La Leyenda de los Amantes del Cobertizo

“Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito” William Blake

No era la mejor tarde para pasear, el viento arreciaba y comenzaba a llover. Perdida entre las calles empedradas y lúgubres del casco viejo deambulaba, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja entre sus lacios cabellos. Se le fue llenando la mente  de notas musicales agudas. Un arco con pelos arrastrado sobre  las cuatro cuerdas de un demacrado instrumento desgarraba el céfiro. Aquel individuo, cobijado bajo uno de los cobertizos con su violín, se hermanó con su alma tocando el Adagio de Albinoni. Ambos hablaban el mismo idioma de melancolía.

Ella intentó darle unas monedas por haber abrigado su corazón, pero él no tenía nada a sus pies que indicara que tocaba para que le dieran un donativo. Ella espero a que terminara y entonces él con aquellos ojos vidriosos le dijo que sólo tocaba para acallar su nostalgia.

Entonces Alma, que así se llamaba, le preguntó si consentiría tomar con ella un café.  Y Jacob aceptó sin dudarlo. Siguieron deambulando por las calles hasta llegar a un local exiguo llamado la Posada de los Amantes con pocas mesas, unas cuantas velas y mucho silencio. El café humeante, entre el fuego de las candelas, terminó de reconfortarlos mientras sus miradas se entrecruzaban y leves sonrisas surgían de la nada.

Y volvieron a la calle que ya entre penumbra seguía siendo árida, al mismo lugar donde Jacob acariciaba su violín. Él empezó a tocar para ella con sus enjutas y grandes manos, y los pies de Alma comenzaron  a dar vueltas despacio y bailó bajo la lluvia ante los acordes del violín. Su negro cabello empapado dispersaba las gotas de agua, desterrando la tristeza. Tan solo les observaba un pequeño gato que asomaba la cabeza por un agujerillo, curioso.

La lluvia comenzó a caer más fuerte y la oscuridad fue definitiva,  sólo rota por la leve luz anaranjada de una farola. Alma se cobijó entre los brazos de Jacob, y ambos desaparecieron entre las calles empedradas hacia la Posada de los Amantes . Al día siguiente, bajo el cobertizo y junto a un agujero en la pared, se encontraron un viejo violín y unas zapatillas gastadas. Y ya se sabe que los gatos predicen  tragedias, además de que detectan espíritus y presencias.

Cuenta la leyenda que en las noches de lluvia, a veces, cuando algún alma afligida pasa por el cobertizo, se oyen los acordes de un violín entre maullidos de gatos y  pueden llegar a verse  hasta los fantasmas de una pareja bailando. Muchos jóvenes pasean buscando  verles entre la lluvia. Pero sólo se les aparecen a aquellas personas que necesitan reconfortarse ante la tristeza y son capaces de  percibir la belleza aún en los más lánguidos momentos.

Naoko, el samurai místico

¡Bajo la flor de té, juegan al escondite los gorriones…!  Haiku de Kobayashi Issa

Conocí a Naoko a través de un compañero de trabajo. Hablaba con perfección el idioma. Me pareció todo un personaje, de trato agradable, de conversaciones intensas y de mirada inquisitiva; se dedicaba a pintar cuadros sobre mi ciudad, Toledo.

Y así fuimos encontrándonos de forma asidua.  Hasta que una mañana intercambiamos número de móvil y me invitó a un paseo nocturno por la ciudad. Aquella noche, no sé si por el entorno o por nuestro entusiasmo ante el desconocimiento mutuo, fue una velada llena de improvisaciones. Hablamos  de nuestra ciudad, a la que conocía mucho mejor que yo y admiraba; de la suya, Morioka, una ciudad japonesa famosa por su gastronomía y por el pequeño santuario Sakurayama. Y así llegó la madrugada, me acompañó a casa después de cientos de conversaciones de temas variopintos. Se despidió, con sumo respeto, inclinando su cabeza ante mí e invitándome a comer en su casa. Me dijo que a través del móvil ya me diría día y hora, y por supuesto si aceptaba la invitación.

En casa me descalcé con los pies rotos de caminar por el empedrado entre rincones oscuros y cobertizos arcaicos. Me tumbé en la cama con una sonrisa boba, henchida de emoción y me quedé dormida.

Lo extraño es que Naoko desapareció. No volví a tener noticias de él hasta treinta y dos días después. Me sentía decepcionada y a su vez intrigada, pero no me atreví a telefonearle. Y tras tantos días inciertos recibí un mensaje suyo en el móvil invitándome a comer en su casa el domingo próximo. No supe que contestarle pero él me volvió a mandar otro mensaje expresándome que mi silencio confirmaba la invitación, vendría a recogerme a la una del mediodía. Seguí callada y decidí dejarme fluir con el alma en un hilo.

Eran los últimos días de agosto, la mañana de la invitación había llegado, me arreglé con un vestido de flores donde destacaba el verde y una sandalias de plataforma. Enredé mi pelo negro en un moño y lo prendí con una agujas de madera. A la una llamaron a mi puerta con una puntualidad escrupulosa.

Nos desplazamos en su auto hasta su casa en el casco histórico de la ciudad. Un hogar sencillo pero con un entorno privilegiado. La casa de una sola planta, no llamaba la atención pero al entrar fue como transportarse a un ambiente impoluto de silencio. Me sorprendió la decoración minimalista y el suelo de entarimado. Una mesa baja colocada con esmero, con platos blancos cuadrados de porcelana, con un jarrón alto de barro y boca estrecha que exhibía una única rama con botones de flores aún por abrir, el arte floral ikebana, nos esperaba.

