El Puente de los Silencios

“Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos”  las cartas de Abigail Adams

He incumplido mis propósitos de año nuevo, dije que iba a escribir cada día pero febrero ha sido un paréntesis. Tenía una página por pasar. Retomo mi propósito con esta reflexión.

Hoy el día es mejor que el de ayer, aunque el de ayer no fue malo, sólo  intenso a nivel emocional. He llegado a una edad que no tengo porque justificarme ni aparentar nada. Se me puede acusar de muchas cosas en esta vida, soy humana, pero de aprovecharme de mi diversidad funcional e ir dando pena ¡Nunca!

Ayer toda la familia afrontamos una situación complicada, tuvimos que ir a juicio, mi exmarido, tras marcharse hace quince años de casa con otra persona, nos ha demandado a mí y a mis hijos. Yo no busqué esta circunstancia, todo y absolutamente todo se me ha impuesto. Durante estos años mi lucha diaria ha sido por sacar adelante a mi familia y que no anidaran rencores ni venganzas.

Por desgracia el deterioro, al ir cumpliendo años, físico y emocional está verificado, incluso con informes médicos. Han sido años de muchos problemas de salud y a veces llego a pensar que he somatizado dichos problemas en mi organismo. A pesar de todas las dificultades he sido como el ave Fénix, renaciendo de mis cenizas. Por cada tropiezo he salido fortalecida y nuestra ética y honradez acrecentada.

Sólo puedo decir ¡Gracias! Con mayúsculas por todos los que ayer manifestaron su apoyo y cariño. A mis padres y hermano que jamás han dejado de tendernos la mano sin condiciones. A mi abogada a la quien  regañaron por dirigirse a mí de forma coloquial y cariñoso como Lolita, exigiéndola que me llamara por mi nombre, Dolores; su defensa fue impecable y con todas las tareas hechas de forma extraordinaria. A mi procuradora por presentar el procedimiento judicial de forma esmerada y por todo su cariño y delicadeza. Y a todos los amigos que se preocuparon dando prioridad a cómo nos encontrábamos, con sus llamadas telefónicas.

Ahora sólo nos queda esperar la sentencia judicial,  sea la que sea. Me siento muy tranquila y orgullosa. Y decir a la parte contraría también gracias por su torpeza y mal hacer. Por apoyar su defensa en que voy “dando pena” por mi discapacidad y  problemas de salud. Creo que hoy en día el defender una situación atacando una diversidad funcional es intentar humillar. Uno fundamenta sus discrepancias diarias por motivos que se puedan justificar, no por capricho y desagravio.

El pasillo hasta el juzgado número cinco fue como un largo puente lleno de silencios e incomodidades. Cuando le volvimos a cruzar a la salida, los silencios se llenaron con las lágrimas de mi hija; sintió como si su padre se hubiera olvidado de serlo, se le rompió la confianza, difícil de recomponer. Aunque sé que el corazón noble de mis hijos,  con el tiempo, perdonara aunque no olvide.

Y también agradecer al hoy mi exmarido por los dos maravillosos tesoros que tengo, mis hijos, por los que volvería a cometer los mismos errores al confiar en personas que no se lo merecen. Deseo que te vaya muy bien  y que jamás tengas que cruzar  el Puente de los Silencios calzando nuestros zapatos ¡Buena suerte porque el tiempo y Dios pone a cada cual donde se merece!

Singh

“Cuando tus dudas se desvanezcan, tus temores desaparecerán.” Harbhajan Singh Khalsa Yogiji

¿No os ha pasado que en una determinada época te llegan toda clase de  imagines de un mismo tema? Eso es lo que  me está ocurriendo a mí. Todo comenzó con una película donde uno de los protagonistas era un médico Singh, y luego otra película más de un camarero Singh, anuncios comerciales con un kesh amarillo, etc. Y el nuevo libro que he comenzado resulta que también su protagonista principal es un príncipe Singh. Lo primera imagen que se te graba a fuego es su turbante llamado Kesh, Dastar o Pagri.

