EL DESPROPÓSITO

Despropósito

Siempre mentía con historias irreverentes cuando llegaba tarde y casi siempre llegaba tarde por mis muchos coqueteos. Hasta aquel día Elena se tragó mis ficciones o tal vez era yo el ingenuo que pensaba que se las creía.

Aquella jornada fue un despropósito. Jamás imaginé que mi jefa me tiraría los trastos hasta llegar al acoso. Intenté por todos los medios mantenerme alejado, no quiero líos en el trabajo. Ella me llamó unas catorce veces a su despacho y en la última, ante mi negativa, me amenazó con que mi contrato estaba en juego. Con sumo cuidado y delicadeza la alejé de mí, ella seguía insistiendo. Sus cejas triangulares, su cara alargada y su nariz picuda me eran insoportables, por mucho cuerpo espectacular que tuviera. En un inciso se lanzó y me tumbó sobre su mesa desabrochándome la camisa. Aquello no era una mujer sino una fiera.

En ese justo instante, la puerta se abrió, la secretaria traía el café que ella misma había pedido y, boquiabierta, dejó caer la taza. Nos quedamos expuestos a toda la oficina mientras la secretaría recogía del suelo los pedazos.

Mi jefa, felina, se levantó, colocó su falda y camisa, y cerró de un portazo. A solas me dijo que si quería conservar mi puesto aceptaría mi acoso, no sin una amonestación. Increíble, para una vez que no admito coqueteos ni seducciones, me cargan con ello.

Aquel día volví a llegar tarde a la comida con Elena. Le conté con todo detalle el acoso y la escandalosa amonestación de mi jefa pero que todo había quedado en eso, en una reprimenda.

Elena no paraba de reír. Yo estaba enfadado y molesto, no era para burlarse. Ella me dio un beso y con sus manos sobre mi rostro espetó:

– Yo sé que eres una dulce fruta del deseo pero no quieras volar por tan altas esferas cariño. Otro día maquina mejor tu historia. Jamás llegas puntual a una cita y me estoy cansando de tus historias.

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2 comentarios en “EL DESPROPÓSITO

  1. Nada hay que apabulle más que el propio desconcierto, desconcertando con mentiras, a propósito. Acariciándole la cara. Ver el esmalte de sus largas uñas, brillar, de manera transparente le pareció terrible. No puede ser, se dijo. Ella, mostraba aquella su enfermiza curiosidad acosadora, enfrentándose a otro rostro, que era el suyo. Los pedazos de trastos recogidos formando triángulos isósceles, con vértice señalando al suelo, provocativos, dejaban mirar sus filos peligrosos. Al fin, por la confianza de Elena, asomaba una confusa impresión de que esa relación quedaba a sus espaldas como algo abyecto… Sin afianzar su confianza. Gracias, Loladc´s, por dar a conocer este disparate. Un saludo, despertando mi agudeza.

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