Un ademán de su mano me invitó a sentarme en el suelo sobre cojines mullidos junto a la mesa. Con una leve sonrisa se retiró, supuse que a la cocina. Apenas cruzamos palabra tan solo saludos pero en absoluto fue incomodo, aunque la situación era extraña. Me seguí dejando fluir.

Apareció con una bandeja blanca, y con conversación fácil me preguntó si había participado alguna vez en una ceremonia japonesa del té. Le negué con la cabeza y seguí muda. Y él comenzó su discurso, saco pecho y expuso ante mí una serie de platos. Me dijo que iba a ser una comida ligera llamada Kaiseki que consistía en un caldo de algas kombu y copos de bonito seco rallado,   con tres cuencos de verduras a la plancha y por supuesto, arroz. Yo tras comérmelo sólo pude decir que estaba delicioso. De segundo volvió a traer la bandeja con, según me explicó, un sabroso salmón adobado en una salsa  refrescante de raíz de loto adobada en vinagre y azúcar,  como contraste y para suavizar el sabor del pescado. Y para finalizar el postre, un wasabi mochi de helecho japonés recubierto de harina de soja tostada.

Si pretendía dejarme anonadada lo había conseguido, jamás había comido elaboraciones japonesas. Todo estaba exquisito y desde luego nada que ver con las invitaciones que  había tenido en mi vida. Me tendió la mano invitándome a levantarme y cruzamos un pasillo que nos llevó a un jardín interior cerrado con una pequeña fuente entre bambú y helechos  y un banco de piedra blanca. Nos sentamos después de lavarnos las manos en la fuente.

Naoko me confesó lo emocionado que estaba de compartir su cultura con alguien tan especial como yo ¿Especial yo? Apenas nos conocíamos. A su lado parecía boba, yo seguía fluyendo pero mis boca no lograba articular palabra. Tornó a levantarse y casi me caigo del banco cuando hizo sonar un gong de metal siete veces. Volvió a coger mi mano y me introdujo a una pequeña casa acomodada en una esquina. Me explicó que aquella era la ceremonia del té en sí, quería expresarme su respeto y agradecimiento. Sobre una mesa un hornillo, una serie de cuencos de diferentes tamaños de fina porcelana y cucharones de bambú junto a un lienzo blanco de lino, un cuenco con los bordes rotos recogía, con dulzura una cala blanca entre una rama de arce de hojas rojas, todo sencillo y simple pero de una belleza inusual. Las paredes blancas con un cuadro de su tierra.

Y fue allí donde definitivamente robó mi corazón. Con parsimonia prepara un té espeso en uno de los cuencos, me pasa dicho cuenco invitándome a dar varios sorbos, luego me quitó el cuenco lo limpió con el paño de lino y bebió él. Volvió a elaborar otro té esta vez más claro y lo vertió en otros dos cuencos, uno para mí y otro para él.

No dejé de mirarle. La serenidad era absoluta y me sentía flotando en aquel entorno en el que casi se percibía los latidos de nuestros corazones a un ritmo disonante con al ritual. Y volvió a tomar mi mano y veo como su boca va gesticulando sin yo apenas escuchar su insospechadas palabras. Le ha llevado todo un mes preparar la comida para expresarme sus sentimientos. Desde el primer instante en que nos presentaron supo que tenía que conquistarme, se enamoró de forma de sopetón.

Y aún con una de mis manos entre las suyas decidí usar la otra mano. Agarré la solapa de su camisa blanca de cuello Mao y le atraje hacia mí para luego posar mis labios en los suyos. Y toda su corrección desaparece en un instante, introduciendo su lengua en mi boca. Para a continuación ir desabotonando nuestras prendas con la misma parsimonia que nos había acompañado con el té, entre caricias y besos. Su mano fue deslizándose con lentitud desde mi garganta hasta mis pechos para detenerse un rato y luego proseguir hasta mi sexo donde me hizo suya entre lamentos susurrados. Con dilación llegamos al éxtasis absoluto, el reloj se había parado.

Cuando salimos de aquella pequeña caseta, el sol estaba dejando paso a la oscuridad. Yo cobijada con un bello quimono nacarado; mi vestido y sandalias en el antebrazo, una cala entre mis cabellos enmarañados. Y él con la camisa desabotonada y descalzo mientras nuestras miradas furtivas arrancaban pequeñas sonrisas. Sus grandes manos que tanto placer me habían proporcionado siguen deleitándose, acariciando el torso de mi mano con el pulgar con suavidad. Fui como hojas de té en agua ardiente, sin prisa pero sin pausa sublimó mi esencia.

A los treinta y dos días me fui a vivir con él y hoy tras varios años juntos aún sigo estremeciéndome. Procuramos al menos una vez al mes seguir con nuestro ritual del té. Casi siempre terminamos del mismo modo, descalzos y  yo con una flor en el pelo enmarañado sujeto  con aquellas agujas de madera que auguraron que Japón iba a anidar en mí para siempre.

El Silencio de las Orquídeas

“El punto débil de un asesino es dónde ocultar el cadáver”

Me llamo Lola y soy psicóloga criminal. Es un trabajo apasionante para mí, pero a su vez hay que estar muy preparada emocionalmente y por supuesto, que el trabajo entre en casa lo menos posible.

Mi trabajo consiste en realizar estudios de la personalidad criminal para esclarecer los factores psicológicos endógenos y exógenos que desembocan en la conducta delictiva, contribuir a establecer la peligrosidad de un individuo, perfilación criminal para las diferentes agencias de investigación y ofrecer tratamiento psicoterapéutico a reclusos.

