KARMA

“Lo importante no es lo que nos hace el destino, sino lo que nosotros hacemos de él” Florence Nightingale

Todo había cambiado en décimas de segundo. Josep se había marchado, huyendo con una mujer más joven. En pocos días ya teníamos fecha para juicio, él quería divorciarse.  Disponía de dos años para dar un giro total a mi vida hasta la fecha del litigio. Y allí estaba yo, en la peluquería cortándome el pelo a lo pixie, después de ir a Cortefiel y comprarme el vestido más caro y escotado que encontré. Estaba dispuesta a dar un vuelco a mi vida. Sabía que no era cuestión de un día para otro, que requería tiempo, pero disponía de todo el tiempo del mundo y no tenía nada que perder.

El día anterior hablé con Alejandro, un amigo de mi juventud, un bróker con gran experiencia. Tras tomarnos unas copas entre sonrisas y recuerdos, pasé a contarle mi situación actual, y cómo había tocado fondo. Él siempre se portó bien conmigo, quiero pensar que en algún momento desistió ante mi indiferencia, pero le gustaba. Y ante mi dramático escenario, me propuso trabajar para él como trader. Incluso me planteó comenzar con un pequeño capital que él me prestaría.

Pasé la noche como una cría chica, vendiendo la vaca antes de comprarla. Con miles de perspectivas e ilusiones. Ya me veía yo como una financiera de Wall Street, estilizada, libre, pisando fuerte con unos tacones rojos despampanantes. Y nada más levantarme cogí el móvil y le llamé para aceptar su oferta.

A partir de ahí todo cambió. Días enteros delante de la pantalla y un cuaderno, estilográfica en mano y auriculares en las orejas para las formaciones.  Me importaba comenzar a tomar apuntes con cierta clase y hasta me había comprado una pluma estilográfica Lamy, que no era de las más caras, pero tampoco de las baratas. También la eterna compañía de mi taza con café, unas veces cálido y reconfortante, otras frío y con hielo; pero siempre con su frase “la única manera de tener éxito, es intentarlo siempre una vez más” para no decaer en mi empeño.

Han sido dos años duros, de ganar un euro al día e incluso unos céntimos. Pero tras estos veinticuatro meses, sin apenas levantar cabeza de la mesa de trabajo, me dispongo a ir al juzgado y volver a ver la cara a Josep. Durante este tiempo yo había bajado cinco tallas en la ropa, había cambiado mi forma de alimentarme, en una palabra, mi estilo de vida. No era la misma mujer, ni por fuera ni por dentro.

Hacía un sol espléndido, el día apuntaba maneras. Puse la música de Queen y comencé a escuchar “The Show Must Go On” para continuar con “I Want to Break Free” y terminar con “We are the champions”. Mientras, me tomé mi desayuno de copos y leche de avena, mi tazón de fresas y mi vaso de kéfir. Mi cuerpo activado se dirigió al dormitorio y me puse mi última adquisición, un traje de Armani gris perla a juego con los zapatos de tacón del mismo color. Y con la cara lavada y mis cabellos cortos agarré una cartera negra que me había regalado Alejandro para este día. Sin joyas ni ostentaciones, sólo yo y mi determinación.

Alejandro me esperaba ya en el juzgado cuando llegué junto con mi abogada, que bajo la toga escondía un traje de cuero rojo, ella también se comía el mundo con su presencia. Y llegó él, barrigudo y calvo, se le habían echado encima más de veinte años, junto a una no tan joven compañera con una tripa prominente a punto de reventar. Los niños creo que deben de llegar cuando tenemos la juventud en las venas, pero ya a los cincuenta y tantos creo que nos vienen grandes.

Y todo salió como yo quise, no hubo ni juicio, sólo un acuerdo tácito que había orquestado durante dos duros y largos años de trabajo. Con semblante serio le expresé mi deseo de que ya no me pasara la pensión compensatoria. A mí ya no me tenía que mantener, yo era autosuficiente e independiente. Y le informé de que estaba dispuesta a comprar su parte de la casa a no ser que él quisiera comprar la mía. Josep reveló que no disponía de líquido para comprar su parte de la vivienda, a lo que repliqué ¡Sin problemas! Contrataría a un tasador para valorar el dinero que le tenía que dar para quedarme con mi vivienda, para ante todo ser justa.

Y ahora ya, después de la experiencia en los juzgados, aquí estoy con una copa de champagne biodinámico L’Astre 2011 de David Léclepart, un blanc de noirs repleto de personalidad entre mis manos. Frente a mí, Alejandro, mientras esperamos a que nos traigan el menú degustación en DiverXO; un restaurante con tres estrellas Michelin y decoración a veces un poco grotesca, lleno de cerdos voladores.

