzo las piernas de la mujer en un intento de pudicia para su última escena, la imagen de ambos es cariñosamente apocalíptica.

Tranquilo me doy la vuelta, me seco la boca con un pañuelo y abandono el callejón. Vuelvo a mis ruinas, la herida mortal que me ha asestado tardará unos días en curar. Duele y cada paso es una punzada hacía mi abismo. No es cierto que sea frío y desarmado, la conciencia me atormenta en muchos instantes. Yo no escogí ser lo que soy, me impusieron el castigo sin pedirme permiso. Vivo en un teatro en ruinas donde cada día estreno una nueva función tétrica. Dicen por ahí, que me alimento de almas.

LA HORA DEL LEVIATÁN

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Foto de Toledo de Jesús Mª García Flores

 

El cielo envía un mensaje siniestro. Los rojos, anaranjados y grises encapotan la ciudad. El agua del río se va cubriendo de negro salpicado de destellos, los ojos del leviatán acechan.  Desde una resguardada esquina de unos viejos muros contempla cómo el viento somete y tortura a los arboles. Está irritada. Eso es lo que tienen las vetustas hechiceras, reconocen los cómplices cambios climáticos del caos.

Samuel se retrasa. Las órdenes son precisas. Se apropiará de la vasija sefardita de Azarquiel, del puñal sarraceno de Al- Mamún y del cáliz del cardenal arzobispo de Toledo don Bernardo de Sandoval y Rojas. Estos objetos están custodiados en el mismo lugar. Serán devueltos tras el ritual. Se puede acceder a ellos desde tiempo inmemorable por un subterráneo oculto tras un muro de piedra. Dicho muro gira por un mecanismo de contrapesos al introducir una herrumbrosa llave hueca.

Esta nerviosa. No deja de dar vueltas a las monedas de plata de Emperador Valerio, las que la abuela le regaló el día de su iniciación. Tiene que llegar antes de las siete, es la hora indicada.  La hora del leviatán que representa las fuerzas preexistentes del caos.

Una figura corpulenta y enorme se acerca. Su cabello largo se bate con el céfiro despejándole su rostro.  Aquel rostro ovalado, de nariz afilada, ojos azules hielo y barba lampiña; las patillas anchas como de bandolero, para dar rudeza a su cándido semblante; de sus grandes manos cuelga una mochila y un fardel.

Le coge del borde de la chaqueta y corren hacia el centro del puente. En ese punto esta el símbolo alquímico del azufre. Coloca el cáliz sobre el símbolo. Derrama el aceite sagrado aromatizado con mirra, cinamomo, casia y caña aromática depositándolo en la vasija sefardita. Con el puñal se inflige un corte en la palma de la mano y deja caer unas gotas también sobre el cáliz. Saca de la cartera la bolsa de hierbas y las esparce sobre la mezcla. Samuel sujeta el cáliz.

Invocación

El viento sobre el cuerpo de la mujer cada vez es más intenso. Alza los brazos y recita las palabras que le había enseñado la abuela:  Sancte Míchaël Archángele,  defénde nos in praelio, contra nequítiam et diábolo esto praesídium.

Vuelca el cáliz sobre el agua del rió. El viento cesa y la noche envuelve la urbe despejándo el cielo y mostrando miles de estrellas. Se abraza fuerte a Samuel y él la agarra del pelo dejando sus labios de frente. La besa. Todo aquello despierta en ellos un instinto violento, imparable. Aún queda mucho que hacer en la noche pero habrá tiempo para todo. Los subterráneos esconden muchos secretos y pasiones.

Cada cien años, en el momento preciso, se realiza este conjuro para protección de la tierra. Ya no volverá a invocarlo. Lo legará a sus descendientes con determinadas instrucciones.

Soy Marta, la heredera de una estirpe de vetustas hechiceras. Algún día contaré mi historia.