Naoko, el samurai místico

¡Bajo la flor de té, juegan al escondite los gorriones…!  Haiku de Kobayashi Issa

Conocí a Naoko a través de un compañero de trabajo. Hablaba con perfección el idioma. Me pareció todo un personaje, de trato agradable, de conversaciones intensas y de mirada inquisitiva; se dedicaba a pintar cuadros sobre mi ciudad, Toledo.

Y así fuimos encontrándonos de forma asidua.  Hasta que una mañana intercambiamos número de móvil y me invitó a un paseo nocturno por la ciudad. Aquella noche, no sé si por el entorno o por nuestro entusiasmo ante el desconocimiento mutuo, fue una velada llena de improvisaciones. Hablamos  de nuestra ciudad, a la que conocía mucho mejor que yo y admiraba; de la suya, Morioka, una ciudad japonesa famosa por su gastronomía y por el pequeño santuario Sakurayama. Y así llegó la madrugada, me acompañó a casa después de cientos de conversaciones de temas variopintos. Se despidió, con sumo respeto, inclinando su cabeza ante mí e invitándome a comer en su casa. Me dijo que a través del móvil ya me diría día y hora, y por supuesto si aceptaba la invitación.

En casa me descalcé con los pies rotos de caminar por el empedrado entre rincones oscuros y cobertizos arcaicos. Me tumbé en la cama con una sonrisa boba, henchida de emoción y me quedé dormida.

Lo extraño es que Naoko desapareció. No volví a tener noticias de él hasta treinta y dos días después. Me sentía decepcionada y a su vez intrigada, pero no me atreví a telefonearle. Y tras tantos días inciertos recibí un mensaje suyo en el móvil invitándome a comer en su casa el domingo próximo. No supe que contestarle pero él me volvió a mandar otro mensaje expresándome que mi silencio confirmaba la invitación, vendría a recogerme a la una del mediodía. Seguí callada y decidí dejarme fluir con el alma en un hilo.

Eran los últimos días de agosto, la mañana de la invitación había llegado, me arreglé con un vestido de flores donde destacaba el verde y una sandalias de plataforma. Enredé mi pelo negro en un moño y lo prendí con una agujas de madera. A la una llamaron a mi puerta con una puntualidad escrupulosa.

Nos desplazamos en su auto hasta su casa en el casco histórico de la ciudad. Un hogar sencillo pero con un entorno privilegiado. La casa de una sola planta, no llamaba la atención pero al entrar fue como transportarse a un ambiente impoluto de silencio. Me sorprendió la decoración minimalista y el suelo de entarimado. Una mesa baja colocada con esmero, con platos blancos cuadrados de porcelana, con un jarrón alto de barro y boca estrecha que exhibía una única rama con botones de flores aún por abrir, el arte floral ikebana, nos esperaba.

Un ademán de su mano me invitó a sentarme en el suelo sobre cojines mullidos junto a la mesa. Con una leve sonrisa se retiró, supuse que a la cocina. Apenas cruzamos palabra tan solo saludos pero en absoluto fue incomodo, aunque la situación era extraña. Me seguí dejando fluir.

Apareció con una bandeja blanca, y con conversación fácil me preguntó si había participado alguna vez en una ceremonia japonesa del té. Le negué con la cabeza y seguí muda. Y él comenzó su discurso, saco pecho y expuso ante mí una serie de platos. Me dijo que iba a ser una comida ligera llamada Kaiseki que consistía en un caldo de algas kombu y copos de bonito seco rallado,   con tres cuencos de verduras a la plancha y por supuesto, arroz. Yo tras comérmelo sólo pude decir que estaba delicioso. De segundo volvió a traer la bandeja con, según me explicó, un sabroso salmón adobado en una salsa  refrescante de raíz de loto adobada en vinagre y azúcar,  como contraste y para suavizar el sabor del pescado. Y para finalizar el postre, un wasabi mochi de helecho japonés recubierto de harina de soja tostada.

