Las casualidades ¿Existen o no?

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“En aquella época encontré un extraño refugio. Por casualidad, como suele decirse. Pero esas casualidades no existen. Cuando alguien necesita algo con mucha urgencia y lo encuentra, no es la casualidad la que se lo proporciona, sino él mismo. El propio deseo y la propia necesidad conducen a ello. – Demian” Hermann Hesse

El amor no tiene ni género ni color, ni conoce razones, ni distancia. Oigo a Lena decir que fulano de tal está cañón. Una se acostumbra a oír con asiduidad los comentarios de la mayoría de las mujeres de alrededor. Yo busco la belleza de espíritu, esa que no se esfuma y se perpetúa, la sensibilidad en otra mujer.

Me llamo Clara y aquí estoy en la terraza del bar Capote, tomándome una cerveza sin alcohol, con Lena y las demás. Oigo sus monsergas, pero no escucho. Desde anoche tengo clavada en la mente la mirada triste de aquella chica en la discoteca.

No soy mucho de salir de noche, soy más de pijama y serie. Pero Lena a veces es pesada hasta extremos y se empeñó en pasar, la noche anterior, una velada loca de baile y alcohol. Mi aburrimiento solemne casi me invadió hasta altas horas de la madrugada. Pero el sueño y el tedio desapareció cuando la vi, junto a la barra, observando la pista con una copa en la mano. Largas piernas cruzadas con zapatos rojos de tacón, pantalón negro corto un poco abombachado y una camisa de gasa con una larga abotonadura por delante, de  botones diminutos. La camisa traslucida deja entre ver una ropa interior negra ocultando unos pechos turgentes. Su cabello rojizo es corto en extremo, deja ver su nuca con un pequeño tatuaje, una especie de libélula y eso aún me impacta más, siempre me ha acompañado ese insecto, desde la niñez, es una señal.

Me acerco a la barra y pido un tequila. Miro a mi desconocida y la saludo, sus ojos me impactan y me apabullan aún más, ni el alcohol me alienta, no soy capaz de soltar una palabra. En un susurro me devuelve el saludo, sigue abstraída, ni si quiera me ha visto. Me vuelvo a donde estaba arrastrando los pies y sigo observándola.

Al rato aparece otra mujer histriónica, como si llevara una zapatilla en la boca, dando voces tira de ella y se la intenta llevar a la pista. Mi desconocida de ojos trigueños se niega a acompañarla. Y la otra chabacana y con aspavientos la deja con desdén. Debería volver a acercarme a ella, pero me da miedo intimidarla.

Y vuelve Lena y me dice que nos vamos ¡Ahora! Y como es pesada hasta extremos, nos vamos. Creo que mi corazón se ha quedado apalancado en la barra. De mal humor y cansada subo al coche y Lena decide ir por el valle para ver amanecer. Y en aquella alborada, entre azules y rosas, veo sus ojos tristes como me miran y pienso que tal vez jamás la volveré a ver. Lena sigue con sus cacareos y yo sin escucharla. En un arrebato le digo a mi amiga que me vuelva a llevar a la discoteca ¿Se te ha perdido algo? No contesto.

Lena me mira como si yo fuera una rana, me increpa que no le gustan las voces, pero arranca y regresamos por donde habíamos venido. Cuando llegamos la gente sale del local, están cerrando. Deprisa e inquieta busco entre la multitud, pero no la veo, ya no está.

Me vuelvo al coche. En ese instante es como si todo el cansancio fuera el peso del mundo sobre mis hombros. Ni si quiera sé su nombre, he sido tonta de no atreverme a acercarme, ella era la señal que llevo inquiriendo toda mi vida.

Me acuesto, apenas duermo, me levanto resacosa y cansada. Como sin saber que engullo y allí siguen esos ojos mirándome tristes, preguntándome por qué no me acerqué. Suena el teléfono y allí está Lena para que baje a la terraza del Capote.

