FETICHE

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La escultura de mármol El Beso de Auguste Rodin, 1887

“Encuentra lo que amas, y deja que te mate” Charles Bukowski

El culto a las manos, a través de ellas me comunico, entro en contacto, creo. Tal vez para mí, talismanes. Suelo mirar las manos, casi siempre sin grandes sobresaltos, pero de vez en cuando aparecen unas de esas manos que me cuentan y susurran veleidades secretas de personas anónimas.

Estaba en una terraza, tomando el sol,  con un gran vaso de té helado y hablando con mi compañera de trabajo cuando un personaje delgado, alto y pelirrojo se sentó en la mesa de enfrente. Seguimos charlando apaciblemente sin nada sustancial en que embelesarme. El camarero pululaba entre las mesas sirviendo bebidas y apuntando otras. Tras unos cinco minutos el camarero trajo una gran copa redonda con un líquido transparente y burbujeante entre hielo, trozos de fresa y una rodaja de lima y se la puso al pelirrojo.

Aquella imagen se iluminó de forma sorprendente, fue bucólica. Una mano grande, de dedos largos y marcados rodeando la copa se la acercaron a los labios. Esos pequeños toques rojos de las fresas complementaron la imagen hasta la perfección. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y un rubor evidente incendió mi rostro. Mi compañera miró hacia donde apuntaban mis ojos a ver que observaban ante mi cambio inexplicable de semblante sin apreciar nada sobresaliente ¿Te apetece un Gin Tonic? Me inquirió con cierta curiosidad. Le indiqué con un leve ademán que no pues apenas podía pronunciar palabra.

Recordé las distintas manos en las esculturas de Rodin; sobre el muslo  de “El beso” o “La mano de Dios”. Una sensualidad infinita en un simple movimiento paralizado y preciso. Aquella mano de un desconocido me sedujo y enamoró como a una libertina. Necesitaba tocarla aun en un leve roce. Imagine aquellas perfectas herramientas deleitándose en mi piel con lentitud, acariciando mis cabellos enredadas entre ellas. Nada entre mi cuerpo y ellas, solo contacto y vello erizado. Una manifestación animal e instintiva.

Seguimos charlando pero la conversación dejó de tener interés.  Propuse marcharnos con la excusa de tener demasiado calor. Al levantarnos dejé caer mi foulard de flores rojas y aquellas manos eróticas bajaron hasta el suelo para cogerlo. Yo me incliné para cogerlo también pero sin ningún ánimo, simple disimulo. Aquel sutil roce y un etéreo aroma terminaron de consumar el éxtasis. Ni si quiera su amabilidad y sonrisa entorpecieron el momento.

Le di las gracias y me marche mientras una excitación erótica inundo mi cuerpo. Jamás olvidaría aquellas manos y aquel instante en que mi fetichismo fue evidente aunque pocos  percibieron  la exaltación de los segundos infinitos en el tiempo.

Pasó más de un mes y cada noche recordaba esas manos sobre mí mientras me deleitaba en mi propio cuerpo. Una mañana al llegar al trabajo mi jefe me llamó para acudir a su despacho. Un penacho de pelo rojo de espaldas le acompañaba y volví a ver las manos sobre la mesa del escritorio.

  • Hola Ana, te presento a tu nuevo ayudante de diseño.

Mi mente paralizada imaginó el preludio de un ser abandonado al paganismo del deseo.

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