Los Viajes de Eos

“Sólo dos legados duraderos podemos dejar a nuestros hijos: uno, raíces; otro, alas.” Hodding Carter

Tal vez escribir en los lugares más insospechados o en horas nocturnas, en la cama, sin un bolígrafo a mano, me ha hecho buscar la forma de hacerlo. Soy ser noctambulo, la inspiración me llega, a menudo, con los fantasmas de la noche. Ideas, frases, palabras de una creatividad prometedora, pero que por la mañana se han borrado por completo. Mi mente bulle cuando duermo y muchas veces con seminconsciencia: pesadillas, deseos, recuerdos, personas que hace tiempo no veo y aventuras imposibles en la vida real.

Hoy amaneció lluvioso, apenas entra luz por la ventana. Me arrebujo bajo mi edredón disfrutando de la calidez de su abrazo. Vuelvo a caer en los brazos de Morfeo. De pronto, vuelo sobre la ciudad, batiendo los brazos con rapidez y en silencio.  Recorro calles estrechas y empedradas, bajo los cobertizos. Respiro el aire fresco con toques a tomillo y romero. Vuelvo a ascender entre las nubes, mis ojos son como los del águila y la diviso, la reconozco.

Con sus andares lentos y su ropa oscura mira hacia el cielo y me saluda. Abre una puerta de madera con una llave grande de hierro que lleva colgada con una cinta al cuello; una llave de esas de hierro forjado, cilíndrica y una paleta al final llena de dientes. Desciendo con rapidez y la sigo.

Estamos en una habitación, su habitación donde recibía a todas las personas de diferentes lugares, con una lumbre baja, una mesa redonda con su mantel de flores y anaqueles llenos de tarros de hierbas. Me abrazo a la abuela, la añoro tanto y la necesito infinidad de veces.  

Ella se marchó cuando era yo pequeña, pero su recuerdo jamás se borró ni atenuó. Tenía un don especial, empatizaba con las personas y las ayudaba siempre que podía. En casa de la abuela con asiduidad había gente, la mayoría iban a que les echara las gotas de aceite y les rezara la oración para quitar el mal de ojo. Pero lo que más admiraba y echo de menos son sus historias que en días señalados, rodeada de niños incluida yo, nos narraba entre aspavientos y onomatopeyas. Cuando crecí mi madre me dijo que jamás salió de la ciudad.

Estoy con ella y me siento a la mesa y le pregunto cómo conocía tantos sitios, tanta gente y sus aventuras.  Me dijo que los sueños y las palabras nos hacen viajar. Debía mirar en el baúl de sus cosas y en el fondo encontraría respuestas a alguna de mis dudas; y que no olvidara la colcha,  una caja repujada, un zurrón de piel y un camisón. Me da un beso en la frente y todo comienza a difuminarse hasta que voy recobrando la consciencia de que todo había sido un sueño.

Me levanto y con rapidez voy a casa de mis padres. Le digo a mi madre que dónde está el baúl de la abuela. Mi madre saca de un cajón una llave de hierro forjado, la reconozco es la que llevaba ella colgada de la cinta. Mi madre me dice que el baúl está en el desván y que se abre con dicha llave, qué no revolucione y deje todo recogido ¡Allá voy!

El baúl es enorme de madera y chapa. Me cuesta un poco abrirlo, pero lo consigo; está repleto de cachivaches y algo de ropa. Comienzo a sacar un espejo, un camisón de hilo bordado, una caja repujada con cuarzos, piedras y cristales de diferentes colores, una taza de porcelana resquebrajada que recuerdo bien era donde echaba el aceite para el mal de ojo, una colcha adamascada y acolchada y debajo un libro con cubiertas de cuero y sin título, y entre medias un pergamino algo roto en los extremos que sobresalen. Creo q he encontrado lo que ella me ha dicho en el sueño. Meto todo en mi mochila, recojo, cierro el baúl, bajo del desván deprisa y me despido sin dar explicaciones. Dejo a mi madre en la entrada lanzando preguntas y indignada por tantas prisas me vocea ¿Has encontrado lo que buscabas? La respondo a gritos que sí y me despido lanzándola un beso y subiendo a mi coche.

Ya en casa me siento en el suelo sobre un cojín y extiendo todo lo que me he traído. La colcha huele a lavanda y tiene un tacto suave y reconfortante. El camisón de hilo con bordados en los hombros y una abotonadura delante también huele a lavanda. Abro la caja y reconozco algunas de las piedras: una piedra de la luna, un cuarzo ahumado, un ojo de tigre y una turmalina, pero hay dos que no reconozco; una piedra veteada verde y una especie de cristal morado. Las busco por internet y descubro que la verde es una malaquita y la morada una amatista. Siempre me gustaron las piedras.

Dejo para el final el libro y el pergamino. En la primera página pone una dedicatoria con el nombre de mi abuela “Para Aurora, la sonrisa más reconfortante que conozco, para dejes constancia de tus aventuras. Siempre en mi corazón”. La letra gótica y trabajada, escrita con pluma y mucho esmero. Voy hojeando y comienza con un cabecero Ribadeo, la narración se extiende durante tres hojas. De momento no me paro a leer. El siguiente encabezado es Étretat y así llego a contar unos cincuenta encabezados diferentes.  

