De Panes y Dragones

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“Le di mis noches y mi pan, mi angustia, mi risa, a cambio de sus besos y su prisa.”  Joaquín Sabina

Los domingos de otoño por la mañana me deleitan. Me levanto tarde pues Candelas y yo aprovechamos para charlar un buen rato, sin prisas y calentitos bajo la manta. Preparamos un buen desayuno con café y tostadas, el ambiente se impregna de olor a caramelo amargo y tostado. Después nos disponemos a dar un paseo, compramos el pan y el periódico. El sol nos regala un suave calor que reconforta el cuerpo ante el vientecillo gélido que llega de las montañas. Nos llevamos algo de fruta para paliar el hambre de la caminata, hoy ha tocado una banana, dulce y poco madura, como nos gustan.

La dependienta de la tahona, cuanto nos ve cruzar la puerta, nos prepara el periódico. Yo inspiro con fuerza percibiendo ese aroma a horneado de cereales fermentados, a pueblo, a leña, a hogar. También me prepara una hogaza de pan de un color dorado y crujiente. Mis ojos también se deslizan por es escaparate acristalado lleno de pasteles y bollería. En ese instante entra el panadero con una gran bandeja de “nochebuenos” recién hechos, percibo una sutil esencia a anís. No me resisto y compramos uno para amenizar los postres.

Salimos de la tahona como si hubiéramos hecho una obra de caridad, satisfechos. Continuamos el paseo con el periódico bajo el brazo, una bolsa de papel con el pan y el bollo en la mano derecha y la mano izquierda abrazando a Candelas por los hombros. Al atravesar el callejón un viento gélido nos hace arrebujarnos en los abrigos.

Salimos de la calleja y veo como una enorme mole de pelos viene hacia nosotros desatalentado. Candelas se queda paralizada, creo que se va a abalanzar sobre nosotros. Me coloco delante de ella para protegerla. Y ante mi desconcierto, me arranca de un bocado la bolsa de papel y sale despavorido hacia un descampado. En pocos minutos desaparece. Algunos transeúntes nos miran. No se atreven a decir nada, como si pensaran que al dirigirse a nosotros volviera la tremebunda fiera y también los atacará.

Sin mediar palabra nos sentamos en un banco de madera mientras recobramos el resuello. Y de pronto nos miramos y comenzamos a reírnos a carcajadas. Después saca los plátanos, me ofrece uno y comienza a comérselo, relamiéndose y humedeciendo sus labios. Tras unos minutos Candelas me coge la cara entre sus manos y me da un despampanante, aplatanado y harinoso beso.

  • Mi San Jorge me salvo del dragón—sigue sonriendo.

Me fascina la sonrisa de Candelas, me seduce. Volvemos a la tahona, pero la dependienta nos dice que los “nochebuenos” se han acabado, son vistos y no vistos, como se suele decir por aquí. Tampoco le queda pan de hogaza, así pues, un par de barras suplirán el desatino.

El viento arrecia y unos nubarrones oscuros comienzan a esconder el sol, huele a tierra mojada. Aceleramos el paso a casa. Candelas se para en seco tras unos matorrales y, como una adolescente, me agarra del trasero y me vuelve a besar con ternura. Me susurra al oído mordiéndome la oreja:

  • Vamos a casa, encenderemos la chimenea y a ver qué podemos hacer para endulzarnos la mañana—Me pellizca el culo y sale corriendo tirando de mi mano, sin parar de reír.

No sé si soy San Jorge o el dragón, me arden las entrañas. Me adelanto a ella y ahora soy yo el que tiene prisa por llegar. Yo también sonrío y le digo en voz alta:

  • ¡El fuego está encendido y arde, mi dama!
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Nutrición y Vida Sana

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He creado este menú para ir poniendo diferentes post sobre nutrición y mi experiencia. Llevo cuatro meses cuidando mi salud, he perdido bastante peso, me siento mucho mejor. No olvidemos que la autoestima sube cuando nos mejoramos el estado físico.
Muchos dicen que Herbalife es una secta; el Doctor JULIÁN ÁLVAREZ, MÉDICO ESPECIALIZADO EN MEDICINA, NUTRICIÓN Y FISIOLOGÍA DEPORTIVA, dice que Herbalife es casi una religión porque tiene una filosofía y unas creencias que te hacen sentirte bien. El propósito es cuidarnos y ser felices siendo dueño de nuestra nutrición que es el principal condicionante de la salud. Así pues, os animo a cuidaros

 

Borboletas

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“En qué profundidades distantes, en qué cielos ardió el fuego de tus ojos” William Blake

Sentada en un banco del parque miré al cielo y respiré profundo. Sentí en mi rostro una ligera brisa y un sutil calor de un sol timorato. Acababa de comenzar un otoño de temperaturas dulces. Recordé a mi abuelo que por largo tiempo vivió en Portugal: deja que las borboletas se acerquen a ti, siempre serán un buen presagio, una señal. Una mariposa de grandes alas revoloteaba a mi alrededor. Y siempre que las veía lo que me presagiaban era su presencia y protección, la del abuelo. Como si algo afable se acercara empujado por él.