Intrigada por esta reiterada presencia, indagué lo que simbolizaba. Descubrí que el sijismo es una religión monoteísta ubicada en la India y sus seguidores son llamados Sij. Singh es un apellido, león, toda persona bautizada en esta religión lleva dicho apellido.  Hay cinco elementos que todo sijs debe llevar. El primero y más evidente el kesh o dastar es un turbante importante para su cultura,  un artículo de fe que representa el honor, el respeto a sí mismo, el coraje, la espiritualidad y la piedad; el  kesh  se usa en parte para cubrir su pelo largo enrollado que no se cortan nunca; lo usan tanto hombres como mujeres aunque estas últimas también pueden llevar velo. Otro elemento es el kangha, un pequeño peine de madera que se esconde bajo el turbante y representa la higiene personal. El tercer elemento es el Kara,  una pulsera de acero que se lleva en la mano derecha para recordar la fe en Dios. El cuarto es el Kachha, prenda tipo calzón de algodón que usan mujeres y hombres como ropa interior. Y por último el  Kinpan que es un sable o cuchillo; en sus orígenes era una espada ceremonial pero actualmente es sólo una daga pequeña que transportan consigo. No se debe desenvainar nunca para atacar, pero puede utilizarse como autodefensa.

El edificio emblemático de los sijs es el Templo Dorado, además de ser un lugar sagrado para millones de sijs, es la cocina más grande del planeta. Allí se ofrece de manera gratuita comida a quién se aproxime, independientemente de la religión que profese. Siempre que te acerques encontrarás una taza de té caliente y un sijs sonriente dispuesto a darlo todo para servirte.

Pero ya en el meollo de la cuestión, el colmo de las casualidades me ha ocurrido esta misma mañana. Suelo ir a hacer yoga dos veces a la semana. Después de mi sesión matutina, recojo mi alfombrilla y al levantarme choco con el compañero de detrás de mí, del que no me había percatado. Se me cae dicha alfombrilla y el individuo se agacha a recogerla, me la entrega y hace una genuflexión con las manos unidas y me saluda “namaste mamsahib”.

Unos ojos verdes, una cara cetrina limitada por un turbante azul y una barba tupida negra me sonríe con amabilidad. Yo me quedo estupefacta y después de unos segundos pasmada, también le saludo. Cuando agarro mi alfombrilla su mano grande roza la mía y percibo una calidez que me hace estremecer. Intercambiamos impresiones y se presenta como Hari Singh. Tras la pequeña charla nos despedimos y él me insinúa que nos volvemos a ver dentro de dos días. Estoy deseando que pase el tiempo para que se me vuelva a caer la alfombrilla.

Lo que sí puedo asegurar es que hace a penas dos meses no tenía ni idea de lo que era  un Singh. Hoy estoy al corriente un poco de Hari Singh sin que me haya adentrado en sus particularidades personales. Aunque la verdad no me veo con un kesh en la cabeza ni un velo cuando suelo llevar el pelo corto, y menos aún con un pequeño sable para defenderme. Lo del Kachha no me parece mala opción pues el algodón es uno de mis materiales favoritos.

Casualidad o causalidad, pero lo cierto es que todo tiene sus razones y quién sabe si el destino a veces se abre paso entre destellos y dentelladas. Si el universo sij irrumpe en mi vida con más ahínco prometo informarles con una taza de té humeante entre mis manos ¡Namaste memsahib!

La Influencia de un Abuelo

“El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento.” Erasmo de Rotterdam

Me cuesta horrores plasmar impresiones sobre lo que me rodea de la vida cotidiana, noticias políticas, sociales, catástrofes, etc.. Tal vez porque escribir para mí es un poco alejarme de la brutal realidad, soñar e imaginar experiencias. Por su puesto que tengo mis opiniones propias pero a lo mejor estoy bloqueada con la idea del abuelo que siempre decía “en público no se debe de hablar ni de política ni religión” ahora podríamos añadir de futbol.

