Haru (Primavera)

Bajo las flores del cerezo pulula y hormiguea la humanidad.”  Kobayashi Issa

Mi amiga Taka es japonesa, vive en Toledo y es una pintora fascinante. Ella me dice que esta época es la mejor para imprimir de colores el lienzo. Ellos llaman a la primavera “haru”. Hoy hemos cargado el coche con el caballete, los pinceles, las acuarelas y una silla plegable y nos hemos ido a la carretera del Valle, cerca de la ermita. Pero antes de ponerse a pitar hemos contemplado el paisaje con una humeante taza de té.

Y sin darnos cuenta nos hemos enfrascado en una charla. Me dice que echa de menos su tierra. Yo le contesto que es lógico, pero todo en esta vida tiene sus ventajas e inconvenientes. No la hubiera conocido sino se hubiera venido a vivir frente a mi puerta. Ella es lo mejor que me ha pasado en estos últimos duros años. Admiro su educación y respeto, su forma de tratarme, ella me ve a mí, a Miguel, y jamás he notado sus ojos en mi silla de ruedas. A veces intenta ayudarme, casi siempre le digo que puedo, que ya le pediré ayuda cuando la necesite. Y es entonces cuando me hace una genuflexión con las manos juntas.

Seguimos charlando, contemplando el verdor del valle. Me cuenta que en su tierra todo se llena de tonalidades pasteles con el sakura, uno de los momentos más importantes en Japón por la floración de los cerezos, en el parque Hirosaki. Reflexiona y me dice que la vida es como las flores del cerezo, en ellas se une lo viejo y lo nuevo, vale la pena contemplarlas aún en su declive.

El silencio nos acalla y Taka coge su pincel. Frente a nosotros hay un almendro en flor y de fondo la magnífica ciudad de Toledo, comienza a plasmar el espectáculo que observamos. Tras varias horas ya se percibe el cuadro con las flores quitando protagonismo a la ciudad. Según Taka la perfección existe en la naturaleza y su misión es plasmarla.

Cae la tarde, comenzamos a recoger. Nuestro entorno se transforma. cómplice el universo nos regala un cielo rosado entre los dorados rayos del sol. Taka vuelve a sentarse y me ofrece otra vez otra taza de té. Sus manos rozan las mías al dármela. Una corriente eléctrica recorre mi cuerpo, y entonces me regala un leve beso en la mejilla y acaricia mi rostro. En efecto la perfección existe, no hay nada como contemplar una puesta de sol, rodeados de almendros en flor y subyugados por el aroma de la primavera al lado de Taka , mi considerada Taka.

̶   Esta noche cenamos en tu casa o en la mí.

̶   En la tuya Miguel, te toca a ti mostrarme los colores de la noche bajo el embrujo de las velas y hechizada por la magia de tus cuentos.

¡Buenos días!

“Lluvia de primavera; ¡pobre de aquel que nada escribe!”  Yosa Buson

Tras un año de retiro obligado, el tiempo va pasando factura y hay días en que al ánimo le cuesta remontar. Imprescindible que salga el sol y vayan floreciendo las plantas, oír el gorjeo de los jilgueros y el verdor de los campos tras la nevada. Hemos de comenzar a salir de este letargo.

Hoy tras una noche gélida sale el sol y parece que más fuerte. Igual que caldea las raíces de los árboles quiero que abrigue las mías. Y con una taza de café entre mis manos y de frente al astro rey, cierro los ojos y escucho como me habla el mundo que me rodea. Disfruto del despertar de la primavera. Pasan unos vecinos esbozados en sus mascarillas y nos saludamos con cordialidad. Es gratificante poder hablar, aún manteniendo los dos metros de distancia, poder comprobar que seguimos vivos superando aciagos meses.

Sigo frente al sol y noto su calor, pasa un desconocido, andando ligero, me saluda con timidez. Y a los diez minutos vuelve a pasar, con su zancada rápida. Cada cual activa su neurona y músculos como puede. Y tras otros diez minutos vuelve a aparecer, pero esta vez se detiene, con una leve sonrisa deja en el muro de la fachada un ramillete con bocas de dragón silvestres amarillos y margaritas. Sin mediar palabra le agradezco su gesto con una sonrisa. Retoma su camino y le despido con un ademán de la mano.

Recojo el ramillete y me meto en casa. Coloco las flores en un jarroncillo y enciendo una vela, prendo un Palo Santo. Poco a poco se esparce el humo llenando la habitación con su aroma dulce y leñoso, mientras susurro “Que el espíritu del Palo Santo limpie y proteja este hogar. Que esta madera sagrada atraiga a este hogar las mayores bendiciones y fortunas. Gracias. Gracias. Gracias.”

El día promete y siento como las cadenas que oprimían el arrojo se hacen añicos. Respiro con profundidad, la vida es bella si podemos vislumbrar los pequeños detalles de cada día y apreciarlos, porque esa es la felicidad, los pequeños y brillantes fragmentos de lo cotidiano.

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La pirata que llevo dentro

“Sabes demasiado, viejo pirata. Un contrabandista tenía que conocer a los hombres tan bien como las mareas o no duraba mucho tiempo en el negocio.”  George R. R. Martin

Tras dos meses de paro literario obligatorio por hospitalización y convalecencia intento retomar actividad. No es nada fácil, aunque podría narrar muchas anécdotas que me han ocurrido en este tiempo, muchas nefastas, otras generosas y alguna que otra que había que tomárselas con humor. Dados los tiempos de cambio y dificultades que nos han tocado prefiero escribir siempre hacia la esperanza y el optimismo.

Conviví durante dos semanas con la demencia y el olvido, con el dolor de otras personas, con la negligencia administrativa que conlleva más sufrimiento añadido a la enfermedad. Pude comprobar que la mayoría de los profesionales son estupendos y que, algunos de ellos (médicos), carecen de empatía y educación pues ellos no han estudiado diez años para trastabillar con obstáculos burocráticos (palabras textuales) y sufrimiento de las personas. Aunque después de esas dos semanas caí en manos de dos traumatólogos de comprensión y trato considerable, humanos.