Un golpe metálico me hizo despertar de mis pensamientos y girar la cabeza. En el banco junto al olivo centenario se le había caído una cantimplora de aluminio a un individuo desgreñado y barbudo. Miraba el objeto en cuestión que se había abollado al golpearse con una gran roca rodeada de brezo.  El desconocido abrió sus brazos con resignación y vació la cantimplora, la guardó en una pesada mochila llena de insignias bordadas y un pañuelo atado al asa.

El extraño se volvió a sentar en el banco y sacó un libro. Leyó concentrado, como si no hubiera nadie en el parque, como si no existiera nada. Me llamó la curiosidad ¿Cuál sería el título de aquel ejemplar?

El cabello de él, negro azabache colgaba por ambos lados de la cabeza y delante de los hombros. Las barbas eran extremadamente profusas pero muy bien recortadas bajo la barbilla. Me percaté de que su ropa, vaquera, a pesar de parecer muy deteriorada estaba muy blanca en su desgaste. Las deportivas rojas que llevaba, en contra, parecía recién estrenadas. Al sujetar el libro dejó ver un montón de pulseras de cuero y de una de ellas colgaba un anillo de plata labrada.

El libro parecía también como si le hubieran leído millares de veces, los bordes estaban ajados. Era de pastas duras con canto de cuero, un ejemplar antiguo. Seguí observando y fue cuando me percaté de que tras el banco había un perro dormitando. Seguí contemplándole con descaro hasta casi perder la noción del tiempo.

Una nube cubrió los rayos del sol y el extraño avistó el cielo. Cerró el libro y me miró. Una leve sonrisa asomó a la comisura de sus labios. Vi unos ojos cristalinos como el mismo cielo. Me sonrojé y cogí el bolso para disimular mi descaro. De reojo observé como se levantaba, cogía la mochila y llamaba al perro ¡Lobo, hora de marchar! Me puse nerviosa al acercarse a mí.

Me saludó afablemente y volví a cruzarme con aquellos ojos nítidos y las borboletas batieron las alas en mi estómago. Tendió sus brazos dejando al descubierto un tatuaje de un pequeño atrapasueños y me ofreció el libro entre unas manos curtidas y enjutas.

  • ¡Buenas tardes! Para usted—con voz tenue y cascada
  • ¡Hola! Perdone mi descaro, no quería importunarle—tartamudee.
  • No me ha molestado. Tengo por costumbre hacer un regalo a todo aquel que me mira con pensamientos amables, que se reflejan en la expresión de su cara.
  • No, no tiene ninguna obligación.
  • No es obligación, es agradecimiento.

Dejó el libro junto a mí en el banco y continuo su camino, Lobo le siguió pegado a sus largas piernas. De pronto se giró y volvió a tomar la palabra.

  • Nunca deje de pensar que las borboletas la protegen y avisan de buenos augurios.

Me quedé con la boca entreabierta, sin mediar palabra mientras veía perderse una figura alta entre el boscaje del parque. No sé el tiempo que transcurrió hasta que cogí el libro, supongo que un par de minutos. Las nubes se despejaron y volvieron a rozar los rayos del sol mi rostro. Seguía intrigada por la situación, por el desconocido, por el libro. En la portada un rostro de mujer y con letras de trazo delicado un título “Jane Eyre”. En la primera página una dedicatoria y una fecha:

4 de marzo de 1989

Para ver el mundo en un grano de arena

y el cielo en una flor silvestre

abarca el infinito en la palma de tu mano

y la eternidad en una hora.

                                William Blake

Te amo Freddie. 

Me levanté y salí corriendo, buscando entre los árboles una figura con un perro, en una carrera delirante. No lograba encontrar su sombra, miré hacia todos lados y seguí corriendo. Miré y miré hasta que oí un ladrido cercano, y al escucharlo me serené. Giré hacia el lugar de donde llegaba y volví posar mis ojos sobre los suyos.

