Un libro, una historia, mi historia

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“Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él” Carlos Ruiz Zafón

Dicen que los libros llegan a nuestra vida cuando los necesitas y a veces también junto a personas. Comparto mi pasión por los libros con mis hijos, ambos han tirado de mí en aciagos días. Escojo mis lecturas por impulso. No puedo decir que un solo libro cambio mi vida, sino que hay varios de estos insignes objetos que marcaron mi existencia. Pero hay un viejo ejemplar de bolsillo que guardo con considerable cariño después de treinta y tres años, me le prestaron y no tuve ocasión de devolverlo.

Allí estaba yo, en el umbral de mi casa con la mesa del jardín repleta de libros. Había decidido deshacerme de algunos ejemplares antes de mudarme. Comencé a recolocarlos agrupados por precios. Descubrí que algunos de mis favoritos, que había guardado en una caja para llevármelos, estaban también expuestos sobre la mesa. Seguro que había sido mi hijo, le dije que pusiera para el mercadillo de la urbanización sólo los de la caja azul. Pero claro, Miguel en su eterno despiste, no me había escuchado.

Revisé todos y fui metiéndolos de nuevo en la caja. Con cada ejemplar mi mente revoloteaba entre recuerdos y nostalgia. “La vida sale al encuentro” una de mis primeras experiencias lectoras. “Jacobus” recién casada lo leí junto con mi entonces marido, yo era como Sara, la hechicera judía enamorada del héroe Galceran de Born en busca del tesoro de los Templarios; “El Principito”; “Misericordia”  de los años universitarios; el viejo ejemplar de encuadernación de cuero del abuelo “La casa de la Troya” de Pérez Lugín, una de mis joyas; “ Los diez negritos” el deseo frustrado y veraniego de ser detective; “La piel del tambor” libro de largas tardes entre pañales y llantos de bebé; la colección de Harry Potter con la que se iniciaron mis hijos y yo les aficioné a la lectura; una edición especial de “El Quijote” regalo de mi amiga María; “La casa de los espíritus” que encara la fuerza de la mujer entre tradición, realismo revolucionario y dictaduras; “La judía de Toledo” de mi admirada ciudad; “Los tres mosqueteros”…

Yo seguía entre mis ensoñaciones con aquella caja de mis tesoros casi llena.  Cerca estuve de olvidar “El Señor de las Llanura” que abrigó mi alma en el lamentable año de mi divorcio. Entonces, sin poder centrarme ni para leer, entre llantos y odio, buscaba con inquietud el apoyo de mis ancestros en la decisión de comenzar a escribir como terapia al desamor.

También guardé los recientemente leídos. Ahora que había encontrado la paz después de años de inclemencias y mis prioridades lectoras habían cambiado: “La trilogía de Baztán” y el impactante “El invierno en tu rostro; este último me había acercado a la España de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial que tanto me interesa.

Volví a entrar en casa para coger el precinto y al salir un hombre miraba algunos libros de mi caja de tesoros. Me acerqué con rapidez para informarle que aquellos no estaban en venta y unos grandes ojos me enmudecieron. Le reconocí al instante, aunque su físico había cambiado mucho. Él también me conoció.

Vicente desapareció cuando apenas tenía dieciocho años y volví a encontrármelo en la puerta del Banco junto a mi marido y él con su esposa años después; no volví a verle. Fue mi amor platónico, el que siempre tenía una sonrisa y un roce de su pulgar en mi cara. Aquél que siempre me dedicaba unas palabras cuando llegaba todos los días al Cigarral de mis abuelos, en julio, en Toledo. Mi hermano y mis primos se divertían en la piscina. Pero yo, por aquel entonces, ocupaba el estío tirada en la escalinata de la entrada, donde siempre corría aire a la sombra de la gigantesca Buganvilla, sumergida entre lecturas trepidantes.  Y para qué negarlo, esperando que apareciera Vicente, con la camiseta ceñida a su torso y sus marcados bíceps llevando la cesta de ultramarinos. Él era unos cuatro o cinco años mayor que yo, de cabellos rubios y ojos misteriosos, y de labios epicúreos.

  • Hola Ana, veo que aún conservas el viejo ejemplar que te dejé y quedamos en que al final del verano me lo devolverías.
  • ¡Vicente! —allí seguía mirándole como una tonta sin articular palabra, solo su nombre.
  • Sigues igual de guapa—con sonrisa triste—. Veo que tu afición no ha dejado de crecer. Es maravilloso volvernos a encontrar. Jamás pensé que mis anhelos se harían realidad. En estos últimos meses me he acordado mucho de ti. Tal vez desde que me abandonó mi mujer estoy lleno de nostalgia.

Salí de detrás de la mesa del jardín y me abracé a él. Fue un impulso primario ante el reencuentro también añorado. Tal vez había llegado el momento de devolverle “En nombre de la Rosa” antaño ya ajado y en la actualidad, aún más si cabe, de tanto acariciar sus hojas.  Ante mi abrazo su expresión cambió y me dijo con su pulgar sobre mi barbilla mirándome a los ojos:

  • “De todos los rostros del pasado que se me aparecen, aquel que veo con más claridad es el de la muchacha con la que nunca he dejado de soñar a lo largo de todos estos años … como escribió Eco en El nombre de la Rosa.