Después de un rato decido marcharme de la terraza, no me importan los improperios tachándome de lacia. Hace una tarde maravillosa, con sol radiante, aunque una brisa gélida mantiene mi corazón ensombrecido. Jamás pensé sentirme tan impactada, obsesionada por una mirada, por una libélula. Paseo entre árboles desnudos y gente caminando deprisa.

Regreso a casa y cojo una pequeña figurilla que tengo desde no recuerdo cuando, y me tumbo en el sillón dándole vueltas entre los dedos; la abuela Lucía me la regaló. A ella que le gustaban tanto todos los temas místicos, sus palabras las tengo grabadas en la memoria:

“Toma esta pequeña libélula, su vuelo por encima del agua representa el acto de ir más allá de lo que está en la superficie y mira a lo más profundo de la vida. Su vuelo ágil y su capacidad de moverse en todas las direcciones revelan poder y equilibrio, algo que sólo viene con la madurez”

La abuela Lucia, mi vieja, a la que tanto añoro y aún siento siempre a mi lado. Se me humedecen los ojos y sólo se me ocurre susurrar: abuela ayúdame como siempre lo has hecho.

La tarde pasa y preparo todo, mañana toca trabajar. Me acuesto con la figurilla sobre la mesilla y me duermo mirándola, el reflejo de las luces de la calle la ilumina, dándole aún más esa aura mágica. Caigo en un sueño profundo.

Suena el despertador, con tedio le apago ¡Vaya lunes que me espera! Y encima hoy nos presentan a la nueva encargada del diseño gráfico, con la que tendré que trabajar codo con codo. No estoy de humor para sonrisas y responsabilidades. Pero no queda otra que cargar las pilas, ya seguiré con mi melancolía cuando regrese.

Estoy en mi mesa y llega el jefe. Me hago de rogar, cabizbaja y trabajando.

  • Clara, te presento a la nueva encargada de diseño gráfico, Ayesha.
  • Hola, encantada de comenzar a trabajar contigo —me quedo confundida.
  • Hola Clara, encantada—clava su mirada y una leve sonrisa asoma a su boca.
  • Bonito nombre y extraño—me siento boba con mi comentario.
  • Las ideas místicas de mis padres, significa estrella en latín—alarga la mano para saludar y sigue con su sonrisa.

Y allí frente a aquellos ojos trigueños y todavía algo tristes, sin dejar de soltar su mano suave, se abre entre nosotras todo un mundo ilimitado de sensaciones. No pienso perder ni una sola oportunidad más hasta que su mirada brille como su propio nombre. Y es que como decía mi vieja, las casualidades ¿Existen o no?

¡Gracias abuela!

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Vorágine

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“Alguna gente no enloquece nunca. Qué vida verdaderamente horrible debe tener” Bukowski

Tras diez días del comienzo del año, el frío sigue sin dar tregua. Dicen que esta noche superaremos los seis grados bajo cero. Apenas dan ganas de asomar la nariz a la calle. El sol engaña, pero lo cierto es que tendí unos pantalones y a la media hora estaban tiesos, helados.

No me queda más remedio que salir a hacer unas compras, hay que comer, no hay excusa. Salgo que casi no puedo ni moverme de las capas de ropa que llevo. Ya en el coche me incorporo al tumulto del tráfico, parece que todo el mundo lleva prisa, el de detrás mío va pegado, achuchando. Cuanto puede me adelanta y me pita. Llego al aparcamiento y no consigo encontrar hueco libre. Al final veo una plaza y cuando voy a llegar a él, un coche enano a toda velocidad, de esos que no necesitas carné, se me cuela y me quita el sitio. Sale un hombre enorme de aquel pequeño cascarón que no me explico cómo podía ir dentro, y con mucha educación me muestra el dedo medio, a lo que respondo sacándole la lengua ¡Ridícula mi respuesta!  Aparco al final, en la zona más alejada de la entrada. En minutos mi nariz está roja, aunque llevo un pañuelo enorme de lana alrededor del cuello.

El supermercado está atestado, si se cae una moneda no llega al suelo. Por lo visto, han puesto unas cremas para el rostro que son magníficas en oferta y todo el mundo ha venido a comprarla. Una señora mayor con andador me empuja y me adelanta por la derecha. Caigo sobre una estantería llena de bebidas energéticas.