Saco el pergamino, tiene un tres en un círculo púrpura y decorado con símbolos, flores y mariposas; comienzo a leer: Este pergamino legendario pertenece a quien lo lee y acuna en el corazón. Si descubres su secreto lejos te llevará, pero antes el camino has de encontrar:

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No entendía nada de lo que estaba escrito, imagino que estaba cifrado. Sólo tendría que averiguar el tipo de encriptado y descubriría el camino.

Felinas

“Mi gato era lo que era y no lo que yo quería que él fuera. Me enseñó la fidelidad a mí mismo” Jodorowsky

Una mañana soleada y gélida de octubre conocí a Lissy. Me llamó la atención sus ojos azules claros casi transparentes, limpios, pero además taimados. Su estado físico, por desgracia, era lamentable, tan delgada que se le notaban los huesos, adherida de frío y con los pelos desgreñados.

No pude pasar de largo y le metí en casa ofreciéndole un baño de agua caliente. Jamás lo hubiera pensado pero su mirada de agradecimiento fue infinita. Le preparé un plato de leche caliente, sólo tenía sin lactosa y descremada, no me puso ninguna reticencia se la bebió hasta no dejar una gota.

Nunca pensé que podría quererla tanto como la quiero. Su carácter es distante, le costo mostrar sus sentimientos, exigía espacio. Yo, aunque siempre he sido reticente a esas maneras, me fui enamorando de ella y hoy no la cambiaría por nada ni nadie.

Despacio fue dejando entrever una dulzura que mostraba en pequeñas dosis. Poco a poco se fue apoderando de mi corazón. Tiene una personalidad fuerte, caminar altivo y lento.

En fin, adoro despertar con ella a mi lado, percibiendo su lengua áspera deslizarse por mi mano para que me despierte. Cuando estoy inquieta, la necesito, la busco, la llamo y mi alma se serena cuando se acurruca cerca de mí y dormita. Una vez oí la frase “por la noche yo no temo a los fantasmas tengo a mi gato” y es que, con ella, mi gata, no tengo que estar alerta a los ruidos nocturnos, todo lo que suena y se mueve sé que es ella velando por mis sueños.

Lissy es mi primera gata, tricolor, y fue tanto lo que nos dio en poco tiempo que a los pocos meses decidimos que formara parte de nuestra familia también Lily. Ellas son parte de nuestra alma.  Me acompañan en mis momentos de soledad, me inspiran, siempre junto a mí ¡No las cambio por nada, su magia me protege!

El Aroma Dulce y Tostado del Pan

“La literatura está llena de aromas” Walt Whitman

Todos los días el mismo recorrido. Suelo pasar por el obrador de mi amiga Elena y, por supuesto, le compro el pan y algún capricho dulce cuando regreso a casa. Hoy me ha ocurrido algo inusual y que apenas recordaba. Había a la puerta del obrador un coche de un amarillo pastel que, junto con el aroma a pan recién horneado, dulce y tostado, trajo una imagen que hacía tiempo no evocaba.

Cuando era pequeño, unos cinco o seis años, todas las mañanas, se oía el pitido del coche del panadero en la calle. La mayoría de las vecinas bajaban a la par. Un Renault seis amarillo pálido, con el portón trasero abierto, exponía cestos de mimbre llenos de pan recién hecho junto con galletas rizadas de tahona y magdalenas. Guille, un hombre delgado y de sonrisa amable, nos recibía y a todos los pequeños nos obsequiaba con una de sus galletas doradas y a rayas que tanto me gustaban y me siguen gustando.

Y El Aroma Dulce y Tostado del Panes que ese momento de parloteo entre vecinas, risas entre amigos, envuelto por el olor a pan eran un instante de placer indescriptible. Ahora en mi recuerdo percibo algo que entonces en mi inocencia no veía, y era el flirteo amable del panadero con mi madre. Su efusivo saludo ¡Buenos días, Lola! ¿lo de siempre? Seguido de su caricia en mi ensortijado cabello y acompañado de la galleta.

Después llegaron las panaderías y hoy nos decantamos por los obradores que con el mismo aroma nos reciben, pero han perdido el encanto de bajar a la calle y compartir con la vecindad aquellos instantes que nos llenan el alma de entrañables recuerdos

Así pues, hoy a Elena le he pedido una bolsa de galletas rizadas. No me he resistido a la tentación de ir por la calle comiéndome una galleta con una sonrisa bobalicona y la mente volando hacia la ternura de la niñez. Hace tiempo que supe que Guille, tras unos años con la memoria perdida, inició su último viaje, dejando su legado, un obrador. Vayan por ti amigo mis recuerdos, por tantas y tantas mañanas de instantes dulces y tostados. Tal vez en aquellos lejanos lugares sigas repartiendo pan con tu sonrisa.