La política me aburre creo que todos los políticos son como el dicho puedes cambiar de perro, pero el collar es el mismo, no dejan de ser animales bajo el yugo del poder; y el poder corrompe al más ético.  Nacionales e internacionales, al final siempre pagamos los mismos.

Las tragedias me encogen el alma, muchas de ellas cuando las escucho me hacen llorar de impotencia. Me suelo preguntar que se puede hacer, pero las mayoría de las veces tenemos las manos encadenadas ante injusticias y desamparos.

Luego pasamos a la prensa rosa que me importa un comino, cada cual que haga de su capa un sayo como decía también mi abuelo. Somos libres para hacer lo que queramos mientras que mi libertad no coarte la tuya.

En fin, que al final ando por el mundo de las fantasías y quimeras literaria, aunque ahora que me percato parte de mí va en muchas de mis palabras. Uno es lo que escribe. Y aunque sigo siendo un escritor en ciernes, no cederé en el intento.  Buscaré almas afines a mis ideas, que empaticen y ronden sobre las mismas orbes. Y ¿Quién sabe?

Propósitos y Reminiscencias

“La primavera del espíritu florece en invierno.” Antonio Porchia

Comenzamos año con el propósito de obligarme a escribir al menos diez minutos al día. Llevo un mes sin escribir, arrancar cuesta pues, como muchas tareas, es problema de hábitos. Las ideas sobre qué reflejar sobre las hojas están bloqueadas. Puedo escribir sobre lo que llaman la conversación de los nimios, el tiempo.

Amaneció con sol, pero los tejados están por completo blancos de hielo. La helada ha sido profusa con lo que el termómetro ha marcado bajo cero. Te levantas henchida de frío, tienes pasmadas hasta las neuronas.

Apetece algo calentito pero mi forma actual de alimentación no me lo permite; llevo unos días tomando fruta en ayunas para ir compensando los excesos de las comilonas navideñas. Estamos intentando bajar la ingesta calórica. Al principio cuesta eliminar los azúcares que causan adicción y producen ansiedad.

Hay varios dulces que me gustan en esta época inverno- navideña: el chocolate, el mazapán y el roscón de Reyes versus pan de pascua. Me encanta el sabor del azahar y la naranja tanto en chocolate como en masas dulces. Es entrañable para mí tomar una taza de chocolate caliente y espeso acompañado de roscón; tal vez son reminiscencias de la niñez, no lo sé, pero es cierto que según pasan los años me parece cada vez más afable. Y tal vez, también esa afabilidad se ha incrementado con el abrigo del fuego en la chimenea. Hace tan sólo cinco años que encendemos el fuego, pero los inviernos me los ha hecho más llevaderos, época poco atractiva para mí, aunque todo tiene sus ventajas e inconvenientes.

Al menos hoy ya he conseguido imprimir en la hoja en blanco alguna de las primeras impresiones de la temporada. Todos los días diez minutos, será uno de mis retos en este año que comienza y me ha supuesto un esfuerzo . El paréntesis vacacional causa estragos a todos los niveles.

Panegírico

“La nieve del alma tiene copos de besos y escenas que se hundieron en la sombra o en la luz del que las piensa” Federico García Lorca

Hace frío y no logro encontrar el calor reconfortante del fuego, aquel que contemplábamos en infinitas noches lejanas, cuando aún permanecías a mi lado. Y un día, también bajo el manto blanco del invierno, dejaste tus huellas alejándose hasta perderse. Una promesa de volver en el aire. Te gritaron desde tus tierras esteparias, aquellas que abandonaste aún siendo joven. Te llamaron y fuiste rauda, sin dudarlo, te necesitaban. Yo no entendía la urgencia de volver cuando habías renegado millones de veces del humillante pasado y del dolor de los recuerdos. Nunca me explicaste nada de tu regreso, solo que te requerían. Ni si quiera supe quién te clamaba tan fuerte para que estuvieras a su lado.