Comienza otra etapa de mi vida con muchas perspectivas y, lo mejor, con un estupendo compañero de trabajo y de vida. Nunca se dejen humillar, la justicia llega y coloca a cada cual en su sitio. Ahora mientras bajo el ritmo de horas de mi trabajo también tengo tiempo para mis sueños que no dejaré de buscarlos siempre una vez más.

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Las Aguas Turbulentas de los Sentidos

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“Es necesario mantener nuestra brújula en los ojos y no en la mano, para que las manos ejecuten, pero los ojos juzguen” Miguel Ángel Buonarroti

Norman pasaba las tardes rateando con sus amigos, a veces haciendo gamberradas, fumando y bebiendo alcohol. Por la mañana no le quedaba otra que ayudar a su padre en el aserradero ante la negativa de ir al colegio. A pesar de hacer lo que le venía en gana, casi a diario le caía alguna que otra bronca, la mayoría de los días estaba desganado y laso.

Una de esas tardes con los colegas, la descubrió, mientras robaban algún que otro caramelo a Caro. Tapaba su cabeza con un gran pañuelo oscuro, pero en su rostro se desdibujaba alguna mecha negra ondulada. Mirada baja, paso lento y silencioso, como una gata al acecho. Le llamó la atención aquella mujer delgada y pequeña, pero de líneas definidas. Solía bajar una vez al mes, por la tarde. Iba a comprar a la tienda de Caro. Siempre pedía lo mismo, sin hablar, iba señalando la avena, el trigo, el arroz, aceite, papel, velas y dos libros que Caro, el tendero, alcanzaba de debajo del mostrador. Ella sacaba la cartera y varios saquillos de hierbas, y pagaba.

Cuando sus manos enguantadas con guantes sin dedos rozaron las de él al intentar coger ambos unas almendras, todo cambio. Le miró, una leve sonrisa asomó a su boca, y con sus manos pequeñas de dedos largos, en forma de puño se los llevo a la frente y los bajó un poco. Caro dijo que le saludaba, descubrió porque no había oído su voz, no hablaba, sus manos eran sus herramientas para expresarse.

Hizo seis movimientos con su mano y Norman se quedó con cara de panoli. Caro se rio a carcajadas y le apuntó que le había dicho su nombre, Rebeca. Él tartamudeando le dije que se llamaba Norman y ella se frotó su mano sobre el pecho y luego junto los dedos índice y corazón de ambas manos. Caro volvió a sugerir que estaba encantada de conocerle. Se dio la media vuelta, cogió sus cosas, las echó en un saco de loneta y se marchó.

Sus amigos la zarandeaban en la puerta y entonces Norman la separó de ellos y los amenazó. Éstos en principio se quedaron atónitos, pero tras unos instantes retomaron sus burlas esta vez hacia Norman que vio como Rebeca se alejaba sin mirar hacia tras.

Desde ese mismo instante Norman decidió que tenía un mes para aprender a decirle algo con sus manos hasta que regresara a últimos de noviembre. Caro le dijo que no hacía falta, que ella sabía lo que hablaban tan solo con mirar a los labios, pero él quería aprender a expresarse en su mundo, a involucrarse con ella y disculparse. Caro le informó que la vieja Lidia, la bibliotecaria, le podía ayudar en su empeño.

Pasó todo el tiempo ansioso hasta el día que se suponía que ella volvería a bajar, pero no bajó. El invierno se adelantó y amaneció todo el valle cubierto de nieve. Tampoco bajó en diciembre, la nieve perduró hasta primeros de febrero. Él pasó los meses con ella en la cabeza ayudando a su padre en el aserradero, otra vez lleno de tedio.  De vez en cuando se acercaba a la tienda de Caro con cualquier excusa para preguntar por ella. Dejó de hacer gamberradas e ir con los amigos que siguieron con sus burlas.

En una de aquellas visitas a Caro preguntó si sabía algo sobre con quién vivía y dónde Rebeca. Caro le contó que vivía con su padre en la ladera sur de la montaña, en el viejo molino. Se llegaba hasta allí por la primera encrucijada que había en la carretera a la ciudad. Su padre era un ingeniero de prestigio y con una posición social envidiable, nieto del viejo molinero Tomás. Regreso a la propiedad de la familia con una niña pequeña en una mochila hace unos veinte años. En el pueblo se rumoreó que el matrimonio sufrió un accidente y la esposa murió, la niña perdió el oído a consecuencia del golpe y él salió ileso, pero quedó desolado. Abandono toda su vida anterior y regreso al viejo molino. Desde hace unos años dejó de bajar al pueblo, solo Rebeca lo hacía y siempre le encargaba un par de libros. En invierno a veces dejaban de bajar, pero él sabía que tenían una camioneta y a veces se acercaban a la ciudad. Les envolvía a ambos un halo de misterio, de ermitaños. Su padre cuidaba y plantaba abetos plateados que solía vender para un vivero, una vez coincidió con él en navidad, cuando fue a comprar un abeto. Los árboles los proporcionaba el padre de Rebeca.