Haru (Primavera)

Bajo las flores del cerezo pulula y hormiguea la humanidad.”  Kobayashi Issa

Mi amiga Taka es japonesa, vive en Toledo y es una pintora fascinante. Ella me dice que esta época es la mejor para imprimir de colores el lienzo. Ellos llaman a la primavera “haru”. Hoy hemos cargado el coche con el caballete, los pinceles, las acuarelas y una silla plegable y nos hemos ido a la carretera del Valle, cerca de la ermita. Pero antes de ponerse a pitar hemos contemplado el paisaje con una humeante taza de té.

Y sin darnos cuenta nos hemos enfrascado en una charla. Me dice que echa de menos su tierra. Yo le contesto que es lógico, pero todo en esta vida tiene sus ventajas e inconvenientes. No la hubiera conocido sino se hubiera venido a vivir frente a mi puerta. Ella es lo mejor que me ha pasado en estos últimos duros años. Admiro su educación y respeto, su forma de tratarme, ella me ve a mí, a Miguel, y jamás he notado sus ojos en mi silla de ruedas. A veces intenta ayudarme, casi siempre le digo que puedo, que ya le pediré ayuda cuando la necesite. Y es entonces cuando me hace una genuflexión con las manos juntas.

Seguimos charlando, contemplando el verdor del valle. Me cuenta que en su tierra todo se llena de tonalidades pasteles con el sakura, uno de los momentos más importantes en Japón por la floración de los cerezos, en el parque Hirosaki. Reflexiona y me dice que la vida es como las flores del cerezo, en ellas se une lo viejo y lo nuevo, vale la pena contemplarlas aún en su declive.

El silencio nos acalla y Taka coge su pincel. Frente a nosotros hay un almendro en flor y de fondo la magnífica ciudad de Toledo, comienza a plasmar el espectáculo que observamos. Tras varias horas ya se percibe el cuadro con las flores quitando protagonismo a la ciudad. Según Taka la perfección existe en la naturaleza y su misión es plasmarla.

Cae la tarde, comenzamos a recoger. Nuestro entorno se transforma. cómplice el universo nos regala un cielo rosado entre los dorados rayos del sol. Taka vuelve a sentarse y me ofrece otra vez otra taza de té. Sus manos rozan las mías al dármela. Una corriente eléctrica recorre mi cuerpo, y entonces me regala un leve beso en la mejilla y acaricia mi rostro. En efecto la perfección existe, no hay nada como contemplar una puesta de sol, rodeados de almendros en flor y subyugados por el aroma de la primavera al lado de Taka , mi considerada Taka.

̶   Esta noche cenamos en tu casa o en la mí.

̶   En la tuya Miguel, te toca a ti mostrarme los colores de la noche bajo el embrujo de las velas y hechizada por la magia de tus cuentos.

¡Buenos días!

“Lluvia de primavera; ¡pobre de aquel que nada escribe!”  Yosa Buson

Tras un año de retiro obligado, el tiempo va pasando factura y hay días en que al ánimo le cuesta remontar. Imprescindible que salga el sol y vayan floreciendo las plantas, oír el gorjeo de los jilgueros y el verdor de los campos tras la nevada. Hemos de comenzar a salir de este letargo.

Hoy tras una noche gélida sale el sol y parece que más fuerte. Igual que caldea las raíces de los árboles quiero que abrigue las mías. Y con una taza de café entre mis manos y de frente al astro rey, cierro los ojos y escucho como me habla el mundo que me rodea. Disfruto del despertar de la primavera. Pasan unos vecinos esbozados en sus mascarillas y nos saludamos con cordialidad. Es gratificante poder hablar, aún manteniendo los dos metros de distancia, poder comprobar que seguimos vivos superando aciagos meses.

Sigo frente al sol y noto su calor, pasa un desconocido, andando ligero, me saluda con timidez. Y a los diez minutos vuelve a pasar, con su zancada rápida. Cada cual activa su neurona y músculos como puede. Y tras otros diez minutos vuelve a aparecer, pero esta vez se detiene, con una leve sonrisa deja en el muro de la fachada un ramillete con bocas de dragón silvestres amarillos y margaritas. Sin mediar palabra le agradezco su gesto con una sonrisa. Retoma su camino y le despido con un ademán de la mano.

Recojo el ramillete y me meto en casa. Coloco las flores en un jarroncillo y enciendo una vela, prendo un Palo Santo. Poco a poco se esparce el humo llenando la habitación con su aroma dulce y leñoso, mientras susurro “Que el espíritu del Palo Santo limpie y proteja este hogar. Que esta madera sagrada atraiga a este hogar las mayores bendiciones y fortunas. Gracias. Gracias. Gracias.”

El día promete y siento como las cadenas que oprimían el arrojo se hacen añicos. Respiro con profundidad, la vida es bella si podemos vislumbrar los pequeños detalles de cada día y apreciarlos, porque esa es la felicidad, los pequeños y brillantes fragmentos de lo cotidiano.