A Irene, de 45 años, se la tragó la tierra. Nadie la había vuelto a ver desde aquella noche calurosa de julio. Mujer de 1´78 de altura y 65 kilos, cabello moreno largo y liso. El día de su desaparición llevaba un vestido estampado rojo y amarillo largo de vuelo y sandalias rojas de tacón; tenía en la espalda un tatuaje de una rosa que le recorría la columna. Su marido declaró que al no llegar a casa a las 12 de la noche, se preocupó. Intentó llamarla al móvil, pero descubrió que se lo había dejado en casa junto al bolso y las llaves. Lo chirriante fue que, hasta la mañana siguiente, ligeramente aturdido, no se acercó a la comisaría a interponer la denuncia por desaparición.

La amiga de Irene, Lina, nos contó que tenía una relación extramatrimonial con un abogado que la tenía emocionada y la llenaba de regalos. Lina guardaba los regalos que Adrián le hacía a Irene para que no lo descubriera su marido que la maltrataba con frecuencia.

Adrián era sospechoso en la desaparición de Irene, mantenía con él relaciones esporádicas. Se solían ver una vez al mes. Adrián, por ser abogado bancario, viajaba a menudo. También era sospechoso el marido de la desaparecida. Me entrevisté con ambos, y el marido me pareció un canalla de primera, burdo, soez, machista. Sin embargo, Adrián era todo lo contrario, educado, culto, vestimenta impecable y limpia; él siempre declaró que Irene se marchó de su casa la noche de autos, dando un portazo tras una pequeña discusión. Adrián quería que se fuera a vivir con él. Irene llegó a la casa de Adrián con un ojo morado y rasguños en los brazos, su marido le había pegado. Adrián no entendía cómo podía vivir con semejante energúmeno y negarse a abandonarle.

Tras las 24 horas de espera por si Irene aparecía, recomendación de la policía, el marido se presentó en la comisaría junto con la madre de Irene. La policía buscó en su banco, hospitales, aeropuertos, redes sociales y no encontraron nada. La madre de Irene reiteraba que su hija no se hubiera ido sin habérselo contado; su hija había desaparecido de forma involuntaria.

Se investigó exhaustivamente en el domicilio del matrimonio. A penas se encontró nada fuera de lo normal. También se registró el domicilio de Adrián que desde el primer momento colaboró con la policía abriendo su casa en su totalidad, sin ningún impedimento, incluido su magnífico jardín trasero. Yo me entrevisté de nuevo con él, siempre amable y calmado, perfecto. Miraba de frente sin retirar la mirada y hablaba de Irene con devoción. Me narró como pasaban muchos ratos en su jardín charlando y riendo. Era una mujer, según él, de un carácter dulce y amable, siempre con una sonrisa en sus labios, aunque su mirada muchas veces se mostraba triste. Era coqueta, solía darse brillo en los labios antes de salir de su casa y aquel gesto cotidiano a él le seducía. Me contó sin indagar en ello muchos momentos íntimos donde pasaba horas acariciando su espalada, su tatuaje. Compartían la fascinación por las flores. Yo vi en Adrián a una persona enamorada que adoraba a Irene.

Me obsesioné con aquel rostro desconocido de la foto, aquella mujer rubia de ojos verdes, con una sonrisa suave enmarcada en labios carnosos y definidos. Manos de dedos largos y uñas con esmalte francés; me fijé que no llevaba anillo de casada. Le pregunté a su marido y me dijo, retorciéndose las manos y sin mirarme a los ojos, que ignoraba dónde lo tendría y por qué el día que se tomó la foto no lo llevaba. Y  tuvo un arrebato, pegó un puñetazo en la mesa y me espetó que odiaba aquel tatuaje y sus vestidos que dejaban entrever todo y que provocaban a los hombres. La describió como una mujer de carácter lascivo y boba.

Durante meses revisé las pruebas, todas las investigaciones llevadas a cabo sin resultados. A mi forma de ver, siempre pensé que el marido ocultaba algo, pero tenía coartada. La tarde de autos se le localizó en un descampado por el móvil; declaró que estuvo con una prostituta. Se localizó a la meretriz la cual corroboró lo declarado por el marido, pero ¿Por qué la noche en que ella no regresó no se dejó la vida buscándola? Según él había bebido alcohol a lo largo de toda la jornada, tuvieron una fuerte discusión porque no le gustó el vestido que llevaba, demasiado escote; por la noche se acostó, estaba resacoso y no despertó hasta el día siguiente. Pensó que ella estaría enfadada y dormiría en casa de su amiga Lina, con la que compartía confidencias y muchos días, tras las broncas, se quedaba en su casa.

Se investigó a todo el entorno, incluso hasta al jardinero de Adrián, el que le cuidaba el jardín impecable con aquel tejo antiguo, romero y plantas de lavanda; y aquellos rosales exuberantes solo de color amarillo. Nos dijo que Adrián pasaba muchos ratos en el jardín, que cambiaba con asiduidad ciertas flores con cada temporada pero que ponía mucho mimo en cuidar un pequeño parterre al lado del tejo con lirios y orquídeas también amarillos.

Soy una mujer, como científica, racional. Hacía ya casi un año de la desaparición de Irene y era como si se la hubiera tragado la tierra. Al llegar a casa vi sobre el escritorio de mi despacho la foto de Irene fuera de la carpeta. No recordaba haberla sacado y dejarla allí. Ponía mucho cuidado en tener recogido los expedientes y guardados en un archivador con llave.

