EXASPERACIÓN

Si queréis entender este relato, es la tercera parte de estos dos anteriores:
El primero https://loladc.wordpress.com/2014/12/29/hasta-pronto/
El segundo https://loladc.wordpress.com/2015/01/13/hola-de-nuevo/

Exasperación

“La angustia de mis sentimientos no cejaba; no había incidente del cual mi furia y desdicha no pudieran sacar provecho.” Mary Shelley

Aquella media hora hasta llegar a mi hotel fue la más exasperante de mi vida. Intenté mantener mi indiferencia. El taxista nos miraba por el retrovisor de vez en cuando, se preguntaría qué haríamos en su vehículo con cara de vinagre y como si nos diera alergia uno del otro.

Iba mirando por la ventanilla mientras mis dedos hacían girar el anillo, era la única señal que manifestaba mi inquietud aunque podía pasar por un hábito. Veía a las personas transitar envueltas en sus abrigos y muchas con la cabeza embutida en los cuellos de estos. Aquel viento de la bocacalle había ido arreciando y, en poco tiempo, la ciudad se vio cubierta por unas amenazantes nubes perladas. Ocasionalmente una culebrilla eléctrica iluminaba el entenebrecido cielo. El ambiente era inquietante, se avecinaba una fuerte tormenta, como si se estuviera ambientando el escenario.

En una de las veces que con disimulo miré, le sorprendí observándome. Se había percatado de que su anillo aún seguía en mi dedo. Mi cabeza se enajena con su aroma y mis brazos quieren atenazarle, no dejarle escapar, sentir sus manos enredadas en mi pelo.

Llegamos al Chalesmark Hotel en Boylston Street, al lado de Copley Square. Allí era donde me alojaba, estaba frente a la Biblioteca Pública de Boston; su ubicación es excelente por la accesibilidad perfecta para moverse sin dificultad; podía abordar en unos pasos el suttle bus que te llevaba al aeropuerto en unos minutos. La calle bullía de gente por las tiendas y los restaurantes que se agrupaban en esta zona. Después de franquear la terraza y la recepción, subimos al piso superior. La habitación era pequeña, con una decoración sencilla y agradable. Disponía de dos sillones de piel rosas, junto a la ventana, donde esperaba poder hablar con tranquilidad con Luis.

Tiré sobre la cama el abrigo, el bolso y el maletín. Inspiré con fuerza para templar mis impulsos. Él estaba junto a la puerta atravesándome con su mirada feroz, las cejas juntas y hacia abajo y los labios, aquellos labios finos y bien delineados, apretados hasta casi desaparecer del rostro. Seguía siendo un animal herido de muerte.

– Bien, por dónde empezamos— ella se sienta en uno de los sillones rosas.
– ¿Que por dónde empezamos?—subiendo el tono de voz algún decibelio— Qué te parece si me dices por qué me utilizaste, qué te había hecho yo ¿Tan mal me porté contigo?
– Ya te dije que lo nuestro no tuvo nada que ver con los negocios. Estuve seis meses en tu empresa y la información la obtuve con facilidad en los dos primeros. Me podía haber marchado sin más. Pero he de reconocer que me enamoré de ti, esos cinco meses han sido lo más maravilloso en mi vida. Pero llegó el momento en que mis jefes me apremiaban y no tuve más remedio que marcharme.
– ¿Tus jefes? Yo creía que eras una ratera que vendía su mercancía al mejor postor.
– Pues te equivocas. Pertenezco a una empresa, por decirlo de algún modo, de alta seguridad.

Abrí el minibar y cogí una botella de agua y dos vasos. De espaldas a él repartí el líquido entre los dos recipientes y le ofrecí uno. Se lo bebió de un trago, ávido de sed. La ira suele secar la garganta. En unos minutos comenzó a tambalearse. Le había añadido a su agua unas gotas de Adamanta. Cayó sobre la cama con las pupilas dilatadas. Con mis dedos en su yugular palpé su pulso, estaba acelerado pero no había peligro. Su respiración estaba ralentizada. Tras colocarle cómodamente en la cama, con la cabeza sobre la almohada, le aflojé el nudo de la corbata, le atusé sus cabellos, le besé con un sutil roce y aspiré su aroma. Me acerqué a su oído.

– Te amo.

Cogí una hoja de la libreta de notas que había en la mesilla y escribí: Indaga, sigue trabajando, investiga. Busca a María Figueroa, asesora de TecnoDrunch, agrupación respaldada por una empresa gubernamental. Te repito, lo nuestro no ha tenido nada que ver con los negocios. Cuando lo entiendas, búscame y te encontraré. La habitación está pagada hasta mañana.

Puse el papel en el bolsillo de su camisa. Volví a tomar su pulso, seguía un poco acelerado pero dentro de los márgenes. Aquel líquido era efectivo pero si superabas la dosis podía llegar a ser mortal. Yo a veces lo usaba para el insomnio. Recogí mis cosas y me marché.

– Nos volveremos a ver, ¡A ghrá!

Abandoné Boston recordando la noche que regresó de su viaje a Escocia, en Hamburgo había una sucursal de su compañía. De aquellas tierras ancestrales, me regaló el anillo de plata que adornaba mi índice con inscripciones celtas. También trajo una botella de whisky Cardhu que saboreamos en aquella velada precediendo a una noche enajenada de alcohol, caricias y besos. En el corazón no manda nadie y nadie controla sus instintos. Él me dijo que solo había aprendido una expresión en gaélico ¡A ghrá! (¡Oh, amor!)

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