Singh

“Cuando tus dudas se desvanezcan, tus temores desaparecerán.” Harbhajan Singh Khalsa Yogiji

¿No os ha pasado que en una determinada época te llegan toda clase de  imagines de un mismo tema? Eso es lo que  me está ocurriendo a mí. Todo comenzó con una película donde uno de los protagonistas era un médico Singh, y luego otra película más de un camarero Singh, anuncios comerciales con un kesh amarillo, etc. Y el nuevo libro que he comenzado resulta que también su protagonista principal es un príncipe Singh. Lo primera imagen que se te graba a fuego es su turbante llamado Kesh, Dastar o Pagri.

Intrigada por esta reiterada presencia, indagué lo que simbolizaba. Descubrí que el sijismo es una religión monoteísta ubicada en la India y sus seguidores son llamados Sij. Singh es un apellido, león, toda persona bautizada en esta religión lleva dicho apellido.  Hay cinco elementos que todo sijs debe llevar. El primero y más evidente el kesh o dastar es un turbante importante para su cultura,  un artículo de fe que representa el honor, el respeto a sí mismo, el coraje, la espiritualidad y la piedad; el  kesh  se usa en parte para cubrir su pelo largo enrollado que no se cortan nunca; lo usan tanto hombres como mujeres aunque estas últimas también pueden llevar velo. Otro elemento es el kangha, un pequeño peine de madera que se esconde bajo el turbante y representa la higiene personal. El tercer elemento es el Kara,  una pulsera de acero que se lleva en la mano derecha para recordar la fe en Dios. El cuarto es el Kachha, prenda tipo calzón de algodón que usan mujeres y hombres como ropa interior. Y por último el  Kinpan que es un sable o cuchillo; en sus orígenes era una espada ceremonial pero actualmente es sólo una daga pequeña que transportan consigo. No se debe desenvainar nunca para atacar, pero puede utilizarse como autodefensa.

El edificio emblemático de los sijs es el Templo Dorado, además de ser un lugar sagrado para millones de sijs, es la cocina más grande del planeta. Allí se ofrece de manera gratuita comida a quién se aproxime, independientemente de la religión que profese. Siempre que te acerques encontrarás una taza de té caliente y un sijs sonriente dispuesto a darlo todo para servirte.

Pero ya en el meollo de la cuestión, el colmo de las casualidades me ha ocurrido esta misma mañana. Suelo ir a hacer yoga dos veces a la semana. Después de mi sesión matutina, recojo mi alfombrilla y al levantarme choco con el compañero de detrás de mí, del que no me había percatado. Se me cae dicha alfombrilla y el individuo se agacha a recogerla, me la entrega y hace una genuflexión con las manos unidas y me saluda “namaste mamsahib”.

Unos ojos verdes, una cara cetrina limitada por un turbante azul y una barba tupida negra me sonríe con amabilidad. Yo me quedo estupefacta y después de unos segundos pasmada, también le saludo. Cuando agarro mi alfombrilla su mano grande roza la mía y percibo una calidez que me hace estremecer. Intercambiamos impresiones y se presenta como Hari Singh. Tras la pequeña charla nos despedimos y él me insinúa que nos volvemos a ver dentro de dos días. Estoy deseando que pase el tiempo para que se me vuelva a caer la alfombrilla.

Lo que sí puedo asegurar es que hace a penas dos meses no tenía ni idea de lo que era  un Singh. Hoy estoy al corriente un poco de Hari Singh sin que me haya adentrado en sus particularidades personales. Aunque la verdad no me veo con un kesh en la cabeza ni un velo cuando suelo llevar el pelo corto, y menos aún con un pequeño sable para defenderme. Lo del Kachha no me parece mala opción pues el algodón es uno de mis materiales favoritos.

Casualidad o causalidad, pero lo cierto es que todo tiene sus razones y quién sabe si el destino a veces se abre paso entre destellos y dentelladas. Si el universo sij irrumpe en mi vida con más ahínco prometo informarles con una taza de té humeante entre mis manos ¡Namaste memsahib!