Estaba cansada, me duché, tomé un poco de kéfir con fruta y me acosté. No me dio tiempo a pensar cuando ya estaba dormida. A las cuatro de la madrugada me desperté con mi propio grito. Soñé como una mano de dedos largos acariciaba mi rostro, era una mano etérea con uñas con esmalte francés. Fue como si hubiera una presencia en vez de un sueño. Me levanté y tomé un poco de agua, estuve casi una hora despierta, inquieta sin poderme volver a dormir. Hasta que volví a caer en un sueño profundo, y volví a soñar con una mujer al lado de un árbol rodeada de flores amarillas. Me despertó el despertador para ir a trabajar.

Presenté una solicitud para investigar en el jardín de Adrián con un georradar y tras horas de exploración y con picos y palas localizaron el cadáver de una mujer desnuda envuelta en una manta junto con unas sandalias rojas, cerca del parterre de lirios y orquídeas. Tras el informe de la autopsia se corroboró muerte por rotura laríngea por estrangulamiento.

Todos me preguntaron cómo averigüé la localización del cadáver y hoy sigo sin poder dar ninguna explicación. Me dan escalofríos de recordar el momento de la detención de Adrián. Se lo llevaron esposado, iba sereno, erguido y me miró fijamente a los ojos mientras embozaba una ligera sonrisa ¡Te engañé!

Me llamo Lola y soy psicóloga criminal, el caso de Irene fue mi primera decepción empírica. Y fue entonces cuando comencé a usar mi instinto a la par que mi intelecto y conocimientos. Una paradoja ante mi forma de funcionar hasta ese momento.  Y he de reconocer que mi éxito en los resultados mejoró por encima de mis expectativas.

KARMA

“Lo importante no es lo que nos hace el destino, sino lo que nosotros hacemos de él” Florence Nightingale

Todo había cambiado en décimas de segundo. Josep se había marchado, huyendo con una mujer más joven. En pocos días ya teníamos fecha para juicio, él quería divorciarse.  Disponía de dos años para dar un giro total a mi vida hasta la fecha del litigio. Y allí estaba yo, en la peluquería cortándome el pelo a lo pixie, después de ir a Cortefiel y comprarme el vestido más caro y escotado que encontré. Estaba dispuesta a dar un vuelco a mi vida. Sabía que no era cuestión de un día para otro, que requería tiempo, pero disponía de todo el tiempo del mundo y no tenía nada que perder.

El día anterior hablé con Alejandro, un amigo de mi juventud, un bróker con gran experiencia. Tras tomarnos unas copas entre sonrisas y recuerdos, pasé a contarle mi situación actual, y cómo había tocado fondo. Él siempre se portó bien conmigo, quiero pensar que en algún momento desistió ante mi indiferencia, pero le gustaba. Y ante mi dramático escenario, me propuso trabajar para él como trader. Incluso me planteó comenzar con un pequeño capital que él me prestaría.

Pasé la noche como una cría chica, vendiendo la vaca antes de comprarla. Con miles de perspectivas e ilusiones. Ya me veía yo como una financiera de Wall Street, estilizada, libre, pisando fuerte con unos tacones rojos despampanantes. Y nada más levantarme cogí el móvil y le llamé para aceptar su oferta.

A partir de ahí todo cambió. Días enteros delante de la pantalla y un cuaderno, estilográfica en mano y auriculares en las orejas para las formaciones.  Me importaba comenzar a tomar apuntes con cierta clase y hasta me había comprado una pluma estilográfica Lamy, que no era de las más caras, pero tampoco de las baratas. También la eterna compañía de mi taza con café, unas veces cálido y reconfortante, otras frío y con hielo; pero siempre con su frase “la única manera de tener éxito, es intentarlo siempre una vez más” para no decaer en mi empeño.

Han sido dos años duros, de ganar un euro al día e incluso unos céntimos. Pero tras estos veinticuatro meses, sin apenas levantar cabeza de la mesa de trabajo, me dispongo a ir al juzgado y volver a ver la cara a Josep. Durante este tiempo yo había bajado cinco tallas en la ropa, había cambiado mi forma de alimentarme, en una palabra, mi estilo de vida. No era la misma mujer, ni por fuera ni por dentro.

Hacía un sol espléndido, el día apuntaba maneras. Puse la música de Queen y comencé a escuchar “The Show Must Go On” para continuar con “I Want to Break Free” y terminar con “We are the champions”. Mientras, me tomé mi desayuno de copos y leche de avena, mi tazón de fresas y mi vaso de kéfir. Mi cuerpo activado se dirigió al dormitorio y me puse mi última adquisición, un traje de Armani gris perla a juego con los zapatos de tacón del mismo color. Y con la cara lavada y mis cabellos cortos agarré una cartera negra que me había regalado Alejandro para este día. Sin joyas ni ostentaciones, sólo yo y mi determinación.

Alejandro me esperaba ya en el juzgado cuando llegué junto con mi abogada, que bajo la toga escondía un traje de cuero rojo, ella también se comía el mundo con su presencia. Y llegó él, barrigudo y calvo, se le habían echado encima más de veinte años, junto a una no tan joven compañera con una tripa prominente a punto de reventar. Los niños creo que deben de llegar cuando tenemos la juventud en las venas, pero ya a los cincuenta y tantos creo que nos vienen grandes.

