LA PRINCESA GALIANA

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“Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. En realidad, la vida es una calle de sentido único.” Agatha Christie

El sol calentaba como sólo lo hace en los meses de verano en el centro de España, con esa intensidad que abrasa y agobia. La corbata me arrancaba la respiración. Buscaba un local donde aliviar la tortura del asfalto.

Aquel día fue el comienzo y el final, un cúmulo de muchas imprevisiones, el inciso en la soledad de mi desierto urbano. El destino reiterado me amargaba y su aparición, efímera y eterna, aportó el viento lozano que precisaba. Todo transcurrió en horas y daría lo que fuera por volverlas a vivir. Ella sólo buscó un alma cándida para pasar inadvertida y escapar. Huía de algo taciturno y cruel.

Sus ojos, trigueños hasta perderse en ellos, eran desafiantes e intrépidos. Parecía que, de un atisbo, descubriera los más íntimos secretos. Se cruzó con mi mirada en el umbral de una posada de aquella histórica ciudad. Mi existencia estaba vacía y mis ambiciones, que nunca fueron demasiadas, satisfechas. Creía que ya poco me quedaba por ver y vivir. Se acercó a mí, agarró mi brazo y comenzó a hablarme desaforadamente:

– Buenos días. Mucho calor y eso que sólo son las nueve. Tienes el nudo de la corbata un poco torcido aunque tu aspecto es formidable. ¿Qué tal la velada de anoche?

La miré sorprendido. Acababa de llegar a aquella localidad y evidentemente se confundía. No sé por qué la contesté, seguí el juego:

– Mis veladas últimamente no son demasiado buenas. Y llevo parte de la noche de viaje, acabo de llegar.

Sin soltarme del brazo siguió hablando, ignorándome y continuando con la farsa:

– ¡Qué tonta! Me has caído simpático — con expresión triste—. Tu aspecto es tan apuesto que te había confundido con otra persona ¿Vienes por vacaciones?

La conversación era absurda. No conocía de nada a aquella mujer y no sé por qué seguía hablando con ella. Miraba directa a mis ojos y yo a los suyos. Inhibía mi voluntad. Me dejé llevar, no tenía nada mejor que hacer en un par de horas. Reinicié la conversación:

– Hola, me llamo Mario. Vengo por temas de trabajo — le tendí la mano—. Soy abogado.

– Yo soy Elena — estrechándole la mano y besándole en las mejillas—. Te hechizaría mi ciudad, está llena de encanto — pensativa—. Lo siento, me has dicho que venías por trabajo. Me aburro. ¿Has desayunado? Si te apetece podemos hacerlo juntos. Aquí, en la judería, dan unos almuerzos magníficos. El desayuno debería ser la comida mejor del día pero, ya se sabe cómo somos, todas las comidas son buenas, nos da igual la hora. Pensaras que estoy loca. Venga vamos, no te arrepentirás.

Con irresponsabilidad acepté sin rechistar. El almuerzo fue soberbio, ambos tomamos lo mismo; disfrutamos de cada bocado. Nos sirvieron un café aromatizado con cardamomo y canela en pequeñas tazas estilo turco, briwat de miel y almendras y baklavas de nueces y pistachos. El aroma especiado, la miel y los frutos secos cincelaron el ambiente volviéndolo exótico. El instinto se entretejió entre uno y otro.

Hablamos de cosas intrascendentes y divertidas. Hacía tiempo que no me reía como lo estaba haciendo con aquella extraña. Elena me recordaba a mi esposa cuando era joven; fue como volver a estar con ella. El pelo corto y oscuro; la cara inocente; talante rebelde, insolente; aquel lunar en la mejilla; sus ropas desenfadadas, dejando entrever una figura recia, exultante y provocadora. La añoranza me hizo pensar, por un momento, que ella había bajado un ratito para charlar conmigo desde su imposible regreso. Era la misma persona con un toque salvaje, alocado y frívolo.

Terminamos y me despedí. Mi cita por asuntos laborales era a las doce. Quedamos para comer juntos en aquel mismo lugar “La Posada de la Princesa Galiana”.

La mañana se me hizo eterna. Estaba impaciente, inquieto. Ansiaba que llegaran las tres y a su vez me ahogaba el miedo ¿Dónde me estaba metiendo? Nadie se arrima sin un motivo a alguien desconocido y bastante maduro. Tal vez trataba de timarme. Algo tenía que perseguir o tan solo era una joven aburrida ¡Los tiempos habían cambiado tanto!

Cuando llegué a la posada recorrí ansioso todo el comedor localizándola en breve. Mi corazón se aceleraba por momentos como si intentara garantizar que aún seguía vivo. Me dirigí directo a ella.