La Influencia de un Abuelo

“El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento.” Erasmo de Rotterdam

Me cuesta horrores plasmar impresiones sobre lo que me rodea de la vida cotidiana, noticias políticas, sociales, catástrofes, etc.. Tal vez porque escribir para mí es un poco alejarme de la brutal realidad, soñar e imaginar experiencias. Por su puesto que tengo mis opiniones propias pero a lo mejor estoy bloqueada con la idea del abuelo que siempre decía “en público no se debe de hablar ni de política ni religión” ahora podríamos añadir de futbol.

La política me aburre creo que todos los políticos son como el dicho puedes cambiar de perro, pero el collar es el mismo, no dejan de ser animales bajo el yugo del poder; y el poder corrompe al más ético.  Nacionales e internacionales, al final siempre pagamos los mismos.

Las tragedias me encogen el alma, muchas de ellas cuando las escucho me hacen llorar de impotencia. Me suelo preguntar que se puede hacer, pero las mayoría de las veces tenemos las manos encadenadas ante injusticias y desamparos.

Luego pasamos a la prensa rosa que me importa un comino, cada cual que haga de su capa un sayo como decía también mi abuelo. Somos libres para hacer lo que queramos mientras que mi libertad no coarte la tuya.

En fin, que al final ando por el mundo de las fantasías y quimeras literaria, aunque ahora que me percato parte de mí va en muchas de mis palabras. Uno es lo que escribe. Y aunque sigo siendo un escritor en ciernes, no cederé en el intento.  Buscaré almas afines a mis ideas, que empaticen y ronden sobre las mismas orbes. Y ¿Quién sabe?

Propósitos y Reminiscencias

“La primavera del espíritu florece en invierno.” Antonio Porchia

Comenzamos año con el propósito de obligarme a escribir al menos diez minutos al día. Llevo un mes sin escribir, arrancar cuesta pues, como muchas tareas, es problema de hábitos. Las ideas sobre qué reflejar sobre las hojas están bloqueadas. Puedo escribir sobre lo que llaman la conversación de los nimios, el tiempo.

Amaneció con sol, pero los tejados están por completo blancos de hielo. La helada ha sido profusa con lo que el termómetro ha marcado bajo cero. Te levantas henchida de frío, tienes pasmadas hasta las neuronas.

Apetece algo calentito pero mi forma actual de alimentación no me lo permite; llevo unos días tomando fruta en ayunas para ir compensando los excesos de las comilonas navideñas. Estamos intentando bajar la ingesta calórica. Al principio cuesta eliminar los azúcares que causan adicción y producen ansiedad.

Hay varios dulces que me gustan en esta época inverno- navideña: el chocolate, el mazapán y el roscón de Reyes versus pan de pascua. Me encanta el sabor del azahar y la naranja tanto en chocolate como en masas dulces. Es entrañable para mí tomar una taza de chocolate caliente y espeso acompañado de roscón; tal vez son reminiscencias de la niñez, no lo sé, pero es cierto que según pasan los años me parece cada vez más afable. Y tal vez, también esa afabilidad se ha incrementado con el abrigo del fuego en la chimenea. Hace tan sólo cinco años que encendemos el fuego, pero los inviernos me los ha hecho más llevaderos, época poco atractiva para mí, aunque todo tiene sus ventajas e inconvenientes.

Al menos hoy ya he conseguido imprimir en la hoja en blanco alguna de las primeras impresiones de la temporada. Todos los días diez minutos, será uno de mis retos en este año que comienza y me ha supuesto un esfuerzo . El paréntesis vacacional causa estragos a todos los niveles.

