ANHELOS Y SEÑALES

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“Mis ojos, faros de angustia, trazan señales misteriosas en los mares desiertos. Y eterna, la llama de mi corazón sube en espirales a iluminar el horizonte.”  Alfonsina Storni

Ella solía ir a desayunar a aquel lugar cuando no se sentía demasiado bien. Era una manera de homenajearse cuando los ánimos decaían. Siempre intentaba ponerse junto a la inmensa cristalera, frente al campo de golf. Aquel paisaje de un verde intenso, los reflejos en las trasparentes charcas de agua y los múltiples setos de flores reavivaban su indolente corazón, demasiadas veces roto.

Un camarero le trajo una gran copa de cristal llena de un líquido  cremoso rosado, adornada con hojas de menta, y una magdalena sobre un plato de porcelana azul y blanca y una frase en el fondo: Never  be hungry.   Le encantaban los batidos y más de fresas con plátano. Mordió la magdalena y saboreó aquel gusto intenso a manzana y canela. Había poco ruido, tan solo algún que otro roce de tazas entre el canto de los muchos pájaros que pululaban por aquellos campos.

No se encontraba mejor. Estaba tan abstraída que no se percató de que alguien ocupó la mesa de enfrente, oyó un lejano “Buenos días” y giró su rostro.  Por mero protocolo le contestó e intentó seguir en su mundo. No pudo volver a sus meditaciones y escuchó como aquel hombre pedía un café, un zumo y una magdalena como la suya.  Ella seguía mirando el paisaje mientras analizaba el aspecto del individuo que había invadido su espacio. Era alto y bastante fornido, con un cabello ondulado rojo intenso y desgreñado, jersey de hilo blanco sucio y vaqueros ajustados. Un espécimen  extraño y fuera de contexto, un vikingo.

Con cierto aire de disimulo, ella cogió la copa y dio una gran sorbo mientras seguía observando. El individuo comía con avidez la magdalena mientras leía algo en el móvil. De repente, levantó la vista y posó sus ojos sobre los de ella. Aquella mirada de hielo le petrificó. Sus ojos le recordaron a alguien a quien llevaba siempre en su corazón, alguien que percibía aun tras muchos años de ausencia como un ángel de la guarda. Un escalofrío recorrió su cuerpo y a punto estuvo de derramar el deseado batido. El individuo siguió hurgando en su móvil con indiferencia, ni si quiera percibió su consternación.

Ella se sentía como tierra yerma: personas que la habían amado y que permanecerían siempre en su corazón pero ya no estaban, las echaba de menos; instantes felices donde el tiempo se detuvo para no olvidarlos; calidez humana ante las muchas dificultades de la existencia… Sí, había muchas clases de hambre.

Allí estaba, sumida en una apatía de trabajo y rutina, decorada con los sentidos con los que percibía el mundo, sus colores, sonidos y sabores. Cerró los ojos y apreció aquel vació inmenso que le había llevado hasta aquel lugar por la mañana, alejándole del mundanal ruido. Aspiró con ansiedad, le faltaba el aire y un aroma cítrico acompañó a aquella bocanada fría. Un impulso le hizo coger el bolso y marcharse. Ni siquiera fue educada.

Ya en el exterior, junto al coche se apoyó en el capó, si no comenzaba a respirar con tranquilidad, se desmayaría, estaba hiperventilando. Aquellos ataques de angustia comenzaban a ser repetitivos y preocupantes ¿Tan hastiada estaba? Siempre levantándose de las duras caídas, comenzaban a mermar sus fuerzas. Estaba sola, desolada y nadie en los últimos tiempos lograba superar ciertas expectativas. Todo quedaba en círculos frívolos, en personajes triviales que no valoraban más que la imagen y el dinero.

Seguía hiperventilando, se agachó para intentar controlar el ahogo. Oyó unos pasos que se acercaban a su espalda.

  • ¿Se encuentra bien?—con voz grave.