Aún no he conseguido levantarme cuando una chica joven embarazada pasa por encima de mi pie con un carro repleto. Ni se inmuta ante mi grito, ignorándome, como si fuera invisible. Intento ponerme en pie y la bufanda se me engancha y vuelvo a caer. Un empleado del supermercado se acerca, pienso que es para ayudarme. Y comienza a increparme diciéndome que si he roto algo lo tendré que abonar. Aquí lo único roto es mi dignidad.

Mientras sigue la vorágine de personas de un lado para otro. Al final me consigo meter en la corriente humana con mi cesta y llegar a las verduras. Curioso, hay poca gente por esta zona. Estoy cogiendo unos tomates cherry cuando un chiquillo pasa corriendo por mi lado y me golpea en el codo, todos los tomates salen disparados. Un empleado me ayuda a recoger los tomates y me los vuelve a echar a mi bolsa. Tendré que lavarlos bien tras rodar por el suelo, incluso me ha echado alguno reventado ¡Qué amable!

Creo que hoy no es mi día, debería de haberme quedado en casa. Quiero hacer una sopa caliente para reconfortar el cuerpo con estos fríos. Después de coger unos calabacines, cebollas y puerros me dirijo a la zona de carnes y aves. Necesito pollo también para el caldo, cojo número, el ciento doce, y va por el setenta y dos. Tal vez haya pollo envasado que me evite la espera. A unos dos metros veo una bandeja de muslos y cuando me dirijo a por ella, una señora de dimensiones desmesuradas agiliza el paso. Creo que va a por la misma bandeja que yo. Doy un salto y agarro el envase mientras la señora tira del otro extremo. Mi ofuscación ha ido en aumento y creo que estoy a punto de estallar. Con fuerza y mala leche tiro de los muslos y consigo arrebatárselos ¡La victoria es mía! Con expresión triunfal y déspota paso al lado de mi contrincante que me mira atónita.

Ya en la zona de los lácteos y tomo un par de cajas de leche de soja y, con mirada lasciva, agarro un bote de chocolate negro en polvo. Vuelvo a la vorágine y me acerco a las cajas para pagar. Al menos tengo a diez personas delante con los carros repletos. Tras veinte minutos por fin me toca, coloco mis productos en la cinta. Cuando me va a cobrar los puñeteros tomates, la cajera, con mala cara, llama a un ayudante para que vuelvan a pesarlos.  Otro poco a esperar. Los vuelven a traer y me recrimina que estaban mal pesados. Habrá sido su amable compañero porque yo no los he pesado, sucios del suelo, reventados y mal pesados ¡Qué más!

Pago y salgo como una exhalación. Sigue el tráfico con prisas y pitadas ¡Estamos locos o qué!

Por fin en casa. Echo un par de troncos a la chimenea. Pongo el dichoso caldo a fuego lento ¡Mi recompensa no me la quita nadie! Caliento leche con un par de cucharadas de chocolate. Con la taza humeante me acomodo en mi sillón frente al fuego, tomo aire, mi gata viene y se tumba en mi regazo, ronroneando.

¡Creo qué no voy a volver a salir hasta que llegue la primavera!

 

Testamentos

Testamento

Recordar es fácil para el que tiene memoria. Olvidarse es difícil para quien tiene corazón”  Gabriel García Márquez

Los testamentos a veces los recibimos sin percatarnos de ello. No se trata de bienes materiales sino de ramalazos como dice alguien de mi familia. Una apariencia, un resentimiento ancestral, posesiones de integridad y honor, o porque no maldad y rencor. Heredamos muchas actitudes de nuestros antepasados.

