El Silencio de las Orquídeas

“El punto débil de un asesino es dónde ocultar el cadáver”

Me llamo Lola y soy psicóloga criminal. Es un trabajo apasionante para mí, pero a su vez hay que estar muy preparada emocionalmente y por supuesto, que el trabajo entre en casa lo menos posible.

Mi trabajo consiste en realizar estudios de la personalidad criminal para esclarecer los factores psicológicos endógenos y exógenos que desembocan en la conducta delictiva, contribuir a establecer la peligrosidad de un individuo, perfilación criminal para las diferentes agencias de investigación y ofrecer tratamiento psicoterapéutico a reclusos.

A Irene, de 45 años, se la tragó la tierra. Nadie la había vuelto a ver desde aquella noche calurosa de julio. Mujer de 1´78 de altura y 65 kilos, cabello moreno largo y liso. El día de su desaparición llevaba un vestido estampado rojo y amarillo largo de vuelo y sandalias rojas de tacón; tenía en la espalda un tatuaje de una rosa que le recorría la columna. Su marido declaró que al no llegar a casa a las 12 de la noche, se preocupó. Intentó llamarla al móvil, pero descubrió que se lo había dejado en casa junto al bolso y las llaves. Lo chirriante fue que, hasta la mañana siguiente, ligeramente aturdido, no se acercó a la comisaría a interponer la denuncia por desaparición.

La amiga de Irene, Lina, nos contó que tenía una relación extramatrimonial con un abogado que la tenía emocionada y la llenaba de regalos. Lina guardaba los regalos que Adrián le hacía a Irene para que no lo descubriera su marido que la maltrataba con frecuencia.

Adrián era sospechoso en la desaparición de Irene, mantenía con él relaciones esporádicas. Se solían ver una vez al mes. Adrián, por ser abogado bancario, viajaba a menudo. También era sospechoso el marido de la desaparecida. Me entrevisté con ambos, y el marido me pareció un canalla de primera, burdo, soez, machista. Sin embargo, Adrián era todo lo contrario, educado, culto, vestimenta impecable y limpia; él siempre declaró que Irene se marchó de su casa la noche de autos, dando un portazo tras una pequeña discusión. Adrián quería que se fuera a vivir con él. Irene llegó a la casa de Adrián con un ojo morado y rasguños en los brazos, su marido le había pegado. Adrián no entendía cómo podía vivir con semejante energúmeno y negarse a abandonarle.

Tras las 24 horas de espera por si Irene aparecía, recomendación de la policía, el marido se presentó en la comisaría junto con la madre de Irene. La policía buscó en su banco, hospitales, aeropuertos, redes sociales y no encontraron nada. La madre de Irene reiteraba que su hija no se hubiera ido sin habérselo contado; su hija había desaparecido de forma involuntaria.

Se investigó exhaustivamente en el domicilio del matrimonio. A penas se encontró nada fuera de lo normal. También se registró el domicilio de Adrián que desde el primer momento colaboró con la policía abriendo su casa en su totalidad, sin ningún impedimento, incluido su magnífico jardín trasero. Yo me entrevisté de nuevo con él, siempre amable y calmado, perfecto. Miraba de frente sin retirar la mirada y hablaba de Irene con devoción. Me narró como pasaban muchos ratos en su jardín charlando y riendo. Era una mujer, según él, de un carácter dulce y amable, siempre con una sonrisa en sus labios, aunque su mirada muchas veces se mostraba triste. Era coqueta, solía darse brillo en los labios antes de salir de su casa y aquel gesto cotidiano a él le seducía. Me contó sin indagar en ello muchos momentos íntimos donde pasaba horas acariciando su espalada, su tatuaje. Compartían la fascinación por las flores. Yo vi en Adrián a una persona enamorada que adoraba a Irene.

