El Monje Guerrero

Templario

Delgada línea separa la casualidad del destino”

Agamar era un hombre de sensatez, de equidad y misericordia. Los que luchaban a su lado lo consideraban un honor y, los que no lo hicieron, un menoscabo. Guerrero de pocas palabras y mirada escudriñadora había olido demasiada sangre, sabía que los actos, tarde o temprano, tienen consecuencias y los sucesos se encadenan en el tiempo. En muchos instantes había sentido la muerte cercana y cada vez la percibía más próxima. Cansado, quería volver a su tierra entre olivos y retamas.

Las últimas contiendas iban arañando su corazón, mermando sus impulsos. La espada hundiéndose en los cuerpos de jóvenes, mujeres y ancianos fue el desencadenante de su decadencia. Sería considerado un traidor si se marchaba pero esos no eran sus principios. Cuando entró en la orden, hacía ya tres lustros, debía ostentar y aplicar las sietes virtudes: fe, esperanza, caridad, justicia, prudencia, fuerza y templanza. Su fe se tambaleaba; mató en nombre de las creencias que profesaba pero recelaba si la fe justificaba las matanzas. La esperanza daba la fuerza del poder de Dios pero el abuso de dicha fuerza había alejado su corazón del Padre. La caridad era una nebulosa ante la crueldad de los asedios. La justicia, en muchas de sus ilícitas contiendas, le destruía. La poca prudencia tras el dominio había dañado su cuerpo y espíritu.  La fuerza de los primeros tiempos, ahora, habían hecho a su espada dominadora y soberbia. Y la templanza, de donde provenía el nombre de la orden, le deshonraba por la desmesura de la autoridad.

En estas divagaciones se encontraba nuestro guerrero cuando en el campamento se rumoreaba sobre la visita de un noble poderoso, el secretismo formaba remolinos en las tiendas. Agamar fue llamado para presentarse inmediatamente ante sus superiores. Sorprendido, se colocó la túnica y la capa, se colgó su espada de doble filo y se colocó el yelmo en el brazo derecho. Ya en la tienda del Mariscal reparó en un caballero de espaldas, frente al altar. Tras presentarse el desconocido habló sin girarse:

  • Hace tiempo que nuestros caminos se cruzaron, hoy lo vuelven a hacer, no te he olvidado en estos años. Eras joven e impulsivo pero tu discurso se imprimió en mi mente—y pensó que su puñal le inutilizó la mano— salvaste la vida y yo ahora vengo a ponerte al borde del precipicio.

Agamar reconoció al instante la voz del Conde. Habían pasado demasiados años, cierto, pero era inconfundible su tono dominador y displicente. La última vez que entrecruzaron sus miradas, Agamar estaba bajo la protección de la Iglesia donde acudió tras el altercado con el Conde. Él tampoco olvidó su mirada de odio ante la imposibilidad de colgarle de un árbol. Atentó contra su Señor, le clavó su puñal en la mano cuando iba a cortar la extremidad de un niño por robar un trozo de pan. Ante el desconcierto, consiguió huir al monasterio y aceptó la propuesta del Prior de ingresar como monje guerrero para defender los Santos Lugares y ganar el perdón de los pecados. Su juventud no había sido demasiado honorable, mujeres, juego y alcohol llenaban las horas tras las jornadas de trabajo. Muchas peleas y duelos a espada, arma que manejaba con destreza desde joven.

  • Bienvenido seáis conde Odalric a estos Santos Lugares. Yo tampoco he olvidado las circunstancias de nuestro último tropiezo. Creo que he expiado bien mis culpas.
  • Tal vez con este último trabajo las expiarás del todo y nuestros corazones quedarán en paz. He solicitado de tu superior que lleves a cabo una misión de alto riesgo pero también de gran honor. Tu Mariscal dice que ya es hora de regresar al castillo de Corbins tras tus muchas batallas, que te vendrá bien el recogimiento y la oración.
  • Estoy de acuerdo y a vuestra disposición. Acataré las órdenes como hasta ahora lo había hecho.

Trascurrieron más de tres horas hasta que Agamar regresó a su tienda. En ese tiempo fue informado de las maniobras a seguir. La misión consistía en llevar unos salvoconductos y una pieza de gran valor al castillo de Corbins. Para ello tendría que atravesar durante dos jornadas tierras enemigas, enmascarado, hasta llegar al puerto donde le esperaban. Al amanecer del siguiente día, ataviado con harapos sarracenos partió también con una cabalgadura árabe. Percibía que el peligro no estaba en tierra enemiga.