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La pirata que llevo dentro

“Sabes demasiado, viejo pirata. Un contrabandista tenía que conocer a los hombres tan bien como las mareas o no duraba mucho tiempo en el negocio.”  George R. R. Martin

Tras dos meses de paro literario obligatorio por hospitalización y convalecencia intento retomar actividad. No es nada fácil, aunque podría narrar muchas anécdotas que me han ocurrido en este tiempo, muchas nefastas, otras generosas y alguna que otra que había que tomárselas con humor. Dados los tiempos de cambio y dificultades que nos han tocado prefiero escribir siempre hacia la esperanza y el optimismo.

Conviví durante dos semanas con la demencia y el olvido, con el dolor de otras personas, con la negligencia administrativa que conlleva más sufrimiento añadido a la enfermedad. Pude comprobar que la mayoría de los profesionales son estupendos y que, algunos de ellos (médicos), carecen de empatía y educación pues ellos no han estudiado diez años para trastabillar con obstáculos burocráticos (palabras textuales) y sufrimiento de las personas. Aunque después de esas dos semanas caí en manos de dos traumatólogos de comprensión y trato considerable, humanos.

Y no quiero ya hablar del dichoso virus y la consabida pandemia; dormía incluso con la mascarilla y todo el día con el desinfectante a vueltas y sin moverme de mi cama. Una mañana me dio unas décimas de fiebre ajenas al bicho, pero pude comprobar como el pánico se apoderó de mi entorno. Con rapidez me hicieron una “pcr” y, tras saberse negativa, las aguas volvieron a su cauce.

Cohabité con personas desconocidas, ingresadas también y familiares, con los que el sufrimiento te une, incluso para siempre. Personas buenas que comparten desde un dulce, una botella de agua o palabras de ánimo, aunque su corazón también esté destrozado.

Mi agradecimiento eterno a mis ángeles que velaron por mí en todo momento. A mi hija que a penas se separó de mi cama porque no podía entrar nadie más y a mi hijo, padres, hermano y sobrino que sufrieron en silencio y en la distancia cada instante. He de dar las gracias a la tecnología que me permitía verlos y hablar con ellos todos los días.

Y no puedo dejar de mencionar a todos los amigos que no han dejado de estar presentes en estos aciagos días y siguen preguntándome e interesándose por mí. En los malos momentos es donde se desnuda el corazón de los camaradas.

En fin, que tras diez y ocho días por los entornos hospitalarios volví al añorado hogar con mis seres queridos y mis gatas. Ya con el luto y el adiós a una parte de mi cuerpo, dispuesta a retomar la existencia sin ella. Asumí que la vida y las personas son maravillosas y que tenemos que seguir hacia delante; uno se posesiona, llora, se despide de su pie y cierra el cuento definitivamente.

Y aquí me tenéis, transformada en una pirata literaria, eso sí por la falta de mi pie, que no pretendo saquear ideas a nadie. Cambiaré el loro por mis gatas que siempre anda cerca de mí y del ordenador donde escribo. Y mi barco será la imaginación y mis libros que siempre me llevan lejos, muy lejos; o cerca, muy cerca del que disfruta con mis palabras.

Seguiré surcando los mares, con una sonrisa en mi rostro percibiendo el aire fresco y sabiendo que soy una persona afortunada por todo el amor que me rodea, manejando el timón de mis sentimientos hacia rumbos siempre auténticos y positivos. Superando marejadas y tormentas con ánimo y sin desfallecer, dando voz a las injusticias.

¡Brindar, compañeros Yo-ho, yo- ho la botella de ron!

¡Gracias!

Ana de la Cruz, la Hechicera Toledana

 “Y si la vida es un instante hoy quiero olvidar que existo… quiero escapar a mi desierto sin ser visto, salir de este círculo, volar a otro lugar quedarme quieto, allí la soledad es mi amuleto.” Nach

Me llamo Ana de la Cruz, tengo 33 años y trabajo como archivera en el Archivo Histórico Provincial de Toledo. Toledo es mi ciudad, a la que admiro y adoro. Cada adoquín, rincón, calle y edificio emanan historia y leyendas. Como archivera pasan por mis manos muchos documentos, me encanta mi trabajo y además me proporciona muchos conocimientos difíciles de obtener.

Durante toda mi vida he convivido con un objeto antiguo que, según mi abuela, provenía de un antepasado y que había ido transfiriéndose de generación en generación. A cada primera mujer que nacía en la familia se le regalaba dicho objeto. Siempre me acompañó. Le he tenido especial aprecio por el amor que he sentido siempre por mi abuela, pero nunca le di la mayor importancia.

El objeto en sí, según me explicó la nana, es una castaña de Indias engarzada en plata con filigranas de cordoncillo y acompañada del tintineo argento de un pequeño cascabel. En dicho cascabel se pueden ver las letras, muy definidas “A y G” y un punzonado en forma de T mayúscula en cuya parte superior aparece una o minúscula. Pende de mi cuello de una cadena también de plata con el mismo punzonado en el engarce; se me rompió al engancharse en un bloque de granito jugando en la escalinata de la entrada de la Universidad del Cardenal Lorenzana. La repararon pero pudieron mantener su identificación.