Panegírico

“La nieve del alma tiene copos de besos y escenas que se hundieron en la sombra o en la luz del que las piensa” Federico García Lorca

Hace frío y no logro encontrar el calor reconfortante del fuego, aquel que contemplábamos en infinitas noches lejanas, cuando aún permanecías a mi lado. Y un día, también bajo el manto blanco del invierno, dejaste tus huellas alejándose hasta perderse. Una promesa de volver en el aire. Te gritaron desde tus tierras esteparias, aquellas que abandonaste aún siendo joven. Te llamaron y fuiste rauda, sin dudarlo, te necesitaban. Yo no entendía la urgencia de volver cuando habías renegado millones de veces del humillante pasado y del dolor de los recuerdos. Nunca me explicaste nada de tu regreso, solo que te requerían. Ni si quiera supe quién te clamaba tan fuerte para que estuvieras a su lado.

Y hoy una llamada de teléfono de un tal Sergei heló mi sangre para siempre, un accidente arrebató tu vida. El que llamaba decía que era tu hermano. Con lágrimas en mis ojos y recordando tu mirada de ese azul transparente como el hielo me desplomé en el suelo.

Respeté siempre su silencio y sus lágrimas. La amé sin condiciones, llego a pensar que mi respeto encerraba el miedo a perderla.  Pero ha dejado este paréntesis eterno entre nosotros. Cae la nieve y la percibo aún dentro de casa. No hay respuestas ni promesas cumplidas. Miro entre tus cosas y encuentro aquella sombrillas que llenaste de luces las navidades pasadas, con la que te paseaste sobre la nieve entre risas, lanzándome besos. Juntos caímos sobre el algodonoso y frío suelo de  la nevada. Sonrío al hacer memoria, luces y sombras. Revolviendo todos los cachivaches, cae una carta donde pone mi nombre. Se cierra el paréntesis y responde a todos sus enigmas para terminar diciéndome que me amará siempre. Mi  Annya, mi dulce Annya   eras tan hermosa como fría.

La Leyenda de los Amantes del Cobertizo

“Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito” William Blake

No era la mejor tarde para pasear, el viento arreciaba y comenzaba a llover. Perdida entre las calles empedradas y lúgubres del casco viejo deambulaba, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja entre sus lacios cabellos. Se le fue llenando la mente  de notas musicales agudas. Un arco con pelos arrastrado sobre  las cuatro cuerdas de un demacrado instrumento desgarraba el céfiro. Aquel individuo, cobijado bajo uno de los cobertizos con su violín, se hermanó con su alma tocando el Adagio de Albinoni. Ambos hablaban el mismo idioma de melancolía.

Ella intentó darle unas monedas por haber abrigado su corazón, pero él no tenía nada a sus pies que indicara que tocaba para que le dieran un donativo. Ella espero a que terminara y entonces él con aquellos ojos vidriosos le dijo que sólo tocaba para acallar su nostalgia.

Entonces Alma, que así se llamaba, le preguntó si consentiría tomar con ella un café.  Y Jacob aceptó sin dudarlo. Siguieron deambulando por las calles hasta llegar a un local exiguo llamado la Posada de los Amantes con pocas mesas, unas cuantas velas y mucho silencio. El café humeante, entre el fuego de las candelas, terminó de reconfortarlos mientras sus miradas se entrecruzaban y leves sonrisas surgían de la nada.

Y volvieron a la calle que ya entre penumbra seguía siendo árida, al mismo lugar donde Jacob acariciaba su violín. Él empezó a tocar para ella con sus enjutas y grandes manos, y los pies de Alma comenzaron  a dar vueltas despacio y bailó bajo la lluvia ante los acordes del violín. Su negro cabello empapado dispersaba las gotas de agua, desterrando la tristeza. Tan solo les observaba un pequeño gato que asomaba la cabeza por un agujerillo, curioso.

La lluvia comenzó a caer más fuerte y la oscuridad fue definitiva,  sólo rota por la leve luz anaranjada de una farola. Alma se cobijó entre los brazos de Jacob, y ambos desaparecieron entre las calles empedradas hacia la Posada de los Amantes . Al día siguiente, bajo el cobertizo y junto a un agujero en la pared, se encontraron un viejo violín y unas zapatillas gastadas. Y ya se sabe que los gatos predicen  tragedias, además de que detectan espíritus y presencias.