Y hoy una llamada de teléfono de un tal Sergei heló mi sangre para siempre, un accidente arrebató tu vida. El que llamaba decía que era tu hermano. Con lágrimas en mis ojos y recordando tu mirada de ese azul transparente como el hielo me desplomé en el suelo.

Respeté siempre su silencio y sus lágrimas. La amé sin condiciones, llego a pensar que mi respeto encerraba el miedo a perderla.  Pero ha dejado este paréntesis eterno entre nosotros. Cae la nieve y la percibo aún dentro de casa. No hay respuestas ni promesas cumplidas. Miro entre tus cosas y encuentro aquella sombrillas que llenaste de luces las navidades pasadas, con la que te paseaste sobre la nieve entre risas, lanzándome besos. Juntos caímos sobre el algodonoso y frío suelo de  la nevada. Sonrío al hacer memoria, luces y sombras. Revolviendo todos los cachivaches, cae una carta donde pone mi nombre. Se cierra el paréntesis y responde a todos sus enigmas para terminar diciéndome que me amará siempre. Mi  Annya, mi dulce Annya   eras tan hermosa como fría.

La Leyenda de los Amantes del Cobertizo

“Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito” William Blake

No era la mejor tarde para pasear, el viento arreciaba y comenzaba a llover. Perdida entre las calles empedradas y lúgubres del casco viejo deambulaba, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja entre sus lacios cabellos. Se le fue llenando la mente  de notas musicales agudas. Un arco con pelos arrastrado sobre  las cuatro cuerdas de un demacrado instrumento desgarraba el céfiro. Aquel individuo, cobijado bajo uno de los cobertizos con su violín, se hermanó con su alma tocando el Adagio de Albinoni. Ambos hablaban el mismo idioma de melancolía.

Ella intentó darle unas monedas por haber abrigado su corazón, pero él no tenía nada a sus pies que indicara que tocaba para que le dieran un donativo. Ella espero a que terminara y entonces él con aquellos ojos vidriosos le dijo que sólo tocaba para acallar su nostalgia.

Entonces Alma, que así se llamaba, le preguntó si consentiría tomar con ella un café.  Y Jacob aceptó sin dudarlo. Siguieron deambulando por las calles hasta llegar a un local exiguo llamado la Posada de los Amantes con pocas mesas, unas cuantas velas y mucho silencio. El café humeante, entre el fuego de las candelas, terminó de reconfortarlos mientras sus miradas se entrecruzaban y leves sonrisas surgían de la nada.

Y volvieron a la calle que ya entre penumbra seguía siendo árida, al mismo lugar donde Jacob acariciaba su violín. Él empezó a tocar para ella con sus enjutas y grandes manos, y los pies de Alma comenzaron  a dar vueltas despacio y bailó bajo la lluvia ante los acordes del violín. Su negro cabello empapado dispersaba las gotas de agua, desterrando la tristeza. Tan solo les observaba un pequeño gato que asomaba la cabeza por un agujerillo, curioso.

La lluvia comenzó a caer más fuerte y la oscuridad fue definitiva,  sólo rota por la leve luz anaranjada de una farola. Alma se cobijó entre los brazos de Jacob, y ambos desaparecieron entre las calles empedradas hacia la Posada de los Amantes . Al día siguiente, bajo el cobertizo y junto a un agujero en la pared, se encontraron un viejo violín y unas zapatillas gastadas. Y ya se sabe que los gatos predicen  tragedias, además de que detectan espíritus y presencias.

Cuenta la leyenda que en las noches de lluvia, a veces, cuando algún alma afligida pasa por el cobertizo, se oyen los acordes de un violín entre maullidos de gatos y  pueden llegar a verse  hasta los fantasmas de una pareja bailando. Muchos jóvenes pasean buscando  verles entre la lluvia. Pero sólo se les aparecen a aquellas personas que necesitan reconfortarse ante la tristeza y son capaces de  percibir la belleza aún en los más lánguidos momentos.