Y aunque sea difícil de creer hasta ciertos animales  vuelven, llegan de nuevo hasta nosotros. Mi padre dice que mi gata es igual a una que tuvieron de niños, sus hermanas y él. Se la dio un panadero cuando iban a por hogazas de pan para el estraperlo. La llevaron en un bolsillo interior de la zamarra para que fuera calentita. Por aquel entonces, mi abuelo había salido de prisión para morir de tuberculosis. Durante los meses hasta que la enfermedad le consumió, frente al fuego en invierno, jugaba con la gata y la enseñaba a saltar entre sus brazos enlazados mientras, entre juego y juego, hacía juguetes de madera para rifarlos. Todos comían poco, pues fueron tiempos de hambre, pero todos se quitaban un poquito de su escasa comida para aquella gata llamada “mariposa”. Y según mi padre mi gata es como aquella, blanca con lunares negros y anaranjados.Cuando mi progenitor la mira, sus ojos se llenan de añoranzas cálidas, de su padre. Y percibo una dulce sensación en su memoria.

Tal vez mi gata ha llegado para que no nos olvidemos de aquellos que marcharon y que nos dejaron en herencia carácter, recuerdos, palabras y memoria histórica.

El Cuaderno de Maya de Isabel Allende

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“Para las mujeres el mejor afrodisíaco son las palabras, el punto g está en los oídos, el que busque más abajo está perdiendo el tiempo” Isabel Allende

Una lectura recomendada, con su lado tierno y mágico de Isabel y a su vez,  la dureza de muchas experiencias actuales como la droga y el alcohol. Una narración con muchos datos autobiográficos. Por todo esto es una novela real y contemporánea. Los personajes son perfilados de forma escrupulosa, sobre todo retrata el alma con gran precisión de cada uno de ellos. Es un libro que se lee de forma ágil pero para deleitarse con él. Y una de las partes más destacadas para mí, el final, con una gran giro argumental e impactantes descubrimientos.

Sobre la escritora Isabel Allende podríamos decir que tiene tantos detractores como adeptos. Es una de las autoras en lengua española más leídas de todos los tiempos y ha publicado tanto novela como cuentos infantiles o teatro. Gran parte de su obra se cataloga dentro del realismo mágico, aunque también se ha adentrado en la novela policial o histórica. Su lenguaje es sencillo, claro y pleno de contenido, y con un marcado acento feminista. A lo largo de su carrera ha vendido millones de copias de sus libros, con traducciones a multitud de idiomas. De entre su obra cabría destacar títulos como La casa de los espíritus, Inés del alma mía,La isla bajo el mar o El amante japonés.

Sinopsis

El cuaderno de Maya relata la vida de Maya Vidal, una adolescente norteamericana cuya madre la dejó en la casa de sus abuelos cuando era un bebé y no la volvió a ver hasta varios años después. Su padre, Andrés Vidal, tampoco estuvo muy presente. Su trabajo como piloto en una línea aérea y otros intereses lo mantuvieron muchos años alejado de su hija durante la infancia de esta última; por eso, Maya es criada por sus abuelos. Nidia Vidal, la abuela, es una chilena energética y cariñosa, que se había mudado a Toronto con su hijo Andrés tras la muerte de su primer esposo, Felipe Vidal, durante el Golpe de Estadp de Chile de 1973. Más tarde se traslada a Berkeley, California, donde transcurrió la infancia de Maya. Su segundo marido, el astrónomo y profesor Paul Ditson II, fue un verdadero abuelo para Maya, que lo llamaba cariñosamente “mi Popo”.

Cuando su querido abuelo muere de un cáncer fulminante, Maya sufre un durísimo golpe. Empieza a consumir drogas con dos amigas de su escuela. Un lío la lleva a otro y pronto la dulce niña se transforma en una adolescente rebelde aplastada por la presión social, la falta de límites y una capacidad infinita para mentir sin escrúpulos. Su abuela está deprimida por la muerte de su esposo y su padre siempre está trabajando, de modo que nadie se da cuenta del gran cambio producido en Maya. Ella empieza a consumir drogas, a tener relaciones sexuales y a planear negocios ilícitos. No es hasta que sufre un accidente que la abuela advierte los problemas de su nieta.

