El aliento de Eros

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“Lo importante no es lo que nos hace el destino, sino lo que nosotros hacemos de él”  Florence Nightingale

Aquella cara de rasgos duros y una gran cicatriz en la mandíbula ahuyentaba a las gentes que andaban entre la lluvia. Pero no era su rostros lo que más  aterrorizaba a los de alrededor, enseguida que se percataban cruzaban la calle. Sus pies descalzos, las ropas rasgadas, sus puños apretados y los ojos inyectados en sangre daban una imagen de él sobrecogedora.

En aquel gélido despacho lanzó con todas sus fuerzas el móvil contra la pared ante la atónita mirada de su jefe. Destrozó la camisa de la empresa, arrojó las botas contra los cristales de la oficina y salió a la calle. No controlaba la ira y aún menos en momentos de injusticia. Cientos de terapias le habían enseñado la teoría pero su fuerte carácter le imposibilitaba para llevarlas a la práctica. Lo único que le tranquilizaba era correr hasta llegar a la cueva del acantilado. Allí aislado había pasado incluso días hasta que aquella inquietud visceral se le contenía.

Se agarró de un pequeño arbusto doblegado por el viento marino y apoyó un pie en una roca sobresaliente. Bajó un par de metros en el acantilado  y allí entre la maleza estaba la entrada a su nirvana. Una vez dentro se le iba pasando el volcán que enajenaba su mente. Pero se dio cuenta de que algo era diferente, había unas pisadas de pies pequeños. Las siguió y encontró un cuerpo en posición fetal sobre el suelo. Se sobresaltó ¿Respiraba? Sí, respiraba. Se sentó y no supo muy bien el tiempo  que estuvo contemplando aquel ser indefenso.

De pronto, ella se movió y al verse contemplado por aquel personaje descomunal y perfil tullido dio un salto poniéndose en cuclillas y apoyándose en la pared. Intercambiaron miradas de sorpresa e incertidumbre y él se dispuso a preguntar:

  • ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? Este lugar es mío —con voz colérica.

Aquella joven de ojos rasgados, pelo azabache y cuerpo delgado le miró y reponiéndose, le inquirió:

  • Yo podría preguntarte lo mismo ¿Tienes un documento qué demuestre que esto es tuyo?

Alex apretó los puños y los levantó pero aquel ser escuálido, de belleza etérea se encogió de nuevo cubriendo su rostro con los brazos.

  • Por favor no me pegues, me marcharé enseguida —las lágrimas comenzaban a resbalar.

Alex se miró a su propio puño y le bajó. Cuando percibía su violencia se avergonzaba. Dio un paso atrás, le dio la espalda a ella y se sentó en el borde de la cueva donde podía divisar un inmenso mar gris salpicado de gotas de lluvia, limitado por aquel acantilado severo, y un barco siempre en el horizonte con rumbo desconocido.

  • Lo siento, este lugar no tiene dueño. Tienes tanto derecho como yo a estar aquí. No pretendía asustarte.

La joven se secó las lágrimas con la manga de su arrugada camisa, se atusó el pelo y se sentó junto a Alex. Tras unos minutos en silencio le tendió la mano:

  • Me llamo Malén —sorbiéndose la nariz.
  • Yo Alex —ocultando su cicatriz y con voz entrecortada.

A veces los silencios llenan más que las palabras. Allí contemplando el horizonte estaban dos seres que no encajaban demasiado. Personas con problemas afectivos en apariencia desbordados. Fue cayendo la noche  y el barco fue desdibujándose entre la distancia y la oscuridad, siguieron impertérritos sentados. Comenzaba a hacer frío y Alex se levantó,  sacudió sus pantalones y se adentró en la cueva. Al cabo de unos minutos regresó con un montón de palos. El fuego pronto iluminó las paredes y fue desprendiendo calor.

Malén también se levantó, se acercó a la hoguera y puso sus pequeñas manos frente a las llamas. La luz creaba un halo que aún aumentaba más su perfección. Alex, que seguía con voz temblorosa, le señaló que se sentará junto a la pared que formaba un ángulo, ese recoveco la protegería de la brisa y el calor la llegaría más inmediato.