A primeros de marzo el padre de Norman le informó que tenían que arreglar el viejo molino de la ladera sur, el techo se había roto a consecuencia del peso de la nieve, había que repararlo. Aquella noticia llenó su mente de perspectivas y de ganas trabajar. Y llegó la mañana, el camino de apenas treinta minutos se le hizo horas. Cuando vio aparecer el viejo molino al lado del estanque le pareció un paraje increíble, pero todo menguó cuando la vio junto a la noria y sobre unas rocas, abrigada, leyendo un libro. Le pareció una imagen bucólica, deseando de acercarse a ella y desplegar sus dotes recién adquiridas para comunicarse con Rebeca.

Fue imposible acercarse a ella, su padre no le dejó parar y ella ni se inmutó, ensimismada en su mundo de silencio. Pero entrar en el molino fue otra experiencia que le dejó sin habla. Pocos muebles, una mesa inmensa en el medio hecha con la antigua muela frente a un ventanal que dejaba ver casi todo el estanque; al lado izquierdo el viejo hogar también de grandes dimensiones donde se quemaban inmensos leños y del que pendía una vetusta olla; junto al hogar un horno de ladrillo refractario que despedía aroma a pan y café recién hecho. Al lado derecho una inmensa estancia que dejaba atisbar una librería del suelo al techo con tan solo dos sillones. El padre de Rebeca, Rafael, les guió arriba por una escalinata de madera junto a la puerta de entrada, allí estaban las habitaciones, y siguieron subiendo por otra escaleta más estrecha a lo que se supone era el granero. Allí estaban las traviesas estropeadas y debajo cubos de zinc para recoger el agua de las goteras entre cajones con viejos objetos.

La mañana fue intensa y a las dos pararon para comer, habían traído su propia comida, pero Rafael insistió en que la comida ya estaba preparada abajo. En la vieja muela platos, cubiertos, vasos y una sopera humeante esperaban. Rebeca sonrió al verlos y con un ademán de la mano los invitó a sentarse. Había pocas ocasiones de comer con gente y presumir de su hacer culinario. Ella misma sirvió la sopa de verduras y repartió el crujiente pan. Después se deleitaron con un plato de albóndigas en salsa, tenían un sabor diferente, pero estaban esplendidas y fue la ocasión para preguntarle con las manos, de qué estaban hechas. Y para rematar la copiosa comida un rico bizcocho esponjoso de manzana y café. Rafael y el padre de Norman se quedaron boquiabiertos al verlos charlar con las manos. Ella le expreso que todo era de origen vegetal, que las albóndigas eran de arroz y harina de garbanzos. Le enseñó a decir alguna que otra palabra más. Pero había que volver al trabajo.

Al caer la tarde, se disponían a marchar cuando Rebeca se acercó a Norman, puso entre sus manos un libro. Le dije que no era muy aficionado a la lectura y ella le espetó que sería un buen ejemplar para poderlo hacer. Estaba encuadernado en piel y tan solo se apreciaba el título en letras doradas y bajo él las letras R.K. Y así fue como por la noche descubrió a Kim de la India, de Rudyard Kipling, pero tras unas cuantas hojas cayó rendido. Aquella noche se lleno de sueños extraños en la India junto a una bella Rebeca.

Y entre madera y libros, besos y caricias, pasó la primavera y el verano. El trabajo en el viejo molino duró una semana, pero Norman regresaba todos los domingos a por otro libro y que el brillo de los ojos ambarinos de Rebeca le dieran fuerza para trabajar a lo largo de la semana. Junto a ella descubrió mundos inimaginables en un entorno de agua, rocas y abetos. Sus ágiles manos le enseñaron a sentir lo que su limitada existencia desconocía. Ella le abrió el corazón a esos libros que llenaban aquella estancia en el viejo molino y al amor. Rafael le aceptó como uno más, su hija era el motor de su vida y en algún momento le confesó que verla feliz era sólo lo que necesitaba. Ella llenaba las noches de Norman, a veces de fantasmas y miedos por perderla, pero cada amanecer se colmaba de expectativas.