Así es como Maya termina en un centro de rehabilitación en Oregón. Ahí se queda por un largo periodo en el que experimenta cierta mejoría. Sin embargo, Maya está muy enfadada con su familia por mandarla al centro de rehabilitación, especialmente con su padre, al que siente que no le importa. Pocos días antes de que su reclusión acabe le piden que se quede unos meses más y ella decide escapar para “darle una lección a su padre”. Aprovecha una situación de emergencia y corre hasta una carretera donde le pide a un camionero que la lleve. Roy Fedgewick, el conductor, accede, pero acaba violándola. Aun así la lleva a Las Vegas, donde Maya se dispone a llamar a su abuela para pedir que la recoja. Como Nidia Vidal no se encontraba en casa esa noche, Maya pospone la llamada para el día siguiente. Pero esa noche conoce a Brandon Leeman, un narcotraficante que la contrata para hacerle recados. Con Leeman Maya se perderá en un mundo de drogas y negocios ilegales que serán su ruina.

Seis meses después, Maya acompaña a Leeman a esconder unas bolsas que contienen dinero. Pero Leeman es asesinado de improviso por sus socios, que también quieren atrapar a Maya, dado que ella sabe demasiado. Ella logra huir gracias a la ayuda de un niño adicto llamado Freddy, pero se convierte en una mendiga lamentable que consumirá todo tipo de drogas por la adicción tan terrible que ha desarrollado.

Afortunadamente Maya es salvada por un grupo de mujeres que la cuidarán durante el proceso de desintoxicación y llamarán a su abuela.Maya pasa un tiempo en un costoso centro de rehabilitación, pero luego su abuela decide mandarla a Chiloé, una pequeña isla chilena donde la muchacha podrá esconderse de sus peligrosos perseguidores.

En Chiloé, la vida de Maya cambia completamente. Es un lugar tranquilo pero, para su sorpresa, le gusta. Se aloja en casa de Manuel Arias, un viejo amigo de su abuela que estuvo preso durante la dictadura de Pinochet, trauma que no ha superado por completo. Maya se gana el cariño de la mayoría de los habitantes, que la llaman “la gringuita”, empieza a trabajar ayudando en la escuela y entrenando al equipo de fútbol infantil… La muchacha llega a querer verdaderamente a Manuel y desea averiguar más sobre su pasado para poder ayudarle.

 

Los Fantasmas del Verano

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Paranoia es sólo un elevado sentido de concienciaJohn Lennon

Pronto se marchará el verano, las moscas comienzan a entrar en tropel en casa buscando refugio y calor. Estamos a primeros de septiembre, pero aún quedan unos días de estío, aunque el tiempo no nos ha dado tregua, tormentas, lluvia, un brisa gélida colándose por la ventana en la noche. Amaneces enrollada entre las sábanas, resguardada por el almohadón y en posición fetal.

Ha sido un verano agradable con experiencias nuevas y personas diferentes. Noches de extraños fantasmas, unos festivos, otros misteriosos y otros inquietantes. Las noches dan para mucho como todos hemos comprobado en determinados momentos. Enajenaciones de las que por la mañana te sonríes. Todos tenemos fantasmas que se acrecientan con la oscuridad y no hace falta que lleven sábanas y cadenas.

El peor de ello aquel que se dejó intuir su presencia bajo mi ventana, con una fuerte respiración agitada y entrecortada. Ahora que lo pienso ¿Los fantasmas respiran? Grité histérica, el corazón me explotaba. Me dio miedo mirar, a lo lejos escudriñé unos ojos felina. El caso es que me creó tal paranoia que dormí con las ventanas cerradas y el aire acondicionado. Por la mañana me dolía la cabeza y el ambiente estaba pesado pero la demencia se había evaporado. Abrí las ventanas de par en par y respiré con profundidad.