Y todo salió como yo quise, no hubo ni juicio, sólo un acuerdo tácito que había orquestado durante dos duros y largos años de trabajo. Con semblante serio le expresé mi deseo de que ya no me pasara la pensión compensatoria. A mí ya no me tenía que mantener, yo era autosuficiente e independiente. Y le informé de que estaba dispuesta a comprar su parte de la casa a no ser que él quisiera comprar la mía. Josep reveló que no disponía de líquido para comprar su parte de la vivienda, a lo que repliqué ¡Sin problemas! Contrataría a un tasador para valorar el dinero que le tenía que dar para quedarme con mi vivienda, para ante todo ser justa.

Y ahora ya, después de la experiencia en los juzgados, aquí estoy con una copa de champagne biodinámico L’Astre 2011 de David Léclepart, un blanc de noirs repleto de personalidad entre mis manos. Frente a mí, Alejandro, mientras esperamos a que nos traigan el menú degustación en DiverXO; un restaurante con tres estrellas Michelin y decoración a veces un poco grotesca, lleno de cerdos voladores.

Comienza otra etapa de mi vida con muchas perspectivas y, lo mejor, con un estupendo compañero de trabajo y de vida. Nunca se dejen humillar, la justicia llega y coloca a cada cual en su sitio. Ahora mientras bajo el ritmo de horas de mi trabajo también tengo tiempo para mis sueños que no dejaré de buscarlos siempre una vez más.

Las Aguas Turbulentas de los Sentidos

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“Es necesario mantener nuestra brújula en los ojos y no en la mano, para que las manos ejecuten, pero los ojos juzguen” Miguel Ángel Buonarroti

Norman pasaba las tardes rateando con sus amigos, a veces haciendo gamberradas, fumando y bebiendo alcohol. Por la mañana no le quedaba otra que ayudar a su padre en el aserradero ante la negativa de ir al colegio. A pesar de hacer lo que le venía en gana, casi a diario le caía alguna que otra bronca, la mayoría de los días estaba desganado y laso.

Una de esas tardes con los colegas, la descubrió, mientras robaban algún que otro caramelo a Caro. Tapaba su cabeza con un gran pañuelo oscuro, pero en su rostro se desdibujaba alguna mecha negra ondulada. Mirada baja, paso lento y silencioso, como una gata al acecho. Le llamó la atención aquella mujer delgada y pequeña, pero de líneas definidas. Solía bajar una vez al mes, por la tarde. Iba a comprar a la tienda de Caro. Siempre pedía lo mismo, sin hablar, iba señalando la avena, el trigo, el arroz, aceite, papel, velas y dos libros que Caro, el tendero, alcanzaba de debajo del mostrador. Ella sacaba la cartera y varios saquillos de hierbas, y pagaba.

Cuando sus manos enguantadas con guantes sin dedos rozaron las de él al intentar coger ambos unas almendras, todo cambio. Le miró, una leve sonrisa asomó a su boca, y con sus manos pequeñas de dedos largos, en forma de puño se los llevo a la frente y los bajó un poco. Caro dijo que le saludaba, descubrió porque no había oído su voz, no hablaba, sus manos eran sus herramientas para expresarse.

Hizo seis movimientos con su mano y Norman se quedó con cara de panoli. Caro se rio a carcajadas y le apuntó que le había dicho su nombre, Rebeca. Él tartamudeando le dije que se llamaba Norman y ella se frotó su mano sobre el pecho y luego junto los dedos índice y corazón de ambas manos. Caro volvió a sugerir que estaba encantada de conocerle. Se dio la media vuelta, cogió sus cosas, las echó en un saco de loneta y se marchó.

Sus amigos la zarandeaban en la puerta y entonces Norman la separó de ellos y los amenazó. Éstos en principio se quedaron atónitos, pero tras unos instantes retomaron sus burlas esta vez hacia Norman que vio como Rebeca se alejaba sin mirar hacia tras.

Desde ese mismo instante Norman decidió que tenía un mes para aprender a decirle algo con sus manos hasta que regresara a últimos de noviembre. Caro le dijo que no hacía falta, que ella sabía lo que hablaban tan solo con mirar a los labios, pero él quería aprender a expresarse en su mundo, a involucrarse con ella y disculparse. Caro le informó que la vieja Lidia, la bibliotecaria, le podía ayudar en su empeño.

Pasó todo el tiempo ansioso hasta el día que se suponía que ella volvería a bajar, pero no bajó. El invierno se adelantó y amaneció todo el valle cubierto de nieve. Tampoco bajó en diciembre, la nieve perduró hasta primeros de febrero. Él pasó los meses con ella en la cabeza ayudando a su padre en el aserradero, otra vez lleno de tedio.  De vez en cuando se acercaba a la tienda de Caro con cualquier excusa para preguntar por ella. Dejó de hacer gamberradas e ir con los amigos que siguieron con sus burlas.

En una de aquellas visitas a Caro preguntó si sabía algo sobre con quién vivía y dónde Rebeca. Caro le contó que vivía con su padre en la ladera sur de la montaña, en el viejo molino. Se llegaba hasta allí por la primera encrucijada que había en la carretera a la ciudad. Su padre era un ingeniero de prestigio y con una posición social envidiable, nieto del viejo molinero Tomás. Regreso a la propiedad de la familia con una niña pequeña en una mochila hace unos veinte años. En el pueblo se rumoreó que el matrimonio sufrió un accidente y la esposa murió, la niña perdió el oído a consecuencia del golpe y él salió ileso, pero quedó desolado. Abandono toda su vida anterior y regreso al viejo molino. Desde hace unos años dejó de bajar al pueblo, solo Rebeca lo hacía y siempre le encargaba un par de libros. En invierno a veces dejaban de bajar, pero él sabía que tenían una camioneta y a veces se acercaban a la ciudad. Les envolvía a ambos un halo de misterio, de ermitaños. Su padre cuidaba y plantaba abetos plateados que solía vender para un vivero, una vez coincidió con él en navidad, cuando fue a comprar un abeto. Los árboles los proporcionaba el padre de Rebeca.