Cuenta la leyenda que en las noches de lluvia, a veces, cuando algún alma afligida pasa por el cobertizo, se oyen los acordes de un violín entre maullidos de gatos y  pueden llegar a verse  hasta los fantasmas de una pareja bailando. Muchos jóvenes pasean buscando  verles entre la lluvia. Pero sólo se les aparecen a aquellas personas que necesitan reconfortarse ante la tristeza y son capaces de  percibir la belleza aún en los más lánguidos momentos.

Naoko, el samurai místico

¡Bajo la flor de té, juegan al escondite los gorriones…!  Haiku de Kobayashi Issa

Conocí a Naoko a través de un compañero de trabajo. Hablaba con perfección el idioma. Me pareció todo un personaje, de trato agradable, de conversaciones intensas y de mirada inquisitiva; se dedicaba a pintar cuadros sobre mi ciudad, Toledo.

Y así fuimos encontrándonos de forma asidua.  Hasta que una mañana intercambiamos número de móvil y me invitó a un paseo nocturno por la ciudad. Aquella noche, no sé si por el entorno o por nuestro entusiasmo ante el desconocimiento mutuo, fue una velada llena de improvisaciones. Hablamos  de nuestra ciudad, a la que conocía mucho mejor que yo y admiraba; de la suya, Morioka, una ciudad japonesa famosa por su gastronomía y por el pequeño santuario Sakurayama. Y así llegó la madrugada, me acompañó a casa después de cientos de conversaciones de temas variopintos. Se despidió, con sumo respeto, inclinando su cabeza ante mí e invitándome a comer en su casa. Me dijo que a través del móvil ya me diría día y hora, y por supuesto si aceptaba la invitación.

En casa me descalcé con los pies rotos de caminar por el empedrado entre rincones oscuros y cobertizos arcaicos. Me tumbé en la cama con una sonrisa boba, henchida de emoción y me quedé dormida.

Lo extraño es que Naoko desapareció. No volví a tener noticias de él hasta treinta y dos días después. Me sentía decepcionada y a su vez intrigada, pero no me atreví a telefonearle. Y tras tantos días inciertos recibí un mensaje suyo en el móvil invitándome a comer en su casa el domingo próximo. No supe que contestarle pero él me volvió a mandar otro mensaje expresándome que mi silencio confirmaba la invitación, vendría a recogerme a la una del mediodía. Seguí callada y decidí dejarme fluir con el alma en un hilo.

Eran los últimos días de agosto, la mañana de la invitación había llegado, me arreglé con un vestido de flores donde destacaba el verde y una sandalias de plataforma. Enredé mi pelo negro en un moño y lo prendí con una agujas de madera. A la una llamaron a mi puerta con una puntualidad escrupulosa.

Nos desplazamos en su auto hasta su casa en el casco histórico de la ciudad. Un hogar sencillo pero con un entorno privilegiado. La casa de una sola planta, no llamaba la atención pero al entrar fue como transportarse a un ambiente impoluto de silencio. Me sorprendió la decoración minimalista y el suelo de entarimado. Una mesa baja colocada con esmero, con platos blancos cuadrados de porcelana, con un jarrón alto de barro y boca estrecha que exhibía una única rama con botones de flores aún por abrir, el arte floral ikebana, nos esperaba.

Un ademán de su mano me invitó a sentarme en el suelo sobre cojines mullidos junto a la mesa. Con una leve sonrisa se retiró, supuse que a la cocina. Apenas cruzamos palabra tan solo saludos pero en absoluto fue incomodo, aunque la situación era extraña. Me seguí dejando fluir.

Apareció con una bandeja blanca, y con conversación fácil me preguntó si había participado alguna vez en una ceremonia japonesa del té. Le negué con la cabeza y seguí muda. Y él comenzó su discurso, saco pecho y expuso ante mí una serie de platos. Me dijo que iba a ser una comida ligera llamada Kaiseki que consistía en un caldo de algas kombu y copos de bonito seco rallado,   con tres cuencos de verduras a la plancha y por supuesto, arroz. Yo tras comérmelo sólo pude decir que estaba delicioso. De segundo volvió a traer la bandeja con, según me explicó, un sabroso salmón adobado en una salsa  refrescante de raíz de loto adobada en vinagre y azúcar,  como contraste y para suavizar el sabor del pescado. Y para finalizar el postre, un wasabi mochi de helecho japonés recubierto de harina de soja tostada.