Y no quiero ya hablar del dichoso virus y la consabida pandemia; dormía incluso con la mascarilla y todo el día con el desinfectante a vueltas y sin moverme de mi cama. Una mañana me dio unas décimas de fiebre ajenas al bicho, pero pude comprobar como el pánico se apoderó de mi entorno. Con rapidez me hicieron una “pcr” y, tras saberse negativa, las aguas volvieron a su cauce.

Cohabité con personas desconocidas, ingresadas también y familiares, con los que el sufrimiento te une, incluso para siempre. Personas buenas que comparten desde un dulce, una botella de agua o palabras de ánimo, aunque su corazón también esté destrozado.

Mi agradecimiento eterno a mis ángeles que velaron por mí en todo momento. A mi hija que a penas se separó de mi cama porque no podía entrar nadie más y a mi hijo, padres, hermano y sobrino que sufrieron en silencio y en la distancia cada instante. He de dar las gracias a la tecnología que me permitía verlos y hablar con ellos todos los días.

Y no puedo dejar de mencionar a todos los amigos que no han dejado de estar presentes en estos aciagos días y siguen preguntándome e interesándose por mí. En los malos momentos es donde se desnuda el corazón de los camaradas.

En fin, que tras diez y ocho días por los entornos hospitalarios volví al añorado hogar con mis seres queridos y mis gatas. Ya con el luto y el adiós a una parte de mi cuerpo, dispuesta a retomar la existencia sin ella. Asumí que la vida y las personas son maravillosas y que tenemos que seguir hacia delante; uno se posesiona, llora, se despide de su pie y cierra el cuento definitivamente.

Y aquí me tenéis, transformada en una pirata literaria, eso sí por la falta de mi pie, que no pretendo saquear ideas a nadie. Cambiaré el loro por mis gatas que siempre anda cerca de mí y del ordenador donde escribo. Y mi barco será la imaginación y mis libros que siempre me llevan lejos, muy lejos; o cerca, muy cerca del que disfruta con mis palabras.

Seguiré surcando los mares, con una sonrisa en mi rostro percibiendo el aire fresco y sabiendo que soy una persona afortunada por todo el amor que me rodea, manejando el timón de mis sentimientos hacia rumbos siempre auténticos y positivos. Superando marejadas y tormentas con ánimo y sin desfallecer, dando voz a las injusticias.

¡Brindar, compañeros Yo-ho, yo- ho la botella de ron!

¡Gracias!

Ana de la Cruz, la Hechicera Toledana

 “Y si la vida es un instante hoy quiero olvidar que existo… quiero escapar a mi desierto sin ser visto, salir de este círculo, volar a otro lugar quedarme quieto, allí la soledad es mi amuleto.” Nach

Me llamo Ana de la Cruz, tengo 33 años y trabajo como archivera en el Archivo Histórico Provincial de Toledo. Toledo es mi ciudad, a la que admiro y adoro. Cada adoquín, rincón, calle y edificio emanan historia y leyendas. Como archivera pasan por mis manos muchos documentos, me encanta mi trabajo y además me proporciona muchos conocimientos difíciles de obtener.

Durante toda mi vida he convivido con un objeto antiguo que, según mi abuela, provenía de un antepasado y que había ido transfiriéndose de generación en generación. A cada primera mujer que nacía en la familia se le regalaba dicho objeto. Siempre me acompañó. Le he tenido especial aprecio por el amor que he sentido siempre por mi abuela, pero nunca le di la mayor importancia.

El objeto en sí, según me explicó la nana, es una castaña de Indias engarzada en plata con filigranas de cordoncillo y acompañada del tintineo argento de un pequeño cascabel. En dicho cascabel se pueden ver las letras, muy definidas “A y G” y un punzonado en forma de T mayúscula en cuya parte superior aparece una o minúscula. Pende de mi cuello de una cadena también de plata con el mismo punzonado en el engarce; se me rompió al engancharse en un bloque de granito jugando en la escalinata de la entrada de la Universidad del Cardenal Lorenzana. La repararon pero pudieron mantener su identificación.

Un día vino un individuo a documentarse, de aspecto hosco y modales mezquinos. Debía tener unos cuarenta años, ropa limpia pero deslustrada, cabello largo, una pequeña cicatriz al lado del ojo izquierdo en forma de media luna, desprendía un olor sutil a lavanda que reconocí después de años de olérselo a la nana. Le acerque todos los documentos que me fue pidiendo. En toda la mañana ni una palabra de gratitud. Se me cayó un papel y al agacharme deje ver mi amuleto, el sujeto le miró entreabriendo mucho los ojos. Me preguntó si sabía lo que llevaba colgado. Le respondí con pocas palabras que era un alhaja de mi familia. De pronto, me extendió la mano y se presentó como Luis de Páramo. Le contesté seca que me llamaba Ana de la Cruz. Entonces abrió aún más los ojos y me dijo que el destino y la casualidad se superponen a veces en el tiempo. No entendía nada.

Me sorprendió aún más invitándome a comer. Rechacé la propuesta ¿A qué venía tanta amabilidad? Insistió y con una sonrisa leve se disculpó diciéndome que no se le daban bien las relaciones sociales. Fue inexplicable su cambio de actitud. Si aceptaba su invitación me contaría una historia que me podía interesar. Me encantan las historias e incomprensiblemente acepté por pura curiosidad. Empecé a sentirme cómoda.