Ha pasado algún tiempo, ahora Norman vive junto a Rebeca en el viejo molino. La incapacidad de Rebeca de oír había incrementado en ella los demás sentidos y cualidades, pasaba muchas horas escribiendo sus historias y cuentos, cocinando sus recetas vegetales y haciendo diferentes panes, entre lectura y lectura. A Norman le enseñó lo que es importante y lo que no, a tener valores. Ella era su noria, la que guiaba las aguas turbulentas de sus sentidos, su gran amor. A veces él se tapaba los oídos con grandes algodones y hacía cabriolas y ella se ríe, y la calma le abrazaba el corazón, la estrechaba de la cintura, levantando su pequeño cuerpo del suelo y la besaba. Y entre sus brazos se sentaban frente al hogar acariciando su prominente vientre, y pasaban horas contemplando el fuego. Y el amor de ellos avanza como la rueda del molino, lenta y sin prisas, sin pretensiones, pero creando los cimientos de espíritus indómitos.

Las casualidades ¿Existen o no?

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“En aquella época encontré un extraño refugio. Por casualidad, como suele decirse. Pero esas casualidades no existen. Cuando alguien necesita algo con mucha urgencia y lo encuentra, no es la casualidad la que se lo proporciona, sino él mismo. El propio deseo y la propia necesidad conducen a ello. – Demian” Hermann Hesse

El amor no tiene ni género ni color, ni conoce razones, ni distancia. Oigo a Lena decir que fulano de tal está cañón. Una se acostumbra a oír con asiduidad los comentarios de la mayoría de las mujeres de alrededor. Yo busco la belleza de espíritu, esa que no se esfuma y se perpetúa, la sensibilidad en otra mujer.

Me llamo Clara y aquí estoy en la terraza del bar Capote, tomándome una cerveza sin alcohol, con Lena y las demás. Oigo sus monsergas, pero no escucho. Desde anoche tengo clavada en la mente la mirada triste de aquella chica en la discoteca.

No soy mucho de salir de noche, soy más de pijama y serie. Pero Lena a veces es pesada hasta extremos y se empeñó en pasar, la noche anterior, una velada loca de baile y alcohol. Mi aburrimiento solemne casi me invadió hasta altas horas de la madrugada. Pero el sueño y el tedio desapareció cuando la vi, junto a la barra, observando la pista con una copa en la mano. Largas piernas cruzadas con zapatos rojos de tacón, pantalón negro corto un poco abombachado y una camisa de gasa con una larga abotonadura por delante, de  botones diminutos. La camisa traslucida deja entre ver una ropa interior negra ocultando unos pechos turgentes. Su cabello rojizo es corto en extremo, deja ver su nuca con un pequeño tatuaje, una especie de libélula y eso aún me impacta más, siempre me ha acompañado ese insecto, desde la niñez, es una señal.

Me acerco a la barra y pido un tequila. Miro a mi desconocida y la saludo, sus ojos me impactan y me apabullan aún más, ni el alcohol me alienta, no soy capaz de soltar una palabra. En un susurro me devuelve el saludo, sigue abstraída, ni si quiera me ha visto. Me vuelvo a donde estaba arrastrando los pies y sigo observándola.

Al rato aparece otra mujer histriónica, como si llevara una zapatilla en la boca, dando voces tira de ella y se la intenta llevar a la pista. Mi desconocida de ojos trigueños se niega a acompañarla. Y la otra chabacana y con aspavientos la deja con desdén. Debería volver a acercarme a ella, pero me da miedo intimidarla.

Y vuelve Lena y me dice que nos vamos ¡Ahora! Y como es pesada hasta extremos, nos vamos. Creo que mi corazón se ha quedado apalancado en la barra. De mal humor y cansada subo al coche y Lena decide ir por el valle para ver amanecer. Y en aquella alborada, entre azules y rosas, veo sus ojos tristes como me miran y pienso que tal vez jamás la volveré a ver. Lena sigue con sus cacareos y yo sin escucharla. En un arrebato le digo a mi amiga que me vuelva a llevar a la discoteca ¿Se te ha perdido algo? No contesto.

Lena me mira como si yo fuera una rana, me increpa que no le gustan las voces, pero arranca y regresamos por donde habíamos venido. Cuando llegamos la gente sale del local, están cerrando. Deprisa e inquieta busco entre la multitud, pero no la veo, ya no está.

Me vuelvo al coche. En ese instante es como si todo el cansancio fuera el peso del mundo sobre mis hombros. Ni si quiera sé su nombre, he sido tonta de no atreverme a acercarme, ella era la señal que llevo inquiriendo toda mi vida.