Si pretendía dejarme anonadada lo había conseguido, jamás había comido elaboraciones japonesas. Todo estaba exquisito y desde luego nada que ver con las invitaciones que  había tenido en mi vida. Me tendió la mano invitándome a levantarme y cruzamos un pasillo que nos llevó a un jardín interior cerrado con una pequeña fuente entre bambú y helechos  y un banco de piedra blanca. Nos sentamos después de lavarnos las manos en la fuente.

Naoko me confesó lo emocionado que estaba de compartir su cultura con alguien tan especial como yo ¿Especial yo? Apenas nos conocíamos. A su lado parecía boba, yo seguía fluyendo pero mis boca no lograba articular palabra. Tornó a levantarse y casi me caigo del banco cuando hizo sonar un gong de metal siete veces. Volvió a coger mi mano y me introdujo a una pequeña casa acomodada en una esquina. Me explicó que aquella era la ceremonia del té en sí, quería expresarme su respeto y agradecimiento. Sobre una mesa un hornillo, una serie de cuencos de diferentes tamaños de fina porcelana y cucharones de bambú junto a un lienzo blanco de lino, un cuenco con los bordes rotos recogía, con dulzura una cala blanca entre una rama de arce de hojas rojas, todo sencillo y simple pero de una belleza inusual. Las paredes blancas con un cuadro de su tierra.

Y fue allí donde definitivamente robó mi corazón. Con parsimonia prepara un té espeso en uno de los cuencos, me pasa dicho cuenco invitándome a dar varios sorbos, luego me quitó el cuenco lo limpió con el paño de lino y bebió él. Volvió a elaborar otro té esta vez más claro y lo vertió en otros dos cuencos, uno para mí y otro para él.

No dejé de mirarle. La serenidad era absoluta y me sentía flotando en aquel entorno en el que casi se percibía los latidos de nuestros corazones a un ritmo disonante con al ritual. Y volvió a tomar mi mano y veo como su boca va gesticulando sin yo apenas escuchar su insospechadas palabras. Le ha llevado todo un mes preparar la comida para expresarme sus sentimientos. Desde el primer instante en que nos presentaron supo que tenía que conquistarme, se enamoró de forma de sopetón.

Y aún con una de mis manos entre las suyas decidí usar la otra mano. Agarré la solapa de su camisa blanca de cuello Mao y le atraje hacia mí para luego posar mis labios en los suyos. Y toda su corrección desaparece en un instante, introduciendo su lengua en mi boca. Para a continuación ir desabotonando nuestras prendas con la misma parsimonia que nos había acompañado con el té, entre caricias y besos. Su mano fue deslizándose con lentitud desde mi garganta hasta mis pechos para detenerse un rato y luego proseguir hasta mi sexo donde me hizo suya entre lamentos susurrados. Con dilación llegamos al éxtasis absoluto, el reloj se había parado.

Cuando salimos de aquella pequeña caseta, el sol estaba dejando paso a la oscuridad. Yo cobijada con un bello quimono nacarado; mi vestido y sandalias en el antebrazo, una cala entre mis cabellos enmarañados. Y él con la camisa desabotonada y descalzo mientras nuestras miradas furtivas arrancaban pequeñas sonrisas. Sus grandes manos que tanto placer me habían proporcionado siguen deleitándose, acariciando el torso de mi mano con el pulgar con suavidad. Fui como hojas de té en agua ardiente, sin prisa pero sin pausa sublimó mi esencia.

A los treinta y dos días me fui a vivir con él y hoy tras varios años juntos aún sigo estremeciéndome. Procuramos al menos una vez al mes seguir con nuestro ritual del té. Casi siempre terminamos del mismo modo, descalzos y  yo con una flor en el pelo enmarañado sujeto  con aquellas agujas de madera que auguraron que Japón iba a anidar en mí para siempre.