UNIVERSO DE SOLEDAD

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“La mano de Dalí retirando un toisón de oro en forma de nubes para enseñar a Gala la aurora desnuda muy, muy lejos del sol” (1977-78).

 

“La vida me está buscando, pone zancadillas a mis pasos.

Yo me encaro a ella con los puños en alto.

Y parece entenderlo, que con nada me achanto.

Por mucho tropiezo y herida, sigo caminando.

Y así pasan las lunas, pasan a plata los verdes prados.

Sé que un día la noche será serena y sin llanto”

                                                                           ©Loladc´s

Conocí esa mirada melancólica, ebria de alcohol, en mi local. Algo en él me producía ternura. Noche tras noche aparecía medio embriagado y, en la barra, terminaba de ahogar sus recuerdos. Sus ropas no eran mugrientas ni desmadejadas: vaqueros  Levis desgastados, camisa asomando bajo el jersey, ambos de marcas caras, y zapatos limpios y enlustrados. Hablaba poco y jamás le oí una palabra mal sonante ni descortés.

Este garito, ubicado en la zona de copas del casco antiguo, es mi herencia, mi maldita herencia. No tengo otra forma de ganarme la vida. Tras años he aprendido a poner en su sitio a quien se extralimita y a escuchar interminables peroratas, en definitiva, lo manejo a la perfección. Pocos platos de cocina: unas croquetas, unos huevos con besamel rebozados, unas tortillas, unos revueltos y mucho alcohol y pocos refrescos. Una noche mi marido no regresó a casa, por la mañana le encontraron en una esquina, apestando a cerveza, una puñalada en el estómago y los bolsillos pelados. Desde entonces, cada tarde noche ocupo su lugar tras la barra. No me quejo, me da para que no me falte de nada, y me espanta los fantasmas de la soledad por la noche. Llego de madrugada y exhausta, siempre caigo rendida en la cama vacía.

Después de dos meses pisando mis dominios, invito al desconocido de ojos melancólicos a abandonar el local. Me dispongo a cerrar. Da las buenas noches y, al salir, tropieza en el escalón y cae. Me acerco a toda prisa e intento levantarle, tiene toda la cara ensangrentada y una gran brecha en la frente. Tambaleándose logro que se siente en una de las sillas. Entre la borrachera y el golpe no logra mantenerse. Con su mirada oceánica me dice: gracias es usted mi ángel. Pierde el conocimiento y cae al suelo sin yo poder evitarlo. Es alto y corpulento, imposible sostenerle.

Como puedo, arrastro a aquel extraño hasta el sofá desgastado de la esquina. Le limpio la cara ensangrentada, la brecha es pequeña pero ya sabemos lo escandalosos que son los golpes en la cabeza. Inexplicablemente, le arropo con un mantel, estoy tan cansada que no me apetece llamar a urgencias. Me dispongo a pasar la noche en el otro sillón deslustrado. A los pocos segundos él ronca y, entre ronquido y ronquido, exhala palabras: nena, traidora, desdicha. Casi estoy dormida cuando pronuncia una frase que me hace pensar “la vida me busca y estoy perdido entre dos mundos”. La vida nos busca a muchos hasta extenuarnos y muchos somos los que estamos perdidos.

Despierto entumecida. Me voy recta hacia la cafetera. En pocos minutos una fragancia a cereal tostado enajena el espacio. Estoy deleitándome con aquel sabor amargo y fuerte cuando veo removerse bajo el mantel a mi invitado. Casi le había olvidado. Intenta fijar la mirada, se incorpora en el sofá y reposa la frente sobre sus manos pretendido mantener la compostura.

– ¿Una mala noche amigo?

– Las he tenido peores—mira con expresión de no entender nada— aunque el dolor de cabeza me está matando.

– Hola, soy Aurora—con una leve sonrisa— anoche resbaló en el escalón de mi establecimiento, entre el alcohol y el golpe no fue capaz de seguir su camino.

– Siento las molestias señora. En cuanto sea capaz de mantenerme en pie me marcho.

– No se preocupe, tómese su tiempo. Hoy es día de descanso y no abro ¿Le apetece un café?

– Y dos aspirinas. Me llamo Carlos. Muchas gracias.

Me voy al botiquín pero la caja de analgésicos está vacía. Cuando vuelvo está apoyando los brazos en la barra y, de nuevo, con la cabeza entre ellos. Su cabello rubio desordenado se enreda entre sus dedos. Al fin conozco sobrio al hombre de ojos claros y semblante triste, y su voz grave impregna el aire. Veo su rostro con aquella barba incipiente. Este desgreñado me parece el único hombre en la tierra. En definitiva, llevo demasiado tiempo sola, empezaré a preocuparme.

