Un lugar donde refugiarse

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“Y es que un libro no es sólo un libro. Es también, entre otras cosas, los lugares donde lo leíste, el consuelo que te dio en cada momento, la diversión, la compañía.” Arturo Pérez- Reverte.

Cuando la incertidumbre me agobia marcho dónde el subconsciente dirija mis pasos o mejor dicho, a las Cabañas de Jacobo. La vida es una serie de ciclos y los ciclos de inseguridad son muy vulnerables. He de tener la mente silenciosa y quieta.

Vivo sola. Salí demasiado escaldada con mi última relación. Me asfixió tanto que hoy no quiero perder mi espacio por nada del mundo. A parte, no he encontrado a nadie que vuelva a llenar mi corazón, ni nadie que se haya fijado en mí. Soy feliz con mi gente y mi actual vida.

Llevo unas mañanas que la melancolía me atrapa en su tela de araña. Las llaves del coche, el bolso de viaje, la chaqueta, la nevera portátil y los bolsillos llenos de mi anhelada ausencia de urbe; salgo como una exhalación. Es mi viaje en el tiempo, siempre regreso durante las tormentas o los anticiclones. El reposo del peregrino después de esta vida purulenta y toxica. El aroma de la Pachamama, como diría Jacobo, me aúlla. Él es propietario de tres cabañas en mitad del boscaje. Es mi vecino y mi casero en las ocasiones que me pierdo por allí, mi confidente de vez en cuando y mi amigo sempiterno.

Jacobo tiene nueve años más que yo pero ¡Cualquiera lo diría! Su cuerpo nervudo sin un ápice de grasa, sus hercúleos brazos y su inagotable espíritu hacen que parezca más joven. Se levanta a amanecer para correr por el bosque acompañado de “Dragón”, su perro. Luego ya en toda la mañana para, se ocupa de las tareas matutinas. Al medio día el aroma de buen guiso escapa por su ventana. Las tardes noches son para la meditación, la lectura y percibir cada latido de la naturaleza.

A punto de salir por la puerta suena el teléfono. ¿Contesto o no contesto? Sincronicidades de la vida, es Jacobo. Le cuento que iba hacia él en estos precisos instantes. Quiere verme en el café Porteño, muy cerca de mi piso. Suele venir a por libros y algún material para arreglos o aficiones. Siempre que está por la metrópoli me llama. Hoy tal vez podamos recorrer juntos el camino hacia las cabañas.

Ya en El Porteño él toma un mate y yo un café. Le digo que ha sido casualidad que me llamara pues me marchaba hacia Las Cabañas, sé que en esta época esta sólo por aquellos lares. Tras una charla animada e intranscendente me cuenta que ha venido a recoger un libro. Lo pidió a una librería de esas con olor a pergamino y cuero hace más de un año. Está entusiasmado con su nueva adquisición. Otro más para su amplia y curiosa biblioteca.

Aún recuerdo la cara de boba que se me quedó cuando en su hogar me descubrió que, tras una alhacena corrediza, se escondía una escalera que bajaba a una especie de sótano. Cuando descendimos los peldaños y dio la luz se desplegaron ante mí cuatro paredes repletas de libros, un cómodo sillón de oreja junto a una chimenea y una mesa. Con el pecho hinchado como un palomo me dijo que aquello era su tesoro y sólo lo veían ojos privilegiados.

En el café me enseña una bonita caja de madera y dentro hay un pequeño libro. Jacobo me indica que tiene cuarenta páginas; la impresión fue de sólo cincuenta copias. “Tamerlán y otros poemas” el primer libro impreso de Edgar Allan Poe. Siento un cosquilleo en mis manos. Creo qué es la primera vez que tengo ante mí un libro tan valioso y además, de uno de mis autores favoritos.

Se agacha y de una bolsa situada a sus pies saca una rosa amarilla. Me la da con un brillo en sus ojos ámbar que exponen su entusiasmo.

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–          ¡Feliz día del Libro! Una rosa y un libro para ti.

Estoy turbada. No me sale ni una palabra. Le digo que es demasiado valioso, que no puedo aceptarlo.  Me asevera que es mío y que no hay vuelta atrás.

Durante años he ido a su hogar, a escapar, a refugiarme. Hemos compartido en todas las fugas alguna velada con una buena comida, un buen vino y unas extraordinarias lecturas. Me ha hecho saber que esos instantes, cada cierto tiempo, han terminado de llenar su vida de retiro. Ansía el momento de verme aparecer por el camino con mi destartalado coche.

Siempre me ha llamado la lánguida dama cuentacuentos. En nuestras lecturas me sorprendía su cara de admiración por las historias, ahora sé que parte de esa admiración era por mí. A veces el amor está donde menos lo esperas y en la persona que pasa más inadvertida. Aquella que te ha escuchado con infinita paciencia, que siempre ha tenido una sonrisa en la desesperanza y que nunca ha dado un “no” por respuesta ante las tormentas o anticiclones.

Nos vamos juntos hacia Las Cabañas. Me esperan seis estupendos días de aire limpio, paisajes esmeraldinos, murmullos de agua y brisa, y “Tamerlán y otros poemas” a la luz de las velas frente al fuego.  Jacobo ha comprado otro sillón de oreja para su biblioteca.

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