Otro de los fantasmas apareció bajo la luz de la luna mientras observábamos las estrellas, la noche de las Perseidas. El espectáculo fue excepcional, dispusimos unas sillas de camping en la cola del pantano, frente a aquel espejo ambiguo y refulgente, grandes encinas y el susurro de los patos silvestres y grillos. Nos arrebujamos con las típicas mantas de cuadros rojos con la intención de permanecer allí hasta altas horas de la noche. Por el este aparecieron nubes sospechosas. Tras un par de horas entre charlas y risas algo se movió cerca de la orilla del agua. Apareció una sombra grande bajo una luz blanca. Alertadas por la intrusión comprobamos que era un individuo de linterna led en la cabeza y cámara de fotos con trípode en las manos. Cuando le vimos aparecer pensé que se abalanzaría a nosotros y nos mordería en la yugular. Pero tan solo saludó y colocó la cámara, en breve las nubes fueron borrando las estrellas. Y el espectro decidió marcharse por donde había surgido con semblante decepcionado, como si el firmamento se hubiera negado a que inmortalizaran su espectáculo. Nosotros aún estuvimos hasta el amanecer pues el paisaje nocturno y los sonidos del silencio valieron la pena.

El fantasma festivo fue el mejor, el que no nos dio susto. En verano coincidimos en muchas de las fiestas de los pueblos de alrededor o el propio. Todos los amigos en grupo formando un corro, bailando y compartiendo risas. Y a eso de las cuatro de la madrugada, es cuando ciertas apariciones con niveles etílicos altos se te acercan y te saludan con entusiasmo. Comienzan a pulular a tu alrededor repitiéndote a cada instante tu nombre y una frase de la que ellos creen con cierta gracia. Al cabo de media hora estás del fantasma fiestero hasta las mismísimas narices y sabes que ha llegado el momento de regresar a casa. Te marchas con cierta sensación de que te han fastidiado la juerga pero deseando de coger la cama.

En fin, que podría estar narrando otros muchos de los fantasmas que nos acechan pero estos son la muestra de algunos de ellos que se cruzaron en mi camino. Seguirán apareciendo pues como alguien muy versado en miedos dijo (Stephen King) viven dentro de nosotros y a veces hasta vencen.

EL QUE NO TIENE PASADO, NO TIENE FUTURO

TIEMPO

͞Dichoso aquél que recuerda con agrado a sus antepasados, que gustosamente habla de sus acciones y de su grandeza y que serenamente se alegra viéndose al final de tan hermosa fila.͟ Johann Wolfgang von Goethe

 
Llevábamos sin vernos unos seis años, nos encontramos en un centro comercial pero, en aquel entonces, tampoco nos dio tiempo a compartir demasiado, solo abrazos afectuosos y los saludos de rigor. Hoy nos hemos reunido en mi casa. Comimos juntas mientras recordábamos nuestros juegos infantiles, retazos de la niñez. Ella fue mi cómplice, mi amiga.
Durante unos 17 años no supimos la una de la otra. Ella se casó con un americano y se marchó a vivir a Salt Lake City en el estado de Utah. Yo también me casé pero permanecí en mi tierra. En el presente ambas divorciadas, comparamos nuestras trayectorias que han ido muy parejas, con mucho en común. Pero lo importante es que la distancia nunca borró la huella de nuestros recuerdos.
Hoy intentamos rescatar entre ambas la historia familiar y siento un hormigueo insólito al traer al presente el testimonio de los que nos precedieron. Su abuela y la mía eran hermanas pero yo sólo conocí a la suya. La recuerdo como una mujer cordial y de ojos tristes; siempre con su moño de cabello cano impoluto y vestida de negro. A la caída de la tarde se sentaba en una silla de pita muy baja, en el patio o a la puerta de la casa limitada por poyetes. Merendaba un trozo de pan untado con tomate, siempre aquella merienda- cena humilde de hortelanos, lo que fueron su cónyuge y ella. Su voz átona y serena
Grabado en mi memoria está aquel patio con árboles frutales, una parra para dar sombra y muchos tiestos. Las macetas más abundantes eran las calas, esas trompetas blancas con un espádice en el centro amarillo que desprendían un aroma tibio y sugerente. Y entre los tiestos grandes cajones de jabón casero, unos recién hechos otros cuajados para cortar. En el extremo más alejado del patio un gallinero donde el que más se pavoneaba era el gallo de llamativos colores y con el que teníamos que tener cuidado por su hostilidad. En aquel entorno aprendí a
jugar a la rayuela, al escondite, a mancharme haciendo cacharros de barro o a saltar a la comba. Y ella, mi prima Estrella, fue mi camarada y confidente.
Hoy Estrella me ha pedido que busque datos sobre los abuelos y bisabuelos, que pregunte a mi madre. Creo que podremos recuperar historias y datos de aquellos que nos precedieron para hacer un árbol genealógico, porque al fin y al cabo, que sería de nosotros sin ellos. Parte de su vida está en nuestros genes; parte de sus tradiciones están en nuestra memoria.