No sabía quién se hallaba en la retaguardia pero lo que menos le apetecía es que la vieran en aquellas circunstancias. Estiró el brazo hacia atrás con la mano hacia arriba para intentar detener al individuo mientras vomitaba todo el desayuno sobre la hierba. El desconocido no se dio por aludido y le sujetó por los hombros mientras retiraba su cabello de la cara. Se avergonzó y percibió como su rostro ardía. No podía hablar y la respiración seguía siendo agitada, las piernas le flaqueaban. Con delicadeza, él la obligó a sentarse en el borde de la acera, dándole instrucciones.

  • Inclínese y mantenga la cabeza entre las rodillas. Intente respirar profundamente con el diafragma y el abdomen— colocó su mano sobre su barriga.

No sabía aún quién la estaba ayudando. Iba despacio recobrando la compostura sin atreverse a levantar la mirada.

  • ¿Mejor? Creí que iba usted a perder el conocimiento.

Seguía sin mediar palabra cuando tuvo el valor de levantar la cabeza. Allí estaban aquellos ojos azul hielo de su abuelo en el rostro de un ser anónimo de cabellos rojos encrespados. Señaló su bolso que estaba tirado en el asfalto cerca del vómito. El hombre se acercó y se lo trajo, ella se aferró a él, lo apretó contra el pecho como si fuera una barrera de protección. No sabía muy bien cuanto tiempo pasó hasta que pudo pronunciar las primeras palabras.

  • Muchas gracias, muy amable.
  • Sigue usted pálida quiere que la lleve a algún sitio o llame a alguien.
  • No, no, ya me siento mejor. No se preocupe.
  • No voy a dejarla mientras no esté seguro de que se encuentra bien. Tal vez sería bueno que tomara algo dulce ¿Quiere que me acerque al restaurante a por un zumo?
  • No creo que pueda tomar nada sin la posibilidad de volver a vomitar.
  • No es la primera vez que veo vómitos, estoy familiarizado con ellos y otras cosas peores. Mientras no vomite por mi presencia y mis indicaciones— con expresión divertida—. Insisto, no voy a dejarla sola.

Él intentaba animarla. Seguía abrazada al bolso, cerró los ojos e inspiró con fuerza volviendo a inhalar aquel olor cítrico que la envolvía. Él la agarró de nuevo del brazo con aquella mano grande y huesuda. Se dejó cuidar por alguien del que no sabía absolutamente nada; solo que le gustaba el café, el zumo y las magdalenas

Sonó su móvil y ella le instó a que contestara. Él ignoró el maldito instrumento diabólico que estaba esclavizando al mundo. Volvió el silencio  y volvió a insistir el móvil. Sin miramientos lo apagó y se lo guardó en el bolsillo de los vaqueros. Él la convenció para volver al restaurante y  beber algo.

  • Gracias por todo, me llamo Lola— tendiéndole la mano.
  • Yo Samuel, encantado— estrechó la mano de ella, la atrajo y la dio un beso en la mejilla. Ha sido grato poder ser útil. En estos tiempos que corren somos lobos solitarios en bosques tecnológicos. A veces echo de menos un apretón de manos.

Siempre creyó en las señales, en un ser protector merodeando alrededor de cada uno y de sus situaciones. La ayuda puede surgir en medio de la tormenta, despertamos en una insólita playa contemplando un nuevo amanecer.

Ese día fue el comienzo de una buena amistad. Una amistad que la reconfortó, le dio seguridad. Alguien que siempre estaba ahí sin vivir bajo el mismo techo, alguien a quien le importaban los seres humanos por encima de la imagen y el dinero. Y ese ser mítico que creía inexistente llenó el aire de melodías y sonrisas, sin esperar nada a cambio.

A menudo compartían una gigantesca magdalena con un batido de plátano y fresa mientras contemplaban los colores de la vida  en la terraza del mundo. Las manos de Samuel siempre desprendían un calor intenso, una energía mística que le traía recuerdos de juegos infantiles junto a su abuelo. Su abuelo, de manos magnas y enjutas, de ojos azules limpios como el alba pero de cabellos blancos tras muchos inviernos.

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