EL ESCULTOR DE ARENA

Sirena

“Ten cuidado con tus sueños: son la sirena de las almas. Ella canta. Nos llama. La seguimos y jamás retornamos.”  Gustave Flaubert

 

Arrastraba con parsimonia los pies por la arena. De vez en cuando, giraba y miraba el horizonte, otras cogía algún objeto del suelo y lo lanzaba con rabia. Era habitual verle pasear por la playa al amanecer. Su semblante desalineado, de pantalones vaqueros rotos y camiseta recortada, cabellos largos, mirada perdida y manos inquietas le daban un aspecto bohemio. Los del pueblo lo apreciaban y se preocupaban de aprovisionarle, nunca se había metido con nadie. Dormía bajo la barandilla del paseo marítimo, en una pequeña oquedad bajo la acera.

Comenzaba en primavera y hasta últimos de septiembre trabajaba haciendo castillos inmensos de arena que decoraba con velas y surcos de agua. Los transeúntes solían echarle monedas en una vieja esterilla de playa junto al cubo desvencijado donde traía agua desde la orilla.  Hablaba poco y, la mayoría de las veces, incoherencias. Nadie conocía su procedencia e historia. Aquel pequeño chucho tal vez era el único que compartía con él sus largos alegatos en las noches de verano, sus secretos susurrados.

Tan solo en la noche del solsticio de verano cambiaba sus castillos de arena por la cincelada figura de una sirena de larga cola con escamas, y pequeños y firmes senos. Su cabellera le llegaba hasta el final de la cola, de rizos como las espumosas olas del mar, y entre sus cabellos estrellas de mar y delfines. Aquella criatura legendaria portaba entre sus manos un  rosario de perlas  del que colgaba medio corazón quebrado. A su alrededor, todo lleno de candelas y pétalos de rosa.

En aquella noche, la de San Juan, era cuando más dinero recaudaba y cuando más apenado mostraba su rostro. Alguien de los que admiraba su sutil figura de arena observó como aquel sujeto de vagabundo aspecto portaba una pulsera en su muñeca izquierda; un cordón trenzado rojo descolorido del que pendía medio corazón quebrado de plata.

Acariciaba con laxitud al pequeño perro mientras sus ojos anhelantes se perdían en la lejanía. Su cuerpo habitaba en la playa, su trastornada mente divagaba por océanos recónditos. Y en aquella noche de San Juan todos vieron como, de pronto,  el escultor de arena saltaba sobre las hogueras y sonreía, todos vieron como se bañaba en las aguas del océano que, como un espejo, reflejaba la inmensa luna acompañado de su pequeño chucho. Todos le vieron pero nadie advirtió que no regresó a la orilla. Por la mañana las candelas apagadas y una sirena de arena abandonada en la playa.

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2 comentarios en “EL ESCULTOR DE ARENA

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