ROMEOS Y JULIETAS

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“Te besaré tan fuerte que probaré el sabor de tus pecados, te abrazaré tan firme que sentirás el arder de mis demonios”  Alejandro Ramos Ayala.

Miguel era de pocas palabras, de trabajar duro y que luego le dejaran en paz. Un hombre de facciones severas y marcadas. Sus ojos eran zarcos, misteriosos, una barrera ante los humanos. En el ejército se había ganado el sobrenombre de “el bárbaro”. Su cuerpo era todo fibra y músculo, capaz de agarrar y levantar troncos desmesurados. Sus manos enormes y fuertes, para Malena como terrones de azúcar. Y  con aquellas desorbitadas manos la sacó de los escombros, llena de golpes y arañazos. Las lesiones de Malena eran leves pero la mente quedó dañada, stress postraumático.

La historia de Malena merecía la pena, ella era enfermera. Una bomba cayó en un ala de aquel hospital en tierras disidentes. Ella ayudó a sacar heridos, colaboró en ponerlos a salvo y aliviar sus dolores pero otra explosión la atrapó con sus pacientes, con sus amigos. Bajo los escombros permaneció más de veinticuatro horas junto al cadáver de aquel pequeño hasta que la sacó Miguel.

Hasta que Malena fue dada de alta Miguel iba siempre que podía a visitarla. Los días que se encontraba medianamente bien charlaban del pasado, de la niñez, de las familias. Pero en los días en que revivía el desastre, los estruendos y la oscuridad, él se agarraba fuerte a sus manos y le decía: ¿Estás conmigo Malena? A veces el calor de sus palabras y su contacto, en aquel saqueado silencio, la hacían regresar y ella le contestaba: siempre. Así crearon un vínculo que se fue consolidando, silencios compartidos en el devenir de sus heridas.

Miguel intentaba siempre estar con ella en sus trances. Ella durante los últimos meses había ido perdiendo aliento, un estado de malestar intenso, se hundía. Pero ante la denudada situación vital, Malena pensó que tal vez con él podría redimirse.

Muchos no entendían lo que consideraban una obsesión de Miguel por Malena. Ella era una más de tantos que él había salvado en sus muchas incursiones en labores humanitarias. Pensaban que tan solo se compadecía, sentía lastima por una compatriota. Nada más lejos, Miguel descubrió en sus ojos el refugio de las muchas atrocidades que le tocaba ver día a día. Malena encontró en sus manos el salvavidas que la sacaba por instantes de las profundidades.

Malena sufría insomnio y cuando dormía pesadillas. Desde que él comenzó a velar su sueño, aunque liviano, al menos llegaba; e incluso algunas noches las pesadillas no aparecían. Esos gritos de angustia fueron mitigándose pero los silencios perduraban. Miguel decidió vivir a su lado, no abandonarla. Además se comunicaban en el sigilo con sus demonios.

Si un día las lágrimas y palabras de Malena inundaran la habitación, Miguel aprendería con ellas a nadar. A buscar tierra firme donde comenzar de nuevo. Instruirse para vivir con las cicatrices del alma. Y mientras que los silencios se mermaban y las caricias crecían, atisbos de luz surgían entre ellos.

Una noche de tormenta, Malena estaba sola, un gran trueno envicio el aire. Una hora más tarde Miguel llegó y la encontró en una esquina de la casa. Acurrucada, con los brazos entrelazando sus piernas flexionadas, la cabeza entre ellas y el cuerpo, y un continuo movimiento hacia delante y hacia atrás. Alarmado descubrió entre sus manos un cuchillo.

Comenzó a llamarla con voz trémula ¿Estás conmigo Malena? Pero ella no reaccionaba. Repitió varias veces su pregunta y a la séptima levanto su cabeza con la mirada perdida. Miguel volvió a repetir aquella interrogante con la que siempre reaccionaba. El cuchillo deslizándose hacia arriba por el brazo. Pánico en los ojos de Miguel y en el último instante, casi en un susurro ella contestó: siempre.

Despacio Miguel fue acercándose a ella. Le quitó el cuchillo, le costó arrancárselo. La cogió entre sus manos y, en brazos, la levantó hasta colocarla sobre si, se sentó en el mismo rincón donde minutos antes estaba ella. La apretó fuerte contra su cuerpo apoyando su frente junto a la de ella. Luego acarició sus cabellos y levantó su rostro. Despacio acercó sus labios y la besó, un beso casi en el aire, imperceptible, pero en esa mínima distancia una lágrima comenzó a deslizarse por el rostro de ella.

La mente de Malena se iba despejando y ella comenzó a hundir  sus dedos entre la camisa de él, surcando cada musculo de su abdomen hasta llegar al botón del pantalón. Miguel estaba paralizado y sorprendido pero se dejó llevar. Fuertes latidos desplazaron el silencio que les envolvía bajo el sonido de la lluvia. Sus cuerpos se entrelazaron y ella sintió el fuego del deseo y el ansia de que Miguel entrara en aquella arruinada mujer para insuflarle aliento. Y desnudos sobre el suelo hicieron el amor con parsimonia, como si el reloj se hubiera detenido, hasta que un nuevo trueno iluminó la estancia dejando atisbar a dos cuerpos enredados entre inmortales caricias. Y leves gemidos se unieron a las imparables gotas de agua hasta que, extenuados, uno quedó junto al otro con las manos fuertemente enredadas.

La tradición está plagada de ficticios Romeos y Julietas, de amores incomprendidos donde ronda la tragedia. Ignorados, traspasan las barreras de lo físico. Personas que miran a los ojos del corazón desnudando el alma. Ojos que ven más allá de la retina y perciben la valía de un alma quebrantada.

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