Es mejor decir ¡Adiós!

Es mejor decir Adios 

“Siempre habrá algo o alguien que querrá ubicarte al otro lado de la alegría…” Pedro L. Villalonga

Durante un tiempo me hizo sentir como un ángel al que hubieran arrancado sus alas. Ya no era ni su amiga, ni su cómplice, ni su amante. Muchas veces, en momentos lúcidos y alegres, me decía que como una brújula, cuando las nieblas mentales le acuciaban, yo encauzaba su rumbo. Como todo mito me caí del pedestal donde me había ubicado, tal vez demasiado alto.

Él sabía que se me daba mejor escribir que hablar. Por lo general cuando hablo, o me excedo o me quedo corta; esto me produce muchas veces animadversión  y me encierro en mis mundos de silencio. No suelo dar rienda suelta a sentimientos y menos en público. Aquel día hice la maleta y dejé sobre la cómoda un sobre con una larga carta. Era mi mejor manera de expresar lo que sentía.

Un modo de no decepcionar y decepcionarse es no poner los deseos en manos de los demás. Somos humanos y con asiduidad, nos gustaría que fueran menos, la pifiamos. Según él yo me descuidaba, ponía poco interés en sus problemas, incertidumbres y  pasiones.

Él nunca quiso que le ayudaran, oía pero no escuchaba. Con la excusa de vivir en su caparazón para que no le hicieran daño, cada día soportaba menos la presencia de las personas. El pretexto siempre fue el mismo, era un incomprendido que jamás se sintió apoyado. Intente entender esos tiempos de desolación que le acechaban pero no estaba en sus emociones para saber con plenitud hacia dónde dirigir mis pasos.

Pero ¿Entendía él a los demás, amparaba a los que estaban a su lado? Nunca toleró la humanidad de sus semejantes. Sus pensamientos eran toda la razón, los demás se equivocaban.

Me solía decir que admiraba mi ímpetu. Nada más lejos, las grandes fortalezas a menudo, esconden y protegen como un escudo magnas debilidades. Él sabía de mi entusiasmo por la vida. Intento superar el pasado, me deprimiría cabalgar día tras día sobre historias concluidas; tampoco pienso en el futuro pues la incertidumbre me llenaría de ansiedad. El presente es lo único que me serena y en él voy evolucionando sobre mis errores.

He intentado caminar por un tiempo a su lado pero al final, me rendí. Ninguna palabra o hecho era aceptable y arremetía con fuerza, también hacía daño. No era el único maltratado. Se hiere sin querer, se enjuicia olvidando lo compartido.

Tal vez es cierto que hay personas que no soportan la alegría del prójimo, la fuerza para seguir luchado a pesar de las dificultades. Intentan arrastrarte a su tumultuosa existencia. Entonces llega el momento definitivo de tomar una dirección diferente. Cuando el viento gélido se coloca entre las relación, llega la hora de la despedida, deseando de corazón que algún día él salga del aislamiento y la tristeza.

No puedo permitir abandonar el lado de la alegría aunque tampoco he tenido fácil las sonrisas. Mientras que tenga fuerza, seguiré en el propósito de ser feliz. No pensaré en mi futuro, tal vez más funesto que el de él.

Mi corazón me avisó del acecho de ciertas actitudes y rara vez se equivoca; los pesimismos  me ahuyentan. Necesito inflexiblemente mirar con los ojos de la esperanza, creer en el amor y en las personas.

Siento si en algún momento le ofendí o menosprecié, espero que me disculpe; yo también perdonaré sus desdenes; le amé, hace tiempo que deje de decir “te quiero”,  querer es poseer y nadie es dueño de nada salvo de su destino. Le di las gracias por todo y cincelé un ¡Adiós! sobre el papel.

Miro por la ventana con una humeante taza entre mis manos. Las hojas de los árboles han comenzado a caer. A pesar de la despedida definitiva, en algún que otro momento aparece su sombra, en un objeto o un recuerdo. Tan solo hace un año fuimos a tomar café, agarrados de la mano y arrastrando los pies entre las apergaminadas hojas que cubrían el suelo del parque. Evoco la sensación de paz y la sonrisa de ambos al jugar como chiquillos sobre aquel manto.   Me duele la distancia pero hay decisiones que no queda más remedio que afrontar. Algún día sabré el propósito de nuestra relación o tal vez no. Hoy tan sólo sé que nuestro cruce de caminos ha servido para afianzarme en el deleite por la existencia.

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