LENGUAJE CORPORAL

LENGUAJE CORPORAL

Gran parte de las experiencias que he hecho sobre mí mismo las hice observando las particularidades de los demás.

Friedrich Hebbel (1813-1863) Poeta y dramaturgo alemán.

La sala está invadida de personas.  Alguna que otra habla en voz baja por lo que el silencio es interrumpido por un continuo zumbido. Otros como yo permanecemos callados a la expectativa, leyendo u observando. Soy incapaz de centrar mi atención en el periódico de esta mañana. Lo compré intuyendo que la espera podía ser larga.

La estancia es fría, casi carente de decoración y llena de sillas todo alrededor.  Hay una litografía, la reconozco, de la diosa Themis con su venda en los ojos, su balanza y su espada. Ante mi incapacidad para concentrarme en leer observo a las diferentes personas que formamos el séquito.

El primero que llama mi atención es en un hombre de mediana edad, de complexión fuerte. Pasea de forma sosegada de un lado a otro, deteniéndose de vez en cuando en las esquinas. Camina con las manos a la espalda como si no tuviera nada que ocultar. Lleva puesta una americana desabotonada que deja ver una camisa impoluta y una corbata anudada con precisión. Deduzco que aquella situación le es habitual. Está seguro y despreocupado.

En una de las esquinas hay una mujer joven de cabello rojizo. No deja de atusarse su larga melena. De vez en cuando se toca la nariz. Sus manos apenas permanecen quietas. Tiene las piernas cruzadas y el pie que está en el aire no para de moverse. Nerviosa e insegura, como frustrada, su actitud me ha hecho pensar que maquina alterar la realidad.  No es muy de fiar.

Frente a mí se sienta un chico de unos veinte años. No he conseguido ver su cara, permanece con la cabeza agachada mirándose las manos. Sus dedos juguetean con un cigarrillo apagado. Creo que sus dudas y pesar no le permiten mirar a nadie. Esta flanqueado por una mujer que no para de suspirar, con ojos tristes y con un pañuelo entre sus manos.  Al otro lado un hombre maduro con cara seria, labios apretados y cabeza inclinada hacia un lado. Sus ojos están inyectados de sangre. Se le ve rígido. Descubro que acompañan al joven cuando cruzan unas breves palabras.

Sentada a mi lado una mujer con gafas y envoltura intelectual. No desiste en leer y pasar hojas de una carpeta. Junto a ella un maletín que deja ver otras muchas carpetas como la que manipula. Está totalmente absorta. Mientras que espera ha decidido aprovechar el tiempo. Creo que está habituada también al lugar.

Hay un hombre de unos treinta y tantos, en las sillas de enfrente con gafas de sol oscuras. Sus brazos se cruzan en el pecho intentando protegerse, no está a gusto. En el recinto que estamos sin ventanas al exterior, iluminados por fluorescentes, no es necesario la utilización de gafas lo que me indica que pretende ocultar su vista o sus intenciones. Da la sensación de estar tranquilo pero se toca continuamente un costado de la cazadora de cuero que lleva. Un talante macarra y pendenciero. A su lado tiene una bolsa tipo bandolera.

Me doy cuenta que una joven me está mirando con atención.  La miro y en un gesto instintivo saca la lengua y humedece sus labios. Ahora se muerde ese mismo labio inferior jugoso.  Juraría que está teniendo pensamientos lascivos aunque el lugar, desde luego, es glacial.  La miro fijamente hasta que desvía su mirada.

La puerta se abre dejando ver otra sala. Una mujer de aspecto riguroso entra con un cuadernillo entre sus manos. Lleva puesto un traje gris marengo y una camisa blanca sin ningún tipo de complemento. Comienza a nombrar y el chico de la cabeza agachada se levanta y alza su mano con desgana.  También nombra al caballero que con serenidad está paseando por la sala. Les pide que la sigan. El señor de aspecto furioso se levanta pero la mujer le impide, con palabras educadas, traspasar la puerta.

Llevo media hora lucubrando con algunas de las personas que me rodean sin darme cuenta que Rodrigo ya debería de haber llegado. Estoy allí para acompañarle, tiente que ratificar su declaración. Tal vez mis divagaciones sobre el lenguaje corporal han hecho que me haya evadido y esté tan laxa. Mi destreza como buscadora de libros y ejemplares insólitos para la librería me ha enseñado a identificar ciertos rasgos y actitudes.

Se abre la otra puerta por la que se entra, es Rodrigo. Le hago una seña. De pronto el hombre de gafas oscuras se levanta acercándose a mi amigo. Lo agarra del brazo, me sorprendo. Le susurra algo al oído que no logro escuchar.  Me acerco.

–          Hola Rodrigo.

–          Hola. Llego un poco tarde. Ana te presento a mi abogado.

Tras intercambiar unas palabras descubro que ellos anoche estuvieron de farra. Las gafas ocultaban una buena resaca. Los brazos cruzados comodidad tras la diversión. Su bolsa llena de documentación y su cazadora de cuero una prenda actual. Mi olfato del lenguaje corporal se ha despistado.  El abogado es muy educado y tiene buena planta.

A veces las apariencias engañan y las percepciones se desorientan.

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