Comienza a narrarme que su nombre, Luis Páramo, coincidía con el de un antiguo inquisidor toledano. Sigue relatando que mi nombre también coincide con una mujer condenada en Toledo por hechicera en 1635 que vivía por la zona del Pozo Amargo. Su vida transcurría entre la botánica y la magia. Solía echar la suerte de habas, rodearse de pócimas y hierbas, y lanzar hechizos para recuperar amores perdidos.

Le había llamado mucho la atención mi castaña de Indias, había reconocido la joya y consideraba que era muy valiosa. Yo la creía valiosa por su valor sentimental pero siempre pensé que era una bagatela. Siguió contándome que las castañas de Indias se consideraban ejemplares contra muchos males y eran portadas tanto por niños como por adultos, hombres y mujeres. Uno de los males más demandados era el mal de ojo. Le dije que la llevaba puesta desde que nací.

Y así es como con la amistad y ayuda de Luis fui contextualizando y documentando toda mi línea genealógica. Pude descubrir que mi antepasado fue la misma Ana de la Cruz. Meses después Luis me regaló una caja de madera de olivo con tallas mudéjares que guardaba un pequeño pergamino amarillento y acartonado con la sentencia inquisitorial por la que fue condenada Ana. Un documento también de importancia relevante. A cambio me pidió que le dejara mi amuleto para que lo viera un amigo suyo y me le datara. Ante su inestimable regalo no me pude negar a dejárselo, aunque me costaba muchísimo desprenderme de él. Luis me insistió y me dijo que no me preocupara que tan solo iban a ser un par de días y que le cuidaría como a su propia vida. Me puso en una situación incómoda cuando me preguntó si desconfiaba de él. Por supuesto le indiqué que no, pero me incomodaba separarme del amuleto, tan sólo no me había acompañado cuando se rompió la cadena y me la repararon.

Fue el último día que vi a Luis Páramo, desapareció de la faz de la tierra. Después de llamarle infinidad de veces al móvil y no localizarle, y tras dos semanas de ausencia no me quedó otra que acercarme a la comisaría y poner una denuncia. Expliqué con detalle lo ocurrido y describí el amuleto, así pude saber que, en efecto, era valioso que el punzonado databa al objeto en 1645 y era del platero toledano Antonio Pérez de Montalto. El nombre del Luis Paramo era ficticio y por la descripción coincidía con un ladrón de poca monta con bastantes conocimientos en antigüedades, trapicheaba con ellas. Me dieron pocas esperanzas de recuperarlo.

Me fui a casa muy triste e impotente. No debería haber confiado en él y haberme dejado guiar por mi intuición que en el momento de conocerle me hizo sentir una punzada de desconfianza y desagrado.

Han pasado dos años desde la pérdida del amuleto y, desde entonces, me siento como un alma incompleta, como si me hubieran quitado un pedazo de corazón. Hasta que un día paseando por la calle del Pozo Amargo me crucé con un grupo de turistas del que creí reconocer a uno. El aspecto era diferente, cabello rapado, camisa de flores, bermudas rojas, pero le identifiqué al instante por la cicatriz al lado del ojo izquierdo. Con sutileza y sin que me viera, me acerqué al grupo y percibí el ligero olor a lavanda. Acompañé al grupo manteniendo la distancia, cuando se detuvieron y mientras el guía daba una descripción de la zona, me separé a un rincón de la calle. Aproveché para llamar a la policía explicando la situación y la localización. En diez minutos allí estaban los agentes que detuvieron al indeseable.

Descubrieron que el amuleto había sido vendido a un coleccionista de Madrid y en pocos días pude recuperar mi objeto de deseo, al que tanto había añorado. Me importaba poco donde acabaría el supuesto Luis. Tuve que testificar en el juicio, donde en todo momento no levantó la mirada del suelo y mantuvo la cabeza pegada al cuerpo, como si no tuviera cuello.

Creo que fue toda una revelación o como Luis decía, que el destino y la casualidad se superponen a veces en el tiempo. Recuperar mi amuleto coincidiendo por la zona donde se situaba a la Hechicera Ana de la Cruz fue también una insólita coincidencia. Tal vez el espíritu de mi antepasado me ayudó a recuperar parte de su legado que me correspondía por derecho como heredera legítima. O tal vez la historia que me contó Luis Páramo fue una milonga para engatusarme, pero yo quiero pensar que no, porque así lo siente mi corazón.

Diligentes y Sagaces

Este relato está escrito en homenaje a una de mis autoras favoritas, Karen Blixen. Muchas de las palabras del cuento están copiadas del mismo para darle a conocer de la manera más fiel, aunque el cuento real tiene más personajes y anécdotas. Espero que disfrutéis con él y que os anime a leer más trabajos de esta autora.

“En el arte no hay misterio. Haz las cosas que puedas ver, ellas te mostrarán las que no puedes ver” Karen Blixen

Ella vivía en su castillo, su hogar, otros opinaban que era una jaula de oro. En sus quinientos metros cuadrados de jardín y casa se sentía libre. Sus libros la aventuraban cada día a un universo nuevo y cada amanecer lo compartía con un personaje insólito.  

Amelia era una persona diligente de esas rápida en soluciones y compromisos, trabajadora incansable y sagaz. En estos tiempos de pandemias e inapetencias ni un solo día había dejado de mantener una rutina de actividades. Decidió apagar la televisión, mantener la boca cerrada y la imaginación errante. Y cada noche exhausta se dormía abrazada a un libro.

Una noche conoció a un personaje inusual, de batallas perdidas y pasiones olvidadas entre las páginas de un libro de su abuelo. Un personaje taciturno, de tez blanca y ojos avispados, sobre su cabeza un gorro borsalino a juego con un abrigo marrón. Modales educados, pero ademanes toscos. Fue la primera noche intrigante de las muchas que la aguardarían de visitas imprevisibles.