Tras dos días cabalgando sin parar, salvo lo preciso para que descansara su caballo, tuvo suerte, apenas se cruzó con bicho viviente. Ya en zona portuaria, el sitio más peligroso, buscó a Sallah que era el contacto para subir a bordo del barco que le llevaría a tierras cristianas. Todo salió de forma insospechada, demasiado suerte para sus expectativas. Desde el principio, tras el encuentro con el Conde, aquella misión intuía que le llevaría de nuevo a presentir la muerte demasiado cerca.

El viaje por el mar Mediterráneo fue bastante tempestuoso, fuertes lluvias y varias tormentas hicieron de la travesía un infierno, el frío se caló hasta sus huesos y no fue capaz de templar su cuerpo en las dos semanas que trascurrieron. La mañana donde avistaron el puerto de Génova fue la primera que volvió a ver el sol tras su partida del puerto de Jope. Sabía que en cuanto desembarcara comenzarían los problemas y no se equivocó.

Sus ropas de comerciante disfrazaban su misión. Lo primero que hizo fue buscar dónde comprar una montura. Preguntó a uno de los mercaderes del puerto y le indicó sin mayor problema. En Génova no dejó de sentir unos ojos clavados en su nuca, lo seguían. La espada corta la llevaba en la cintura cerca de su mano izquierda, era zurdo, algo no muy bien visto en su época, por lo que tuvo que aprender con ambas manos, pero siempre, en toda contienda, primaba la zurda. Tenía en una primera instancia que dirigirse a la iglesia de Santa Margarita en Turín donde ya vestiría su indumentaria. Se puso en marcha inmediatamente, tras cinco horas sin apenas descansar, la noche fue cayendo y buscó dónde refugiarse, encontró una posada pequeña en el camino.

Al entrar vio que la posada disponía de unas seis mesas, dos de ellas ocupadas. En una había cuatro caballeros de aspecto humilde, no se le despintó que las espadas que portaban, por su conocimiento en armas, eran de gran nobleza; dichos caballeros ignoraron su presencia. En la otra mesa un mercader con un robusto criado, este último al entrar le miró sin disimulo y siguió sus pasos.  Tras hablar con el posadero volvió a salir para coger sus enseres del caballo, al darse la vuelta, los cuatro caballeros le rodeaban. Uno de ellos se dirigió a él por su nombre, le conocía.

  • Hola Agamar. —con sarcasmo— Supongo que no me has podido reconocer o tal vez sí.
  • Cómo no reconocer al perro del Conde, al más faldero y traidor—situando su mano sobre la espada.
  • Pues terminemos pronto, creo que traes algo valioso para nosotros.

Ya no hubo más palabras. Agamar se puso en posición defensiva cubriendo su espalda con el propio caballo. Estaba en desventaja aunque no era la primera vez, pero aquellos perros tramposos también estaban curtidos en la batalla. Desenvainaron y el silencio de la noche se llenó de sonidos metálicos.  Tras unos minutos Agamar se dio cuenta que las órdenes eran acabar con su vida, todo había sido una maniobra de Odalric, el odio se había acentuado con el tiempo clamando venganza. La lucha no estaba siendo para él propicia.

En la puerta de la posada apareció el recio criado del mercader con un gran tronco entre sus manos y comenzó a dar fuertes golpes a los atacantes. Ante el asalto por la retaguardia los caballeros perdieron la concentración. Agamar asió una estocada de muerte a uno de ellos, otros dos quedaron en el suelo con sendos golpes en la cabeza por el tronco que enarbolaba el criado y el cuarto, ante el cambio de la situación, corrió hacia un grupo de caballos que pastaban cerca con las monturas preparadas para marchar.

Agamar estaba herido, tenía un corte profundo en el brazo y una leve herida en la pierna.  El criado lo ayudó metiéndole a la posada, pidió agua y unos paños para cortar la hemorragia del brazo.

  • Gracias amigo, estoy en deuda con vos.
  • Creo que la deuda está saldada. —con una leve sonrisa y brillo en los ojos— Dios ha querido que le devolviera el favor a vuestra merced.
  • ¿Nos conocemos?—con voz entrecortada.
  • Gracias a vos mi brazo permanece unido a mi cuerpo. Cuando era niño usted impidió que el conde Odalric me lo cortara.

Delgada línea separa la casualidad del destino. Los actos tarde o temprano tienen consecuencias y los sucesos se encadenan en el tiempo.

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