Borboletas

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“En qué profundidades distantes, en qué cielos ardió el fuego de tus ojos” William Blake

Sentada en un banco del parque miré al cielo y respiré profundo. Sentí en mi rostro una ligera brisa y un sutil calor de un sol timorato. Acababa de comenzar un otoño de temperaturas dulces. Recordé a mi abuelo que por largo tiempo vivió en Portugal: deja que las borboletas se acerquen a ti, siempre serán un buen presagio, una señal. Una mariposa de grandes alas revoloteaba a mi alrededor. Y siempre que las veía lo que me presagiaban era su presencia y protección, la del abuelo. Como si algo afable se acercara empujado por él.

Un golpe metálico me hizo despertar de mis pensamientos y girar la cabeza. En el banco junto al olivo centenario se le había caído una cantimplora de aluminio a un individuo desgreñado y barbudo. Miraba el objeto en cuestión que se había abollado al golpearse con una gran roca rodeada de brezo.  El desconocido abrió sus brazos con resignación y vació la cantimplora, la guardó en una pesada mochila llena de insignias bordadas y un pañuelo atado al asa.

El extraño se volvió a sentar en el banco y sacó un libro. Leyó concentrado, como si no hubiera nadie en el parque, como si no existiera nada. Me llamó la curiosidad ¿Cuál sería el título de aquel ejemplar?

El cabello de él, negro azabache colgaba por ambos lados de la cabeza y delante de los hombros. Las barbas eran extremadamente profusas pero muy bien recortadas bajo la barbilla. Me percaté de que su ropa, vaquera, a pesar de parecer muy deteriorada estaba muy blanca en su desgaste. Las deportivas rojas que llevaba, en contra, parecía recién estrenadas. Al sujetar el libro dejó ver un montón de pulseras de cuero y de una de ellas colgaba un anillo de plata labrada.

El libro parecía también como si le hubieran leído millares de veces, los bordes estaban ajados. Era de pastas duras con canto de cuero, un ejemplar antiguo. Seguí observando y fue cuando me percaté de que tras el banco había un perro dormitando. Seguí contemplándole con descaro hasta casi perder la noción del tiempo.

Una nube cubrió los rayos del sol y el extraño avistó el cielo. Cerró el libro y me miró. Una leve sonrisa asomó a la comisura de sus labios. Vi unos ojos cristalinos como el mismo cielo. Me sonrojé y cogí el bolso para disimular mi descaro. De reojo observé como se levantaba, cogía la mochila y llamaba al perro ¡Lobo, hora de marchar! Me puse nerviosa al acercarse a mí.

Me saludó afablemente y volví a cruzarme con aquellos ojos nítidos y las borboletas batieron las alas en mi estómago. Tendió sus brazos dejando al descubierto un tatuaje de un pequeño atrapasueños y me ofreció el libro entre unas manos curtidas y enjutas.

  • ¡Buenas tardes! Para usted—con voz tenue y cascada
  • ¡Hola! Perdone mi descaro, no quería importunarle—tartamudee.
  • No me ha molestado. Tengo por costumbre hacer un regalo a todo aquel que me mira con pensamientos amables, que se reflejan en la expresión de su cara.
  • No, no tiene ninguna obligación.
  • No es obligación, es agradecimiento.

Dejó el libro junto a mí en el banco y continuo su camino, Lobo le siguió pegado a sus largas piernas. De pronto se giró y volvió a tomar la palabra.

  • Nunca deje de pensar que las borboletas la protegen y avisan de buenos augurios.

Me quedé con la boca entreabierta, sin mediar palabra mientras veía perderse una figura alta entre el boscaje del parque. No sé el tiempo que transcurrió hasta que cogí el libro, supongo que un par de minutos. Las nubes se despejaron y volvieron a rozar los rayos del sol mi rostro. Seguía intrigada por la situación, por el desconocido, por el libro. En la portada un rostro de mujer y con letras de trazo delicado un título “Jane Eyre”. En la primera página una dedicatoria y una fecha:

4 de marzo de 1989

Para ver el mundo en un grano de arena

y el cielo en una flor silvestre

abarca el infinito en la palma de tu mano

y la eternidad en una hora.