Me obsesioné con aquel rostro desconocido de la foto, aquella mujer rubia de ojos verdes, con una sonrisa suave enmarcada en labios carnosos y definidos. Manos de dedos largos y uñas con esmalte francés; me fijé que no llevaba anillo de casada. Le pregunté a su marido y me dijo, retorciéndose las manos y sin mirarme a los ojos, que ignoraba dónde lo tendría y por qué el día que se tomó la foto no lo llevaba. Y  tuvo un arrebato, pegó un puñetazo en la mesa y me espetó que odiaba aquel tatuaje y sus vestidos que dejaban entrever todo y que provocaban a los hombres. La describió como una mujer de carácter lascivo y boba.

Durante meses revisé las pruebas, todas las investigaciones llevadas a cabo sin resultados. A mi forma de ver, siempre pensé que el marido ocultaba algo, pero tenía coartada. La tarde de autos se le localizó en un descampado por el móvil; declaró que estuvo con una prostituta. Se localizó a la meretriz la cual corroboró lo declarado por el marido, pero ¿Por qué la noche en que ella no regresó no se dejó la vida buscándola? Según él había bebido alcohol a lo largo de toda la jornada, tuvieron una fuerte discusión porque no le gustó el vestido que llevaba, demasiado escote; por la noche se acostó, estaba resacoso y no despertó hasta el día siguiente. Pensó que ella estaría enfadada y dormiría en casa de su amiga Lina, con la que compartía confidencias y muchos días, tras las broncas, se quedaba en su casa.

Se investigó a todo el entorno, incluso hasta al jardinero de Adrián, el que le cuidaba el jardín impecable con aquel tejo antiguo, romero y plantas de lavanda; y aquellos rosales exuberantes solo de color amarillo. Nos dijo que Adrián pasaba muchos ratos en el jardín, que cambiaba con asiduidad ciertas flores con cada temporada pero que ponía mucho mimo en cuidar un pequeño parterre al lado del tejo con lirios y orquídeas también amarillos.

Soy una mujer, como científica, racional. Hacía ya casi un año de la desaparición de Irene y era como si se la hubiera tragado la tierra. Al llegar a casa vi sobre el escritorio de mi despacho la foto de Irene fuera de la carpeta. No recordaba haberla sacado y dejarla allí. Ponía mucho cuidado en tener recogido los expedientes y guardados en un archivador con llave.

Estaba cansada, me duché, tomé un poco de kéfir con fruta y me acosté. No me dio tiempo a pensar cuando ya estaba dormida. A las cuatro de la madrugada me desperté con mi propio grito. Soñé como una mano de dedos largos acariciaba mi rostro, era una mano etérea con uñas con esmalte francés. Fue como si hubiera una presencia en vez de un sueño. Me levanté y tomé un poco de agua, estuve casi una hora despierta, inquieta sin poderme volver a dormir. Hasta que volví a caer en un sueño profundo, y volví a soñar con una mujer al lado de un árbol rodeada de flores amarillas. Me despertó el despertador para ir a trabajar.

Presenté una solicitud para investigar en el jardín de Adrián con un georradar y tras horas de exploración y con picos y palas localizaron el cadáver de una mujer desnuda envuelta en una manta junto con unas sandalias rojas, cerca del parterre de lirios y orquídeas. Tras el informe de la autopsia se corroboró muerte por rotura laríngea por estrangulamiento.

Todos me preguntaron cómo averigüé la localización del cadáver y hoy sigo sin poder dar ninguna explicación. Me dan escalofríos de recordar el momento de la detención de Adrián. Se lo llevaron esposado, iba sereno, erguido y me miró fijamente a los ojos mientras embozaba una ligera sonrisa ¡Te engañé!

Me llamo Lola y soy psicóloga criminal, el caso de Irene fue mi primera decepción empírica. Y fue entonces cuando comencé a usar mi instinto a la par que mi intelecto y conocimientos. Una paradoja ante mi forma de funcionar hasta ese momento.  Y he de reconocer que mi éxito en los resultados mejoró por encima de mis expectativas.

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