¿Quería regresar aquel libro a quien pensaba su propietario o volver a sentir el misterio de los ojos de aquel extraño?

EL JABÓN DE LA ABUELA

El jabón de la abuela

“No existe la felicidad. A lo largo de la vida hay briznas de dicha que se deshacen como jabón.” Miguel Delibes.

Allá por 1613, en una humilde morada con dos habitaciones, María, La Hechicera, anda aquella mañana distraída e inquieta. La abuela vaticinó el encuentro de ella con aquel al que llamaba el guardián. Poco sabía de tal caballero, tan sólo que sería parte importante de su vida. A ambos les uniría el corazón y una misión que saldría a la luz en el futuro.

María agachada sobre el puchero en la lumbre, da vueltas a una solución viscosa y blanquecina.  Su falda de paño arremangada y sujeta a ambos lados de la cintura. Los pies descalzos como la mayoría de las veces.  Unas gotas de humedad resbalan por su frente y son restañadas por el dorso de su mano. El continuo movimiento y el calor del fuego hacen la tarea sofocante. Parte del corpiño y la blusa desabrochados, dejando entrever sus turgentes senos; está sola, no hay porque tener decoro.

Cuando algo la inquieta siempre se pone a hacer jabón como lo hacía la abuela.  Aquel ritual la une a ella.  Es uno de esos recuerdos de la niñez que no se olvidan, acompañados de aromas concretos.  Como si siguieran haciendo ambas dicha tarea, juntas, a pesar de que habían pasado unos años desde su desaparición. La serenaba en momentos de incertidumbre y aquel era uno de esos instantes. Cuando el día antes echó la suerte de habas al caballero, por intuición o revelación ancestral, supo que él era el guardián.

La noche del día de ayer, cuando conoció a Miguel y después de que se marchara, cogió agua de lluvia y la mezcló con las cenizas de hojas de laurel que guardaba en un cuenco de madera.   Una vez obtenida la mezcla, la dejó reposar toda la noche. A la hora del Ángelus, cuando las campanas de la catedral tañían, María echó una patata en la mezcla de agua y ceniza; la patata flotó hasta la mitad indicando que ya estaba lista para su utilización, tenía la concentración adecuada; tamizó la mezcla con un paño, despacio, pues era corrosiva. La abuela llamaba a dicha mezcla al-qaly que era lo mismo que ceniza en árabe. Cogió de uno de los estantes un cántaro con az-zait o jugo de aceituna como ella también siempre decía. Sacó la misma proporción de la disolución de agua y ceniza, aceite y mezcló ambas en el puchero. Sin dejar de remover, la disolución adquirió una textura cremosa. Una vez hecha toda la mixtura, depositó el puchero en la lumbre.

En esas andaba, con cada vuelta en el puchero con la cuchara de madera un pensamiento, una inquietud, un pálpito. Ansiaba descubrir todo sobre él. Miguel era el guardián. Fornido, de ojos sagaces, cabellos largos y ensortijados que invitaban a enredarse en ellos. Pero lo que le atraía eran sus manos grandes y huesudas; tuvo ganas de acariciar aquella profunda cicatriz en su mano derecha, en forma de media luna. Hasta ayer no se conocían de nada pero sintió un amarre inexplicable que les ataría.  Siempre su sexto sentido la advertía de quien desconfiar a primera vista y en quien fiarse al primer respiro. Sabía que podía encomendarse a él. El amarre le percibió tal y como Inés se lo reveló hace ya demasiado tiempo.

Retiró el puchero del fuego con dos paños y lo colocó en la mesa sobre una tabla para poner los cacharros calientes. Se acercó al tarro donde guardaba las flores de espliego y tomó un puñado que esparció sobre la mixtura removiéndola. El aroma que se desprendió inundó la estancia. Se quedó quieta, absorbiendo dicho aroma con una profunda inspiración, no pudo evitarlo y en un susurro pronuncio unas palabras:

  • Hola abuela. Protégeme siempre y no me abandones—con ojos vidriosos—. ¡Te echo tanto de menos! Contigo nunca había incertidumbres ni miedos.

Se acercó a un lado de la lumbre donde reposaba un cajón de madera desgastado. Sobre aquel cajón echó la mixtura. Ya sólo quedaba dejarlo reposar hasta que el jabón estuviera duro y dispuesto para cortar. Ella también se bañaba con aquellos pedazos de jabón desde la infancia, igual que la abuela.

