Cogiendo una Estrella

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“El encuentro de dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman”  Carl Gustav Jung

Necesitamos, de vez en cuando, un abrazo que nos apriete el alma. Emisores de mensajes, de WhatsApp repetitivos, con afables palabras; receptores apáticos del uso banal de buenos deseos. La tecnología hoy copa cada rincón de casi todos los hogares. En cierto modo, nos mantenemos más comunicados pero la calidez de la cercanía se nos pierde entre ondas y fibras.

Javier apagó el móvil que no paraba de sonar, catorce mensajes para recordarle la cena. Entre las cuatro paredes de su pequeño  ático se tumbó en el sofá y contempló el cielo encapotado a través del tragaluz. Silencio absoluto, soledad. Ella se fue ya casi hace seis meses. Esa serenidad la valoraba hoy por encima de cualquier condición. Sabía a la perfección lo que no tenía espacio en su existencia.  Claro que echaba de menos a Alina pero, con ella, cualquier jornada era una montaña rusa que le desbocaba hasta la extenuación, además de todo el día con el móvil y la tablet. Ella siempre le recriminó demandar exceso de tiempo y caricias.

Alina escribía en el ordenador enloquecida bajo los acordes estridentes de un violín, el silencio le era sobrecogedor. Se llamaba así por su abuela germana y su nombre aludía a la que necesita a alguien que le demostrara su amor con ternura, su maldición. Paró para beber, sus pensamientos siguieron perdidos entre aquel líquido añil  en la taza de osos y corazones que Javier le regaló. Seguía sin saber lo que buscaba en la vida y muchos instantes se llenaban de recuerdos y melancolía. Echaba de menos sus exasperantes caricias que muchas veces la crispaban. Él siempre le censuraba su dependencia tecnológica que llenaba su tiempo.

Javier entró en el restaurante, un local minimalista, de un blanco flemático, tan solo con una de las paredes al fondo en rojo. El mobiliario también todo en blanco y copas, servilletas y platos en rojo. Le desagradaba el lugar, percibió una brisa gélida e insulsa en la nuca. Aquel local le recordó a Alina y él, fuego y hielo.

Alina estaba de copas con las del periódico. Desbocadas entre esperpénticas risas. Por la mañana estaría envuelta en una bruma etílica con dolor de cabeza y sin apenas recordar nada. Y esa maldita sensación de vacío de haber pasado la velada quemando las horas. El ruido encubría el mutismo tedioso.

Una estrella fugaz atravesó  el cielo y Javier no pidió ningún deseo, como decía su abuelo “ten cuidado con lo que deseas que puede ser que se cumpla”. Cuando estaba en sus divagaciones estelares, saliendo del restaurante, recibió un codazo de Paco, su compañero. Le molestó, solo era para mirar a un grupo de mujeres, demasiado contentas que caminaban a la par por la otra acera. No le interesaban. Alguno de sus colegas decidió cruzar la calle.

Alina vio como una estela surcó el cielo entre nubes, algún día alcanzaría su estrella. Pegó un alarido cuando Laura, la ilustradora, le pisó un pie al intentar dar un quiebro a un pesado que había cruzado la calle. Regresó a la realidad con dolor.

Aquel grito desconcertó a Javier. Observó como vapuleaban  a Paco entre risas pero el grito desmedido fue de una mujer de cabellos cortos, envuelta en un abrigo negro y con largas piernas terminadas en ingentes tacones. Sus miradas chocaron y fue como el golpe seco de un revolver, violento e inesperado. El griterío y los pasos se fueron alejando y allí, a ambos lados de la calle, se quedaron Javier y Alina mirándose. Los dos grupos comenzaron a vociferar sus nombres pero apenas eran audibles. Solo estaban ellos. Pasó un taxi que pisó un gran charco de las lluvias de todo el día y salpicó a Alina. La escena quedó envuelta en una nebulosa.

Javier despertó sobresaltado sintiendo sus pies fríos, mojados. Era absurdo solo había sido un sueño. Pero los ojos de Alina le oprimían el corazón. Miró el reloj, llegaba tarde a la cena, se había dormido en el sofá contemplando una estrella fugaz, era lo último que recordaba.

Alina se despabiló limpiándose el rostro, se había quedado dormida sobre el escritorio. Deseó por un instante tener a Javier cerca acariciando su rostro. Llegaba tarde, el móvil en silencio tenía trece llamadas perdidas.

Se vistieron con lo primero que tenían a mano y salieron a la calle aprisa. Javier llegó al restaurante y despavorido comprobó que se asemejaba al del sueño. Dio unos pasos hacia atrás hasta pisar la acera, se giró y miró enfrente. La otra acera estaba desolada, húmeda y llena de charcos. Se dispuso a regresar sobre sus pasos y una voz melódica que llegaba del comercio de la derecha, susurró su nombre.

Alina estaba allí, se acercó y cogió su mano, algo que casi nunca hacía. Javier se turbó. Sin mediar palabra, ella tiró de su mano rozándole con el pulgar, se alejaron, caminando. Él se paró en seco y cogiendo su cara la besó con timidez. Una sonrisa apareció en ambos y continuaron caminando con parsimonia.

¿Habían pedido un deseo? A veces los anhelos se difuminan tan solo con seguir a la tormenta, rayos y granizos se integran, y el camino del destino se vislumbra  con luz propia en las estrellas.

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