INCLEMENCIAS

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“Las alegrías son como las flores que la lluvia mancha y el viento deshoja.”  Edmond de Goncourt

Apenas había amanecido, la luz empujaba con timidez a la oscuridad. Multitud de hojas volaban sin posibilidad de aposentarse, el viento tempestuoso desvencijaba cada rincón ¡Menudo día para empezar! Comienza a llover, saco el paraguas en un intento denudado por protegerme, sirve de poco. El viento vuelve convexo  al paraguas que me arrastra premonitoriamente hacia la dirección contraria. Todo son señales aciagas.

Creo que mi depresión postvacacional se ha agudizado a niveles preocupantes. Algo se me mete en el ojo y me ciega; saco un pañuelo del bolso y, cuando intento desplegarle, el céfiro me lo arrebata. Las lágrimas recorren mi rostro y mis entrañas. Como tengo la visión mermada me tropiezo con algo que no logro definir pero sí noto el escozor del asfalto sobre mis rodillas. Tengo todas las medias rasgadas y pronto las carreras recorrerán mis piernas. No me queda más remedio que regresar a casa y cambiarme pues también me siento calada.

Con dificultad, traspaso el umbral de la puerta no sin antes volviéndome a pelear con el viento. Por fin logro cerrarla, me apoyo y dejo que mi cuerpo se escurra hasta el suelo. Suena el móvil, vuelco el bolso, localizo el aparato diabólico y con voz sombría contesto. Es Cris, la secretaria, la reunión ha sido retrasada para mañana, el presidente de la corporación no puede llegar, su vuelo ha sido cancelado por rachas de viento huracanado. Informo a Cris que me quedaré en casa trabajando con el ordenador, le enviaré los informes que tenía pendientes esta tarde por  correo electrónico.

Me levanto, me acerco al armario y dejo los zapatos y el bolso. Descalza, subo a mi habitación y me desnudo lanzando las medias directas al cubo de basura. Me pongo mi más cómodo pijama junto con mis calcetines de lana. Voy a la cocina y preparo un café humeante. Ya en el despacho presiono la tecla de encendido del ordenador. Miro por la ventana, salpicada de gotas, con mi taza entre las manos, y una sonrisa perversa asoma a mis labios. El día se presenta resplandeciente al abrigo del hogar mientras veo a mi vecina pelear con las inclemencias.

Final de septiembre adverso, venturoso inicio.

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