Deseos Inconfesables

Interpretación de imagenes

 

“Largamente, sin apuro, en la paz de la noche habitó en ella deteniéndose en el umbral de cada sensación, saludando al placer, tomando posesión al tiempo que se entregaba.” Isabel Allende

Ya en su habitación, tras la cita con Samuel, se pone su camisola y se tumba en la cama. Enciende las luces, aquellas titilantes bombillas son como sus instintos, cálidas, efervescentes. Sabe que Samuel se ha excitado y ella también. Nada le hubiera gustado más que continuar con el juego de seducción.

En su mente aún resuena la canción que sonaba de fondo cuando se besaron, Placebo, Running up that hill. Ella comienza a rozarse pensando en él, esta turbada, aquel juego le atrae. Desde sus pechos va bajando con lentitud las manos, con suaves caricias. Saldará aquel instante recreándose con su propio cuerpo, pero con la mente ensartada en los fuertes brazos de él. Pudo notar su musculatura cuando se aproximaron, besándose en el callejón como adolescentes. Un gemido esbozado en sus labios exhibe donde están llegando sus caricias. Un torrente de húmedo deseo desemboca entre sus manos. Se pone de lado, su mano suspendida sobre el colchón, cansada.

Tira de las cómplices sábanas cubriendo su secreto, dejando sus pies descalzos, al descubierto. Su largo pelo oculta la cara y esa sonrisa taimada. Pronto el juego de seducción culminará con ambos, inherentes.

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