PAPEL EN BLANCO

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“La nieve del alma tiene copos de besos y escenas que se hundieron en la sombra o en la luz del que las piensa”  Federico García Lorca

En aquella sombría tarde de grises, tras el cristal de un pequeño café, observaba deambular a las personas devoradas por sus abrigos para resguardarse del gélido viento. Todo el mundo se movía. Necesitaba ideas tras días en blanco, parecía que las palabras se hubieran evadido de mis castigadoras manos. El café humeante me abdujo por unos instantes, con los ojos cerrados, de la vorágine del establecimiento. Al volver a abrir los ojos, ellos se dirigieron hacia un individuo del que no me había percatado o tal vez acababa de llegar.

En la calle, en la esquina frente a mí un hombre de mediana estatura se apoyaba en la pared, la pierna derecha flexionada con el tacón sobre dicho muro. Jugueteaba con un cigarrillo entre sus dedos y luego daba una calada con parsimonia y seguía jugueteando. Llevaba un abrigo desabrochado, la otra mano en el bolsillo de un impecable traje abotonado y  complementado con una corbata estrecha. No podía verle el rostro, pues cabizbajo y cubierto con un gorra Gatsby, me ocultaba su mirada.

Aquel personaje bien podía haber salido de una novela de Al Capone. Mientras le vigilaba seguía impasible esperando, como si el tiempo se hubiera parado, como si nada importara. Acostumbraba a morderme el labio inferior, una de mis manías, como un sabueso cuando huele una pista. Tomé la taza y bebí un amargo trago, el café sin azúcar me estimulaba. Él seguía allí, imperturbable, y yo, desde luego, no pensaba moverme hasta ver hacia dónde dirigía sus pasos.

Casi acabé el café y, entonces, se acercó a él una chica con unos bonitos zapatos rojos de aguja, y un abrigo claro de paño con un exuberante cuello de piel de zorro entremezclado con una melena azabache. Intercambiaron palabras acompañadas de aspavientos de las manos de ella. No era una conversación afable. Pero él seguía inalterable contestando a los agravios de ella. De pronto ella le abofeteó lanzándole después algo a la cara que no pude distinguir. Ella se marchó y él siguió apoyando el tacón de su zapato en la pared como si nada, no se agachó para coger lo lanzado, me pareció percibir algo que brillaba en el suelo.

Creo que aquello era la mejor escena que había visto representar en los últimos tiempos. Quería imprimir cada detalle. Seguía mordiéndome el labio inferior cuando él levanto su cabeza del suelo mostrando una mirada penetrante, entre maldad  e inteligencia. Tiró el cigarrillo y me miró con descaro. Me dirigió una leve sonrisa y se marchó en dirección contraria a la chica. Cuando ya casi se perdía en la calle se giró  y llevó la mano del cigarrillo a la visera de su gorra brindándome un saludo. Creo que percibió que había estado todo el rato escudriñando.

A veces dudo de si aquella escena fue real o imaginada pero aún guardo un llavero de plata con una pequeña llave que encontré en el suelo, frente al café. Y es que ya se sabe, la plata siempre acompaña a almas solitarias. Mi imaginación vuela con un simple objeto. Algún día llenaré una página en blanco, algún día me gustaría que se cruzaran nuestras miradas.

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