                                William Blake

Te amo Freddie. 

Me levanté y salí corriendo, buscando entre los árboles una figura con un perro, en una carrera delirante. No lograba encontrar su sombra, miré hacia todos lados y seguí corriendo. Miré y miré hasta que oí un ladrido cercano, y al escucharlo me serené. Giré hacia el lugar de donde llegaba y volví posar mis ojos sobre los suyos.

¿Quería regresar aquel libro a quien pensaba su propietario o volver a sentir el misterio de los ojos de aquel extraño?

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EL JABÓN DE LA ABUELA

El jabón de la abuela

“No existe la felicidad. A lo largo de la vida hay briznas de dicha que se deshacen como jabón.” Miguel Delibes.

Allá por 1613, en una humilde morada con dos habitaciones, María, La Hechicera, anda aquella mañana distraída e inquieta. La abuela vaticinó el encuentro de ella con aquel al que llamaba el guardián. Poco sabía de tal caballero, tan sólo que sería parte importante de su vida. A ambos les uniría el corazón y una misión que saldría a la luz en el futuro.

María agachada sobre el puchero en la lumbre, da vueltas a una solución viscosa y blanquecina.  Su falda de paño arremangada y sujeta a ambos lados de la cintura. Los pies descalzos como la mayoría de las veces.  Unas gotas de humedad resbalan por su frente y son restañadas por el dorso de su mano. El continuo movimiento y el calor del fuego hacen la tarea sofocante. Parte del corpiño y la blusa desabrochados, dejando entrever sus turgentes senos; está sola, no hay porque tener decoro.

Cuando algo la inquieta siempre se pone a hacer jabón como lo hacía la abuela.  Aquel ritual la une a ella.  Es uno de esos recuerdos de la niñez que no se olvidan, acompañados de aromas concretos.  Como si siguieran haciendo ambas dicha tarea, juntas, a pesar de que habían pasado unos años desde su desaparición. La serenaba en momentos de incertidumbre y aquel era uno de esos instantes. Cuando el día antes echó la suerte de habas al caballero, por intuición o revelación ancestral, supo que él era el guardián.

La noche del día de ayer, cuando conoció a Miguel y después de que se marchara, cogió agua de lluvia y la mezcló con las cenizas de hojas de laurel que guardaba en un cuenco de madera.   Una vez obtenida la mezcla, la dejó reposar toda la noche. A la hora del Ángelus, cuando las campanas de la catedral tañían, María echó una patata en la mezcla de agua y ceniza; la patata flotó hasta la mitad indicando que ya estaba lista para su utilización, tenía la concentración adecuada; tamizó la mezcla con un paño, despacio, pues era corrosiva. La abuela llamaba a dicha mezcla al-qaly que era lo mismo que ceniza en árabe. Cogió de uno de los estantes un cántaro con az-zait o jugo de aceituna como ella también siempre decía. Sacó la misma proporción de la disolución de agua y ceniza, aceite y mezcló ambas en el puchero. Sin dejar de remover, la disolución adquirió una textura cremosa. Una vez hecha toda la mixtura, depositó el puchero en la lumbre.

En esas andaba, con cada vuelta en el puchero con la cuchara de madera un pensamiento, una inquietud, un pálpito. Ansiaba descubrir todo sobre él. Miguel era el guardián. Fornido, de ojos sagaces, cabellos largos y ensortijados que invitaban a enredarse en ellos. Pero lo que le atraía eran sus manos grandes y huesudas; tuvo ganas de acariciar aquella profunda cicatriz en su mano derecha, en forma de media luna. Hasta ayer no se conocían de nada pero sintió un amarre inexplicable que les ataría.  Siempre su sexto sentido la advertía de quien desconfiar a primera vista y en quien fiarse al primer respiro. Sabía que podía encomendarse a él. El amarre le percibió tal y como Inés se lo reveló hace ya demasiado tiempo.

