Panegírico

“La nieve del alma tiene copos de besos y escenas que se hundieron en la sombra o en la luz del que las piensa” Federico García Lorca

Hace frío y no logro encontrar el calor reconfortante del fuego, aquel que contemplábamos en infinitas noches lejanas, cuando aún permanecías a mi lado. Y un día, también bajo el manto blanco del invierno, dejaste tus huellas alejándose hasta perderse. Una promesa de volver en el aire. Te gritaron desde tus tierras esteparias, aquellas que abandonaste aún siendo joven. Te llamaron y fuiste rauda, sin dudarlo, te necesitaban. Yo no entendía la urgencia de volver cuando habías renegado millones de veces del humillante pasado y del dolor de los recuerdos. Nunca me explicaste nada de tu regreso, solo que te requerían. Ni si quiera supe quién te clamaba tan fuerte para que estuvieras a su lado.

Y hoy una llamada de teléfono de un tal Sergei heló mi sangre para siempre, un accidente arrebató tu vida. El que llamaba decía que era tu hermano. Con lágrimas en mis ojos y recordando tu mirada de ese azul transparente como el hielo me desplomé en el suelo.

Respeté siempre su silencio y sus lágrimas. La amé sin condiciones, llego a pensar que mi respeto encerraba el miedo a perderla.  Pero ha dejado este paréntesis eterno entre nosotros. Cae la nieve y la percibo aún dentro de casa. No hay respuestas ni promesas cumplidas. Miro entre tus cosas y encuentro aquella sombrillas que llenaste de luces las navidades pasadas, con la que te paseaste sobre la nieve entre risas, lanzándome besos. Juntos caímos sobre el algodonoso y frío suelo de  la nevada. Sonrío al hacer memoria, luces y sombras. Revolviendo todos los cachivaches, cae una carta donde pone mi nombre. Se cierra el paréntesis y responde a todos sus enigmas para terminar diciéndome que me amará siempre. Mi  Annya, mi dulce Annya   eras tan hermosa como fría.