A primeros de marzo el padre de Norman le informó que tenían que arreglar el viejo molino de la ladera sur, el techo se había roto a consecuencia del peso de la nieve, había que repararlo. Aquella noticia llenó su mente de perspectivas y de ganas trabajar. Y llegó la mañana, el camino de apenas treinta minutos se le hizo horas. Cuando vio aparecer el viejo molino al lado del estanque le pareció un paraje increíble, pero todo menguó cuando la vio junto a la noria y sobre unas rocas, abrigada, leyendo un libro. Le pareció una imagen bucólica, deseando de acercarse a ella y desplegar sus dotes recién adquiridas para comunicarse con Rebeca.

Fue imposible acercarse a ella, su padre no le dejó parar y ella ni se inmutó, ensimismada en su mundo de silencio. Pero entrar en el molino fue otra experiencia que le dejó sin habla. Pocos muebles, una mesa inmensa en el medio hecha con la antigua muela frente a un ventanal que dejaba ver casi todo el estanque; al lado izquierdo el viejo hogar también de grandes dimensiones donde se quemaban inmensos leños y del que pendía una vetusta olla; junto al hogar un horno de ladrillo refractario que despedía aroma a pan y café recién hecho. Al lado derecho una inmensa estancia que dejaba atisbar una librería del suelo al techo con tan solo dos sillones. El padre de Rebeca, Rafael, les guió arriba por una escalinata de madera junto a la puerta de entrada, allí estaban las habitaciones, y siguieron subiendo por otra escaleta más estrecha a lo que se supone era el granero. Allí estaban las traviesas estropeadas y debajo cubos de zinc para recoger el agua de las goteras entre cajones con viejos objetos.

La mañana fue intensa y a las dos pararon para comer, habían traído su propia comida, pero Rafael insistió en que la comida ya estaba preparada abajo. En la vieja muela platos, cubiertos, vasos y una sopera humeante esperaban. Rebeca sonrió al verlos y con un ademán de la mano los invitó a sentarse. Había pocas ocasiones de comer con gente y presumir de su hacer culinario. Ella misma sirvió la sopa de verduras y repartió el crujiente pan. Después se deleitaron con un plato de albóndigas en salsa, tenían un sabor diferente, pero estaban esplendidas y fue la ocasión para preguntarle con las manos, de qué estaban hechas. Y para rematar la copiosa comida un rico bizcocho esponjoso de manzana y café. Rafael y el padre de Norman se quedaron boquiabiertos al verlos charlar con las manos. Ella le expreso que todo era de origen vegetal, que las albóndigas eran de arroz y harina de garbanzos. Le enseñó a decir alguna que otra palabra más. Pero había que volver al trabajo.

Al caer la tarde, se disponían a marchar cuando Rebeca se acercó a Norman, puso entre sus manos un libro. Le dije que no era muy aficionado a la lectura y ella le espetó que sería un buen ejemplar para poderlo hacer. Estaba encuadernado en piel y tan solo se apreciaba el título en letras doradas y bajo él las letras R.K. Y así fue como por la noche descubrió a Kim de la India, de Rudyard Kipling, pero tras unas cuantas hojas cayó rendido. Aquella noche se lleno de sueños extraños en la India junto a una bella Rebeca.

Y entre madera y libros, besos y caricias, pasó la primavera y el verano. El trabajo en el viejo molino duró una semana, pero Norman regresaba todos los domingos a por otro libro y que el brillo de los ojos ambarinos de Rebeca le dieran fuerza para trabajar a lo largo de la semana. Junto a ella descubrió mundos inimaginables en un entorno de agua, rocas y abetos. Sus ágiles manos le enseñaron a sentir lo que su limitada existencia desconocía. Ella le abrió el corazón a esos libros que llenaban aquella estancia en el viejo molino y al amor. Rafael le aceptó como uno más, su hija era el motor de su vida y en algún momento le confesó que verla feliz era sólo lo que necesitaba. Ella llenaba las noches de Norman, a veces de fantasmas y miedos por perderla, pero cada amanecer se colmaba de expectativas.

Ha pasado algún tiempo, ahora Norman vive junto a Rebeca en el viejo molino. La incapacidad de Rebeca de oír había incrementado en ella los demás sentidos y cualidades, pasaba muchas horas escribiendo sus historias y cuentos, cocinando sus recetas vegetales y haciendo diferentes panes, entre lectura y lectura. A Norman le enseñó lo que es importante y lo que no, a tener valores. Ella era su noria, la que guiaba las aguas turbulentas de sus sentidos, su gran amor. A veces él se tapaba los oídos con grandes algodones y hacía cabriolas y ella se ríe, y la calma le abrazaba el corazón, la estrechaba de la cintura, levantando su pequeño cuerpo del suelo y la besaba. Y entre sus brazos se sentaban frente al hogar acariciando su prominente vientre, y pasaban horas contemplando el fuego. Y el amor de ellos avanza como la rueda del molino, lenta y sin prisas, sin pretensiones, pero creando los cimientos de espíritus indómitos.

Las casualidades ¿Existen o no?