Retiró el puchero del fuego con dos paños y lo colocó en la mesa sobre una tabla para poner los cacharros calientes. Se acercó al tarro donde guardaba las flores de espliego y tomó un puñado que esparció sobre la mixtura removiéndola. El aroma que se desprendió inundó la estancia. Se quedó quieta, absorbiendo dicho aroma con una profunda inspiración, no pudo evitarlo y en un susurro pronuncio unas palabras:

  • Hola abuela. Protégeme siempre y no me abandones—con ojos vidriosos—. ¡Te echo tanto de menos! Contigo nunca había incertidumbres ni miedos.

Se acercó a un lado de la lumbre donde reposaba un cajón de madera desgastado. Sobre aquel cajón echó la mixtura. Ya sólo quedaba dejarlo reposar hasta que el jabón estuviera duro y dispuesto para cortar. Ella también se bañaba con aquellos pedazos de jabón desde la infancia, igual que la abuela.

Inés, la hechicera, de la que heredó su apodo, decía que el jabón de lavanda protegía de los insectos, eliminaba tensiones y limpiaba la piel de granos, realces y quemaduras. También decía que su aroma producía en el hombre una sensación de euforia, de placidez.

En un día de lluvia de 1601, la abuela Inés fue detenida por la Santa Inquisición acusada de envenenamiento y hechicería. Jamás volvió a verla. En su humilde posición social era inteligente, avanzada para su época, un libro de sabiduría atávica. María nunca llegaría a ser como ella aunque lo intentaba. Sentía una admiración profunda hacia aquella mujer menuda, de ojos astutos y piel ebúrnea.

Dejó de deambular con la mente y se metió en el cuarto que servía de dormitorio. Echó agua en el barreño de madera, cogió un pequeño paño y un trozo de jabón usado. Terminó de desabrocharse el corpiño, dejó caer la falda y se quitó la camisa que la cubría todo el cuerpo. Ya desnuda y en el barreño, mojó el paño y lo frotó en el jabón. Estaba sudada y necesitaba cubrir cada centímetro de su piel de aroma a espliego. Empezó por los brazos y luego por el torso, deleitándose en los senos que se erizaron. Continuó por las piernas para terminar en su sexo. Salió del barreño y cubrió su nívea piel con un gran paño. Se sentía mejor, más serena, como Inés señalaba, el espliego alejaba el desasosiego.

Miguel había despertado en ella una exaltación que no se explicaba, nadie hasta ahora lo había hecho. Ansiaba el instante de volverle a ver. Había lucubrado miles de veces con la imagen del guardián, ahora conocía su rostro y no la había decepcionado. Sus corazones efectivamente estaban unidos, él lo ignorara aunque estaba segura que su alma también partió inquieta tras conocerla. Eran los guardianes, el momento de las respuestas se acercaba. Estaba contenta pero inquieta ante las esperadas lunas.

Frases Lapidarias

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“La felicidad también consiste en lo que dejas ir, por tu propio bien” Coco Chanel

El viento acariciaba su rostro en el cañón que angostaba el rio. Sobre la roca, sentada, revisaba los últimos meses, las últimas palabras. Guardaría para siempre sus caricias, sus besos, sus detalles. Ella tuvo el coraje de seguir la intuición y su corazón. No fue nada fácil tomar la decisión de abandonar el barco, pero mejor irse que hundirse con él.

Hay frases lapidarias, de esas que cierran los corazones. Supo que las últimas palabras que le dijo fueron tajantes. Le señaló, mirándole a los ojos, que quería que estuviera en su casa como si fuera la suya. Su silencio, por aquel entonces, fue su contestación; y es que hay silencios que expresan más que la voz. Días más tarde supo su respuesta “no estoy a gusto en mi casa, lo voy a estar en la tuya”. Y sus palabras también fueron lapidarias. Ella confirmó que él jamás formaría parte de su hogar, de su vida. Fue también la última vez que él pisó el suelo de su humilde morada. Nunca tuvo la intención de quedarse. Así pues, ella antes que él terminó con la relación.

Comenzaría pronto el otoño. Todo fue un amor pasajero, un coqueteo. Ella se ilusionó en que él podría llegar a ser su alma gemela, su pareja definitiva. Mañana, de regreso a la ciudad, todo seguiría igual en su nuevo horizonte. Todo menos ella. Aprendió, como se aprende de toda experiencia y más con la que tiene un principio y un final. Hay amores eternos que solo duran un verano.