Recostada en su sillón de orejas, poco a poco fue perdiendo la consciencia agarrada de la mano de aquel personaje, y el libro calló al suelo. Todo quedó a oscuras hasta que atravesaron el umbral de una puerta desvencijada. Amalia se asomó a una habitación donde apenas había muebles, tan solo un sillón de oreja, el de ella, frente al fuego de la chimenea, un libro en el suelo y un candil de tenue luz.

Sin saber cómo, al instante, estaba sentada dentro y la figura a sus pies, recostada en el suelo. Se quitó el gorro y una melena rubia y ondulada peinada en un elegante moño quedó al descubierto. Se desabrochó el abrigo y dejó ver un vestido blanco de corte sencillo con grandes bolsillos picudos a los lados. Se desanudó las trencillas de los zapatos blancos y marrones y los colocó al lado uno frente a otro, como para detener sus pasos. Sacó una boquilla y un cigarrillo de los bolsillos y tras encenderle soltó una bocanada de humo. Comenzó a hablar recostada en un cojín de reflejos sedosos.

  • “Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong…” pero tal vez conozcas esta historia. Me llamo Karen Blixen, pero me conocen como Isak Dinesen.
  • Claro que la conozco, es uno de mis libros favoritas −mis ojos se humedecieron de emoción− Memorias de África.
  • Me alegro, pero hoy te hablaré de Babette, una francesa huida de París que vivió varios años en una comunidad luterana austera.
  • Conozco también ese relato, se llama El festín de Babette. Hay partes de esa narración que me interesa muchísimo.
  • Supongo que sé cuál son −inundando el silencio con una carcajada− ¿Te apetece tomar una copa de vino de Borgoña, un Clos de Vougeot de chez Phillippe, cosecha 1845, eñ que acompañó al festín?

De la nada aparecieron dos copas con un líquido rojo violeta aterciopelado. Amelia se llevó la copa a la nariz y percibió un aroma a vayas y especies. Karen volvió a dar una bocanada al cigarrillo, bebió un sorbo de vino, paladeándolo con lentitud y comenzó a narrar la historia de Babette.

  • En Noruega hay un fiordo llamado de Berlevaag. En una de sus casas amarillas vivían dos hermanas, Martine y Philippa, hijas de un deán luterano fallecido. Tenían una criada francesa, Babette que había llegado hace doce años a la casa de las hermanas fugitiva y loca de aflicción. Trabajaría para las dos hermanas sin cobrar un sueldo, además era una buena cocinera.

La voz aterciopelada de Karen llenaba el silencio, era una contadora de cuentos magnífica, y a mí no había nada que me gustara más que una velada llena de palabras e historias. Seguí escuchando atenta entre sorbo y sorbo de vino.

  • Babette había conseguido ser una criada digna de confianza. Un buen día, de repente, informó a las hermanas que desde hacía muchos años compraba un billete de lotería francesa, y que un fiel amigo de París se lo seguía cogiendo cada año. El 15 de diciembre de 1883 se cumplía el centenario del nacimiento del deán; sus hijas querían celebrarlo como si su querido padre estuviese aún entre ellos. Un día el correo trajo una carta de Francia para Madame Babette Hersant. Le habían tocado diez mil francos de la lotería. Babette suplicó a las hermanas que le permitiesen preparar una cena francesa para conmemorar el aniversario del deán con aquel dinero.

Amelia acurrucada en el sillón experimento una tremenda serenidad. Recordó aquellas veladas junto a su abuelo, cuando le leía uno de sus muchos libros y alimentaba su imaginación infantil. Le debía a su abuelo el don valioso de la lectura y el percibir los libros como objetos mágicos para viajar en el tiempo. Pero volvió al susurro de la narración del cuento de Karen.

  • Con todos los comensales alrededor de la mesa adornada con la sutil luz de las velas, se sirvió un vasito de vino amontillado, como el que estamos degustando nosotras. Tomaron el primer plato que era una excelente sopa de tortuga. Al servirse un nuevo plato se guardó silencio “¡Increíble, es un Blinis Demidoff! Mientras comían abordaban diversos temas sobre el deán sin comentar nada sobre la magnífica comida, como si llevaran toda la vida degustándola. Volvieron a rellenar los vasos, esta vez con Veuve Cliquot de 1860, Champagne. A medida que comían y bebían, los comensales se sentían cada vez más ligeros de peso y de corazón. Minutos más tarde, sirvieron uvas, melocotones e higos frescos.  De lo que ocurrió más tarde nada puede consignarse aquí. Ninguno de los invitados tenía después conciencia clara de ello. Las viejas y taciturnas gentes recibieron el don de lenguas; los oídos, que durante años habían estado casi sordos, se abrieron por una vez. Canciones se difundían en el aire invernal.  Cuando finalmente se disolvió la reunión, había cesado de nevar. Los invitados de la casa amarilla se fueron a pie y andaban haciendo eses. Era maravilloso para todos ellos haberse vuelto como niños; era gracioso ver a los hermanos luteranos, que tan en serio se tomaban entre ellos, inmersos en esta especie de segunda niñez. Babette no había participado de la dicha de esa noche. Las hermanas entraron en la cocina y le dijeron a Babette que había sido una cena maravillosa. Sus corazones se llenaron súbitamente de gratitud. Babette les confesó que en otro tiempo fue cocinera del Café Anglais y que no regresaría a París pues ya no tenía dinero. Una cena para doce en el Café Anglais habría costado diez mil francos. Entonces, ahora sería pobre toda su vida.  A lo que Babette replicó que nunca sería pobre. Una gran artista jamás es pobre ¿Le ha gustado mi cuento Amalia?
  • Me ha traído muchos recuerdos de la niñez con mi abuelo, cuando me leía cuentos. Y me ha hecho recordar que la felicidad está en las cosas sencillas, una cena con amigos, los recuerdos, la lealtad y que el talento, en este caso la cocina, es una forma de regalo hacia los demás.