OSSIÁN (continuación de LOS BOSQUES DE HERMITAGE DE DUNKELD)

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“Mis ejércitos serán los árboles y animales de los bosques y las aves del cielo” Carlomagno

Daracha se quedó dormida en pocos minutos. Ossián frente a ella, pero a un par de metros junto al fuego, la contemplaba. Su respiración sigilosa y el semblante apacible y melancólico que enmarcaba aquel rostro ovalado y de piel blanca, le recordó a Lorna, su madre ¡Cuánto la echaba de menos! La única mujer que le había hecho sentir importante y sublime.

Lorna en las largas noches de invierno, en el carromato, le acercaba un cuenco de leche caliente con avena y miel, lo reconfortante que era su aroma, y entre sorbo y sorbo sus historias, su don narrativo para abrigarle. Como le sonreía y acariciaba su mentón. A veces sentía su presencia, sobre todo en instantes de peligro. Si algo malo acechaba solía sentir un suave roce en la barbilla. Al principio pensaba que era tan solo el viento, pero con el tiempo descubrió que esa sensación le alertaba y llegó a pensar que era la protección de su madre.

Cuando por la mañana siguió a Daracha por el bosque, sus respingos, las miradas nerviosas hacia todos lados y el cambiar de rumbo de continuo lo supo. Y cuando la observó llorar sobre el tronco labrado se le rompió el corazón. Por eso pensó que la mejor forma de acercarse a ella era mostrando sumisión y, por supuesto, le dio resultado. Aquella joven indefensa era la criatura más dulce que jamás había visto, sintió cuando sus ojos se clavaron en los de él una punzada en el pecho, como si una estela invisible se hubiera clavado y les hubiera unido.

Tenía la sensación de que en algún momento del pasado había coincidido con Daracha. Esa opción era imposible pues llevaba años viviendo en el bosque. A penas era un adolescente cuando junto a los límites del bosque de Hermitage fueron atacados por ladrones. Su madre alarmada le despertó y le hizo abandonar el carromato por una trampilla del suelo oculta bajo las mantas. Le obligó a que saliera y se refugiara en el bosque. Rozó como siempre su mentón y le ordenó que huyera y no mirara para atrás. Fuera se escuchaban los golpes de los bastones entrecruzándose. Ian, su tío, no dejaría de luchar para defenderlos.

Oculto se giró y vio como el carromato ardía. No se oían voces ni ruidos, solo el crepitar del fuego y su resplandor. Cuando casi amanecía volvió a acercarse con cautela a los rescoldos del carromato. Vio los cuerpos de su madre y su tío inertes en el suelo. Con una estaca y sus manos cavó unos hoyos y enterró a su familia.

Sus pertenencias estaban esparcidas por todos lados. En un deslustrado saco recogió las viejas cartas de adivinación de Lorna, a las que habían diseminado buscando algo de valor. Ignoraban que el valor lo tenían las propias cartas que según su madre procedían de una antigua civilización llamada Egipto y pertenecían a sus antepasados, una sacerdotisa llamada Meretites y su esposo, un cantante llamado Kahai. Siempre llevaría en su memoria las leyendas sobre sus antepasados que narraba Lorna, de la sabiduría de las hierbas para hacer pócimas trasmitidas de palabra desde aquella sacerdotisa hasta su madre ¿Serían verdad aquellos cuentos?

También cogió a las dos marionetas con las que deleitaba Lorna a los niños por cada aldea que pasaba. Y alguno de los libros de hierbas que se habían librado del fuego. También encontró uno de los dibujos de su tío Ian con el carromato y el rostro de su madre. Algunos enseres como un cuenco y dos cucharas, la caja de madera donde guardaban el dinero, una manta y un chal de su madre.