Calima

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Pinturas hiperrealistas de mujeres bajo el agua por Reisha Perlmutter

“No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados” Eduardo Galeno

Hacía un calor horrible, las cuatro de la madrugada y no había bajado de treinta grados el termómetro. Me fui al frigorífico y me bebí de un tirón una botella de agua de medio litro, dejé caer parte sobre mi camiseta. Me asomé por la ventana de la cocina que precisamente daba al patio y a la piscina. Todo estaba a oscuras hasta que noté movimiento por el lado izquierdo, alguien se aproximaba a la valla que cercaba la piscina. Instintivamente y con rapidez apagué la luz de la cocina y volví a la ventana.

En efecto, alguien con una melena azabache, larga y lisa como crines mira para todos lados desde la valla. Cuando mira hacia mi dirección me echo hacia atrás, sigo dejando a mis sentidos manejar la situación, y estoy decidido a disfrutar del espectáculo nocturno cuando, en apariencia, todo el mundo duerme. No hay ninguna luz en las ventanas.

La chica de cabellos equinos, lleva una camiseta que solo cubre su cuerpo. Unas inmensas piernas de pies descalzos acompañan a dicho cuerpo. Sobre uno de sus brazos una toalla no demasiado grande. Posa su trasero voluptuoso sobre el borde de la valla, levanta sus piernas dejando entrever unas bragas oscuras y salta al otro lado.   Deja la toalla en el suelo y vuelve a mirar hacia arriba para corroborar que todo sigue sin señales de movimiento. Se quita la camiseta y vuelve a mirar como sintiéndose observada.

Me vuelvo a echar hacia atrás, tengo la sensación de que mi ropa me aprisiona. Sobre la frente gotas de sudor que intento que no continúen su curso hacia mis ojos ahogándolas con mi antebrazo. Vuelvo a la ventana, con las prisas de no ser descubierto no me había percatado de que bajo la camiseta solo existe el cuerpo de una diosa llena de curvas que solo lleva unas bragas oscuras. En el hombre un tatuaje que no puedo definir. Ahora si que comienzo a tener la respiración entrecortada, me asfixio, creo que el termómetro marca ya los cuarenta.

Con sumo cuidado se sienta en el borde de la piscina y desliza su cuerpo dentro de agua, su imagen se acentúa con los pequeños focos acuáticos que rodean el perímetro de la piscina.  Veo un cuerpo sumergido buceando con parsimonia hasta el otro lado. Estiliza su cuerpo pegando sus brazos  y dando patadas desde las caderas con golpes rítmicos. Cuando va por medio de la piscina se gira dejando sus pechos turgentes a la vista.  Emerge con todo el cabello hacia atrás, sin sacar demasiado la cabeza, pretendiendo seguir oculta. Permanece unos minutos sin moverse. Está en la zona más profunda con lo que sus pies no dejan de moverse produciendo un leve ajetreo en el agua. De pronto, comienza a hacer giros y se vuelve a sumergir, con sutileza, como si el agua fuera su esencia.

Creo que comienzo a tener fiebre, vuelvo a verla cruzar la piscina hasta el borde de donde se bajó.  Con movimientos lentos, da un salto y sale. Se acerca a la valla y coge la toalla, se la pasa con ligeros toques sobre el cuerpo, sin secarse demasiado. Se pone la camiseta, pone la cabeza boca abajo y se retuerce el cabello dejándolo de nuevo suelto, húmedo, lacio, luminoso.

Se dispone a saltar la valla, pero antes vuelve a mirar hacia arriba. Me mira con ojos tempestuosos que escrutan la noche y me lanza un beso apoyando uno de sus dedos en sus labios, y luego una leve sonrisa tentadora. Esta vez no me muevo de la ventana mientras la veo desaparecer en la noche. Me voy al frigorífico y cojo otra botella de agua. Me deslizo entre la puerta y el cuerpo del refrigerador hasta sentarme en el suelo y vació toda la botella sobre mi cabeza. Reconozco a Kelpie, espíritu escoces del agua capaz de cambiar de forma. Ha ocupado el cuerpo de mi vecina del cuarto ¡Ojalá mañana vuelva a hacer calor!