Me acuesto, apenas duermo, me levanto resacosa y cansada. Como sin saber que engullo y allí siguen esos ojos mirándome tristes, preguntándome por qué no me acerqué. Suena el teléfono y allí está Lena para que baje a la terraza del Capote.

Después de un rato decido marcharme de la terraza, no me importan los improperios tachándome de lacia. Hace una tarde maravillosa, con sol radiante, aunque una brisa gélida mantiene mi corazón ensombrecido. Jamás pensé sentirme tan impactada, obsesionada por una mirada, por una libélula. Paseo entre árboles desnudos y gente caminando deprisa.

Regreso a casa y cojo una pequeña figurilla que tengo desde no recuerdo cuando, y me tumbo en el sillón dándole vueltas entre los dedos; la abuela Lucía me la regaló. A ella que le gustaban tanto todos los temas místicos, sus palabras las tengo grabadas en la memoria:

“Toma esta pequeña libélula, su vuelo por encima del agua representa el acto de ir más allá de lo que está en la superficie y mira a lo más profundo de la vida. Su vuelo ágil y su capacidad de moverse en todas las direcciones revelan poder y equilibrio, algo que sólo viene con la madurez”

La abuela Lucia, mi vieja, a la que tanto añoro y aún siento siempre a mi lado. Se me humedecen los ojos y sólo se me ocurre susurrar: abuela ayúdame como siempre lo has hecho.

La tarde pasa y preparo todo, mañana toca trabajar. Me acuesto con la figurilla sobre la mesilla y me duermo mirándola, el reflejo de las luces de la calle la ilumina, dándole aún más esa aura mágica. Caigo en un sueño profundo.

Suena el despertador, con tedio le apago ¡Vaya lunes que me espera! Y encima hoy nos presentan a la nueva encargada del diseño gráfico, con la que tendré que trabajar codo con codo. No estoy de humor para sonrisas y responsabilidades. Pero no queda otra que cargar las pilas, ya seguiré con mi melancolía cuando regrese.

Estoy en mi mesa y llega el jefe. Me hago de rogar, cabizbaja y trabajando.

  • Clara, te presento a la nueva encargada de diseño gráfico, Ayesha.
  • Hola, encantada de comenzar a trabajar contigo —me quedo confundida.
  • Hola Clara, encantada—clava su mirada y una leve sonrisa asoma a su boca.
  • Bonito nombre y extraño—me siento boba con mi comentario.
  • Las ideas místicas de mis padres, significa estrella en latín—alarga la mano para saludar y sigue con su sonrisa.

Y allí frente a aquellos ojos trigueños y todavía algo tristes, sin dejar de soltar su mano suave, se abre entre nosotras todo un mundo ilimitado de sensaciones. No pienso perder ni una sola oportunidad más hasta que su mirada brille como su propio nombre. Y es que como decía mi vieja, las casualidades ¿Existen o no?

¡Gracias abuela!

Vorágine

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“Alguna gente no enloquece nunca. Qué vida verdaderamente horrible debe tener” Bukowski

Tras diez días del comienzo del año, el frío sigue sin dar tregua. Dicen que esta noche superaremos los seis grados bajo cero. Apenas dan ganas de asomar la nariz a la calle. El sol engaña, pero lo cierto es que tendí unos pantalones y a la media hora estaban tiesos, helados.

No me queda más remedio que salir a hacer unas compras, hay que comer, no hay excusa. Salgo que casi no puedo ni moverme de las capas de ropa que llevo. Ya en el coche me incorporo al tumulto del tráfico, parece que todo el mundo lleva prisa, el de detrás mío va pegado, achuchando. Cuanto puede me adelanta y me pita. Llego al aparcamiento y no consigo encontrar hueco libre. Al final veo una plaza y cuando voy a llegar a él, un coche enano a toda velocidad, de esos que no necesitas carné, se me cuela y me quita el sitio. Sale un hombre enorme de aquel pequeño cascarón que no me explico cómo podía ir dentro, y con mucha educación me muestra el dedo medio, a lo que respondo sacándole la lengua ¡Ridícula mi respuesta!  Aparco al final, en la zona más alejada de la entrada. En minutos mi nariz está roja, aunque llevo un pañuelo enorme de lana alrededor del cuello.

El supermercado está atestado, si se cae una moneda no llega al suelo. Por lo visto, han puesto unas cremas para el rostro que son magníficas en oferta y todo el mundo ha venido a comprarla. Una señora mayor con andador me empuja y me adelanta por la derecha. Caigo sobre una estantería llena de bebidas energéticas.