Su desolación fue tal que ni las lágrimas brotaban de sus ojos. Vagó varías jornada, como Daracha, errante y con miedo. La tercera noche arropado con las hojarascas durmió hasta que la pesadilla de los cuerpos de su madre y su tío le despertaron con lágrimas. Fue la primera vez que lloró y así por mucho tiempo, solo lograba verter su amargura en sueños.

Tras algunas noches más despertó de su pesadilla y junto a él, descansaba un anciano y su lobo, de los que no se separaría hasta la muerte del abuelo. Angus, que así se llamaba el anciano, le preparó para cuando su cuerpo abandonara el bosque. Sus ordenes fueron precisas, haría un hoyo y en él quemaría su cuerpo. Le entregó un saco con una semilla y le dijo que en sus cenizas enterrara aquella semilla y la regara hasta que brotara un pequeño árbol sagrado. El tejo era el árbol de la vida y la muerte, no debía jamás comer de sus ramas, hojas ni frutos pues moriría. La fuerza de la naturaleza vivía en dicho árbol, también el espíritu de Angus, sus conocimientos y secretos. Si algún día se le planteaba algún problema, bajo el cobijo de las ramas de aquel tejo sagrado encontraría las respuestas.

Angus pasó a ser su mentor, su maestro, terminó de aprender a leer y escribir. Le llevó a un edificio junto a una cascada, Ossián nunca había habitado en una casa, aquella construcción emblemática comenzó a ser su hogar. Angus le enseñó todo lo que debía saber del bosque, la conducta ante el prójimo y la naturaleza, la lealtad, el honor, la valentía. También fue un duro golpe perderle. Los años juntos habían pasado apacibles, aunque no carentes de dificultades al vivir alejados de las gentes de la comarca. Al calor del fuego pasaban las noches leyendo muchos de los libros que poseía de toda índole, pero a Ossián le gustaban mucho los de su madre y los de las diferentes especies vegetales y sus propiedades.

Angus fue uno de los creadores de alguna de las leyendas mágicas del bosque. Cuando en momentos inciertos se cruzaba con algún pequeño grupo de gente, organizaba su teatro. Se manchaba el rostro con jugo de zarzamoras, se dejaba ver haciendo aspavientos, gritando. Les contaba que un inmenso lobo mágico le perseguía tras arrebatar la vida de sus seres y que quería marcharse de aquel maldito bosque. Despavorido se alejaba y se escondía en uno de sus muchas guaridas donde le esperaban Lobo y Ossián. Aquellos instantes eran épicos, Ossián reía y entonces Angus hacía que Lobo aullara para concluir la pantomima. Aquellas gentes llenas de supersticiones se daban la vuelta y huían horrorizados. A través de los años habían ido creciendo los rumores de seres maléficos que habitaban el bosque lo que mantenía a raya a intrusos.

Angus, afable y ocurrente, en una primera impresión era de un ser hosco y de poca confianza, pura fachada. Su tío Ian era buena persona, pero nada dado a risas y emotividad. Angus siempre decía que casi nadie sabía gestionar emociones y expresarlas. Para muchos era motivo de debilidad y, según Angus, nada más lejos. Riendo siempre, expresaba que deberían de pasar siglos para que el hombre perdiera esa armadura a veces tan pesada.

Lo que más admiraba Ossián era la capacidad de amar de Angus al bosque y sus habitantes. Lo mismo le daba entablillar una rama rota que la pata de un pajarillo. Se alimentaba de frutos y hierbas. Una vez al año solían acercarse a Dunkeld a aprovisionarse de cereales a cambio de miel, frutas y hierbas para sanar.

Ossián recelaba de la gente por eso le gustaba el bosque; era parco en palabras, reflexivo, muy crítico. Pero con Daracha fue diferente. En ese instante, ella abrió los ojos y vio a Ossián observándola junto al fuego y medio adormilada pregunto ¿Estoy segura contigo?