Deseos Inconfesables

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“Largamente, sin apuro, en la paz de la noche habitó en ella deteniéndose en el umbral de cada sensación, saludando al placer, tomando posesión al tiempo que se entregaba.” Isabel Allende

Ya en su habitación, tras la cita con Samuel, se pone su camisola y se tumba en la cama. Enciende las luces, aquellas titilantes bombillas son como sus instintos, cálidas, efervescentes. Sabe que Samuel se ha excitado y ella también. Nada le hubiera gustado más que continuar con el juego de seducción.

En su mente aún resuena la canción que sonaba de fondo cuando se besaron, Placebo, Running up that hill. Ella comienza a rozarse pensando en él, esta turbada, aquel juego le atrae. Desde sus pechos va bajando con lentitud las manos, con suaves caricias. Saldará aquel instante recreándose con su propio cuerpo, pero con la mente ensartada en los fuertes brazos de él. Pudo notar su musculatura cuando se aproximaron, besándose en el callejón como adolescentes. Un gemido esbozado en sus labios exhibe donde están llegando sus caricias. Un torrente de húmedo deseo desemboca entre sus manos. Se pone de lado, su mano suspendida sobre el colchón, cansada.

Tira de las cómplices sábanas cubriendo su secreto, dejando sus pies descalzos, al descubierto. Su largo pelo oculta la cara y esa sonrisa taimada. Pronto el juego de seducción culminará con ambos, inherentes.

Chanchullos y Chanchullas

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“He sido un hombre afortunado en la vida: nada me fue fácil” Sigmund Freud

A veces ocurren situaciones que nos hacen tener los pies sobre la tierra. Lo bueno es que valoras más lo que consigues. Quedan a la luz los muchos chanchullos que hay entre municipios, políticos y personas con palabrería y dominio.

Los trabajos hoy valen oro conseguirlos. Presentas las documentaciones necesarias meses antes de cerrar la convocatoria; estás pendiente durante ese tiempo a ver si hay que presentar algún papel más llamando por teléfono y personándote en las mismas dependencias. Llegas un día y te dicen que la convocatoria está cerrada y que tienen tanto trabajo que no se han dado cuenta de lo que tú demandabas en tu insistencia ¡Te has quedado fuera!

Tras el enfado, razonas y pones una reclamación. Hablas con la persona de más rango que se supone que debe responder por los fallos en una identidad pública. La reclamación da resultados con rapidez y te añaden “in so facto” a la lista de admitidos para la bolsa de trabajo.

Te calmas un poco. Presentas tus certificados de toda la experiencia que aportas y piensas que aún te queda alguna oportunidad ¡Ingenuo!

Al no salir en la página del señalado Ayuntamiento los dos admitidos para el trabajo, te vuelves a acercar, después de cincuenta veces, otra vez a las dependencias. Aprecias que hasta las miradas comienzan a ser aviesas. Y llega el instante del estallido, la administrativa te presenta el acta, aún no firmada, donde tú quedas relegada al cuarto puesto. Sumas y detectas que han hecho mal tu baremo. Estás dispuesta a montar un pollo que se oiga hasta en los infiernos.

Y de pronto frenas en seco, por esas casualidades de la vida, hay una persona por delante de ti con la que has tenido un vínculo estrecho. Observas su baremo y se le han inflado hasta duplicarle; cuando sabes a ciencia cierta que tenía menos puntos que tú. Ahora percibes por qué dicho individuo con el que has sido transparente en todo momento, se incomodaba y ocultaba la trama cuando hablabas de dicho trabajo. No podía compartir contigo el porqué de sus secretos, sus protectores y sus recomendaciones. Claro está que, si yo hubiera tenido la oportunidad de aprovechar un enchufe, lo hubiera hecho, porque así funciona el mundo.

Así pues, te quedas en casa, te tragas tu flema y por ser vos quien es, le deseas la mejor de las suertes. Tal vez él lo necesite más que tú. Solo decirte amigo que, todo se sabe, tarde o temprano.Te buscarás la vida, o en este caso el curro, por otros lares. Bien he de decir que me quitaron uno, pero me salieron dos y por mis propios méritos.