Aún no he conseguido levantarme cuando una chica joven embarazada pasa por encima de mi pie con un carro repleto. Ni se inmuta ante mi grito, ignorándome, como si fuera invisible. Intento ponerme en pie y la bufanda se me engancha y vuelvo a caer. Un empleado del supermercado se acerca, pienso que es para ayudarme. Y comienza a increparme diciéndome que si he roto algo lo tendré que abonar. Aquí lo único roto es mi dignidad.

Mientras sigue la vorágine de personas de un lado para otro. Al final me consigo meter en la corriente humana con mi cesta y llegar a las verduras. Curioso, hay poca gente por esta zona. Estoy cogiendo unos tomates cherry cuando un chiquillo pasa corriendo por mi lado y me golpea en el codo, todos los tomates salen disparados. Un empleado me ayuda a recoger los tomates y me los vuelve a echar a mi bolsa. Tendré que lavarlos bien tras rodar por el suelo, incluso me ha echado alguno reventado ¡Qué amable!

Creo que hoy no es mi día, debería de haberme quedado en casa. Quiero hacer una sopa caliente para reconfortar el cuerpo con estos fríos. Después de coger unos calabacines, cebollas y puerros me dirijo a la zona de carnes y aves. Necesito pollo también para el caldo, cojo número, el ciento doce, y va por el setenta y dos. Tal vez haya pollo envasado que me evite la espera. A unos dos metros veo una bandeja de muslos y cuando me dirijo a por ella, una señora de dimensiones desmesuradas agiliza el paso. Creo que va a por la misma bandeja que yo. Doy un salto y agarro el envase mientras la señora tira del otro extremo. Mi ofuscación ha ido en aumento y creo que estoy a punto de estallar. Con fuerza y mala leche tiro de los muslos y consigo arrebatárselos ¡La victoria es mía! Con expresión triunfal y déspota paso al lado de mi contrincante que me mira atónita.

Ya en la zona de los lácteos y tomo un par de cajas de leche de soja y, con mirada lasciva, agarro un bote de chocolate negro en polvo. Vuelvo a la vorágine y me acerco a las cajas para pagar. Al menos tengo a diez personas delante con los carros repletos. Tras veinte minutos por fin me toca, coloco mis productos en la cinta. Cuando me va a cobrar los puñeteros tomates, la cajera, con mala cara, llama a un ayudante para que vuelvan a pesarlos.  Otro poco a esperar. Los vuelven a traer y me recrimina que estaban mal pesados. Habrá sido su amable compañero porque yo no los he pesado, sucios del suelo, reventados y mal pesados ¡Qué más!

Pago y salgo como una exhalación. Sigue el tráfico con prisas y pitadas ¡Estamos locos o qué!

Por fin en casa. Echo un par de troncos a la chimenea. Pongo el dichoso caldo a fuego lento ¡Mi recompensa no me la quita nadie! Caliento leche con un par de cucharadas de chocolate. Con la taza humeante me acomodo en mi sillón frente al fuego, tomo aire, mi gata viene y se tumba en mi regazo, ronroneando.

¡Creo qué no voy a volver a salir hasta que llegue la primavera!

 

Testamentos

Testamento

Recordar es fácil para el que tiene memoria. Olvidarse es difícil para quien tiene corazón”  Gabriel García Márquez

Los testamentos a veces los recibimos sin percatarnos de ello. No se trata de bienes materiales sino de ramalazos como dice alguien de mi familia. Una apariencia, un resentimiento ancestral, posesiones de integridad y honor, o porque no maldad y rencor. Heredamos muchas actitudes de nuestros antepasados.

Y aunque sea difícil de creer hasta ciertos animales  vuelven, llegan de nuevo hasta nosotros. Mi padre dice que mi gata es igual a una que tuvieron de niños, sus hermanas y él. Se la dio un panadero cuando iban a por hogazas de pan para el estraperlo. La llevaron en un bolsillo interior de la zamarra para que fuera calentita. Por aquel entonces, mi abuelo había salido de prisión para morir de tuberculosis. Durante los meses hasta que la enfermedad le consumió, frente al fuego en invierno, jugaba con la gata y la enseñaba a saltar entre sus brazos enlazados mientras, entre juego y juego, hacía juguetes de madera para rifarlos. Todos comían poco, pues fueron tiempos de hambre, pero todos se quitaban un poquito de su escasa comida para aquella gata llamada “mariposa”. Y según mi padre mi gata es como aquella, blanca con lunares negros y anaranjados.Cuando mi progenitor la mira, sus ojos se llenan de añoranzas cálidas, de su padre. Y percibo una dulce sensación en su memoria.