Si pretendía dejarme anonadada lo había conseguido, jamás había comido elaboraciones japonesas. Todo estaba exquisito y desde luego nada que ver con las invitaciones que  había tenido en mi vida. Me tendió la mano invitándome a levantarme y cruzamos un pasillo que nos llevó a un jardín interior cerrado con una pequeña fuente entre bambú y helechos  y un banco de piedra blanca. Nos sentamos después de lavarnos las manos en la fuente.

Naoko me confesó lo emocionado que estaba de compartir su cultura con alguien tan especial como yo ¿Especial yo? Apenas nos conocíamos. A su lado parecía boba, yo seguía fluyendo pero mis boca no lograba articular palabra. Tornó a levantarse y casi me caigo del banco cuando hizo sonar un gong de metal siete veces. Volvió a coger mi mano y me introdujo a una pequeña casa acomodada en una esquina. Me explicó que aquella era la ceremonia del té en sí, quería expresarme su respeto y agradecimiento. Sobre una mesa un hornillo, una serie de cuencos de diferentes tamaños de fina porcelana y cucharones de bambú junto a un lienzo blanco de lino, un cuenco con los bordes rotos recogía, con dulzura una cala blanca entre una rama de arce de hojas rojas, todo sencillo y simple pero de una belleza inusual. Las paredes blancas con un cuadro de su tierra.

Y fue allí donde definitivamente robó mi corazón. Con parsimonia prepara un té espeso en uno de los cuencos, me pasa dicho cuenco invitándome a dar varios sorbos, luego me quitó el cuenco lo limpió con el paño de lino y bebió él. Volvió a elaborar otro té esta vez más claro y lo vertió en otros dos cuencos, uno para mí y otro para él.

No dejé de mirarle. La serenidad era absoluta y me sentía flotando en aquel entorno en el que casi se percibía los latidos de nuestros corazones a un ritmo disonante con al ritual. Y volvió a tomar mi mano y veo como su boca va gesticulando sin yo apenas escuchar su insospechadas palabras. Le ha llevado todo un mes preparar la comida para expresarme sus sentimientos. Desde el primer instante en que nos presentaron supo que tenía que conquistarme, se enamoró de forma de sopetón.

Y aún con una de mis manos entre las suyas decidí usar la otra mano. Agarré la solapa de su camisa blanca de cuello Mao y le atraje hacia mí para luego posar mis labios en los suyos. Y toda su corrección desaparece en un instante, introduciendo su lengua en mi boca. Para a continuación ir desabotonando nuestras prendas con la misma parsimonia que nos había acompañado con el té, entre caricias y besos. Su mano fue deslizándose con lentitud desde mi garganta hasta mis pechos para detenerse un rato y luego proseguir hasta mi sexo donde me hizo suya entre lamentos susurrados. Con dilación llegamos al éxtasis absoluto, el reloj se había parado.

Cuando salimos de aquella pequeña caseta, el sol estaba dejando paso a la oscuridad. Yo cobijada con un bello quimono nacarado; mi vestido y sandalias en el antebrazo, una cala entre mis cabellos enmarañados. Y él con la camisa desabotonada y descalzo mientras nuestras miradas furtivas arrancaban pequeñas sonrisas. Sus grandes manos que tanto placer me habían proporcionado siguen deleitándose, acariciando el torso de mi mano con el pulgar con suavidad. Fui como hojas de té en agua ardiente, sin prisa pero sin pausa sublimó mi esencia.

A los treinta y dos días me fui a vivir con él y hoy tras varios años juntos aún sigo estremeciéndome. Procuramos al menos una vez al mes seguir con nuestro ritual del té. Casi siempre terminamos del mismo modo, descalzos y  yo con una flor en el pelo enmarañado sujeto  con aquellas agujas de madera que auguraron que Japón iba a anidar en mí para siempre.