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“En aquella época encontré un extraño refugio. Por casualidad, como suele decirse. Pero esas casualidades no existen. Cuando alguien necesita algo con mucha urgencia y lo encuentra, no es la casualidad la que se lo proporciona, sino él mismo. El propio deseo y la propia necesidad conducen a ello. – Demian” Hermann Hesse

El amor no tiene ni género ni color, ni conoce razones, ni distancia. Oigo a Lena decir que fulano de tal está cañón. Una se acostumbra a oír con asiduidad los comentarios de la mayoría de las mujeres de alrededor. Yo busco la belleza de espíritu, esa que no se esfuma y se perpetúa, la sensibilidad en otra mujer.

Me llamo Clara y aquí estoy en la terraza del bar Capote, tomándome una cerveza sin alcohol, con Lena y las demás. Oigo sus monsergas, pero no escucho. Desde anoche tengo clavada en la mente la mirada triste de aquella chica en la discoteca.

No soy mucho de salir de noche, soy más de pijama y serie. Pero Lena a veces es pesada hasta extremos y se empeñó en pasar, la noche anterior, una velada loca de baile y alcohol. Mi aburrimiento solemne casi me invadió hasta altas horas de la madrugada. Pero el sueño y el tedio desapareció cuando la vi, junto a la barra, observando la pista con una copa en la mano. Largas piernas cruzadas con zapatos rojos de tacón, pantalón negro corto un poco abombachado y una camisa de gasa con una larga abotonadura por delante, de  botones diminutos. La camisa traslucida deja entre ver una ropa interior negra ocultando unos pechos turgentes. Su cabello rojizo es corto en extremo, deja ver su nuca con un pequeño tatuaje, una especie de libélula y eso aún me impacta más, siempre me ha acompañado ese insecto, desde la niñez, es una señal.

Me acerco a la barra y pido un tequila. Miro a mi desconocida y la saludo, sus ojos me impactan y me apabullan aún más, ni el alcohol me alienta, no soy capaz de soltar una palabra. En un susurro me devuelve el saludo, sigue abstraída, ni si quiera me ha visto. Me vuelvo a donde estaba arrastrando los pies y sigo observándola.

Al rato aparece otra mujer histriónica, como si llevara una zapatilla en la boca, dando voces tira de ella y se la intenta llevar a la pista. Mi desconocida de ojos trigueños se niega a acompañarla. Y la otra chabacana y con aspavientos la deja con desdén. Debería volver a acercarme a ella, pero me da miedo intimidarla.

Y vuelve Lena y me dice que nos vamos ¡Ahora! Y como es pesada hasta extremos, nos vamos. Creo que mi corazón se ha quedado apalancado en la barra. De mal humor y cansada subo al coche y Lena decide ir por el valle para ver amanecer. Y en aquella alborada, entre azules y rosas, veo sus ojos tristes como me miran y pienso que tal vez jamás la volveré a ver. Lena sigue con sus cacareos y yo sin escucharla. En un arrebato le digo a mi amiga que me vuelva a llevar a la discoteca ¿Se te ha perdido algo? No contesto.

Lena me mira como si yo fuera una rana, me increpa que no le gustan las voces, pero arranca y regresamos por donde habíamos venido. Cuando llegamos la gente sale del local, están cerrando. Deprisa e inquieta busco entre la multitud, pero no la veo, ya no está.

Me vuelvo al coche. En ese instante es como si todo el cansancio fuera el peso del mundo sobre mis hombros. Ni si quiera sé su nombre, he sido tonta de no atreverme a acercarme, ella era la señal que llevo inquiriendo toda mi vida.

Me acuesto, apenas duermo, me levanto resacosa y cansada. Como sin saber que engullo y allí siguen esos ojos mirándome tristes, preguntándome por qué no me acerqué. Suena el teléfono y allí está Lena para que baje a la terraza del Capote.

Después de un rato decido marcharme de la terraza, no me importan los improperios tachándome de lacia. Hace una tarde maravillosa, con sol radiante, aunque una brisa gélida mantiene mi corazón ensombrecido. Jamás pensé sentirme tan impactada, obsesionada por una mirada, por una libélula. Paseo entre árboles desnudos y gente caminando deprisa.

Regreso a casa y cojo una pequeña figurilla que tengo desde no recuerdo cuando, y me tumbo en el sillón dándole vueltas entre los dedos; la abuela Lucía me la regaló. A ella que le gustaban tanto todos los temas místicos, sus palabras las tengo grabadas en la memoria:

“Toma esta pequeña libélula, su vuelo por encima del agua representa el acto de ir más allá de lo que está en la superficie y mira a lo más profundo de la vida. Su vuelo ágil y su capacidad de moverse en todas las direcciones revelan poder y equilibrio, algo que sólo viene con la madurez”

La abuela Lucia, mi vieja, a la que tanto añoro y aún siento siempre a mi lado. Se me humedecen los ojos y sólo se me ocurre susurrar: abuela ayúdame como siempre lo has hecho.

La tarde pasa y preparo todo, mañana toca trabajar. Me acuesto con la figurilla sobre la mesilla y me duermo mirándola, el reflejo de las luces de la calle la ilumina, dándole aún más esa aura mágica. Caigo en un sueño profundo.

Suena el despertador, con tedio le apago ¡Vaya lunes que me espera! Y encima hoy nos presentan a la nueva encargada del diseño gráfico, con la que tendré que trabajar codo con codo. No estoy de humor para sonrisas y responsabilidades. Pero no queda otra que cargar las pilas, ya seguiré con mi melancolía cuando regrese.

Estoy en mi mesa y llega el jefe. Me hago de rogar, cabizbaja y trabajando.