Inés, la hechicera, de la que heredó su apodo, decía que el jabón de lavanda protegía de los insectos, eliminaba tensiones y limpiaba la piel de granos, realces y quemaduras. También decía que su aroma producía en el hombre una sensación de euforia, de placidez.

En un día de lluvia de 1601, la abuela Inés fue detenida por la Santa Inquisición acusada de envenenamiento y hechicería. Jamás volvió a verla. En su humilde posición social era inteligente, avanzada para su época, un libro de sabiduría atávica. María nunca llegaría a ser como ella aunque lo intentaba. Sentía una admiración profunda hacia aquella mujer menuda, de ojos astutos y piel ebúrnea.

Dejó de deambular con la mente y se metió en el cuarto que servía de dormitorio. Echó agua en el barreño de madera, cogió un pequeño paño y un trozo de jabón usado. Terminó de desabrocharse el corpiño, dejó caer la falda y se quitó la camisa que la cubría todo el cuerpo. Ya desnuda y en el barreño, mojó el paño y lo frotó en el jabón. Estaba sudada y necesitaba cubrir cada centímetro de su piel de aroma a espliego. Empezó por los brazos y luego por el torso, deleitándose en los senos que se erizaron. Continuó por las piernas para terminar en su sexo. Salió del barreño y cubrió su nívea piel con un gran paño. Se sentía mejor, más serena, como Inés señalaba, el espliego alejaba el desasosiego.

Miguel había despertado en ella una exaltación que no se explicaba, nadie hasta ahora lo había hecho. Ansiaba el instante de volverle a ver. Había lucubrado miles de veces con la imagen del guardián, ahora conocía su rostro y no la había decepcionado. Sus corazones efectivamente estaban unidos, él lo ignorara aunque estaba segura que su alma también partió inquieta tras conocerla. Eran los guardianes, el momento de las respuestas se acercaba. Estaba contenta pero inquieta ante las esperadas lunas.

Frases Lapidarias

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“La felicidad también consiste en lo que dejas ir, por tu propio bien” Coco Chanel

El viento acariciaba su rostro en el cañón que angostaba el rio. Sobre la roca, sentada, revisaba los últimos meses, las últimas palabras. Guardaría para siempre sus caricias, sus besos, sus detalles. Ella tuvo el coraje de seguir la intuición y su corazón. No fue nada fácil tomar la decisión de abandonar el barco, pero mejor irse que hundirse con él.

Hay frases lapidarias, de esas que cierran los corazones. Supo que las últimas palabras que le dijo fueron tajantes. Le señaló, mirándole a los ojos, que quería que estuviera en su casa como si fuera la suya. Su silencio, por aquel entonces, fue su contestación; y es que hay silencios que expresan más que la voz. Días más tarde supo su respuesta “no estoy a gusto en mi casa, lo voy a estar en la tuya”. Y sus palabras también fueron lapidarias. Ella confirmó que él jamás formaría parte de su hogar, de su vida. Fue también la última vez que él pisó el suelo de su humilde morada. Nunca tuvo la intención de quedarse. Así pues, ella antes que él terminó con la relación.

Comenzaría pronto el otoño. Todo fue un amor pasajero, un coqueteo. Ella se ilusionó en que él podría llegar a ser su alma gemela, su pareja definitiva. Mañana, de regreso a la ciudad, todo seguiría igual en su nuevo horizonte. Todo menos ella. Aprendió, como se aprende de toda experiencia y más con la que tiene un principio y un final. Hay amores eternos que solo duran un verano.

Calima

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Pinturas hiperrealistas de mujeres bajo el agua por Reisha Perlmutter

“No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados” Eduardo Galeno

Hacía un calor horrible, las cuatro de la madrugada y no había bajado de treinta grados el termómetro. Me fui al frigorífico y me bebí de un tirón una botella de agua de medio litro, dejé caer parte sobre mi camiseta. Me asomé por la ventana de la cocina que precisamente daba al patio y a la piscina. Todo estaba a oscuras hasta que noté movimiento por el lado izquierdo, alguien se aproximaba a la valla que cercaba la piscina. Instintivamente y con rapidez apagué la luz de la cocina y volví a la ventana.

En efecto, alguien con una melena azabache, larga y lisa como crines mira para todos lados desde la valla. Cuando mira hacia mi dirección me echo hacia atrás, sigo dejando a mis sentidos manejar la situación, y estoy decidido a disfrutar del espectáculo nocturno cuando, en apariencia, todo el mundo duerme. No hay ninguna luz en las ventanas.