Tal vez mi gata ha llegado para que no nos olvidemos de aquellos que marcharon y que nos dejaron en herencia carácter, recuerdos, palabras y memoria histórica.

El Cuaderno de Maya de Isabel Allende

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“Para las mujeres el mejor afrodisíaco son las palabras, el punto g está en los oídos, el que busque más abajo está perdiendo el tiempo” Isabel Allende

Una lectura recomendada, con su lado tierno y mágico de Isabel y a su vez,  la dureza de muchas experiencias actuales como la droga y el alcohol. Una narración con muchos datos autobiográficos. Por todo esto es una novela real y contemporánea. Los personajes son perfilados de forma escrupulosa, sobre todo retrata el alma con gran precisión de cada uno de ellos. Es un libro que se lee de forma ágil pero para deleitarse con él. Y una de las partes más destacadas para mí, el final, con una gran giro argumental e impactantes descubrimientos.

Sobre la escritora Isabel Allende podríamos decir que tiene tantos detractores como adeptos. Es una de las autoras en lengua española más leídas de todos los tiempos y ha publicado tanto novela como cuentos infantiles o teatro. Gran parte de su obra se cataloga dentro del realismo mágico, aunque también se ha adentrado en la novela policial o histórica. Su lenguaje es sencillo, claro y pleno de contenido, y con un marcado acento feminista. A lo largo de su carrera ha vendido millones de copias de sus libros, con traducciones a multitud de idiomas. De entre su obra cabría destacar títulos como La casa de los espíritus, Inés del alma mía,La isla bajo el mar o El amante japonés.

Sinopsis

El cuaderno de Maya relata la vida de Maya Vidal, una adolescente norteamericana cuya madre la dejó en la casa de sus abuelos cuando era un bebé y no la volvió a ver hasta varios años después. Su padre, Andrés Vidal, tampoco estuvo muy presente. Su trabajo como piloto en una línea aérea y otros intereses lo mantuvieron muchos años alejado de su hija durante la infancia de esta última; por eso, Maya es criada por sus abuelos. Nidia Vidal, la abuela, es una chilena energética y cariñosa, que se había mudado a Toronto con su hijo Andrés tras la muerte de su primer esposo, Felipe Vidal, durante el Golpe de Estadp de Chile de 1973. Más tarde se traslada a Berkeley, California, donde transcurrió la infancia de Maya. Su segundo marido, el astrónomo y profesor Paul Ditson II, fue un verdadero abuelo para Maya, que lo llamaba cariñosamente “mi Popo”.

Cuando su querido abuelo muere de un cáncer fulminante, Maya sufre un durísimo golpe. Empieza a consumir drogas con dos amigas de su escuela. Un lío la lleva a otro y pronto la dulce niña se transforma en una adolescente rebelde aplastada por la presión social, la falta de límites y una capacidad infinita para mentir sin escrúpulos. Su abuela está deprimida por la muerte de su esposo y su padre siempre está trabajando, de modo que nadie se da cuenta del gran cambio producido en Maya. Ella empieza a consumir drogas, a tener relaciones sexuales y a planear negocios ilícitos. No es hasta que sufre un accidente que la abuela advierte los problemas de su nieta.

Así es como Maya termina en un centro de rehabilitación en Oregón. Ahí se queda por un largo periodo en el que experimenta cierta mejoría. Sin embargo, Maya está muy enfadada con su familia por mandarla al centro de rehabilitación, especialmente con su padre, al que siente que no le importa. Pocos días antes de que su reclusión acabe le piden que se quede unos meses más y ella decide escapar para “darle una lección a su padre”. Aprovecha una situación de emergencia y corre hasta una carretera donde le pide a un camionero que la lleve. Roy Fedgewick, el conductor, accede, pero acaba violándola. Aun así la lleva a Las Vegas, donde Maya se dispone a llamar a su abuela para pedir que la recoja. Como Nidia Vidal no se encontraba en casa esa noche, Maya pospone la llamada para el día siguiente. Pero esa noche conoce a Brandon Leeman, un narcotraficante que la contrata para hacerle recados. Con Leeman Maya se perderá en un mundo de drogas y negocios ilegales que serán su ruina.

Seis meses después, Maya acompaña a Leeman a esconder unas bolsas que contienen dinero. Pero Leeman es asesinado de improviso por sus socios, que también quieren atrapar a Maya, dado que ella sabe demasiado. Ella logra huir gracias a la ayuda de un niño adicto llamado Freddy, pero se convierte en una mendiga lamentable que consumirá todo tipo de drogas por la adicción tan terrible que ha desarrollado.