El Silencio de las Orquídeas

“El punto débil de un asesino es dónde ocultar el cadáver”

Me llamo Lola y soy psicóloga criminal. Es un trabajo apasionante para mí, pero a su vez hay que estar muy preparada emocionalmente y por supuesto, que el trabajo entre en casa lo menos posible.

Mi trabajo consiste en realizar estudios de la personalidad criminal para esclarecer los factores psicológicos endógenos y exógenos que desembocan en la conducta delictiva, contribuir a establecer la peligrosidad de un individuo, perfilación criminal para las diferentes agencias de investigación y ofrecer tratamiento psicoterapéutico a reclusos.

A Irene, de 45 años, se la tragó la tierra. Nadie la había vuelto a ver desde aquella noche calurosa de julio. Mujer de 1´78 de altura y 65 kilos, cabello moreno largo y liso. El día de su desaparición llevaba un vestido estampado rojo y amarillo largo de vuelo y sandalias rojas de tacón; tenía en la espalda un tatuaje de una rosa que le recorría la columna. Su marido declaró que al no llegar a casa a las 12 de la noche, se preocupó. Intentó llamarla al móvil, pero descubrió que se lo había dejado en casa junto al bolso y las llaves. Lo chirriante fue que, hasta la mañana siguiente, ligeramente aturdido, no se acercó a la comisaría a interponer la denuncia por desaparición.

La amiga de Irene, Lina, nos contó que tenía una relación extramatrimonial con un abogado que la tenía emocionada y la llenaba de regalos. Lina guardaba los regalos que Adrián le hacía a Irene para que no lo descubriera su marido que la maltrataba con frecuencia.

Adrián era sospechoso en la desaparición de Irene, mantenía con él relaciones esporádicas. Se solían ver una vez al mes. Adrián, por ser abogado bancario, viajaba a menudo. También era sospechoso el marido de la desaparecida. Me entrevisté con ambos, y el marido me pareció un canalla de primera, burdo, soez, machista. Sin embargo, Adrián era todo lo contrario, educado, culto, vestimenta impecable y limpia; él siempre declaró que Irene se marchó de su casa la noche de autos, dando un portazo tras una pequeña discusión. Adrián quería que se fuera a vivir con él. Irene llegó a la casa de Adrián con un ojo morado y rasguños en los brazos, su marido le había pegado. Adrián no entendía cómo podía vivir con semejante energúmeno y negarse a abandonarle.

Tras las 24 horas de espera por si Irene aparecía, recomendación de la policía, el marido se presentó en la comisaría junto con la madre de Irene. La policía buscó en su banco, hospitales, aeropuertos, redes sociales y no encontraron nada. La madre de Irene reiteraba que su hija no se hubiera ido sin habérselo contado; su hija había desaparecido de forma involuntaria.

Se investigó exhaustivamente en el domicilio del matrimonio. A penas se encontró nada fuera de lo normal. También se registró el domicilio de Adrián que desde el primer momento colaboró con la policía abriendo su casa en su totalidad, sin ningún impedimento, incluido su magnífico jardín trasero. Yo me entrevisté de nuevo con él, siempre amable y calmado, perfecto. Miraba de frente sin retirar la mirada y hablaba de Irene con devoción. Me narró como pasaban muchos ratos en su jardín charlando y riendo. Era una mujer, según él, de un carácter dulce y amable, siempre con una sonrisa en sus labios, aunque su mirada muchas veces se mostraba triste. Era coqueta, solía darse brillo en los labios antes de salir de su casa y aquel gesto cotidiano a él le seducía. Me contó sin indagar en ello muchos momentos íntimos donde pasaba horas acariciando su espalada, su tatuaje. Compartían la fascinación por las flores. Yo vi en Adrián a una persona enamorada que adoraba a Irene.

