La Leyenda de los Amantes del Cobertizo

“Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito” William Blake

No era la mejor tarde para pasear, el viento arreciaba y comenzaba a llover. Perdida entre las calles empedradas y lúgubres del casco viejo deambulaba, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja entre sus lacios cabellos. Se le fue llenando la mente  de notas musicales agudas. Un arco con pelos arrastrado sobre  las cuatro cuerdas de un demacrado instrumento desgarraba el céfiro. Aquel individuo, cobijado bajo uno de los cobertizos con su violín, se hermanó con su alma tocando el Adagio de Albinoni. Ambos hablaban el mismo idioma de melancolía.

Ella intentó darle unas monedas por haber abrigado su corazón, pero él no tenía nada a sus pies que indicara que tocaba para que le dieran un donativo. Ella espero a que terminara y entonces él con aquellos ojos vidriosos le dijo que sólo tocaba para acallar su nostalgia.

Entonces Alma, que así se llamaba, le preguntó si consentiría tomar con ella un café.  Y Jacob aceptó sin dudarlo. Siguieron deambulando por las calles hasta llegar a un local exiguo llamado la Posada de los Amantes con pocas mesas, unas cuantas velas y mucho silencio. El café humeante, entre el fuego de las candelas, terminó de reconfortarlos mientras sus miradas se entrecruzaban y leves sonrisas surgían de la nada.

Y volvieron a la calle que ya entre penumbra seguía siendo árida, al mismo lugar donde Jacob acariciaba su violín. Él empezó a tocar para ella con sus enjutas y grandes manos, y los pies de Alma comenzaron  a dar vueltas despacio y bailó bajo la lluvia ante los acordes del violín. Su negro cabello empapado dispersaba las gotas de agua, desterrando la tristeza. Tan solo les observaba un pequeño gato que asomaba la cabeza por un agujerillo, curioso.

La lluvia comenzó a caer más fuerte y la oscuridad fue definitiva,  sólo rota por la leve luz anaranjada de una farola. Alma se cobijó entre los brazos de Jacob, y ambos desaparecieron entre las calles empedradas hacia la Posada de los Amantes . Al día siguiente, bajo el cobertizo y junto a un agujero en la pared, se encontraron un viejo violín y unas zapatillas gastadas. Y ya se sabe que los gatos predicen  tragedias, además de que detectan espíritus y presencias.

Cuenta la leyenda que en las noches de lluvia, a veces, cuando algún alma afligida pasa por el cobertizo, se oyen los acordes de un violín entre maullidos de gatos y  pueden llegar a verse  hasta los fantasmas de una pareja bailando. Muchos jóvenes pasean buscando  verles entre la lluvia. Pero sólo se les aparecen a aquellas personas que necesitan reconfortarse ante la tristeza y son capaces de  percibir la belleza aún en los más lánguidos momentos.