Te Necesito, Ayúdame

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“No cuentes conmigo si es para violencia. No esperes de mí en las barricadas a menos que sea con flores.”  John Lennon

Suena el teléfono con insistencia. Los timbrazos son impertinentes hasta que callan. Al minuto comienzan de nuevo con estridencia.  No hago caso y otra vez deja de sonar. No quiero hablar con nadie. No me es fácil empatizar cuando mi mal humor alcanza cotas insolentes prefiero permanecer oculto, en silencio. Pero otra vez comienza a sonar el teléfono con obstinación. Como cuando intuyes que aquella terquedad no depara nada bueno y el que se encuentra al otro lado del auricular sabe que no quieres descolgar.

Por fin me levanto del suelo donde trataba de distraerme leyendo, con la iluminación justa para distinguir las letras.  Es lo único que me sosiega. Descuelgo con apatía y es ella. Ella que me considera el mejor amigo, el que siempre está ahí cuando le necesitas. Yo no quiero su amistad.

Grita mi nombre varias veces. Su respiración entrecortada me alerta de que algo no va bien. Habla atropelladamente y no consigo entender lo que me dice. Resoplo, sigue alterada disparando palabras, y comienzo a preocuparme

  • Anna no te entiendo, quieres tranquilizarte ¿Qué ocurre?
  • Te necesito

Como siempre que tiene alguna de sus elucubraciones mojadas en alcohol. Apenas me saludó esta tarde cuando reía con el del pelo engominado y montaba en su moto. Cuando la he visto alejarse ha sido como saltar de un precipicio, me he roto en pedazos.

  • Estoy en la carretera del valle. Esto no pinta bien. Ven a buscarme.
  • No pienso ir para que luego tú y tus colegas os riais de mí por perder el culo para salvarte.
  • Esta vez es en serio, por favor, por favor.
  • Esto ya me lo has hecho otras veces Anna—oigo sus sollozos— eres despiadada conmigo.

Ruidos de interferencias y silencio. No sé si me ha colgado, se ha cortado la comunicación o se ha quedado sin batería. Dudo entre volverla a llamar o volver al suelo de mi habitación ¿Y si esta vez no es una broma y me necesita? Con desidia cojo la cazadora y las llaves del coche, puede que regrese más enfadado aún, pero no resisto sus suplicas y ella lo sabe.

Voy en mi coche hacia la carretera del valle. Soy un inútil incapaz de expresar lo que en realidad ella significa para mí. He de seguir siendo su confidente, derrumbándome con cada una de sus palabras mientras me asoma una sonrisa. Ni si quiera puedo gritarle para decir lo que tanto me desespera. Para demostrarle que no soy débil, ni cobarde. Que tantas y tantas veces me he contenido para no dar un puñetazo a ese chulo engominado, para no perderla. Prefiero seguir siendo el amigo bobo a que me deje de hablar. La ventana de su habitación está de frente a la mía. Muchas veces espío como baila a través de los minúsculos agujerillos de la persiana. Las manos me sudan cuando veo contonear sus caderas, su cabello revuelto sobre los hombros. Poso mi frente en el cristal frio de la ventana mientras mi corazón se acelera. Y así día, tras día.

Voy llegando al merendero y veo salir una moto a gran velocidad. Al menos no tendré que soportar la cara de ese gilipollas. Estaciono en frente y cruzo la carretera. Empiezo a inquietarme, un olor ferroso llega hasta mi olfato. Basura por todos lados, miro a mi alrededor. En una hondonada al fondo percibo unos jirones de ropa de un color que me es conocido. Me acerco más, junto a un trozo de tela, un móvil con la pantalla rota, su móvil. Me da miedo mirar, al fin dirijo mis ojos hacia la cuneta. Allí está Anna, encogida, con la ropa desgarrada. Deprisa le giro la cara, está inconsciente. Inconsciente o muerta, poso mis dedos en su cuello. Me cuesta localizar su pulso, pero lo encuentro. Intento que se despierte, no reacciona. La levanto y, a grandes zancadas, cruzo la carretera con ella en brazos. La meto en el coche, está helada. Pillo una manta del maletero y la cubro. Comienza a estremecerse y gemir. Tiene todo el rostro ensangrentado y lívido. Apoyo su cabeza en mi regazo y le hablo.

  • No te preocupes te llevaré al hospital— solloza y siento como sube a mi cara un ardor iracundo.
  • Llévame a casa, estoy bien. Se me pasará.
  • Creo que deberíamos ir a urgencias y a la policía.
  • ¡NO! Llévame a casa.

El calor ahoga mi cuerpo y se me humedecen los ojos. La dejo en el asiento trasero y, apretando los puños hasta dejar marcada mi palma de la mano por la llave del coche, arranco. Cuando llegamos se incorpora con lentitud envuelta en la manta. La sostengo por los hombros hasta llegar a su puerta, entramos. Se dirige al baño mientras se va desprendiendo de los jirones de ropa entre mis brazos. Desnuda, se suelta de mí y se dirige a la ducha. Da el grifo y deja que el agua caiga sobre su cuerpo. El plato de ducha se llena de un líquido rojizo mientras observo anonadado un cuerpo lleno de arañazos y golpes que se va deslizando hasta quedar acurrucado en el suelo entre sollozos.

  • Esto no quedará impune—vuelvo a apretar los puños— ese canalla va a saber lo que es el dolor.
  • Por favor olvídalo solo estate a mi lado.

Reservé mis pensamientos, la violencia nunca debe de quedar indemne y no quedaría. Como dijo Asimov, la violencia es el recurso de los incompetentes. No tiene justificación sus actos. Hay que luchar contra ella con la justicia, con entereza. Todos tenemos que colaborar para que desaparezca. No podemos ver amenazados nuestros derechos de libertad e igualdad.

Tras unos interminables minutos, absorto en mis pensamientos, cerré el grifo y la envolví en una toalla. La tomé entre mis brazos y la llevé a su habitación. Esa habitación donde miles de veces la observé oculto tras la persiana contoneando sus caderas. Pero esta noche estaré a su lado hasta el amanecer,  todas las noches que hagan falta, hasta que quiera que me marche.

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2 comentarios en “Te Necesito, Ayúdame

    • En Internet los relatos de escritores en ciernes,para que sean leídos, han de tener como mucho mil caracteres. Así pues intento que no sean extenso para que no canse leerlos. Muchas gracias Juan por tu comentario y apoyo.

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