El Dragón de Fuego

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Ilustración: The Fallen Angel de Luis Royo

“Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida” Neruda

Alguien me dijo una vez que todas las historias están escritas, tan sólo cambia la forma de contarlas. Los papeles pueden permutar de género, el hombre ser el león cobarde, la mujer ser la bestia. El héroe sigue el mismo camino con distintos trazados.

Encontré aquella carta entre un amasijo de papeles en el desván de la abuela. Una alegoría  al amor, un destino metafórico. Su letra era estilizada y barroca, llamaba la atención entre tanta vulgar grafía. Abrí la carta y desdoble el folio que dormitaba dentro; comencé a leer con avidez:

7 de Noviembre de 1913

Aquella noche conocí al Dragón del Fuego. Temerosa entré en su guarida sin saber lo que me aguardaba. Cuando sus ojos inteligentes se mecieron en los míos, olvidé los miedos. Me acarició con sus garras y volamos por mundos llenos de pasiones.

Noche mágica que nos proporcionó fantasía de pura esencia.  Sentimientos sin grilletes en cuerpos exultantes y sudorosos. Oí la respiración entrecortada y ansiosa del dragón. Caí rendida ante tal abanico de delirios. 

Pero los instintos del dragón no pueden ser ignorados.  Sus dominios se hundieron en mi corazón poseyéndolo para siempre. Sus índigos ojos penetraron mi mente y me arrebataron la existencia, en mi piel quedaron grabados sus símbolos ancestrales. El deseo, cuando se acaba, produce hambre de más deseo pero, cuando el amor lo inunda, colma el espíritu.

Me dio todo y me quede en lucha con mis entrañas. Maltrecha seguí buscando su rostro y nunca dejé de hacerlo pues ¿Qué es la vida sin el fuego del dragón?  Nada.

Él pertenecía a otro mundo y, ambos, no podíamos cruzar los límites. Estaba prohibido que los seres de diferentes orbes se unieran. Cuando descubrieron dónde se encontraba la cueva que anulaba los confines, la cerraron para siempre.  Vagué en su búsqueda y no cesé en el empeño.  Seguía sintiendo su pasión y sabía que él me percibía en su mirada.

Tras muchas travesías encontré su rastro. Me despedí de vosotros, gentes que me llamabais loca, no entendíais de deseos inconmensurables. El amor sobrevuela tiempos y existencias. Él se acercaba y sabía que, por fin, estaría a su lado. Ardería en el fuego de su especie.

Pero en aquella aciaga noche me lo arrebataron. Esperaron el instante del encuentro para clavarle la daga de hielo que apagó su llama. Él me ocultó tras su cuerpo para que no me hicieran daño y que me diera tiempo a huir. Me protegió hasta su último aliento.

Sus ojos se clavaron en los míos susurrándome “Te esperaré hasta que llegues, donde nadie impedirá nuestra unión. Dejaré encendida la hoguera durante mil cosechas, por diez mil caminos, en cien mil lunas para que su luz te guíe hacia mis brazos”.

Sus palabras resonaron como campanas tañendo  y aún hoy, después de tanto tiempo, lo siguen haciendo. Decidí que tornaría mi vida para que no volvieran a llamarme loca. Aguardaría el instante de partir para que sus dominios se hundieran en mi corazón, por una eternidad. Y así la vida continuó y existí al lado de un buen hombre que supo quererme sin pedir lo mismo a cambio. Mi descendencia hizo que las gentes olvidaran mis enajenaciones de juventud. Después de a él son a los que más adoro, mis hijos y mis nietos.

Si algún día estas palabras resonaran en el viento por unos extraños labios, sabed que, aunque la vida prosiguió, mi fin y meta serán siempre llegar su lado. Sólo él dio y dará sentido a mi vida, sólo él me hizo fuerte.

Shara.

 

De nuevo doblé aquel folio y lo guardé en su sobre. Aquella carta no merecía estar olvidada entre amarillentas hojas y polvo, aquella carta desvelaba el gran secreto de la abuela Shara que murió ayer y hoy lloramos su ausencia. Nadie entendió sus últimas palabras cuando partió al viaje sin retorno y yo, guiado por sus recuerdos, las entiendo.

“Vuelvo a ver tu luz tras cien mil lunas”

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