Y así amigos funciona el mundo de las farándulas municipales que no sabemos si están llenos de ineptos o es que viene genial hacerse el tonto y tener falta de profesionalidad. Corrupción desde escalas inferiores. Se regodean de que el tonto es el pobre que presenta la documentación necesaria para un puesto de trabajo cuando ya está entregado de ante mano.

Aquí queda reflejada mi indignación, en un blog de literatura donde a veces la realidad supera la ficción. En un blog terapéutico donde desahogarme, ocultando lugares y personas. Habrá muchos que se sientan identificados con la situación y otros darán la callada por respuesta, sintiéndose aludidos.

Nos roban el dinero, nos roban los trabajos, pero jamás, jamás nos robarán la dignidad.

 

Un Louis Vuitton en la basura

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“Amantes del mundo: a veces es más hermoso recordar que vivir” Chavela Vargas

Encontré en el contenedor de basura un bolso, imaginé que de imitación, , un Louis Vuitton lleno de cartas y fotos artísticas. Me llamó tanto la atención que rebusqué más dentro de él. Al mover el contenido subió hasta mi nariz un olor apergaminado a flores secas. Las fotos me parecieron una maravilla. Miré a ambos lados del contenedor como cuando se está cometiendo un delito y arramplé con aquel bolso que parecía sin estrenar, que colmaba un contenedor repleto de porquería. Sentí como unos ojos se me clavaban en la nuca, seguro que la señora Basilia me había visto. Agaché la cabeza y me dirigí al portal. Ya bajo el cobijo de las paredes de éste, me relajé y volví a mirar afuera. Vi como unas cortinas azuladas se movían como si, con rapidez, alguien se hubiera escondido tras ellas, pero esa no era la ventana de la señora Basilia.

No me dio tiempo a entrar en mi piso. La puerta  de frente a la mía se abrió y apareció la señora Basilia dándome las buenas noches “Hola Lena”. Me miró de arriba abajo y con medía sonrisa en su cara me espetó con sorna que si había encontrado un bolso de diseño en la basura ¡Lo sabía! Me había fisgado, esa hurraca chismosa miraba el bolso con avidez. La conteste “Cada día señora Basilia, no se puede imaginar los tesoros que puedes encontrar entre la porquería”. Sin darle tiempo, abrí mi puerta, la di las buenas noches y entré en mi territorio.

Con ansia puse el bolso boca abajo sobre la mesa del salón. Había dos clases de sobres, unos normales y otros de color azul. Los clasifiqué en dos montones, dejando revueltas todas las fotos. Una a una fui cogiendo las fotografías: ventanas con cristales mojados, manos entrelazadas, pies descalzos sobre una tarima, unos ojos con lágrimas, un cuerpo de hombre desnudo girando entre muebles de salón, una toalla tirada en la ducha. Aquellas imágenes eran espectaculares, quien las hubiera hecho tenía un don para captar ese momento preciso e impactante y todas sin rostro. Todas las fotos tenían fecha por detrás, pude comprobar que eran de 2015.

Entre las fotos había pétalos de rosas secas, en su momento rojas. Volví a meter las fotografías con los pétalos secos en el bolso. Mi noche aburrida de viernes iba a ser diferente, estaba deseando leer las palabras que arropaban aquellos sobres ¿Por cuál empezar? Cerré los ojos y acerqué la mano a la mesa, cogí uno de aquéllos de la parte de abajo del montón.

La carta de color azul contenía dos folios escritos de forma cuidada. Desprendían un olor cítrico muy sutil:

Mi amado Manuel:

Como cada noche te escribo. Ha sido un día duro, me hubiera gustado tenerte a mi lado, pero las responsabilidades, como siempre, nos encadenan.  Ahora estarás en tu casa junto a Adela, compartiendo la cena con  Valeri. Todo en perfecta armonía mientras yo anhelo tus caricias. Me salva saber que, con cada bocado, según tus palabras, también me echas de menos. Es duro ser la otra y saber que nada por mucho tiempo lo podrá cambiar. No sé por qué sigo a tu lado viéndonos cada jueves en mi piso. Con esas dos horas colmo la semana. Tú me dices que esas dos horas te hacen continuar en tu lineal vida, llena de recursos y vacía de sentimientos.