Un día vino un individuo a documentarse, de aspecto hosco y modales mezquinos. Debía tener unos cuarenta años, ropa limpia pero deslustrada, cabello largo, una pequeña cicatriz al lado del ojo izquierdo en forma de media luna, desprendía un olor sutil a lavanda que reconocí después de años de olérselo a la nana. Le acerque todos los documentos que me fue pidiendo. En toda la mañana ni una palabra de gratitud. Se me cayó un papel y al agacharme deje ver mi amuleto, el sujeto le miró entreabriendo mucho los ojos. Me preguntó si sabía lo que llevaba colgado. Le respondí con pocas palabras que era un alhaja de mi familia. De pronto, me extendió la mano y se presentó como Luis de Páramo. Le contesté seca que me llamaba Ana de la Cruz. Entonces abrió aún más los ojos y me dijo que el destino y la casualidad se superponen a veces en el tiempo. No entendía nada.

Me sorprendió aún más invitándome a comer. Rechacé la propuesta ¿A qué venía tanta amabilidad? Insistió y con una sonrisa leve se disculpó diciéndome que no se le daban bien las relaciones sociales. Fue inexplicable su cambio de actitud. Si aceptaba su invitación me contaría una historia que me podía interesar. Me encantan las historias e incomprensiblemente acepté por pura curiosidad. Empecé a sentirme cómoda.

Comienza a narrarme que su nombre, Luis Páramo, coincidía con el de un antiguo inquisidor toledano. Sigue relatando que mi nombre también coincide con una mujer condenada en Toledo por hechicera en 1635 que vivía por la zona del Pozo Amargo. Su vida transcurría entre la botánica y la magia. Solía echar la suerte de habas, rodearse de pócimas y hierbas, y lanzar hechizos para recuperar amores perdidos.

Le había llamado mucho la atención mi castaña de Indias, había reconocido la joya y consideraba que era muy valiosa. Yo la creía valiosa por su valor sentimental pero siempre pensé que era una bagatela. Siguió contándome que las castañas de Indias se consideraban ejemplares contra muchos males y eran portadas tanto por niños como por adultos, hombres y mujeres. Uno de los males más demandados era el mal de ojo. Le dije que la llevaba puesta desde que nací.

Y así es como con la amistad y ayuda de Luis fui contextualizando y documentando toda mi línea genealógica. Pude descubrir que mi antepasado fue la misma Ana de la Cruz. Meses después Luis me regaló una caja de madera de olivo con tallas mudéjares que guardaba un pequeño pergamino amarillento y acartonado con la sentencia inquisitorial por la que fue condenada Ana. Un documento también de importancia relevante. A cambio me pidió que le dejara mi amuleto para que lo viera un amigo suyo y me le datara. Ante su inestimable regalo no me pude negar a dejárselo, aunque me costaba muchísimo desprenderme de él. Luis me insistió y me dijo que no me preocupara que tan solo iban a ser un par de días y que le cuidaría como a su propia vida. Me puso en una situación incómoda cuando me preguntó si desconfiaba de él. Por supuesto le indiqué que no, pero me incomodaba separarme del amuleto, tan sólo no me había acompañado cuando se rompió la cadena y me la repararon.

Fue el último día que vi a Luis Páramo, desapareció de la faz de la tierra. Después de llamarle infinidad de veces al móvil y no localizarle, y tras dos semanas de ausencia no me quedó otra que acercarme a la comisaría y poner una denuncia. Expliqué con detalle lo ocurrido y describí el amuleto, así pude saber que, en efecto, era valioso que el punzonado databa al objeto en 1645 y era del platero toledano Antonio Pérez de Montalto. El nombre del Luis Paramo era ficticio y por la descripción coincidía con un ladrón de poca monta con bastantes conocimientos en antigüedades, trapicheaba con ellas. Me dieron pocas esperanzas de recuperarlo.

Me fui a casa muy triste e impotente. No debería haber confiado en él y haberme dejado guiar por mi intuición que en el momento de conocerle me hizo sentir una punzada de desconfianza y desagrado.

Han pasado dos años desde la pérdida del amuleto y, desde entonces, me siento como un alma incompleta, como si me hubieran quitado un pedazo de corazón. Hasta que un día paseando por la calle del Pozo Amargo me crucé con un grupo de turistas del que creí reconocer a uno. El aspecto era diferente, cabello rapado, camisa de flores, bermudas rojas, pero le identifiqué al instante por la cicatriz al lado del ojo izquierdo. Con sutileza y sin que me viera, me acerqué al grupo y percibí el ligero olor a lavanda. Acompañé al grupo manteniendo la distancia, cuando se detuvieron y mientras el guía daba una descripción de la zona, me separé a un rincón de la calle. Aproveché para llamar a la policía explicando la situación y la localización. En diez minutos allí estaban los agentes que detuvieron al indeseable.