Me obsesioné con aquel rostro desconocido de la foto, aquella mujer rubia de ojos verdes, con una sonrisa suave enmarcada en labios carnosos y definidos. Manos de dedos largos y uñas con esmalte francés; me fijé que no llevaba anillo de casada. Le pregunté a su marido y me dijo, retorciéndose las manos y sin mirarme a los ojos, que ignoraba dónde lo tendría y por qué el día que se tomó la foto no lo llevaba. Y  tuvo un arrebato, pegó un puñetazo en la mesa y me espetó que odiaba aquel tatuaje y sus vestidos que dejaban entrever todo y que provocaban a los hombres. La describió como una mujer de carácter lascivo y boba.

Durante meses revisé las pruebas, todas las investigaciones llevadas a cabo sin resultados. A mi forma de ver, siempre pensé que el marido ocultaba algo, pero tenía coartada. La tarde de autos se le localizó en un descampado por el móvil; declaró que estuvo con una prostituta. Se localizó a la meretriz la cual corroboró lo declarado por el marido, pero ¿Por qué la noche en que ella no regresó no se dejó la vida buscándola? Según él había bebido alcohol a lo largo de toda la jornada, tuvieron una fuerte discusión porque no le gustó el vestido que llevaba, demasiado escote; por la noche se acostó, estaba resacoso y no despertó hasta el día siguiente. Pensó que ella estaría enfadada y dormiría en casa de su amiga Lina, con la que compartía confidencias y muchos días, tras las broncas, se quedaba en su casa.

Se investigó a todo el entorno, incluso hasta al jardinero de Adrián, el que le cuidaba el jardín impecable con aquel tejo antiguo, romero y plantas de lavanda; y aquellos rosales exuberantes solo de color amarillo. Nos dijo que Adrián pasaba muchos ratos en el jardín, que cambiaba con asiduidad ciertas flores con cada temporada pero que ponía mucho mimo en cuidar un pequeño parterre al lado del tejo con lirios y orquídeas también amarillos.

Soy una mujer, como científica, racional. Hacía ya casi un año de la desaparición de Irene y era como si se la hubiera tragado la tierra. Al llegar a casa vi sobre el escritorio de mi despacho la foto de Irene fuera de la carpeta. No recordaba haberla sacado y dejarla allí. Ponía mucho cuidado en tener recogido los expedientes y guardados en un archivador con llave.

Estaba cansada, me duché, tomé un poco de kéfir con fruta y me acosté. No me dio tiempo a pensar cuando ya estaba dormida. A las cuatro de la madrugada me desperté con mi propio grito. Soñé como una mano de dedos largos acariciaba mi rostro, era una mano etérea con uñas con esmalte francés. Fue como si hubiera una presencia en vez de un sueño. Me levanté y tomé un poco de agua, estuve casi una hora despierta, inquieta sin poderme volver a dormir. Hasta que volví a caer en un sueño profundo, y volví a soñar con una mujer al lado de un árbol rodeada de flores amarillas. Me despertó el despertador para ir a trabajar.

Presenté una solicitud para investigar en el jardín de Adrián con un georradar y tras horas de exploración y con picos y palas localizaron el cadáver de una mujer desnuda envuelta en una manta junto con unas sandalias rojas, cerca del parterre de lirios y orquídeas. Tras el informe de la autopsia se corroboró muerte por rotura laríngea por estrangulamiento.

Todos me preguntaron cómo averigüé la localización del cadáver y hoy sigo sin poder dar ninguna explicación. Me dan escalofríos de recordar el momento de la detención de Adrián. Se lo llevaron esposado, iba sereno, erguido y me miró fijamente a los ojos mientras embozaba una ligera sonrisa ¡Te engañé!

Me llamo Lola y soy psicóloga criminal, el caso de Irene fue mi primera decepción empírica. Y fue entonces cuando comencé a usar mi instinto a la par que mi intelecto y conocimientos. Una paradoja ante mi forma de funcionar hasta ese momento.  Y he de reconocer que mi éxito en los resultados mejoró por encima de mis expectativas.