Naoko, el samurai místico

¡Bajo la flor de té, juegan al escondite los gorriones…!  Haiku de Kobayashi Issa

Conocí a Naoko a través de un compañero de trabajo. Hablaba con perfección el idioma. Me pareció todo un personaje, de trato agradable, de conversaciones intensas y de mirada inquisitiva; se dedicaba a pintar cuadros sobre mi ciudad, Toledo.

Y así fuimos encontrándonos de forma asidua.  Hasta que una mañana intercambiamos número de móvil y me invitó a un paseo nocturno por la ciudad. Aquella noche, no sé si por el entorno o por nuestro entusiasmo ante el desconocimiento mutuo, fue una velada llena de improvisaciones. Hablamos  de nuestra ciudad, a la que conocía mucho mejor que yo y admiraba; de la suya, Morioka, una ciudad japonesa famosa por su gastronomía y por el pequeño santuario Sakurayama. Y así llegó la madrugada, me acompañó a casa después de cientos de conversaciones de temas variopintos. Se despidió, con sumo respeto, inclinando su cabeza ante mí e invitándome a comer en su casa. Me dijo que a través del móvil ya me diría día y hora, y por supuesto si aceptaba la invitación.

En casa me descalcé con los pies rotos de caminar por el empedrado entre rincones oscuros y cobertizos arcaicos. Me tumbé en la cama con una sonrisa boba, henchida de emoción y me quedé dormida.

Lo extraño es que Naoko desapareció. No volví a tener noticias de él hasta treinta y dos días después. Me sentía decepcionada y a su vez intrigada, pero no me atreví a telefonearle. Y tras tantos días inciertos recibí un mensaje suyo en el móvil invitándome a comer en su casa el domingo próximo. No supe que contestarle pero él me volvió a mandar otro mensaje expresándome que mi silencio confirmaba la invitación, vendría a recogerme a la una del mediodía. Seguí callada y decidí dejarme fluir con el alma en un hilo.

Eran los últimos días de agosto, la mañana de la invitación había llegado, me arreglé con un vestido de flores donde destacaba el verde y una sandalias de plataforma. Enredé mi pelo negro en un moño y lo prendí con una agujas de madera. A la una llamaron a mi puerta con una puntualidad escrupulosa.

Nos desplazamos en su auto hasta su casa en el casco histórico de la ciudad. Un hogar sencillo pero con un entorno privilegiado. La casa de una sola planta, no llamaba la atención pero al entrar fue como transportarse a un ambiente impoluto de silencio. Me sorprendió la decoración minimalista y el suelo de entarimado. Una mesa baja colocada con esmero, con platos blancos cuadrados de porcelana, con un jarrón alto de barro y boca estrecha que exhibía una única rama con botones de flores aún por abrir, el arte floral ikebana, nos esperaba.

Un ademán de su mano me invitó a sentarme en el suelo sobre cojines mullidos junto a la mesa. Con una leve sonrisa se retiró, supuse que a la cocina. Apenas cruzamos palabra tan solo saludos pero en absoluto fue incomodo, aunque la situación era extraña. Me seguí dejando fluir.

Apareció con una bandeja blanca, y con conversación fácil me preguntó si había participado alguna vez en una ceremonia japonesa del té. Le negué con la cabeza y seguí muda. Y él comenzó su discurso, saco pecho y expuso ante mí una serie de platos. Me dijo que iba a ser una comida ligera llamada Kaiseki que consistía en un caldo de algas kombu y copos de bonito seco rallado,   con tres cuencos de verduras a la plancha y por supuesto, arroz. Yo tras comérmelo sólo pude decir que estaba delicioso. De segundo volvió a traer la bandeja con, según me explicó, un sabroso salmón adobado en una salsa  refrescante de raíz de loto adobada en vinagre y azúcar,  como contraste y para suavizar el sabor del pescado. Y para finalizar el postre, un wasabi mochi de helecho japonés recubierto de harina de soja tostada.

