El Duelo

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“Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido.”  Pablo Neruda

Alrededor de la luna se ceñía un halo brillante revelando que la oscuridad iba a ser acompañada de heladas. Yo había salido a correr, a despejarme del murmullo tóxico de la competitividad a la que éramos sometidos por nuestra juventud en la empresa. Pronto serían las doce de la madrugada y, como habitualmente, no podía dormir.

La vi apoyada en el borde de piedra del puente. Ella tenía la mirada fija sobre el lecho del rio donde se reflejaba aquella misteriosa luna. No pude evitar parar y preguntarla:

  • Buenas noches ¿Necesita algo señora?—quieto pero sin dejar de mover las piernas.
  • ¡Señora!—con voz irónica y sin mudar el rostro— Necesito valor.
  • ¿Valor?
  • Sí, valor para acabar con lo poco que me queda.

No sabía qué hacer, tal vez mejor continuar mi camino. Algo en su semblante paralizaba mi cuerpo, como si gritara en su silencio un poco de ayuda. Me quedé esperando una respuesta que no llegó hasta que ella se giró y clavó sus ojos en los mío.

  • Más vale que siga su camino joven, gracias.

Aquellas palabras fueron la respuesta definitiva para acercarme a ella. Un aroma cítrico penetró en mi nariz, me envolvió arrastrándome hasta su lado. Apoyé mis brazos sobre las piedras del puente y dirigí mi mirada hacia donde ella lo hacía unos instantes atrás.

  • Ni el rio ni la luna le darán lo que demanda. Si quiere le acompaño a casa, la noche es fría. Cogerá una pulmonía si sigue aquí, hay mucha humedad y penetra hasta los huesos

Pensé para mí que no había frase más idiota para ayudar a alguien pero no sabía que decir. Volvimos a clavar nuestras miradas y fue cuando percibí aquellos ojos claros y limpios. Y se desplomó sobre el empedrado. Miré a todos lados, a esas horas y en pleno invierno no se divisaba a nadie, ni un solo coche. Pasé mi brazo por su cuello para intentar reanimarla, estaba helada. A penas había un kilómetro hasta mi casa, la tomé entre mis brazos, era delgada, y regresé. Aún percibí con más intensidad su aroma fresco.

Ya en mi salón, la dejé en el sillón frente a la chimenea, aticé el fuego y arrojé un par de leños. Me acerqué hasta el teléfono para llamar a urgencias pero su voz me detuvo:

  • Es usted un insensato y un entrometido ¿Cómo se le ocurre traer a su casa a una desconocida? No se lo enseñaron de pequeño.

Dejé el auricular en su sitio y me acerqué a ella. Ahora sí que pude ver su rostro: ojos azules claros, melena castaña, labios carnosos y ardientes imagino que por el frío, nariz recta y fina, y pómulos marcados. Se aferró a su chaqueta de paño mientras la castañeteaban los dientes. Sus manos pequeñas, de dedos largos y desnudos seguían demandando ayuda.

  • Prepararé algo caliente ¿Qué quiere leche, infusión, chocolate?

Una leve sonrisa asomó a sus labios, me pidió chocolate. Preparé dos tazas en el microondas. Le di su taza y me senté en el otro sillón. Ella abrazó el chocolate humeante y sopló sobre él. Aquellos labios, sus manos, su melancólica mirada me hizo estremecer. Había algo en ella que me seducía y podía ser mi madre.

Allí estábamos ambos contemplando las llamas entre sorbo y sorbo sin mediar palabra. Cuando terminamos dejamos las tazas en la mesa de te que separaba ambos sillones.

  • Me llamo Josu. Y sí, soy un insensato pero me enseñaron a auxiliar a las personas cuando lo necesitan. No creo que me quiera desplumar el apartamento con artimañas.
  • Olivia es mi nombre—tendiendo la mano que comenzaba a estar tibia.
  • Quiere que la acerque a su casa, no me importa. Es tarde y su familia estará preocupada.
  • No tengo donde ir Josu. Todo lo que poseo está en una taquilla en la estación del tren.
  • Te puedes quedar está noche aquí a dormir. No hay problema.

La dejé mirando el fuego reflejado en sus pupilas, en el sillón, arropada con mi colcha de patchwork.

Aquella fue la primera noche de las setecientas restantes que permaneció en mi casa, doctor. Recuerdo cada detalle y cada palabra. Yo fui su salvavidas en aquel instante pero ella para mí ha sido el aire fresco en una estancia viciada, el oasis en el desierto de una urbe deshumanizada. A pesar de tener veinte años más que yo jamás note la diferencia. Hoy, a mis treinta y un años, daría mi vida por volverla a tener entre mis brazos.

Cada noche lloro sobre la almohada que aún huele a ella. Cada mañana restablezco su aroma con el frasco de su perfume. No soy capaz de superar el duelo, me niego día tras día a su ausencia. Se fue como llegó sin ruido ni aspavientos, jamás supe de su dolencia, ni un gesto de dolor, solo a veces su palidez.

Mis sueños se reiteran rememorando los momentos en que llegaba a casa y ella me esperaba tras la puerta, me besaba con dulzura y  me vendaba los ojos. Me agarraba la mano y me dirigía hasta el salón donde me desnudaba con parsimonia entre las caricias de sus manos. Yo me dejaba hacer y ella soliviantaba mi cuerpo hasta terminar exhaustos sobre la colcha de patchwork. Percibo por la noche sus mordiscos en mi oreja, su lengua arrastrándose por mi cuerpo y como yo penetraba en el suyo cuando ya no podía aguantar más la excitación. Su jadeo sobre mi hombro cuando me susurraba “te amo Josu” mientras enredaba sus largos dedos entre mis cabellos. Después yo la cogía entre mis brazos, como la primera vez, su cuerpo delgado y débil, y la llevaba a mi cama y volvía a sucumbir entre sus piernas con envestidas todavía más intensas mientras encorvaba su cintura y me retaba con sus pequeños pechos. De vez en cuando gemía gritando mi nombre entre aquellos labios carnosos y ardientes.

  • Josu han pasado ya seis meses y no avanzas. Sigues aferrado a sus cosas y a sus recuerdos. A ella no le gustaría verte así. Tal vez sería bueno que te deshicieras de sus pertenencias, pensar en el futuro.
  • ¡NO! Doctor como me puede decir eso—con los ojos inyectados en sangre— sería traicionarla—lanzando el móvil contra la pared— ¡La odio! Desprecio ese silencio extraño que me evoca su nombre “Olivia”. Le detesto Doctor porque no logra ampararme en esta gélida noche. Odio a Dios por arrebatármela—Llorando con amargura, con las manos sobre su cara y aferrando un trapo de patchwork.

Se marchó de la consulta dando un fuerte portazo. A veces es imposible dar consuelo para el que le han dejado un gran vacío emocional y se obstina en permanecer en el pasado. La impotencia se recuesta en el diván.

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