Todo se tornó oscuro, Amelia despertó en su salón, en el sillón con el libro caído al lado, las zapatillas una frente a la otra, y junto a ellas una boquilla de cigarrillo, una copa volcada y vacía y unas hojas amarillentas. Cogió las hojas de papel y leyó sorprendida las palabras escritas. Eran las recetas de sopa de tortuga y los Blinis Demidoff. Estos objetos formarían parte de otros muchos que llegarían y que guardaría como un gran tesoro en el Baúl de sus antepasados.

El Solsticio de Verano

He recuperado uno de mis primeros relatos, le hice en el 2004; por aquel entonces pertenecía a un taller de relatos cortos. Espero que os guste.

“El hombre vive en un mundo en el que cada ocurrencia está cargada con ecos y reminiscencias de lo que ha ocurrido antes. Cada acontecimiento es un recordatorio.” John Dewey

Siempre nos reunimos frente al fuego en la noche de San Juan. Este año hemos alquilado una casa rural en la sierra de Madrid para el solsticio de verano. Me llamo Diego, me acompañan Mario y Rebeca, amigos de la infancia y desde la infancia, a veces juntos a veces distanciados. Yo iré con Natalia mi gran confidente y  hermana de Mario, y Paloma.

Mi hija Paloma lleva una temporada conmigo por discrepancias con su madre. Es  impertinente,  inquieta, extremadamente curiosa, siempre haciendo alardes, pero cariñosa y con buen fondo.

Llegó el ansiado día, subimos por un  angosto camino. La casa la han rehabilitado respetando su forma original. El tejado de pizarra muy inclinado para la nieve del invierno, los muros de piedra, las ventanas pequeñas  en contraste con una puerta enorme de madera maciza oscura. Cuando traspasamos aquel robusto portón, nos sorprende una chimenea en el centro de la estancia con el fuego  encendido y sobre los trébedes un puchero humeante, el aroma a café impregna el aire. Al fondo, subiendo dos altos escalones, hay cuatro puertas en línea y de la derecha sale un personaje de ojos bonachones y profundas arrugas. Nos saluda con efusión, como si nos conociera de toda la vida, se llama Tomás.

Al rato todos estamos sentados alrededor del fuego. Tomás nos ha dicho que sus hijos, para mantener la casa  y perpetuar su historia,  la han rehabilitado. Nos cuenta que su padre fue maqui en la época franquista, en aquella casa pasaban largas temporadas el grupo de resistentes al que pertenecía; su madre subía en borriquilla estando embarazada de él una vez al mes, para llevar víveres y poder ver un poco a su añorado marido, al que amaba y del que se sentía orgullosa. Tras un buen rato contándonos aquellos recuerdos, se despidió:

– Pasen una noche inolvidable y que el espíritu de lucha, fraternidad y amor os domine por siempre.

Durante todo el tiempo que Tomás nos ha acompañado Paloma ha resultado exasperante. No ha dejado de preguntar y soltar frases petulantes.

A las doce y media de la noche tras una suculenta cena de patatas y chuletas asadas,  cumplimos con nuestro particular ritual. Quemamos el papel con todo lo negativo acontecido a lo largo del año; en otro papel escribimos los mejores deseos para el año venidero.  Afuera colocamos un cuenco de agua con hierbas aromáticas a la luz de la luna; jamás hemos visto un cielo tan estrellado y una luna tan inmensa.

Dentro suena un fuerte golpe, pasamos todos a ver que ha ocurrido. ¡Cómo no! A Paloma se le ha caído el puchero de barro con el que Tomás nos ha hecho el café; la baldosa sobre la que ha caído está hecha añicos. La escrutamos con enfado pero ella nos ignora, mira fija a los trozos del puchero y la baldosa. Se agacha y retira con premura todos los pedazos  sacando una caja de madera vieja del hueco de la loseta.

Dentro de la caja hay un  amarillento papel doblado, y bajo él descubre un pequeño revolver. Paloma lo toma en sus manos y me pasa  la caja con el papel como si aquello careciera de importancia.  Es la primera en abrir su bocaza.

      – ¿Habéis visto esto? Es una Smith & Wesson calibre 32” Hammer Less  cromada con  cachas endurecidas de caucho, el percutor está oculto como medida de seguridad para poderle llevar en el bolsillo, solo lleva cinco alojamientos en el tambor. Tiene un resorte en la empuñadura para dispararla sólo cuando la agarras. Es un ejemplar por el que un coleccionista pagaría una buena cantidad.

     – ¿Cómo sabes tanto de revólveres? −Pregunta Mario que no entiende como aquella mocosa domina un tema del que debería ignorar todo.

     – Siempre me han gustado las armas, de pequeña ´mama me  regañaba por estar constantemente jugando con las de plástico del vecino; algún día tendré una. Mis padres nunca me ha querido licenciar en tiro olímpico. Eso no quita que lea todo lo que cae en mis manos sobre ellas.

Desdoblo el papel, para disipar el enfado y aturdimiento que me ha provocado Paloma,  esconde un breve párrafo escrito con una letra perfecta y refinada:

“Te dejo compañera de soledad y penurias; has sido fiel amiga alejando y eliminando a aquellos que no me querían bien, ahora ya no puedo llevarte, pesas demasiado; además, de nada sirve ya tu protección,  no quiero que nadie salga perjudicado;  nublas la mente del que te tiene y la llenas de supremacía y perversión. Haces al hombre Dios con el poder de la vida en tus manos;  aquí quedas en este lugar donde  hemos compartido tantos momentos, espiando tu culpa que también es la mía. 

Intentaré llegar a casa y despedirme de María,  creo que el destino me niega conocer a  mi hijo, sé que será un chico. Sólo decir que te quiero como a tu madre, aunque no llegue a conocerte. Esté donde esté, siempre permaneceré a vuestro lado, protegiéndoos.  Habéis sido el respaldo de mi lucha y existencia.  Damián a 24 de junio  de 1943- San Juan”

Noche sobrenatural; el papel nos ha unido al pasado con una diferencia de 65 años. Aquel hombre había revelado sus deseos de volver a casa, despedirse y dejar el horror tras él.