Descubrieron que el amuleto había sido vendido a un coleccionista de Madrid y en pocos días pude recuperar mi objeto de deseo, al que tanto había añorado. Me importaba poco donde acabaría el supuesto Luis. Tuve que testificar en el juicio, donde en todo momento no levantó la mirada del suelo y mantuvo la cabeza pegada al cuerpo, como si no tuviera cuello.

Creo que fue toda una revelación o como Luis decía, que el destino y la casualidad se superponen a veces en el tiempo. Recuperar mi amuleto coincidiendo por la zona donde se situaba a la Hechicera Ana de la Cruz fue también una insólita coincidencia. Tal vez el espíritu de mi antepasado me ayudó a recuperar parte de su legado que me correspondía por derecho como heredera legítima. O tal vez la historia que me contó Luis Páramo fue una milonga para engatusarme, pero yo quiero pensar que no, porque así lo siente mi corazón.

Diligentes y Sagaces

Este relato está escrito en homenaje a una de mis autoras favoritas, Karen Blixen. Muchas de las palabras del cuento están copiadas del mismo para darle a conocer de la manera más fiel, aunque el cuento real tiene más personajes y anécdotas. Espero que disfrutéis con él y que os anime a leer más trabajos de esta autora.

“En el arte no hay misterio. Haz las cosas que puedas ver, ellas te mostrarán las que no puedes ver” Karen Blixen

Ella vivía en su castillo, su hogar, otros opinaban que era una jaula de oro. En sus quinientos metros cuadrados de jardín y casa se sentía libre. Sus libros la aventuraban cada día a un universo nuevo y cada amanecer lo compartía con un personaje insólito.  

Amelia era una persona diligente de esas rápida en soluciones y compromisos, trabajadora incansable y sagaz. En estos tiempos de pandemias e inapetencias ni un solo día había dejado de mantener una rutina de actividades. Decidió apagar la televisión, mantener la boca cerrada y la imaginación errante. Y cada noche exhausta se dormía abrazada a un libro.

Una noche conoció a un personaje inusual, de batallas perdidas y pasiones olvidadas entre las páginas de un libro de su abuelo. Un personaje taciturno, de tez blanca y ojos avispados, sobre su cabeza un gorro borsalino a juego con un abrigo marrón. Modales educados, pero ademanes toscos. Fue la primera noche intrigante de las muchas que la aguardarían de visitas imprevisibles.

Recostada en su sillón de orejas, poco a poco fue perdiendo la consciencia agarrada de la mano de aquel personaje, y el libro calló al suelo. Todo quedó a oscuras hasta que atravesaron el umbral de una puerta desvencijada. Amalia se asomó a una habitación donde apenas había muebles, tan solo un sillón de oreja, el de ella, frente al fuego de la chimenea, un libro en el suelo y un candil de tenue luz.

Sin saber cómo, al instante, estaba sentada dentro y la figura a sus pies, recostada en el suelo. Se quitó el gorro y una melena rubia y ondulada peinada en un elegante moño quedó al descubierto. Se desabrochó el abrigo y dejó ver un vestido blanco de corte sencillo con grandes bolsillos picudos a los lados. Se desanudó las trencillas de los zapatos blancos y marrones y los colocó al lado uno frente a otro, como para detener sus pasos. Sacó una boquilla y un cigarrillo de los bolsillos y tras encenderle soltó una bocanada de humo. Comenzó a hablar recostada en un cojín de reflejos sedosos.

  • “Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong…” pero tal vez conozcas esta historia. Me llamo Karen Blixen, pero me conocen como Isak Dinesen.
  • Claro que la conozco, es uno de mis libros favoritas −mis ojos se humedecieron de emoción− Memorias de África.
  • Me alegro, pero hoy te hablaré de Babette, una francesa huida de París que vivió varios años en una comunidad luterana austera.
  • Conozco también ese relato, se llama El festín de Babette. Hay partes de esa narración que me interesa muchísimo.
  • Supongo que sé cuál son −inundando el silencio con una carcajada− ¿Te apetece tomar una copa de vino de Borgoña, un Clos de Vougeot de chez Phillippe, cosecha 1845, eñ que acompañó al festín?

De la nada aparecieron dos copas con un líquido rojo violeta aterciopelado. Amelia se llevó la copa a la nariz y percibió un aroma a vayas y especies. Karen volvió a dar una bocanada al cigarrillo, bebió un sorbo de vino, paladeándolo con lentitud y comenzó a narrar la historia de Babette.

  • En Noruega hay un fiordo llamado de Berlevaag. En una de sus casas amarillas vivían dos hermanas, Martine y Philippa, hijas de un deán luterano fallecido. Tenían una criada francesa, Babette que había llegado hace doce años a la casa de las hermanas fugitiva y loca de aflicción. Trabajaría para las dos hermanas sin cobrar un sueldo, además era una buena cocinera.

La voz aterciopelada de Karen llenaba el silencio, era una contadora de cuentos magnífica, y a mí no había nada que me gustara más que una velada llena de palabras e historias. Seguí escuchando atenta entre sorbo y sorbo de vino.

