LA HORA DEL LEVIATÁN

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Foto de Toledo de Jesús Mª García Flores

 

El cielo envía un mensaje siniestro. Los rojos, anaranjados y grises encapotan la ciudad. El agua del río se va cubriendo de negro salpicado de destellos, los ojos del leviatán acechan.  Desde una resguardada esquina de unos viejos muros contempla cómo el viento somete y tortura a los arboles. Está irritada. Eso es lo que tienen las vetustas hechiceras, reconocen los cómplices cambios climáticos del caos.

Samuel se retrasa. Las órdenes son precisas. Se apropiará de la vasija sefardita de Azarquiel, del puñal sarraceno de Al- Mamún y del cáliz del cardenal arzobispo de Toledo don Bernardo de Sandoval y Rojas. Estos objetos están custodiados en el mismo lugar. Serán devueltos tras el ritual. Se puede acceder a ellos desde tiempo inmemorable por un subterráneo oculto tras un muro de piedra. Dicho muro gira por un mecanismo de contrapesos al introducir una herrumbrosa llave hueca.

Esta nerviosa. No deja de dar vueltas a las monedas de plata de Emperador Valerio, las que la abuela le regaló el día de su iniciación. Tiene que llegar antes de las siete, es la hora indicada.  La hora del leviatán que representa las fuerzas preexistentes del caos.

Una figura corpulenta y enorme se acerca. Su cabello largo se bate con el céfiro despejándole su rostro.  Aquel rostro ovalado, de nariz afilada, ojos azules hielo y barba lampiña; las patillas anchas como de bandolero, para dar rudeza a su cándido semblante; de sus grandes manos cuelga una mochila y un fardel.

Le coge del borde de la chaqueta y corren hacia el centro del puente. En ese punto esta el símbolo alquímico del azufre. Coloca el cáliz sobre el símbolo. Derrama el aceite sagrado aromatizado con mirra, cinamomo, casia y caña aromática depositándolo en la vasija sefardita. Con el puñal se inflige un corte en la palma de la mano y deja caer unas gotas también sobre el cáliz. Saca de la cartera la bolsa de hierbas y las esparce sobre la mezcla. Samuel sujeta el cáliz.

Invocación

El viento sobre el cuerpo de la mujer cada vez es más intenso. Alza los brazos y recita las palabras que le había enseñado la abuela:  Sancte Míchaël Archángele,  defénde nos in praelio, contra nequítiam et diábolo esto praesídium.

Vuelca el cáliz sobre el agua del rió. El viento cesa y la noche envuelve la urbe despejándo el cielo y mostrando miles de estrellas. Se abraza fuerte a Samuel y él la agarra del pelo dejando sus labios de frente. La besa. Todo aquello despierta en ellos un instinto violento, imparable. Aún queda mucho que hacer en la noche pero habrá tiempo para todo. Los subterráneos esconden muchos secretos y pasiones.

Cada cien años, en el momento preciso, se realiza este conjuro para protección de la tierra. Ya no volverá a invocarlo. Lo legará a sus descendientes con determinadas instrucciones.

Soy Marta, la heredera de una estirpe de vetustas hechiceras. Algún día contaré mi historia.

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