Cada jueves cuando te vas me digo que será el último. Y cada jueves vuelvo a caer presa de tus caricias y besos ¿Es aceptable y valioso seguir viéndonos? Te amo o te necesito, no lo sé. Esas dos horas, ese mensaje en el móvil todas las mañanas diciéndome que como siempre te vas a poner a escribirme, ese beso por las noches también en el móvil ¿Qué me deja?

Miles de fotos salen de mi cámara todos los días, siempre guardo una que me recuerda a ti, algún detalle que sólo yo sé que eres tú, en esencia. Fotos con alma entre muchas vanas de modelos, posturas y trapos. No sé el tiempo que podré aguantar viviendo de limosna, pero sé que un día si tú no vienes a mí definitivamente, me iré para siempre. Ese instante llegará cuando esté preparada, no puedo ser eternamente la otra…

A las tres de la madrugada había leído todas las cartas, las azules de ella, las blancas de él. Descubrí que cada jueves el devolvía las cartas de ella, no podía quedárselas, las mantenía en el cajón de su oficina hasta entregárselas de nuevo. Eran la prueba de un delito que no podía permitirse, demasiado capital en juego. Coloqué también los sobres por fechas entremezclados. Y volví a leer la última, por supuesto de ella, la que más había dado y más había perdido. Era breve, tan solo unas cuantas palabras y una mancha de tinta corrida al final.

Hola Manuel:

Esta es la última carta que te escribo. Me marcho a París por un tiempo entre calles bohemias y corazones rotos. Llegó el momento que temía, me cansé. No quiero que me busques, ni que me encuentres. Sé que no quieres que te deje y créeme si te digo que te amo más que tú a mí. Yo dejaría todo por ti. Viviré por un tiempo en los recuerdos hasta que ese mismo tiempo me cure de tu aroma, de tus caricias, de tus detalles… El jueves vendrás, abrirás con tu llave, me llamarás como siempre lo haces entre dulces susurros ¡Beatrice! Pero yo ya no saltaré sobre tu cuerpo entrelazando mis piernas, no me derretiré entre tus labios, no caeremos al suelo entre amasijos de ropa, ni haremos el amor en la entrada. No, Manuel, pues ya me habré ido. Te dejo mi bolso de Louis Vuitton, ese que me trajiste un jueves a tu regreso de Italia, antes de ir a casa; ese que jamás me atreví a estrenar, como si fuera la prueba del delito. Todas nuestras cartas y mis fotos las guardé ahí, ya sabes dónde están los contenedores de basura. Lo imperecedero se lleva en el recuerdo. Te deseo todo lo mejor mi amor.

Beatrice.

Las cartas de él, aun llenas de alabanzas y deseos, me parecieron frías e impersonales. Cuanto desamor en las palabras de ella. Aquella mujer desconocida me había robado el corazón, ella le amaba y tal vez él ahora sabía lo mucho que había perdido, o tal vez no. A veces es difícil saber lo que piensan algunos hombres de raciocinio intenso, de esos que por miedo no dejan escapar un sentimiento por si se vuelven vulnerables.

Bebí un gran trago de vino, ese que me servía los viernes para reconfortar la noche frente al televisor hasta que me quedaba dormida. Mañana llegaría Samuel, sobre las ocho y me encontraría dormida en el sofá, pero esta vez con la tele apagada y un bolso de Louis Vuitton sobre la mesa, valioso en emociones. Importaba poco si era de imitación u original.

Me levanté del sofá y fui hacia la ventana. Hacía mucho calor y comenzó una tormenta de verano que amenazaba la oscuridad. Cerré las ventanas y de frente vi a un hombre entre unas cortinas azules, mirándome con firmeza, no sé ocultó. Aquel tipo era ese que cada mañana salía con su imponente Chrysler negro importado, un tipo nervudo y serio, un tipo frío e impersonal.