  • Babette había conseguido ser una criada digna de confianza. Un buen día, de repente, informó a las hermanas que desde hacía muchos años compraba un billete de lotería francesa, y que un fiel amigo de París se lo seguía cogiendo cada año. El 15 de diciembre de 1883 se cumplía el centenario del nacimiento del deán; sus hijas querían celebrarlo como si su querido padre estuviese aún entre ellos. Un día el correo trajo una carta de Francia para Madame Babette Hersant. Le habían tocado diez mil francos de la lotería. Babette suplicó a las hermanas que le permitiesen preparar una cena francesa para conmemorar el aniversario del deán con aquel dinero.

Amelia acurrucada en el sillón experimento una tremenda serenidad. Recordó aquellas veladas junto a su abuelo, cuando le leía uno de sus muchos libros y alimentaba su imaginación infantil. Le debía a su abuelo el don valioso de la lectura y el percibir los libros como objetos mágicos para viajar en el tiempo. Pero volvió al susurro de la narración del cuento de Karen.

  • Con todos los comensales alrededor de la mesa adornada con la sutil luz de las velas, se sirvió un vasito de vino amontillado, como el que estamos degustando nosotras. Tomaron el primer plato que era una excelente sopa de tortuga. Al servirse un nuevo plato se guardó silencio “¡Increíble, es un Blinis Demidoff! Mientras comían abordaban diversos temas sobre el deán sin comentar nada sobre la magnífica comida, como si llevaran toda la vida degustándola. Volvieron a rellenar los vasos, esta vez con Veuve Cliquot de 1860, Champagne. A medida que comían y bebían, los comensales se sentían cada vez más ligeros de peso y de corazón. Minutos más tarde, sirvieron uvas, melocotones e higos frescos.  De lo que ocurrió más tarde nada puede consignarse aquí. Ninguno de los invitados tenía después conciencia clara de ello. Las viejas y taciturnas gentes recibieron el don de lenguas; los oídos, que durante años habían estado casi sordos, se abrieron por una vez. Canciones se difundían en el aire invernal.  Cuando finalmente se disolvió la reunión, había cesado de nevar. Los invitados de la casa amarilla se fueron a pie y andaban haciendo eses. Era maravilloso para todos ellos haberse vuelto como niños; era gracioso ver a los hermanos luteranos, que tan en serio se tomaban entre ellos, inmersos en esta especie de segunda niñez. Babette no había participado de la dicha de esa noche. Las hermanas entraron en la cocina y le dijeron a Babette que había sido una cena maravillosa. Sus corazones se llenaron súbitamente de gratitud. Babette les confesó que en otro tiempo fue cocinera del Café Anglais y que no regresaría a París pues ya no tenía dinero. Una cena para doce en el Café Anglais habría costado diez mil francos. Entonces, ahora sería pobre toda su vida.  A lo que Babette replicó que nunca sería pobre. Una gran artista jamás es pobre ¿Le ha gustado mi cuento Amalia?
  • Me ha traído muchos recuerdos de la niñez con mi abuelo, cuando me leía cuentos. Y me ha hecho recordar que la felicidad está en las cosas sencillas, una cena con amigos, los recuerdos, la lealtad y que el talento, en este caso la cocina, es una forma de regalo hacia los demás.

Todo se tornó oscuro, Amelia despertó en su salón, en el sillón con el libro caído al lado, las zapatillas una frente a la otra, y junto a ellas una boquilla de cigarrillo, una copa volcada y vacía y unas hojas amarillentas. Cogió las hojas de papel y leyó sorprendida las palabras escritas. Eran las recetas de sopa de tortuga y los Blinis Demidoff. Estos objetos formarían parte de otros muchos que llegarían y que guardaría como un gran tesoro en el Baúl de sus antepasados.

El Solsticio de Verano

He recuperado uno de mis primeros relatos, le hice en el 2004; por aquel entonces pertenecía a un taller de relatos cortos. Espero que os guste.

“El hombre vive en un mundo en el que cada ocurrencia está cargada con ecos y reminiscencias de lo que ha ocurrido antes. Cada acontecimiento es un recordatorio.” John Dewey

Siempre nos reunimos frente al fuego en la noche de San Juan. Este año hemos alquilado una casa rural en la sierra de Madrid para el solsticio de verano. Me llamo Diego, me acompañan Mario y Rebeca, amigos de la infancia y desde la infancia, a veces juntos a veces distanciados. Yo iré con Natalia mi gran confidente y  hermana de Mario, y Paloma.

Mi hija Paloma lleva una temporada conmigo por discrepancias con su madre. Es  impertinente,  inquieta, extremadamente curiosa, siempre haciendo alardes, pero cariñosa y con buen fondo.