Al día siguiente le contamos todo a Tomás. Al ver aquellos objetos y leer la carta un brillo vivo inunda sus ojos  humedeciéndolos. Damián fue su padre, jefe del grupo de maquis, tiroteado y abatido cuando regresaba a su casa. Se sentía  orgulloso de él y lo demostraba con énfasis al narrar la historia. Aquel papel aún más confirmaba ese sentimiento de dignidad hacía su padre que su madre le inculcó.

Volveremos al refugio de Damián, en plena sierra madrileña, confundiéndonos con ancestros y  conjuros, en el próximo solsticio de verano.

 24 del Julio del 2004

Feliz día del Libro: UN LUGAR DONDE REFUGIARSE

“Y es que un libro no es sólo un libro. Es también, entre otras cosas, los lugares donde lo leíste, el consuelo que te dio en cada momento, la diversión, la compañía.” Arturo Pérez- Reverte.

Cuando la incertidumbre me agobia me dejo llevar, mejor dicho, vuelo arrastrada por el viento como las hojas hacia las Cabañas de Jacobo. La vida tiene períodos de inseguridad que nos hacen vulnerables. Buscamos como silenciar la mente y aquietarla.

Vivo sola, salí demasiado escaldada con mi última relación. Me asfixió tanto que hoy no quiero perder mi espacio por nada del mundo. Soy feliz con mi gente y mi actual vida. Llevo unas mañanas que la melancolía me atrapa en su tela de araña. Las llaves del coche, el bolso de viaje, la chaqueta, la nevera portátil y los bolsillos llenos de anhelada ausencia. Salgo como una exhalación. Es mi viaje en el tiempo al que siempre regreso. El reposo del camínate en esta vida en la urbe purulenta y tóxica. El aroma de la Pachamama, como diría Jacobo, me ruge; él es propietario de tres cabañas en mitad del bosque. Es mi vecino y mi casero en las ocasiones que me pierdo por allí, mi confidente de vez en cuando y mi amigo sempiterno.

Jacobo tiene nueve años más que yo pero ¡Cualquiera lo diría! Su cuerpo nervudo sin un ápice de grasa, sus hercúleos brazos y su inagotable espíritu hacen que parezca más joven. Se levanta a amanecer para correr por el bosque acompañado de “Dragón”, su perro. Después no para en toda la mañana, según él tiene mucho que hacer y si no lo tiene lo busca. Al medio día el aroma de buen guiso escapa por su ventana. Las tardes noches son para la meditación, la lectura y percibir cada latido de la naturaleza.

A punto de salir por la puerta suena el teléfono ¿Contesto o no contesto? Sincronicidades de la vida es Jacobo. Le cuento que iba hacia él en estos precisos instantes. Quiere verme en el café Porteño, muy cerca de mi piso. Suele venir por la ciudad a por libros, alimentos básicos o algún utillaje para arreglos. Siempre que está por aquí me llama. Hoy tal vez podamos recorrer juntos el camino hacia Las Cabañas.

Ya en El Porteño él toma un mate y yo un café. Le digo que ha sido casualidad que me llamara pues me marchaba hacia Las Cabañas, sé que en esta época esta sólo por aquellos lares. Tras una charla animada e intranscendente me cuenta que ha venido a recoger un libro. Le pidió a una librería de esas con olor a pergamino y cuero hace más de un año. Está entusiasmado con su nueva adquisición. Otra más para su amplia y curiosa biblioteca.

Aún recuerdo la cara de boba que se me quedó cuando en su hogar me reveló, que tras una alhacena corrediza se escondía una escalera que bajaba a una especie de sótano. Cuando descendimos los peldaños y dio la luz se desplegaron ante mí cuatro paredes repletas de libros, un cómodo sillón de oreja junto a una chimenea y una mesa. Con el pecho hinchado como un palomo me dijo que aquello era su tesoro y sólo lo veían ojos privilegiados.

En el café me enseña una bonita caja de madera y dentro hay un pequeño libro. Jacobo me indica que tiene cuarenta páginas; la impresión fue de sólo cincuenta copias. “Tamerlán y otros poemas” el primer libro impreso de Edgar Allan Poe. Siento un cosquilleo en mis manos. Creo que es la primera vez que tengo ante mí un libro tan valioso y además, de uno de mis autores favoritos.

Se agacha y de una bolsa situada a sus pies saca una rosa amarilla. Me la da con un brillo en sus ojos ámbar  expone su entusiasmo.

– ¡Feliz día del Libro! Una rosa y un libro para ti.

Estoy turbada, no me salen las palabras. Le digo que es demasiado valioso, que no puedo aceptarlo. Me asevera que es mío y que no hay vuelta atrás.

Durante años he ido a Las Cabañas, a escapar, a refugiarme. Hemos compartido en todas las fugas alguna velada con una cena, un buen vino y unas extraordinarias lecturas. Me ha hecho saber que esos instantes cada cierto tiempo han terminado de llenar su vida de retiro entre la naturaleza. Ansía el momento de verme aparecer por el camino con mi destartalado coche.

Siempre me ha llamado la lánguida dama cuenta-cuentos. En nuestras lecturas me sorprendía su cara de admiración por las historias, ahora sé que parte de esa admiración era por mí. A veces el amor está en la persona que pasa más inadvertida. Aquella que te ha escuchado con infinita paciencia, que siempre ha tenido una sonrisa en la desesperanza y que nunca ha dado un “no” por respuesta ante las tempestades o anticiclones. Ahora me doy cuenta que la consideración es recíproca y que también regreso con impaciencia a su lado cada vez con más frecuencia.