– Hola Elena, ¿Comemos?—hice una pausa—. Me gustaría qué me dijeras que pretendes. Mejor no me lo digas, prefiero ignorarlo pero te aseguro que no soy presa fácil. Haremos como si nos conociéramos de toda la vida.

– Sólo quiero que me saques de aquí en tu coche—agachando la mirada—. No temas, no pretendo nada, sólo irme lo más lejos posible. Si lo prefieres nos podemos marchar, no tengo demasiada hambre— con ironía—. He desayunado muy bien.

Sus ojos desprendieron un brillo febril. Era una locura pero me pareció sincera. Tomé su pequeña y esbelta mano en la mía y la sugerí con un ademán que adelante. Yo tampoco tenía hambre.

Recorrimos las calles despacio hasta mi coche aparcado en una callejuela inhóspita. En el vehículo abrazó mi cuello y me besó con una pasión violenta. Le desabroché los botones de su blusa y la acaricié. Ella se subió a horcajadas sobre mí y continuo besándome mientras sus manos aflojaban mi corbata y también desabrochaba mi camisa y mis pantalones. Un deseo especiado como el desayuno usurpó los cuerpos y…

Yo, un hombre tradicional, que deploraba las conductas desenfrenadas de la juventud, estaba allí como un adolescente lascivo. Con mis cincuenta años arrastré todos mis principios. Cuando ya mitigamos la exaltación y recobramos la compostura, no olvidaré sus palabras:

– Mario, olvida todo lo que aquí ha pasado. Esto ha sido un choque de sentimientos, una descarga de adrenalina por parte de ambos—con voz trémula—. Tú necesitabas sentir y yo, eufórica por algo que no tenía que haber hecho, cerciorarme de que aún quedan buenas personas. Eres excepcional, me hubiera gustado conocerte más pero es imposible. Sentí tu soledad y conocí a tu esposa. Sé que por un momento has revivido algún fragmento de tu existencia con ella. He poseído en mi joven pero duro recorrido un pedacito de tu felicidad. Soy un ser infame, maltratado y cansado. Me has dado alientos y esperanza. Tal vez algún día yo también tenga mi alma en paz. Te estaré agradecida toda la eternidad. Arranca y marchémonos.

Tras unos doscientos kilómetros sin apenas hablar, la dejé donde ella me indicó, en una estación de tren de un pequeño pueblo. Tras un profundo beso en aquellos labios ardientes, sin volver la cabeza, se bajó y desapareció en las entrañas de aquel apeadero.

Cuando llegué a mi casa, exhausto, me tumbé en la cama. Miré el retrato de mi esposa y lo besé. Sentí que ella guio los pasos de Elena para sosegar en mí el desaliento y la soledad. Y así me quede profundamente dormido.

Al día siguiente, como habitualmente, salí a comprar el periódico. En primera página, en el ángulo inferior izquierdo, había una noticia que llamó mi atención y me dejó petrificado:

“Ayer en “La Posada de La Princesa Galiana” fue encontrado muerto, con un fuerte traumatismo cráneo-encefálico Don Juan Jabalón, conocido y acaudalado ganadero. La autora del crimen se cree que puede ser su hijastra Elena Moreno de la que no se ha encontrado pista. Le acompañaba la noche anterior cuando ocuparon una habitación en dicha posada. Se especula que el móvil del crimen ha podido ser los supuestos abusos del ganadero a la joven. Ésta accedía a dichos abusos ante las amenazas de abandono y desahucio por el delicado estado de salud de su progenitora. Don Juan costeaba un tratamiento muy caro en Houston para su esposa y madre de Elena.”

Elena, mujer de raza, determinó acabar con su mayor problema y dejar a su madre en la mejor de las situaciones: heredera única de una gran fortuna después de años de sufrimientos e iniquidades. Me fijé en el nombre de la posada, describía su persona y semblante, su intuición. La Princesa Galiana con nombre de miel, altiva, de gran linaje, fuerte y visceral.

Hay una tetería donde resido que tienen café con cardamomo y canela y baklavas. Me he hecho habitual del local. Al llevarme a la boca dichas delicias suelo cerrar los ojos y la contemplo a mi lado. Esos aromas la acompañarán siempre y serán su esencia. Me complacería volverla a ver y tender mi mano como aquel día, en aquella posada y en aquella histórica ciudad.

Me puse en contacto con la policía. Hasta el día de hoy no he vuelto a saber de ella. Suelo estar pendiente de las últimas noticias y sucesos. No pierdo la esperanza de un día saber de ella. Siempre hay alguien en peores circunstancias que uno mismos y siempre hay un motivo para seguir viviendo.

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