Afortunadamente Maya es salvada por un grupo de mujeres que la cuidarán durante el proceso de desintoxicación y llamarán a su abuela.Maya pasa un tiempo en un costoso centro de rehabilitación, pero luego su abuela decide mandarla a Chiloé, una pequeña isla chilena donde la muchacha podrá esconderse de sus peligrosos perseguidores.

En Chiloé, la vida de Maya cambia completamente. Es un lugar tranquilo pero, para su sorpresa, le gusta. Se aloja en casa de Manuel Arias, un viejo amigo de su abuela que estuvo preso durante la dictadura de Pinochet, trauma que no ha superado por completo. Maya se gana el cariño de la mayoría de los habitantes, que la llaman “la gringuita”, empieza a trabajar ayudando en la escuela y entrenando al equipo de fútbol infantil… La muchacha llega a querer verdaderamente a Manuel y desea averiguar más sobre su pasado para poder ayudarle.

 

Los Fantasmas del Verano

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Paranoia es sólo un elevado sentido de concienciaJohn Lennon

Pronto se marchará el verano, las moscas comienzan a entrar en tropel en casa buscando refugio y calor. Estamos a primeros de septiembre, pero aún quedan unos días de estío, aunque el tiempo no nos ha dado tregua, tormentas, lluvia, un brisa gélida colándose por la ventana en la noche. Amaneces enrollada entre las sábanas, resguardada por el almohadón y en posición fetal.

Ha sido un verano agradable con experiencias nuevas y personas diferentes. Noches de extraños fantasmas, unos festivos, otros misteriosos y otros inquietantes. Las noches dan para mucho como todos hemos comprobado en determinados momentos. Enajenaciones de las que por la mañana te sonríes. Todos tenemos fantasmas que se acrecientan con la oscuridad y no hace falta que lleven sábanas y cadenas.

El peor de ello aquel que se dejó intuir su presencia bajo mi ventana, con una fuerte respiración agitada y entrecortada. Ahora que lo pienso ¿Los fantasmas respiran? Grité histérica, el corazón me explotaba. Me dio miedo mirar, a lo lejos escudriñé unos ojos felina. El caso es que me creó tal paranoia que dormí con las ventanas cerradas y el aire acondicionado. Por la mañana me dolía la cabeza y el ambiente estaba pesado pero la demencia se había evaporado. Abrí las ventanas de par en par y respiré con profundidad.

Otro de los fantasmas apareció bajo la luz de la luna mientras observábamos las estrellas, la noche de las Perseidas. El espectáculo fue excepcional, dispusimos unas sillas de camping en la cola del pantano, frente a aquel espejo ambiguo y refulgente, grandes encinas y el susurro de los patos silvestres y grillos. Nos arrebujamos con las típicas mantas de cuadros rojos con la intención de permanecer allí hasta altas horas de la noche. Por el este aparecieron nubes sospechosas. Tras un par de horas entre charlas y risas algo se movió cerca de la orilla del agua. Apareció una sombra grande bajo una luz blanca. Alertadas por la intrusión comprobamos que era un individuo de linterna led en la cabeza y cámara de fotos con trípode en las manos. Cuando le vimos aparecer pensé que se abalanzaría a nosotros y nos mordería en la yugular. Pero tan solo saludó y colocó la cámara, en breve las nubes fueron borrando las estrellas. Y el espectro decidió marcharse por donde había surgido con semblante decepcionado, como si el firmamento se hubiera negado a que inmortalizaran su espectáculo. Nosotros aún estuvimos hasta el amanecer pues el paisaje nocturno y los sonidos del silencio valieron la pena.

El fantasma festivo fue el mejor, el que no nos dio susto. En verano coincidimos en muchas de las fiestas de los pueblos de alrededor o el propio. Todos los amigos en grupo formando un corro, bailando y compartiendo risas. Y a eso de las cuatro de la madrugada, es cuando ciertas apariciones con niveles etílicos altos se te acercan y te saludan con entusiasmo. Comienzan a pulular a tu alrededor repitiéndote a cada instante tu nombre y una frase de la que ellos creen con cierta gracia. Al cabo de media hora estás del fantasma fiestero hasta las mismísimas narices y sabes que ha llegado el momento de regresar a casa. Te marchas con cierta sensación de que te han fastidiado la juerga pero deseando de coger la cama.

En fin, que podría estar narrando otros muchos de los fantasmas que nos acechan pero estos son la muestra de algunos de ellos que se cruzaron en mi camino. Seguirán apareciendo pues como alguien muy versado en miedos dijo (Stephen King) viven dentro de nosotros y a veces hasta vencen.