Nos vamos juntos, por delante me esperan seis estupendos días de aire limpio, paisajes esmeraldinos, murmullos de agua y brisa. Y por supuesto “Tamerlán y otros poemas” a la luz de las velas frente al fuego. Jacobo ha comprado otro sillón de oreja para su biblioteca.

Hoy le dedico yo una frase mientras trastabillamos en el coche “He cruzado océanos de tiempo para encontrarte…” de Drácula de Bram Stoker.

Perturbaciones

Revuelta con el viento

mi alma has arrastrado

hasta la orilla de tu alma.

Más mi cabeza

anclada en ese cuerpo

se revela contra la distancia

y poseída asedia tu aislamiento.

 Clara Janés

Entre los truenos y relámpagos  se escuchaban las notas melancólicas del violonchelo de André, mi ventana estaba abierta y supongo que la suya también. Sentirle enajenaba la mente y alimentaba el alma. André hablaba poco, supongo que para él el confinamiento no suponía ningún esfuerzo, muy al contrario, estoy segura que lo agradecía. Intenté conversar con él en alguna ocasión y casi siempre sus respuestas eran monosílabas y no iban más allá de los saludos. Alguien me dijo que André tenía un trastorno bipolar maníaco depresivo. Su música te susurraba a gritos su estado de ánimo.

Había días en los que interpretaba a Tchaikovsky o la nocturna de Chopin  o el Intermezzo de Monleone entre el sonido de la lluvia y la tormenta, ignoraba como sus notas me  acariciaban. Tal vez el aislamiento de la cuarentena hacía que me enamorara de él, de su sensibilidad, de su insólito temperamento.

Su cabello largo y lacio, negro como el carbón; sus ojos azules casi traslucidos, de mirada perdida y distante; su cuerpo enjuto;  y sus grandes manos, imaginando como sus dedos largos mimaban aquel chelo que me ponían la piel de gallina. Su presencia era uno de los instantes de luz en mi soledad. Desde hacia treinta días del confinamiento había decidido que cuando pudiéramos salir intentaría acercarme a él. Para comenzar con la estrategia, cuando salía a comprar, le llamaba por la ventana por si quería que le trajera algo, tan sólo una vez me pidió que le comprara chocolate negro y chicles de menta. Me sorprendió su elección, esperaba que me pidiera algo de primera necesidad.

Le pasé lo que me había pedido por la cesta de las pinzas deslizándose por la cuerda de tender la ropa. Me pagó con las monedas justas que completaban el importe. Se despidió con una ínfima sonrisa y un muchas gracias casi inaudible.

Todos los días a la misma hora, y hoy también seguía lloviendo por eso de en abril aguas mil. Me sorprendió que el sonido del chelo no provenía como siempre de la ventana. Me asomé y me di cuenta que esta vez la música descendía de la terraza del tejado. El ritmo era vertiginoso, reconocí la canción sorprendida, era Thunderstruck de ACDC . Preocupada subí la escalera hasta la terraza y a su vez aliviada de seguir oyendo los acordes.

Cuando abrí la puerta la imagen me fulminó. André apoyado en el borde del tejado tocaba el chelo desaforadamente, la camisa blanca semidesabrochada y pegada al torso chorreando de agua. Estaba empapado y miraba al horizonte de forma desafiante. Varias cuerdas del arco con el que arrancaba las notas rotas, colgando de un lado para otro. Siguió tocando hasta terminar y yo le miraba con la boca abierta, enajenada. Una electricidad recorrió mi cuerpo ante él con el pelo más lacio q nunca por el agua y aquel cuerpo fibroso que se insinuaba bajo la camisa.

Se acercó hacia mí, apoyó el chelo en el quicio de la puerta, me agarró de la cintura y de la mano atrayéndome hacia él y comenzó a bailar conmigo como si la música siguiera sonando al  ritmo de la lluvia. Estuvimos dando vueltas en el tejado a velocidad atropellada y poco me importó la cuarentena. Jamás había experimentado esa sensación de absoluta sensualidad, todos los sentidos en alerta: el olor a mojado, el tacto de unas manos fuertes atrapándome, la lluvia deslizándose por mi rostros, esos ojos limpios escrutando  todos mis secretos ,me faltaba el aliento.

Cuando paramos, sin dejar de soltarme, acaricio mi rostro con el pulgar y me dijo que mi corazón latía como en un obra sin ensayos. Me besó, apretando sus labios con los míos, percibí un intenso calor en la boca y un sabor refrescante mentolado. Y así besándonos seguimos bailando ahora con pasos pequeños y lentos.

Sonaron las sirenas de la policía, a mí me importó poco el entorno y la calamidad que nos rodeaba ¿Tú sabes cómo me sentía después de aquel mes recluido en casa, empapada y enredada en sus brazos?

De pronto la puerta de la escalera se abrió y entraron dos policías, unos vecinos les habían llamado, había dos locos en el tejado saltándose la cuarentena. Nos preguntaron si éramos pareja, yo respondí que no entre palabras entrecortadas. Vi como nos conducían hacia la escalera y uno de ellos nos daba un papel con el que nos imponían una multa de seiscientos euros a cada uno. Nos acompañaron a nuestras respectivas viviendas.

Antes de cerrar las puertas André se giró y con una gran sonrisa arrugo el papel y le lanzó dentro de su casa, me miró a los ojos y susurró ¡La vida es tuya y tuyo también el deseo como decía Benedetti, el recuerdo será infinito Elena! Al fin y al cabo el dinero es sólo eso, dinero.

Sabía más de lo que yo pensaba, sabía mi nombre, y bajo la lluvia y el sonido de su chelo, muchos de mis secretos.