El tiempo se para. Nos miramos y algo sórdido acompaña a nuestras miradas. Siento como todo mi cuerpo se llena de pecado. Respiro hondo y el alcohol se mezcla con un aroma cítrico. Aún en su estado lamentable aquel ser me despierta de un largo letargo.

Sigue impasible apoyado en la barra, no sé si quiere ganar tiempo o lo necesita para recuperarse. Comenzamos a charlar, él no concibe que una mujer como yo esté en este garito. Ignoro si es un reproche o un piropo ¿Coquetea conmigo? Yo que jamás hablo de mí le suelto la desdichada historia de mi matrimonio y mi maldita herencia.

Mi pasado está lleno de noches interminables de borracheras, insultos y algún que otro golpe. Aunque nunca me sentí maltratada pues yo respondía ante sus empujones y manotazos; no soy mujer de quedarme impasible. Llegue a pensar que algún día nos mataríamos a golpes, pero nunca fueron tan fuertes las disputas. Cuando se le pasaba, todo eran lágrimas y perdones; aquello dejó de surtir efecto, su adicción podía más que su conciencia. He endosado a aquel desconocido el final de la contienda y como aquella taberna es mi salvavidas para salir a flote.

Me intereso por su historia y al principio esta reticente. Preparo un Virgin Blody Mary, hace tiempo que no los hago, el mejor remedio para las resacas de mi difunto. Mezclo el zumo de limón con el de tomate, la salsa inglesa y el tabasco y se lo sirvo. Horneo unas tostadas de pan con un poco de jamón. Él acepta, terminamos de ahuyentar la razón ante la culpa.

– Este cóctel acostumbraban a decorarlo en el Club de Pádel con un apio, unos tomates cherry y polvo de pimienta —sonriendo afligido.

– Lo siento no tengo tanta clase. Poseo los ingredientes porque solía hacer este zumo a mi marido.

– No te equivoques Aurora, la clase no está en los clubes selectos, está en la esencia y en los principios de cada uno. El dinero encubre los más viles e impúdicos espíritus. Hace tiempo que me di cuenta de que toda mi vida fue una farsa.

Con cada sorbo de aquel jugo un retazo de historia. Me habla de la deslealtad y la traición de sus socios, como habían ganado dinero ilegal a su costa y él, ignorante, no pudo creer aquella manipulación. El abandono de su esposa ante la escasez de dinero y la condición social. La pérdida de todas sus propiedades, aquello que había ganado tras años de desmesurados esfuerzos. La soledad inmensa y el descrédito le llevaron noche tras noche a refugiarse en el alcohol.

Se ha tomado todo el zumo y me dispongo a retirar el vaso. En ese preciso instante posa sus dedos sobre el torso de mi mano y los arrastra por todo el brazo hasta el hombro con delicadeza. Me muerdo el labio inferior con fuerza en un intento desesperado de no sucumbir. Soy débil ante ciertos estímulos, sujeto su mano ladeando mi cabeza y se enreda en mis cabellos. Nos miramos con ojos febriles.

– Si lo deseas me marcho Aurora, no quiero abusar de tu generosidad—agachando la mirada— hace tiempo que no me dan una oportunidad y menos alguien desconocido.

– ¿Intentas darme pena con esa caída de pestañas?—sonriendo y levantándole la cabeza— te advierto que no soy fácil de engañar, este tugurio me ha aleccionado. La oportunidad te la tienes que dar tú.

– Además de guapa, inteligente ¿Se puede pedir más? Es usted un ángel, mi ángel.

Aquellas fueron las últimas palabras, nuestros labios se fundieron en un intenso y acuoso beso, aún con la barra por medio. Sin percatarnos, en unos minutos estábamos en medio del local y sin haber separado nuestras bocas. Sucumbimos ante multitud de caricias. Él sigue jugando con mi pelo y se va deslizando por mi cuello. Mientras, mi arduo cuerpo intenta recordar la última vez qué sentí la intensidad de aquellos arrumacos y no logro recordarlo. Hace demasiado tiempo. La ropa se va deslizando con lentitud, nos abandonamos. Aquel sillón deslustrado es la culminación de dos almas que decidieron acomodarse en la soledad sin esperar reconocimientos. El aire se llena de gemidos, sudor y éxtasis.

Ambos veíamos pasar la vida y decidimos cambiar nuestros destinos. He encontrado la felicidad porque él me ha hecho verme a mí mismo. Carlos se ha atrevido a darse una oportunidad. La vida dejó de buscarnos para buscarla nosotros a ella.

 

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