  • Clara, te presento a la nueva encargada de diseño gráfico, Ayesha.
  • Hola, encantada de comenzar a trabajar contigo —me quedo confundida.
  • Hola Clara, encantada—clava su mirada y una leve sonrisa asoma a su boca.
  • Bonito nombre y extraño—me siento boba con mi comentario.
  • Las ideas místicas de mis padres, significa estrella en latín—alarga la mano para saludar y sigue con su sonrisa.

Y allí frente a aquellos ojos trigueños y todavía algo tristes, sin dejar de soltar su mano suave, se abre entre nosotras todo un mundo ilimitado de sensaciones. No pienso perder ni una sola oportunidad más hasta que su mirada brille como su propio nombre. Y es que como decía mi vieja, las casualidades ¿Existen o no?

¡Gracias abuela!

Vorágine

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“Alguna gente no enloquece nunca. Qué vida verdaderamente horrible debe tener” Bukowski

Tras diez días del comienzo del año, el frío sigue sin dar tregua. Dicen que esta noche superaremos los seis grados bajo cero. Apenas dan ganas de asomar la nariz a la calle. El sol engaña, pero lo cierto es que tendí unos pantalones y a la media hora estaban tiesos, helados.

No me queda más remedio que salir a hacer unas compras, hay que comer, no hay excusa. Salgo que casi no puedo ni moverme de las capas de ropa que llevo. Ya en el coche me incorporo al tumulto del tráfico, parece que todo el mundo lleva prisa, el de detrás mío va pegado, achuchando. Cuanto puede me adelanta y me pita. Llego al aparcamiento y no consigo encontrar hueco libre. Al final veo una plaza y cuando voy a llegar a él, un coche enano a toda velocidad, de esos que no necesitas carné, se me cuela y me quita el sitio. Sale un hombre enorme de aquel pequeño cascarón que no me explico cómo podía ir dentro, y con mucha educación me muestra el dedo medio, a lo que respondo sacándole la lengua ¡Ridícula mi respuesta!  Aparco al final, en la zona más alejada de la entrada. En minutos mi nariz está roja, aunque llevo un pañuelo enorme de lana alrededor del cuello.

El supermercado está atestado, si se cae una moneda no llega al suelo. Por lo visto, han puesto unas cremas para el rostro que son magníficas en oferta y todo el mundo ha venido a comprarla. Una señora mayor con andador me empuja y me adelanta por la derecha. Caigo sobre una estantería llena de bebidas energéticas.

Aún no he conseguido levantarme cuando una chica joven embarazada pasa por encima de mi pie con un carro repleto. Ni se inmuta ante mi grito, ignorándome, como si fuera invisible. Intento ponerme en pie y la bufanda se me engancha y vuelvo a caer. Un empleado del supermercado se acerca, pienso que es para ayudarme. Y comienza a increparme diciéndome que si he roto algo lo tendré que abonar. Aquí lo único roto es mi dignidad.

Mientras sigue la vorágine de personas de un lado para otro. Al final me consigo meter en la corriente humana con mi cesta y llegar a las verduras. Curioso, hay poca gente por esta zona. Estoy cogiendo unos tomates cherry cuando un chiquillo pasa corriendo por mi lado y me golpea en el codo, todos los tomates salen disparados. Un empleado me ayuda a recoger los tomates y me los vuelve a echar a mi bolsa. Tendré que lavarlos bien tras rodar por el suelo, incluso me ha echado alguno reventado ¡Qué amable!

Creo que hoy no es mi día, debería de haberme quedado en casa. Quiero hacer una sopa caliente para reconfortar el cuerpo con estos fríos. Después de coger unos calabacines, cebollas y puerros me dirijo a la zona de carnes y aves. Necesito pollo también para el caldo, cojo número, el ciento doce, y va por el setenta y dos. Tal vez haya pollo envasado que me evite la espera. A unos dos metros veo una bandeja de muslos y cuando me dirijo a por ella, una señora de dimensiones desmesuradas agiliza el paso. Creo que va a por la misma bandeja que yo. Doy un salto y agarro el envase mientras la señora tira del otro extremo. Mi ofuscación ha ido en aumento y creo que estoy a punto de estallar. Con fuerza y mala leche tiro de los muslos y consigo arrebatárselos ¡La victoria es mía! Con expresión triunfal y déspota paso al lado de mi contrincante que me mira atónita.

Ya en la zona de los lácteos y tomo un par de cajas de leche de soja y, con mirada lasciva, agarro un bote de chocolate negro en polvo. Vuelvo a la vorágine y me acerco a las cajas para pagar. Al menos tengo a diez personas delante con los carros repletos. Tras veinte minutos por fin me toca, coloco mis productos en la cinta. Cuando me va a cobrar los puñeteros tomates, la cajera, con mala cara, llama a un ayudante para que vuelvan a pesarlos.  Otro poco a esperar. Los vuelven a traer y me recrimina que estaban mal pesados. Habrá sido su amable compañero porque yo no los he pesado, sucios del suelo, reventados y mal pesados ¡Qué más!

Pago y salgo como una exhalación. Sigue el tráfico con prisas y pitadas ¡Estamos locos o qué!

Por fin en casa. Echo un par de troncos a la chimenea. Pongo el dichoso caldo a fuego lento ¡Mi recompensa no me la quita nadie! Caliento leche con un par de cucharadas de chocolate. Con la taza humeante me acomodo en mi sillón frente al fuego, tomo aire, mi gata viene y se tumba en mi regazo, ronroneando.

¡Creo qué no voy a volver a salir hasta que llegue la primavera!