Allí, frente a aquel agradable espectáculo de luz titilante Malén preguntó a Alex que desde cuando iba a aquel recóndito lugar. Él le relató cómo lo descubrió hace unos años, cuando aún era un adolescente y un compañero le golpeó con una piedra, sé señaló su rostro. Ella le confesó que hace un mes le vio bajar a la cueva y desde entonces solía acudir al lugar dos o tres veces en semana. Poco a poco fueron relatando sus entresijos; él trabajaba duro sin ser reconocido su esfuerzo, de cómo le miraban con miedo; solo le habían contratado por el programa de reinserción para personas con problemas mentales; ella encontraba alivio en aquel lugar ante la violencia de su progenitor alcohólico del que tenía que haberse alejado hacía tiempo.

Y poco a poco ambos fueron haciendo camino. Anhelaban sus charlas frente a la hoguera cada minuto. Se escapaban cuanto podían, alejados de un mundo que les anegaba su fuerza. Y las palabras dieron paso a los roces accidentales, a caricias  presagiadas y a besos furtivos.

En uno de aquellos encuentros Malén volvió antes que Alex. Él, ávido de caricias llegó unos minutos más tarde y se percató de que ella estaba cabizbaja. Alex con suavidad posó su gran mano sobre la barbilla de ella e intento clavar su mirada en los rasgados ojos de la dulce Malén, pero ella huyó y volvió a fijar sus ojos en el suelo.  Alex intentó de nuevo ver su rostro y descubrió  con estupefacción un ojo morado y una brecha en la frente.

Ante aquello se desató, golpeó con fuerza la pared rocosa hiriéndose las manos.

  • ¡Le mataré, juro que lo haré! No sabe bien lo que ha hecho ese cabrón. No volverá a ponerte una mano encima —la voz resonaba, ensordecedora.
  • No, por favor es mi padre, está enfermo. Mañana llegaré a casa y todo serán lágrimas y mil perdones. Cuando bebe no sabe lo que hace, al día siguiente no lo recuerda siquiera.

Malén intentó calmar a Alex pero cada vez que la miraba su ira se acrecentaba. En una de las tentativas por tranquilizarle ella le intentó agarrar el puño, él dio un fuerte tirón que hizo sucumbir a Malén. Ella se quedó inmóvil en el suelo, Alex abrió sus ojos, parecía que se le iban a salir de las órbitas. No podía creer que también había hecho daño a la persona que más amaba. Se acercó a ella y cogió su pequeño cuerpo inmóvil entre sus inmensos brazos acurrucándola en su regazo.

  • ¡Perdóname, perdóname! No controlo mis fuerzas. Por favor Malén vuelve, no puedo vivir sin ti —con la respiración entrecortada y acariciando su cabello— no volverá a ocurrir, mi pequeña.

Malén abrió sus ojos humedecidos y le agarró con ambas manos del cabello acercando sus labios. Le besó con fuerza y cuando sus bocas volvieron a separarse, Malén acaricio su cicatriz mientras le hablaba en susurros:

  • Ha llegado el momento de solucionar nuestros problemas. Sé que podemos y sé que no volverás a hacer daño a nadie. Solo piensa en mí cuando tu mente se llene de rabia y desolación, piensa en nosotros. Ha llegado el momento de alejarnos ¿Quieres?

Alex dejó de acudir a terapia, informaron  de su desaparición pero nadie volvió a verle. Malén nunca regresó a casa de su progenitor, éste lloraba por las esquinas y en sus borracheras maldecía a su mala hija, vociferando su nombre.

En el puerto, un vagabundo que dormía entre cartones contaba a sus camaradas, entre risas y escalofríos, que los delirios del vino le habían hecho soñar. Un hombre feroz, de facciones duras con una gran cicatriz en el rostro, pelo desgreñado y brazos descomunales,  le miró con ojos inyectados en sangre, sintió mucho miedo; aquella bestia abrazaba a una joven pequeña y frágil de ojos rasgados y cabello azabache de una belleza desmesurada, a la que protegía. Ambos subieron a un barco de tres mástiles con grandes velas blancas  y unos cien metros de eslora. Extrañamente partió de madrugada, cuando comenzaba a aparecer la claridad del amanecer,  con rumbo desconocido; un barco sigiloso, de tripulación fantasma, envuelto en una nebulosa,  llamado “Liberté”

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