La chica de cabellos equinos, lleva una camiseta que solo cubre su cuerpo. Unas inmensas piernas de pies descalzos acompañan a dicho cuerpo. Sobre uno de sus brazos una toalla no demasiado grande. Posa su trasero voluptuoso sobre el borde de la valla, levanta sus piernas dejando entrever unas bragas oscuras y salta al otro lado.   Deja la toalla en el suelo y vuelve a mirar hacia arriba para corroborar que todo sigue sin señales de movimiento. Se quita la camiseta y vuelve a mirar como sintiéndose observada.

Me vuelvo a echar hacia atrás, tengo la sensación de que mi ropa me aprisiona. Sobre la frente gotas de sudor que intento que no continúen su curso hacia mis ojos ahogándolas con mi antebrazo. Vuelvo a la ventana, con las prisas de no ser descubierto no me había percatado de que bajo la camiseta solo existe el cuerpo de una diosa llena de curvas que solo lleva unas bragas oscuras. En el hombre un tatuaje que no puedo definir. Ahora si que comienzo a tener la respiración entrecortada, me asfixio, creo que el termómetro marca ya los cuarenta.

Con sumo cuidado se sienta en el borde de la piscina y desliza su cuerpo dentro de agua, su imagen se acentúa con los pequeños focos acuáticos que rodean el perímetro de la piscina.  Veo un cuerpo sumergido buceando con parsimonia hasta el otro lado. Estiliza su cuerpo pegando sus brazos  y dando patadas desde las caderas con golpes rítmicos. Cuando va por medio de la piscina se gira dejando sus pechos turgentes a la vista.  Emerge con todo el cabello hacia atrás, sin sacar demasiado la cabeza, pretendiendo seguir oculta. Permanece unos minutos sin moverse. Está en la zona más profunda con lo que sus pies no dejan de moverse produciendo un leve ajetreo en el agua. De pronto, comienza a hacer giros y se vuelve a sumergir, con sutileza, como si el agua fuera su esencia.

Creo que comienzo a tener fiebre, vuelvo a verla cruzar la piscina hasta el borde de donde se bajó.  Con movimientos lentos, da un salto y sale. Se acerca a la valla y coge la toalla, se la pasa con ligeros toques sobre el cuerpo, sin secarse demasiado. Se pone la camiseta, pone la cabeza boca abajo y se retuerce el cabello dejándolo de nuevo suelto, húmedo, lacio, luminoso.

Se dispone a saltar la valla, pero antes vuelve a mirar hacia arriba. Me mira con ojos tempestuosos que escrutan la noche y me lanza un beso apoyando uno de sus dedos en sus labios, y luego una leve sonrisa tentadora. Esta vez no me muevo de la ventana mientras la veo desaparecer en la noche. Me voy al frigorífico y cojo otra botella de agua. Me deslizo entre la puerta y el cuerpo del refrigerador hasta sentarme en el suelo y vació toda la botella sobre mi cabeza. Reconozco a Kelpie, espíritu escoces del agua capaz de cambiar de forma. Ha ocupado el cuerpo de mi vecina del cuarto ¡Ojalá mañana vuelva a hacer calor!

Deseos Inconfesables

Interpretación de imagenes

 

“Largamente, sin apuro, en la paz de la noche habitó en ella deteniéndose en el umbral de cada sensación, saludando al placer, tomando posesión al tiempo que se entregaba.” Isabel Allende

Ya en su habitación, tras la cita con Samuel, se pone su camisola y se tumba en la cama. Enciende las luces, aquellas titilantes bombillas son como sus instintos, cálidas, efervescentes. Sabe que Samuel se ha excitado y ella también. Nada le hubiera gustado más que continuar con el juego de seducción.

En su mente aún resuena la canción que sonaba de fondo cuando se besaron, Placebo, Running up that hill. Ella comienza a rozarse pensando en él, esta turbada, aquel juego le atrae. Desde sus pechos va bajando con lentitud las manos, con suaves caricias. Saldará aquel instante recreándose con su propio cuerpo, pero con la mente ensartada en los fuertes brazos de él. Pudo notar su musculatura cuando se aproximaron, besándose en el callejón como adolescentes. Un gemido esbozado en sus labios exhibe donde están llegando sus caricias. Un torrente de húmedo deseo desemboca entre sus manos. Se pone de lado, su mano suspendida sobre el colchón, cansada.

Tira de las cómplices sábanas cubriendo su secreto, dejando sus pies descalzos, al descubierto. Su largo pelo oculta la cara y esa sonrisa taimada. Pronto el juego de seducción culminará con ambos, inherentes.