Llegó el ansiado día, subimos por un  angosto camino. La casa la han rehabilitado respetando su forma original. El tejado de pizarra muy inclinado para la nieve del invierno, los muros de piedra, las ventanas pequeñas  en contraste con una puerta enorme de madera maciza oscura. Cuando traspasamos aquel robusto portón, nos sorprende una chimenea en el centro de la estancia con el fuego  encendido y sobre los trébedes un puchero humeante, el aroma a café impregna el aire. Al fondo, subiendo dos altos escalones, hay cuatro puertas en línea y de la derecha sale un personaje de ojos bonachones y profundas arrugas. Nos saluda con efusión, como si nos conociera de toda la vida, se llama Tomás.

Al rato todos estamos sentados alrededor del fuego. Tomás nos ha dicho que sus hijos, para mantener la casa  y perpetuar su historia,  la han rehabilitado. Nos cuenta que su padre fue maqui en la época franquista, en aquella casa pasaban largas temporadas el grupo de resistentes al que pertenecía; su madre subía en borriquilla estando embarazada de él una vez al mes, para llevar víveres y poder ver un poco a su añorado marido, al que amaba y del que se sentía orgullosa. Tras un buen rato contándonos aquellos recuerdos, se despidió:

– Pasen una noche inolvidable y que el espíritu de lucha, fraternidad y amor os domine por siempre.

Durante todo el tiempo que Tomás nos ha acompañado Paloma ha resultado exasperante. No ha dejado de preguntar y soltar frases petulantes.

A las doce y media de la noche tras una suculenta cena de patatas y chuletas asadas,  cumplimos con nuestro particular ritual. Quemamos el papel con todo lo negativo acontecido a lo largo del año; en otro papel escribimos los mejores deseos para el año venidero.  Afuera colocamos un cuenco de agua con hierbas aromáticas a la luz de la luna; jamás hemos visto un cielo tan estrellado y una luna tan inmensa.

Dentro suena un fuerte golpe, pasamos todos a ver que ha ocurrido. ¡Cómo no! A Paloma se le ha caído el puchero de barro con el que Tomás nos ha hecho el café; la baldosa sobre la que ha caído está hecha añicos. La escrutamos con enfado pero ella nos ignora, mira fija a los trozos del puchero y la baldosa. Se agacha y retira con premura todos los pedazos  sacando una caja de madera vieja del hueco de la loseta.

Dentro de la caja hay un  amarillento papel doblado, y bajo él descubre un pequeño revolver. Paloma lo toma en sus manos y me pasa  la caja con el papel como si aquello careciera de importancia.  Es la primera en abrir su bocaza.

      – ¿Habéis visto esto? Es una Smith & Wesson calibre 32” Hammer Less  cromada con  cachas endurecidas de caucho, el percutor está oculto como medida de seguridad para poderle llevar en el bolsillo, solo lleva cinco alojamientos en el tambor. Tiene un resorte en la empuñadura para dispararla sólo cuando la agarras. Es un ejemplar por el que un coleccionista pagaría una buena cantidad.

     – ¿Cómo sabes tanto de revólveres? −Pregunta Mario que no entiende como aquella mocosa domina un tema del que debería ignorar todo.

     – Siempre me han gustado las armas, de pequeña ´mama me  regañaba por estar constantemente jugando con las de plástico del vecino; algún día tendré una. Mis padres nunca me ha querido licenciar en tiro olímpico. Eso no quita que lea todo lo que cae en mis manos sobre ellas.

Desdoblo el papel, para disipar el enfado y aturdimiento que me ha provocado Paloma,  esconde un breve párrafo escrito con una letra perfecta y refinada:

“Te dejo compañera de soledad y penurias; has sido fiel amiga alejando y eliminando a aquellos que no me querían bien, ahora ya no puedo llevarte, pesas demasiado; además, de nada sirve ya tu protección,  no quiero que nadie salga perjudicado;  nublas la mente del que te tiene y la llenas de supremacía y perversión. Haces al hombre Dios con el poder de la vida en tus manos;  aquí quedas en este lugar donde  hemos compartido tantos momentos, espiando tu culpa que también es la mía. 

Intentaré llegar a casa y despedirme de María,  creo que el destino me niega conocer a  mi hijo, sé que será un chico. Sólo decir que te quiero como a tu madre, aunque no llegue a conocerte. Esté donde esté, siempre permaneceré a vuestro lado, protegiéndoos.  Habéis sido el respaldo de mi lucha y existencia.  Damián a 24 de junio  de 1943- San Juan”

Noche sobrenatural; el papel nos ha unido al pasado con una diferencia de 65 años. Aquel hombre había revelado sus deseos de volver a casa, despedirse y dejar el horror tras él.

Al día siguiente le contamos todo a Tomás. Al ver aquellos objetos y leer la carta un brillo vivo inunda sus ojos  humedeciéndolos. Damián fue su padre, jefe del grupo de maquis, tiroteado y abatido cuando regresaba a su casa. Se sentía  orgulloso de él y lo demostraba con énfasis al narrar la historia. Aquel papel aún más confirmaba ese sentimiento de dignidad hacía su padre que su madre le inculcó.

Volveremos al refugio de Damián, en plena sierra madrileña, confundiéndonos con ancestros y  conjuros, en el próximo solsticio de verano.

 24 del Julio del 2004