Si pretendía dejarme anonadada lo había conseguido, jamás había comido elaboraciones japonesas. Todo estaba exquisito y desde luego nada que ver con las invitaciones que  había tenido en mi vida. Me tendió la mano invitándome a levantarme y cruzamos un pasillo que nos llevó a un jardín interior cerrado con una pequeña fuente entre bambú y helechos  y un banco de piedra blanca. Nos sentamos después de lavarnos las manos en la fuente.

Naoko me confesó lo emocionado que estaba de compartir su cultura con alguien tan especial como yo ¿Especial yo? Apenas nos conocíamos. A su lado parecía boba, yo seguía fluyendo pero mis boca no lograba articular palabra. Tornó a levantarse y casi me caigo del banco cuando hizo sonar un gong de metal siete veces. Volvió a coger mi mano y me introdujo a una pequeña casa acomodada en una esquina. Me explicó que aquella era la ceremonia del té en sí, quería expresarme su respeto y agradecimiento. Sobre una mesa un hornillo, una serie de cuencos de diferentes tamaños de fina porcelana y cucharones de bambú junto a un lienzo blanco de lino, un cuenco con los bordes rotos recogía, con dulzura una cala blanca entre una rama de arce de hojas rojas, todo sencillo y simple pero de una belleza inusual. Las paredes blancas con un cuadro de su tierra.

Y fue allí donde definitivamente robó mi corazón. Con parsimonia prepara un té espeso en uno de los cuencos, me pasa dicho cuenco invitándome a dar varios sorbos, luego me quitó el cuenco lo limpió con el paño de lino y bebió él. Volvió a elaborar otro té esta vez más claro y lo vertió en otros dos cuencos, uno para mí y otro para él.

No dejé de mirarle. La serenidad era absoluta y me sentía flotando en aquel entorno en el que casi se percibía los latidos de nuestros corazones a un ritmo disonante con al ritual. Y volvió a tomar mi mano y veo como su boca va gesticulando sin yo apenas escuchar su insospechadas palabras. Le ha llevado todo un mes preparar la comida para expresarme sus sentimientos. Desde el primer instante en que nos presentaron supo que tenía que conquistarme, se enamoró de forma de sopetón.

Y aún con una de mis manos entre las suyas decidí usar la otra mano. Agarré la solapa de su camisa blanca de cuello Mao y le atraje hacia mí para luego posar mis labios en los suyos. Y toda su corrección desaparece en un instante, introduciendo su lengua en mi boca. Para a continuación ir desabotonando nuestras prendas con la misma parsimonia que nos había acompañado con el té, entre caricias y besos. Su mano fue deslizándose con lentitud desde mi garganta hasta mis pechos para detenerse un rato y luego proseguir hasta mi sexo donde me hizo suya entre lamentos susurrados. Con dilación llegamos al éxtasis absoluto, el reloj se había parado.

Cuando salimos de aquella pequeña caseta, el sol estaba dejando paso a la oscuridad. Yo cobijada con un bello quimono nacarado; mi vestido y sandalias en el antebrazo, una cala entre mis cabellos enmarañados. Y él con la camisa desabotonada y descalzo mientras nuestras miradas furtivas arrancaban pequeñas sonrisas. Sus grandes manos que tanto placer me habían proporcionado siguen deleitándose, acariciando el torso de mi mano con el pulgar con suavidad. Fui como hojas de té en agua ardiente, sin prisa pero sin pausa sublimó mi esencia.

A los treinta y dos días me fui a vivir con él y hoy tras varios años juntos aún sigo estremeciéndome. Procuramos al menos una vez al mes seguir con nuestro ritual del té. Casi siempre terminamos del mismo modo, descalzos y  yo con una flor en el pelo enmarañado sujeto  con aquellas agujas de madera que auguraron que Japón iba a anidar en mí para siempre.