Calima

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Pinturas hiperrealistas de mujeres bajo el agua por Reisha Perlmutter

“No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados” Eduardo Galeno

Hacía un calor horrible, las cuatro de la madrugada y no había bajado de treinta grados el termómetro. Me fui al frigorífico y me bebí de un tirón una botella de agua de medio litro, dejé caer parte sobre mi camiseta. Me asomé por la ventana de la cocina que precisamente daba al patio y a la piscina. Todo estaba a oscuras hasta que noté movimiento por el lado izquierdo, alguien se aproximaba a la valla que cercaba la piscina. Instintivamente y con rapidez apagué la luz de la cocina y volví a la ventana.

En efecto, alguien con una melena azabache, larga y lisa como crines mira para todos lados desde la valla. Cuando mira hacia mi dirección me echo hacia atrás, sigo dejando a mis sentidos manejar la situación, y estoy decidido a disfrutar del espectáculo nocturno cuando, en apariencia, todo el mundo duerme. No hay ninguna luz en las ventanas.

La chica de cabellos equinos, lleva una camiseta que solo cubre su cuerpo. Unas inmensas piernas de pies descalzos acompañan a dicho cuerpo. Sobre uno de sus brazos una toalla no demasiado grande. Posa su trasero voluptuoso sobre el borde de la valla, levanta sus piernas dejando entrever unas bragas oscuras y salta al otro lado.   Deja la toalla en el suelo y vuelve a mirar hacia arriba para corroborar que todo sigue sin señales de movimiento. Se quita la camiseta y vuelve a mirar como sintiéndose observada.

Me vuelvo a echar hacia atrás, tengo la sensación de que mi ropa me aprisiona. Sobre la frente gotas de sudor que intento que no continúen su curso hacia mis ojos ahogándolas con mi antebrazo. Vuelvo a la ventana, con las prisas de no ser descubierto no me había percatado de que bajo la camiseta solo existe el cuerpo de una diosa llena de curvas que solo lleva unas bragas oscuras. En el hombre un tatuaje que no puedo definir. Ahora si que comienzo a tener la respiración entrecortada, me asfixio, creo que el termómetro marca ya los cuarenta.

Con sumo cuidado se sienta en el borde de la piscina y desliza su cuerpo dentro de agua, su imagen se acentúa con los pequeños focos acuáticos que rodean el perímetro de la piscina.  Veo un cuerpo sumergido buceando con parsimonia hasta el otro lado. Estiliza su cuerpo pegando sus brazos  y dando patadas desde las caderas con golpes rítmicos. Cuando va por medio de la piscina se gira dejando sus pechos turgentes a la vista.  Emerge con todo el cabello hacia atrás, sin sacar demasiado la cabeza, pretendiendo seguir oculta. Permanece unos minutos sin moverse. Está en la zona más profunda con lo que sus pies no dejan de moverse produciendo un leve ajetreo en el agua. De pronto, comienza a hacer giros y se vuelve a sumergir, con sutileza, como si el agua fuera su esencia.

Creo que comienzo a tener fiebre, vuelvo a verla cruzar la piscina hasta el borde de donde se bajó.  Con movimientos lentos, da un salto y sale. Se acerca a la valla y coge la toalla, se la pasa con ligeros toques sobre el cuerpo, sin secarse demasiado. Se pone la camiseta, pone la cabeza boca abajo y se retuerce el cabello dejándolo de nuevo suelto, húmedo, lacio, luminoso.

Se dispone a saltar la valla, pero antes vuelve a mirar hacia arriba. Me mira con ojos tempestuosos que escrutan la noche y me lanza un beso apoyando uno de sus dedos en sus labios, y luego una leve sonrisa tentadora. Esta vez no me muevo de la ventana mientras la veo desaparecer en la noche. Me voy al frigorífico y cojo otra botella de agua. Me deslizo entre la puerta y el cuerpo del refrigerador hasta sentarme en el suelo y vació toda la botella sobre mi cabeza. Reconozco a Kelpie, espíritu escoces del agua capaz de cambiar de forma. Ha ocupado el cuerpo de mi vecina del cuarto ¡Ojalá mañana vuelva a hacer calor!