El jardín de Van der Decken

“Hay peregrinos de la eternidad, cuya nave va errante de acá para allá, y que nunca echarán el ancla.” Lord Byron

Aquel rincón era un centro telúrico, un punto álgido de vibraciones. Estar allí bajo su dominio y bañada por los rayos del sol del ocaso aliviaba todo su delirio. Aquel jardín influía en ella pero también era parte de la esencia de él. Sobre la mesa de madera reposaba el cuaderno y la pluma esperando una respuesta que tardaba en llegar.

Nina reflexiona rodeada de las plantas y los árboles. Al lado derecho varios mirtos y un gran cerezo de hojas esmeralda que le dan sombra, ambos evocan la fecundidad y  el amor. Se tranquiliza con sus pies descalzos rozando miles de aromáticas florecillas blancas de manzanilla. El acebo en una esquina sombría donde ahuyenta los malos espíritus. El roble, uno de los árboles favoritos de Ian, traído desde las tierras de sus ancestros; bajo su protección se reunían los druidas y los amantes. El ciprés de la entrada siempre le pareció arrogante. Un jilguero gorjea en el tejo centenario, árbol mágico de vida y muerte; solo con tomar sus bayas viajaría al mundo de Hades. El madroño que en otoño habrá teñido de sangre sus bayas, su jugo embriaga la razón.  Todo tenía sentido en aquel oasis.

El aire llena los pulmones de Nina que cierra los ojos e inspira con fuerza. Aquel jardín es aliento para su alma. A ella le seduce el sonido del viento enredado en las ramas, el aroma del espliego, el tacto húmedo de las gotas de rocío y  los miles de reflejos que destellan en la copa de vino que también descansa sobre la mesa; el líquido en el paladar es dulce ambrosía  escarlata, ella lo comparte con Ian en muchos  momentos.

Se levanta y camina con sus pies desnudos acercándose a aquel rosal extraño de flores malvas. Echa de menos a Ian, su esencia le acompaña entre sus plantas pero ¡Está tan lejos! Añora su mirada. Esos sentimientos encontrados que le acercan entre sus dominios cuando miles de kilómetros los separan. Anhela su regreso pero desconoce si él la ansía en la distancia.

Se vuelve a sentar junto al cuaderno y la pluma. Ha de escribir, encadenar palabras para autoanalizar su ansiedad pero no encuentra el rumbo. Vuelve a beber un sorbo de vino, su mente comienza  a enajenarse. Nunca toleró el licor pero lo toma porque a él le gusta. Otra de las maneras de aproximarse a Ian en momentos de soledad.

Se recuesta sobre el brazo y vuelve a cerrar los ojos, poco a poco se pierden los sonidos. Cree que está durmiendo pero sigue en el jardín, en aquel rincón. Se sobresalta, no está sola, le acompaña un hombre de edad madura, con una gorra de capitán y una pipa en su boca. El pelo que le asoma bajo la gorra y el bigote unido a sus patillas es agrisado, el tiempo también navega en sus cabellos. Manos encallecidas y robustas sujetan la pipa. Sus ojos, de un azul transparente, la miran con dulzura. Saca su pipa de la boca y comienza a hablar, con una voz calmada, cortes y reservada.

  • Hola Nina, me llamo Van der Decken, soy el capitán del Holandés Errante. ¿Oíste alguna vez hablar de nosotros? Andas perdida, buscas y no hallas sosiego. Cuando el embrujo del Mar del Norte usurpa el espacio, no hay escape. Deberás dejarte llevar hasta hundirte en sus profundidades y tu maldición será eterna, pues surcarás sus aguas por siempre y, tan sólo cada cierto tiempo, podrás descansar tu alma en tierra firme. En esa tierra que es su cuerpo, en ese océano que será su sangre  y en ese aroma salobre que cubre su piel. Déjate arrastrar, aprende a atravesar las olas hasta que llegue tu momento. Ofrece tu rostro a las estrellas y no dejes de seguir el horizonte pues, este amor sólo llega con una entereza perseverante. Que las musas te encuentren con la mente urdiendo palabras sobre lo que nutre vuestra pasión. Ese es el secreto para vuestro amor. Resistir el azote de las olas y luchar por no perder el rumbo hasta vislumbrar el sol. Escribe sobre lo que sientes y sobre lo que compartís.
  • Me dejaré atrapar Capitán y no me resistiré a la corriente de las miles de  emociones que se agolpan. Pero qué me dices sobre él, sobre su regreso.
  • Ama incondicionalmente y llegará el momento de arribar en tu puerto. Se impecable con tus palabras, no te tomes nada como personal, no intentes ponerte en sus pensamiento, y sigue esperando poniendo todo el corazón. Las mareas te serán propicias.

Algo la golpea en el hombro. Una bruma desdibuja el rostro del Capitán, vuelven los sonidos y abre los ojos. Una figura difuminada por el resplandor del ocaso la sonríe.

  • Te has quedado dormida nena. Hola, regresé antes de tiempo y decidí darte una sorpresa.

Ella con rapidez se abalanza sobre su cuello y le abraza con fuerza.

  • No puedo creer que hayas regresado—con lágrimas en los ojos.
  • ¿Me has echado de menos? Siento la última bronca, nuestras últimas diferencias me atormentaban—acaricia el pelo de Nina.
  • Te he echado de menos una eternidad. Me hundí en las profundidades como una maldición por esas últimas palabras que me dijiste, pensé que ya no me querías. Pero has vuelto y eso es lo que importa, el instante de descansar en tu tierra firme. Sé que volverás a partir, no ataré tus alas y te anhelaré. Pero el amor sobrevuela sobre nuestros rumbos.
  • ¿Estás aún dormida? Tus palabras suenan extrañas.
  • He de aprender a vivir con tus arrestos y mis impulsos, con nuestras  manías y rarezas. Mantener nuestros espacios, libertad absoluta.
  • Nena no dudes en ningún momento que me robaste el corazón y ahora formas parte de mí. Aprenderemos a navegar en nuestras tempestades.