OSSIÁN (continuación de LOS BOSQUES DE HERMITAGE DE DUNKELD)

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“Mis ejércitos serán los árboles y animales de los bosques y las aves del cielo” Carlomagno

Daracha se quedó dormida en pocos minutos. Ossián frente a ella, pero a un par de metros junto al fuego, la contemplaba. Su respiración sigilosa y el semblante apacible y melancólico que enmarcaba aquel rostro ovalado y de piel blanca, le recordó a Lorna, su madre ¡Cuánto la echaba de menos! La única mujer que le había hecho sentir importante y sublime.

Lorna en las largas noches de invierno, en el carromato, le acercaba un cuenco de leche caliente con avena y miel, lo reconfortante que era su aroma, y entre sorbo y sorbo sus historias, su don narrativo para abrigarle. Como le sonreía y acariciaba su mentón. A veces sentía su presencia, sobre todo en instantes de peligro. Si algo malo acechaba solía sentir un suave roce en la barbilla. Al principio pensaba que era tan solo el viento, pero con el tiempo descubrió que esa sensación le alertaba y llegó a pensar que era la protección de su madre.

Cuando por la mañana siguió a Daracha por el bosque, sus respingos, las miradas nerviosas hacia todos lados y el cambiar de rumbo de continuo lo supo. Y cuando la observó llorar sobre el tronco labrado se le rompió el corazón. Por eso pensó que la mejor forma de acercarse a ella era mostrando sumisión y, por supuesto, le dio resultado. Aquella joven indefensa era la criatura más dulce que jamás había visto, sintió cuando sus ojos se clavaron en los de él una punzada en el pecho, como si una estela invisible se hubiera clavado y les hubiera unido.

Tenía la sensación de que en algún momento del pasado había coincidido con Daracha. Esa opción era imposible pues llevaba años viviendo en el bosque. A penas era un adolescente cuando junto a los límites del bosque de Hermitage fueron atacados por ladrones. Su madre alarmada le despertó y le hizo abandonar el carromato por una trampilla del suelo oculta bajo las mantas. Le obligó a que saliera y se refugiara en el bosque. Rozó como siempre su mentón y le ordenó que huyera y no mirara para atrás. Fuera se escuchaban los golpes de los bastones entrecruzándose. Ian, su tío, no dejaría de luchar para defenderlos.

Oculto se giró y vio como el carromato ardía. No se oían voces ni ruidos, solo el crepitar del fuego y su resplandor. Cuando casi amanecía volvió a acercarse con cautela a los rescoldos del carromato. Vio los cuerpos de su madre y su tío inertes en el suelo. Con una estaca y sus manos cavó unos hoyos y enterró a su familia.

Sus pertenencias estaban esparcidas por todos lados. En un deslustrado saco recogió las viejas cartas de adivinación de Lorna, a las que habían diseminado buscando algo de valor. Ignoraban que el valor lo tenían las propias cartas que según su madre procedían de una antigua civilización llamada Egipto y pertenecían a sus antepasados, una sacerdotisa llamada Meretites y su esposo, un cantante llamado Kahai. Siempre llevaría en su memoria las leyendas sobre sus antepasados que narraba Lorna, de la sabiduría de las hierbas para hacer pócimas trasmitidas de palabra desde aquella sacerdotisa hasta su madre ¿Serían verdad aquellos cuentos?

También cogió a las dos marionetas con las que deleitaba Lorna a los niños por cada aldea que pasaba. Y alguno de los libros de hierbas que se habían librado del fuego. También encontró uno de los dibujos de su tío Ian con el carromato y el rostro de su madre. Algunos enseres como un cuenco y dos cucharas, la caja de madera donde guardaban el dinero, una manta y un chal de su madre.

Su desolación fue tal que ni las lágrimas brotaban de sus ojos. Vagó varías jornada, como Daracha, errante y con miedo. La tercera noche arropado con las hojarascas durmió hasta que la pesadilla de los cuerpos de su madre y su tío le despertaron con lágrimas. Fue la primera vez que lloró y así por mucho tiempo, solo lograba verter su amargura en sueños.

Tras algunas noches más despertó de su pesadilla y junto a él, descansaba un anciano y su lobo, de los que no se separaría hasta la muerte del abuelo. Angus, que así se llamaba el anciano, le preparó para cuando su cuerpo abandonara el bosque. Sus ordenes fueron precisas, haría un hoyo y en él quemaría su cuerpo. Le entregó un saco con una semilla y le dijo que en sus cenizas enterrara aquella semilla y la regara hasta que brotara un pequeño árbol sagrado. El tejo era el árbol de la vida y la muerte, no debía jamás comer de sus ramas, hojas ni frutos pues moriría. La fuerza de la naturaleza vivía en dicho árbol, también el espíritu de Angus, sus conocimientos y secretos. Si algún día se le planteaba algún problema, bajo el cobijo de las ramas de aquel tejo sagrado encontraría las respuestas.

Angus pasó a ser su mentor, su maestro, terminó de aprender a leer y escribir. Le llevó a un edificio junto a una cascada, Ossián nunca había habitado en una casa, aquella construcción emblemática comenzó a ser su hogar. Angus le enseñó todo lo que debía saber del bosque, la conducta ante el prójimo y la naturaleza, la lealtad, el honor, la valentía. También fue un duro golpe perderle. Los años juntos habían pasado apacibles, aunque no carentes de dificultades al vivir alejados de las gentes de la comarca. Al calor del fuego pasaban las noches leyendo muchos de los libros que poseía de toda índole, pero a Ossián le gustaban mucho los de su madre y los de las diferentes especies vegetales y sus propiedades.

Angus fue uno de los creadores de alguna de las leyendas mágicas del bosque. Cuando en momentos inciertos se cruzaba con algún pequeño grupo de gente, organizaba su teatro. Se manchaba el rostro con jugo de zarzamoras, se dejaba ver haciendo aspavientos, gritando. Les contaba que un inmenso lobo mágico le perseguía tras arrebatar la vida de sus seres y que quería marcharse de aquel maldito bosque. Despavorido se alejaba y se escondía en uno de sus muchas guaridas donde le esperaban Lobo y Ossián. Aquellos instantes eran épicos, Ossián reía y entonces Angus hacía que Lobo aullara para concluir la pantomima. Aquellas gentes llenas de supersticiones se daban la vuelta y huían horrorizados. A través de los años habían ido creciendo los rumores de seres maléficos que habitaban el bosque lo que mantenía a raya a intrusos.

Angus, afable y ocurrente, en una primera impresión era de un ser hosco y de poca confianza, pura fachada. Su tío Ian era buena persona, pero nada dado a risas y emotividad. Angus siempre decía que casi nadie sabía gestionar emociones y expresarlas. Para muchos era motivo de debilidad y, según Angus, nada más lejos. Riendo siempre, expresaba que deberían de pasar siglos para que el hombre perdiera esa armadura a veces tan pesada.

Lo que más admiraba Ossián era la capacidad de amar de Angus al bosque y sus habitantes. Lo mismo le daba entablillar una rama rota que la pata de un pajarillo. Se alimentaba de frutos y hierbas. Una vez al año solían acercarse a Dunkeld a aprovisionarse de cereales a cambio de miel, frutas y hierbas para sanar.

Ossián recelaba de la gente por eso le gustaba el bosque; era parco en palabras, reflexivo, muy crítico. Pero con Daracha fue diferente. En ese instante, ella abrió los ojos y vio a Ossián observándola junto al fuego y medio adormilada pregunto ¿Estoy segura contigo?

 

 

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